El ejército Celta

Bernardo Pascual
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Guardia Pretoriano
Desde: 22 Ene 2016

 Cuando César describe a los galos y los compara, a su vez, con otros pueblos, como los iberos, los germanos, los britanos, etc., en el fondo no los presenta como etnia, sino como país, por más que emplee un lenguaje etnográfico. Contrapone territorios, no razas. De hecho, la idea de raza queda anulada en sus escritos por las contradicciones en que incurre. No hay ningún término que aluda exclusivamente a ella. A los aquitanos, por ejemplo, pese a equipararlos en este sentido con los iberos, los considera celtas porque habitan en la Galia, y un tratamiento similar da a los belgas, rayanos con los germanos; el mismo razonamiento, pero a la inversa, sirve también para segregar a los britanos, a causa de su carácter insular, de los celtas del continente. Está claro, por tanto, que con tal nomenclatura hace referencia a conceptos territoriales, aunque la identidad humana, en cada caso, se explique por medio de elementos diferenciadores. Como parece señalar César al principio del libro, las partes de cada todo difieren también entre sí en idioma y costumbres, es decir, la unidad geográfica no conlleva la unidad política.

Para Julio César los celtas no constituyen un grupo étnico. Es más, su obra, basada en estudios sobre el terreno, no contempla tal categoría. Surge entonces una cuestión. ¿Si no existe esa pretendida unidad política o étnica, qué es lo que identifica a los galos, qué les lleva a actuar de un modo solidario? Sólo cabe una respuesta: la guerra con sus vecinos. La realidad nacional gala previa a la conquista romana consiste en un complejo entramado de alianzas contra un enemigo común. Ahí es donde César se muestra además más explícito, con lo que cuenta y también con lo que calla.

La PenínsulaIbérica, en cuanto península, o las Islas Británicas, en cuanto islas, en un caso extremo se podrían llegar a aceptar como unidades territoriales con una inmediata impronta cultural o étnica en sus moradores, pero sólo de un modo mucho más abstracto y atenuado o progresivo cabe pensar en ese efecto entre Europa Occidental y Europa Oriental, siendo aquí, como es, el factor determinante las grandes distancias. El Rin en ningún caso supone una frontera tan nítida como el Canal de la Mancha. Al considerarlo como tal, al darle tanto bombo y platillo, César se descubre; está aludiendo a una frontera política.

Los galos estaban siempre en guerra entre sí, por lo que se tendían a formar dos bandos. En todo caso, ya puestos, no habría que hablar de una nación gala sino de dos. La verdad es que había muchas más, pues las alianzas cambiaban con frecuencia. Poco antes de la llegada de César, sin embargo, una de estas tribus o repúblicas, la de los secuanos, pide ayuda a un rey suevo del otro lado del Rin, Ariovisto, quien cruza el río y se asienta en la Galia. A este rey precisamente el senado le había condecorado con grandes honores. Él propio Ariovisto previene a César, paladín de los eduos, recordándoselo, advirtiéndole incluso de que tiene más amistades que él en Roma. La frontera del Rin, así, pues, se la impone el senado a su propio cónsul o procónsul para que no ofenda a un amigo, o así al menos es como lo interpreta el autor del Bello Gálico, un gran artificio literario, pues, en el fondo, él (siempre en tercera persona) es otro invitado más a la fiesta, con no más derechos sobre esta parte del Rin que los que niega a su rival de un modo tan inocente. Hay que tener en cuenta que lo que pretendía César era engañar a sus contemporáneos, un público mucho más informado y sensible hacia ciertos temas que el actual. El mito que tan hábilmente oculta césar, el que utiliza como excusa, no es el mito celta, sino el germano.