Poetas Contemporáneos

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coventin
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Un espejo en la sombra
suele aguardar su repentino advenimiento.
Pero a veces se pierden
el aliento y el color de los ojos
y la costumbre de mover las manos,
y entonces no sabemos qué es aguardar siquiera.
Sucede cuando no estamos seguros
de ser el reflejo por los escaparates;
cuando giramos la cabeza
hacia quien no nos ha llamado y sonreímos.
Sólo aquello que amamos nos distingue
en medio de la noche.
Es amar y tender las manos
lo único que, por tanto, puede hacerse.
Suele ocurrir en mayo o junio,
cuando el sol va muy alto
y buscamos con ansiedad entre los árboles
sin saber con certeza qué,
y nos inquietamos diciendo "cuánto tarda"
sin habernos citado antes con nadie.

Sólo aquello que amamos
es capaz de decirnos quiénes somos.
Suele ocurrir en mayo o junio,
y hay quien se enamora de sólo una palabra
y quien se enamora de unos labios cerrados.
Pero es preciso andar sin preguntarse adónde
hasta sentir la voz que llama desde lejos,
y que repite un nombre que ignorábamos,
y ese nombre es el nuestro
y es a nosotros a quien llama.


"Cuaderno de amor"

Antonio Gala 

coventin
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NO ME PIDAN RAZONES

No me pidan razones, no las tengo,
O daré cuantas quieran: bien sabemos
Que razones son palabras, todas nacen
De las mansas falsedades que aprendemos.

No me pidan razones para entender
La marea rebelde que me llena el pecho.
Mal en este mundo, mal con esta ley:
No hice yo la ley ni el mundo acepto.

No me pidan razones, o que las disculpe,
De este modo de amar y destruir:
En la más oscura noche es donde amanece
El color de primavera el porvenir.

 

José Saramago

coventin
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José Angel Buesa (1910-1982)


Poema de la culpa


Yo la amé, y era de otro, que también la quería.
Perdónala Señor, porque la culpa es mía.
Después de haber besado sus cabellos de trigo,
nada importa la culpa, pues no importa el castigo.

Fue un pecado quererla, Señor, y, sin embargo
mis labios están dulces por ese amor amargo.
Ella fue como un agua callada que corría...
Si es culpa tener sed, toda la culpa es mía.

Perdónala Señor, tú que le diste a ella
su frescura de lluvia y su esplendor de estrella.
Su alma era transparente como un vaso vacío:
yo lo llené de amor. Todo el pecado es mío.

Pero, ¿cómo no amarla, si tú hiciste que fuera
turbadora y fragante como la primavera?
¿Cómo no haberla amado, si era como el rocío
sobre la yerba seca y ávida del estío?

Traté de rechazarla, Señor, inútilmente,
como un surco que intenta rechazar la simiente.
Era de otro. Era de otro que no la merecía,
y por eso, en sus brazos, seguía siendo mía.

Era de otro, Señor, pero hay cosas sin dueño:
las rosas y los ríos, y el amor y el ensueño.
Y ella me dio su amor como se da una rosa
como quien lo da todo, dando tan poca cosa...

Una embriaguez extraña nos venció poco a poco:
ella no fue culpable, Señor... ni yo tampoco
La culpa es toda tuya, porque la hiciste bella
y me diste los ojos para mirarla a ella.

Sí, nuestra culpa es tuya, si es una culpa amar
y si es culpa de un río cuando corre hacia el mar.
Es tan bella, Señor, y es tan suave, y tan clara,
que sería pecado mayor si no la amara.

Y por eso, perdóname, Señor, porque es tan bella,
que tú, que hiciste el agua, y la flor, y la estrella,
tú, que oyes el lamento de este dolor sin nombre,
tú también la amarías, ¡si pudieras ser hombre!




Respuesta al poema de la culpa (ella)


Señor, yo no soy digna siquiera de rogarte: 
mi corazón ignora la palabra del arte. 
Sólo vengo a decirte que no me han comprendido, 
porque los hombres hablan con el orgullo herido. 

Cubren con bellas frases su más vulgar deseo, 
que a veces me turbaron, pero que ya no creo. 
Sin embargo, a los dos me di con alegría. 
Lo comprendo, Señor: ¡toda la culpa es mía! 

En los brazos de uno me entregué plenamente, 
y en los del otro... ¿Sabes lo que una mujer siente? 
Pregúntale a la Virgen, cuando ella era mujer, 
todo lo que nosotras llegamos a querer. 

Perdóname la audacia, pero aquella María, 
no supo del abrazo viril que me rendía. 
No miró aquellos ojos fijos en mi hermosura, 
como dedos ardientes sobre mi carne impura. 

Y no tembló aquel canto de amor en sus oídos 
que pudo abrir en músicas la flor de mis sentidos. 
Tú también sabes que el hombre se acerca a la mujer, 
ebrio por la promesa de su propio placer. 

Pero la mujer llora, se resiste, Señor, 
y cuando al fin se ofrece, sueña con el amor. 
Pues, mientras en el hombre la vida se hace fuerte, 
la mujer se desmaya con un poco de muerte. 

Quizás tuve un amante que me sedujo un día, 
¡tan malo que, por eso, me gusta todavía! 




Respuesta al poema de la culpa (el otro)


Señor, yo soy el otro que también la quería, 
y vengo a confesarme, porque la culpa es mía. 
Ella tuvo la gracia fatal de nacer bella: 
quien la mira, ya nunca será bueno sin ella. 

Me duele soportar que alguno la haya amado, 
pero hay cosas tan bellas que no tienen pasado; 
y ella sólo mañana dejará de ser pura: 
cuando el roce del tiempo desgaste su hermosura. 

Ella se me dio toda, como yo me di a ella, 
ella me dio su flor y yo le di mi estrella; 
porque de su perfume trascendiendo en mi llama, 
no quedó un solo beso de los que él me reclama. 

Tal vez ella lo quiso, pero él lo dudaría, 
si la viera en mis brazos tan felizmente mía. 
Si le viera los ojos al sentirse gozada, 
cuando todo mi sueño le llena la mirada. 

No existe culpa en ella, ni en él, ni en ti Señor; 
y si es mía, ¡bendigo la culpa de mi amor! 
Hay que ser algo malo si se busca el poder, 
que domina la tierra sutil de la mujer. 

Ni demasiado malo, ni demasiado bueno, 
enfermé, sin morir, de su dulce veneno. 
Mi amor es el de un hombre, sencillamente humano, 
que sueña de limosna, sin extender la mano. 

¡Ah! Pero él se redime, sólo a ti te condena, 
él te arroja su amor, para esquivar su pena. 
Perdónalo, Señor... Di quién la merecía, 
pues yo soy el culpable: ¡la quiero todavía! 



 

coventin
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Soy un alma desnuda en estos versos,
Alma desnuda que angustiada y sola
Va dejando sus pétalos dispersos.

Alma que puede ser una amapola,
Que puede ser un lirio, una violeta,
Un peñasco, una selva y una ola.

Alma que como el viento vaga inquieta
Y ruge cuando está sobre los mares,
Y duerme dulcemente en una grieta.

Alma que adora sobre sus altares,
Dioses que no se bajan a cegarla;
Alma que no conoce valladares.

Alma que fuera fácil dominarla
Con sólo un corazón que se partiera
Para en su sangre cálida regarla.

Alma que cuando está en la primavera
Dice al invierno que demora: vuelve,
Caiga tu nieve sobre la pradera.

Alma que cuando nieva se disuelve
En tristezas, clamando por las rosas
con que la primavera nos envuelve.

Alma que a ratos suelta mariposas
A campo abierto, sin fijar distancia,
Y les dice: libad sobre las cosas.

Alma que ha de morir de una fragancia
De un suspiro, de un verso en que se ruega,
Sin perder, a poderlo, su elegancia.

Alma que nada sabe y todo niega
Y negando lo bueno el bien propicia
Porque es negando como más se entrega.

Alma que suele haber como delicia
Palpar las almas, despreciar la huella,
Y sentir en la mano una caricia.

Alma que siempre disconforme de ella,
Como los vientos vaga, corre y gira;
Alma que sangra y sin cesar delira
Por ser el buque en marcha de la estrella.

Alfonsina Storni  

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Si tú me olvidas


Tú sabes cómo es esto:

si miro la luna de cristal, la rama roja
del lento otoño en mi ventana,
si toco junto al fuego la impalpable ceniza
o el arrugado cuerpo de la leña,
todo me lleva a ti,
como si todo lo que existe,
aromas, luz, metales,
fueran pequeños barcos que navegan
hacia las islas tuyas que me aguardan.

Ahora bien,
si poco a poco dejas de quererme
dejaré de quererte poco a poco.

Si de pronto me olvidas no me busques,
que ya te habré olvidado.

Si consideras largo y loco el viento de banderas
que pasa por mi vida y te decides
a dejarme a la orilla
del corazón en que tengo raíces,
piensa que en ese día, a esa hora
levantaré los brazos y saldrán mis raíces
a buscar otra tierra.

Pero
si cada día, cada hora
sientes que a mí estás destinada
con dulzura implacable.

Si cada día sube
una flor a tus labios a buscarme,
ay amor mío, ay mía,
en mí todo ese fuego se repite,
en mí nada se apaga ni se olvida,
mi amor se nutre de tu amor, amada,
y mientras vivas estará en tus brazos
sin salir de los míos.


Pablo Neruda

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Alejandra Pizarnik

 

Solamente

Ya comprendo la verdad

estalla en mis deseos

y  en mis desdichas

y en mis desencuentros

en mis desequilibrios

en  mis delirios

 

ya comprendo la verdad

        ahora

a buscar la vida

MVR30 

 


Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio

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CUÉNTAME CÓMO VIVES
    (CÓMO VAS MURIENDO)

Cuéntame cómo vives;
dime sencillamente cómo pasan tus días,
tus lentísimos odios, tus pólvoras alegres
y las confusas olas que te llevan perdido
en la cambiante espuma de un blancor imprevisto.

Cuéntame cómo vives.
Ven a mí, cara a cara;
dime tus mentiras (las mías son peores),
tus resentimientos (yo también los padezco),
y ese estúpido orgullo (puedo comprenderte).

Cuéntame cómo mueres.
Nada tuyo es secreto:
la náusea del vacío (o el placer, es lo mismo);
la locura imprevista de algún instante vivo;
la esperanza que ahonda tercamente el vacío.

Cuéntame cómo mueres,
cómo renuncias —sabio—,
cómo —frívolo— brillas de puro fugitivo,
cómo acabas en nada
y me enseñas, es claro, a quedarme tranquilo

 

Gabriel Celaya
Tranquilamente hablando, 1947 

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VERGÜENZA

Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa
como la hierba a que bajó el rocío,
y desconocerán mi faz gloriosa
las altas cañas cuando baje al río.

Tengo vergüenza de mi boca triste
de mi voz rota y mis rodillas rudas;
ahora que me miraste y que viniste,
me encontré pobre y me palpé desnuda.

Ninguna piedra en el camino hallaste
más desnuda de luz la alborada
que esta mujer a la que levantaste,
porque oíste su canto, la mirada.

Yo callaré para que no conozcan
mi dicha los que pasan por el llano,
en el fulgor que da a mi frente tosca
y en la tremulación que hay en mi mano...

Es noche y baja a la hierba el rocío;
mírame largo y habla con ternura,
¡que ya mañana al descender al río
la que besaste llevará hermosura!

 

Gabriela Mistral 

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SUCESIVA

Déjame acariciarte lentamente,
déjame lentamente comprobarte,
ver que eres de verdad, un continuarte
de ti misma a ti misma extensamente.

Onda tras onda irradian de tu frente
y mansamente, apenas sin rizarte,
rompen sus diez espumas al besarte
de tus pies en la playa adolescente.

Así te quiero, fluida y sucesiva,
manantial tú de ti, agua furtiva,
música para el tacto perezosa.

Así te quiero, en límites pequeños,
aquí y allá, fragmentos, lirio, rosa,
y tu unidad después, luz de mis sueños.

Gerardo Diego
Alondra de Verdad, 1926-1936 

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Nocturno

Duermes como la noche duerme:
con silencio y con estrellas.
Y con sombras también.
Como los montes sienten el peso de la noche,
así hoy sientes tú esos pesares
que el tiempo nos depara:
suavemente y en paz.

Te han llovido las sombras,
pero estás aquí, abrazando en la almohada
(en negra noche)
toda la luz del mundo.
Yo pienso que la noche, como la vida, oculta
miserias y terrores,
más tú duermes a salvo,
pues en el pecho llevas una hoguera de oro:
la del amor que enciende más amor.

Gracias a él aún crecerá en el mundo
el bosque de lo manso
y seguirán girando los planetas
despacio, muy despacio, encima de tus ojos,
produciendo esa música
que en tu rostros disuelve la idea del dolor,
cada dolor del mundo.

Reposas en lo blanco
como en lo blanco cae en paz la nieve,
duermes como la noche duerme
en el rostro sereno de esa niña
que todavía ignora
aquel dolor que habrá de recibir
cuando sea mujer.

Otra noche,
la nieve de tu piel y de tu vida
reposan milagrosamente al lado
de un resplandor de llamas,
del amor que se enciende en más amor.
El que te salvará.
El que nos salvará.

 

Antonio Colinas