El Hombre Que Vendió La Torre Eiffel

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Autor: maxmordon, 16/May/2007 19:06 GMT+1:

 

Literalmente la oveja negra de su familia, Lustig se había dedicado por años a timar incautos en los trasatlánticos entre Europa y América cuando leyó en el periódico una noticia que le daría una idea.

En 1925, Francia luchaba por salir de la crisis causada por la primera guerra mundial, y entre tantos recortes en el presupuesto a algún genio se le había ocurrido la idea de tumbar la Torre Eiffel. La Torre había sido construida para la Exposición Mundial de París de 1889, y nunca fue la intención dejarla de forma permanente. En el plan original el proyecto dejaba en claro que la misma sería desarmada en 1909. Pero entre la guerra y la crisis económica había sido imposible hacerlo y la misma yacía como una gran chatarra inevitable en pleno centro de París.

Basado en esto, y en compañía de otro estafador llamado Dan Collins, Lustig vio el momento perfecto para aprovecharse de la situación.

En mayo de 1925, haciéndose pasar por el Director General del Ministerio de Información y Telégrafos, invitó a los cinco recicladores de metal más importantes de Francia a reunirse en el Hotel Crillón de París, donde les explicó que la torre iba a ser desmantelada. Los costos de mantenimiento eran enormes y su preservación, se había decidido, no tenía ningún fin práctico.

Por eso estaban abriendo la licitación por el contrato de remoción de las 7.000 toneladas de hierro de alto tenor, y las ofertas debían ser enviadas al día siguiente bajo el más estricto secreto.

Lustig había estudiado cuidadosamente a cada uno de los empresarios, y de antemano había decidido quien ganaría la licitación. Su nombre era Andre Poisson, un tipo inseguro empeñado en escalar dentro de la sociedad francesa, donde no era visto con muy buenos ojos por su carácter de nuevo rico. Analizándolo, Lustig llegó a la conclusión que Poisson tendría la mayor garra para quedarse con el contrato ya que esto le daría el prestigio y la proyección que anhelaba, y sin siquiera abrir los demás sobres lo llamó al día siguiente para informarle que como ganador de la licitación, tenía que presentarse inmediatamente en el hotel con el monto ofrecido.

Lustig había elegido el Hotel Crillón por que en sus salones solían llevarse a cabo reuniones gubernamentales y diplomáticas, y esto le daba un cierto toque de oficialidad a su plan. Pero a pesar de esto Poisson le preguntó por que lo había citado allí, en vez de en el ministerio. Lustig le ordenó a Collins, su supuesto era su secretario, que abandonara el estudio. Y sobre la marcha, inventó la forma de hacerse con un poco mas de lo que ya se había ganado.

-La vida de un oficial del gobierno no es fácil. – explicó – Siempre debemos lucir bien, socializar y todo esto con un salario miserable. Por eso es costumbre cuando se acepta un contrato del gobierno que el oficial reciba un…

Lustig no tuvo que terminar. Poisson había entendido perfectamente, el hombre quería una tajada y este estaba dispuesto dársela. Enseguida entregó dos cheques, uno por el contrato, otro para el Director General, y con una sonrisa en los labios se marcho feliz a celebrar el negocio de su vida.

En menos de una hora, Lustig había cobrado los cheques, cuyos montos nunca fueron revelados, y junto a Collins tomó un tren rumbo a Viena desde donde siguió de cerca las noticias en los periódicos. Pero la estafa nunca apareció en ellos. Poisson, demasiado avergonzado por haber caído en un truco tan barato, nunca tuvo el valor de reportarla a la policía.

Sorprendidos por esto, Lustig y Collins concluyeron que si lo habían hecho una vez podían hacerlo de nuevo. Regresaron a París y volvieron a enviar sobres a otro grupo de recicladores, a uno de los cuales le vendieron la torre una segunda vez. Pero esta vez no tuvieron tiempo de cobrar el cheque.

Lustig escapó a los Estados Unidos, donde continuó practicando el arte de la estafa (hasta con el mítico Al Capone) hasta que finalmente fue capturado por falsificación de moneda y enviado a Alcatraz hasta el día de su muerte el nueve de Marzo de 1947.

Cuando los oficiales de la cárcel llenaban su certificado de defunción le preguntaron a los compañeros de Lustig si sabían cual había sido su profesión. Los hombres se vieron entre si y le contestaron con una sonrisa. El oficial escribió en el documento, PROFESION: VENDEDOR.