El explendor de la Francia Capeto. La época de San Luis. Política exterior

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Autor: dudailo, 21/Ene/2008 17:36 GMT+1:


 

EL EXPLENDOR DE LA FRANCIA CAPETO. LA ÉPOCA DE SAN LUIS. POLÍTICA EXTERIOR:


Cuando Felipe Augusto muere en 1223, la monarquía Capeto había pasado a convertirse en el primer poder de Francia. Su heredero, Luis VIII (1223 - 1226), se dedicó durante su breve reinado a consolidar las conquistas paternas. En el oeste, terminó la conquista del Poitou y en el Mediodía reforzó las posiciones reales desde la senescalía de Carcasona. Sin embargo, Burdeos (inglesa) y Tolouse (occitania) resistieron aún las presiones Capeto.


Coronación de Luis VIII y Blanca de Castilla (1223)

Antes de morir, Luis VIII dejó previsto un reparto del engrandecido dominio real en una serie de "apanages" para dotar a los hijos sin derecho a sucesión a la corona. A Roberto le correspondió Artois; a Juan, Anjou y Turena, que, a su muerte, pasaron al hijo menor, Carlos; Alfonso recibiría Poitou y Auvernia. Era la muestra más palpable de cómo, pese al reforzamiento de su poder, la monarquía Capeto seguía moviéndose dentro de unos esquemas sustancialmente feudales. No se trataba, sin embargo, de una desmembración pura y simple, ya que la legislación real era también aplicable a los "apanages" que, a su vez, revertirían al titular de la corona en caso de faltar heredero directo del beneficiario.

La prematura desaparición de Luis VIII dejaba al frente del reino a un menor, su hijo Luis, bajo la regencia de su madre, Blanca de Castilla. Por primera vez en la historia de Francia, el poder efectivo iba a ser ejercido por una mujer. "Mujer por su sexo, pero varón por los designios...", según dicen las Grandes Crónicas de Saint-Denis, Blanca supo conjurar con extraordinaria energía el conjunto de peligros que se cernieron sobre la realeza francesa. Algunos miembros de la familia real deseaban una más activa participación en la gestión de los asutos políticos: Felipe Hurepel, bastardo de Felipe Augusto y conde de Boulogne, Pedro Mauclerc, esposo de la condesa de Bretaña. Éste resulto el más terrible, por cuanto favoreció, en mayo de 1230, un desembarco de Enrique III de Inglaterra, deseoso de recuperar viejas posesiones de los Plantagenet. La falta de una estrategia común de los rebeldes favoreció a la regente. Teobaldo de Champaña se reconcilió con Blanca, que recibió también el apoyo de la baja feudalidad y de las ciudades. Raimundo VII de Tolosa optó también por una reconciliación con París.

La figura de Luis IX (San Luis, desde 1297) es, probablemente una de las más atractivas de la historia de Francia. El inequívoco prestigio que la realeza francesa adquirió bajo su gobierno se vio reforzado por la aureola de santidad que acompañó al personaje durante toda su vida. Los testimonios de Juan de Joinville, Guillermo de Saint Pathus, Mateo París, etc..., nos han permitido un acabado retrato de la personalidad humana y política del monarca. Retrato en el que, sin embargo, la multitud de anécdotas oscurecen a veces la labor de conjunto y el pensamiento global del Capeto.

Con Luis IX se hace realidad el principio de realeza cristiana, con todas sus grandezas y contradicciones. Síntesis del caballero y el hombre de bien, el monarca aspiró a desarrollar un programa de gobierno inspirado en los principios de la moral evangélica. La defensa de las causas justas y la búsqueda de la paz entre los príncipes cristianos han sido las dos grandes metas de su reinado. Metas cuya persecución, sin embargo, no incluía la subordinación incondicional de la realeza a los dictados teocráticos del pontificado, frente al que Luis IX fue siempre un celoso guardián de las prerrogativas regias.


Luis IX (San Luis)

La defensa de un conjunto de ideales y virtudes arraigados en lo más profundo de la mentalidad feudal, no impidió tampoco que Luis IX fuera un hombre de su tiempo, que logró sacar amplio partido de la posición preponderante a la que Francia había accedido. Aunque en un tono un tanto retórico podría hablarse, así, del "siglo de San Luis" para designar la culminación en territorio francés de la "Edad Media clásica"

A lo largo de su trayectoria como gobernante, pueden reconocerse varios momentos:

El primero que discrurre entre 1235 y el enrolamiento del monarca en la cruzada, en 1248. La labor más significativa está marcada por la consolidación de posiciones de la realeza frente a los tradicionales enemigos; los señores del Mediodía, el rey de Inglaterra y los barones del Poitou. La coalición fue derrotada por el monarca en Taillebourg (julio de 1242). Los condes de Tolosa y Foix capitularon ante el monarca,que prosiguió la eliminación de la herejía en el Mediodía: en 1244, caía la fortaleza cátara de Montsegur. La falta de interés de Jaime I de Aragón favoreció la política matrimonial Capeto: las herederas de Tolosa y Provenza casarían con Alfonso de Poitiers y Carlos de Anjou, hermanos de Luis.

La cruzada emprendida contra Egipto por Luis IX fue la expresión de un espíritu a un tanto trasnochado. El fracaso militar le acompañó en el Nilo: derrota de Mansurah, con la muerte de su hermano Roberto de Artois, prisión temporal del propio monarca y sus barones...No fue mucho mayor que el fruto obtenido en la Siria Franca, en donde resultaba a aquellas alturas difícil atajar la anarquía en la que el territorio se estaba consumiendo. La ausencia del monarca de Francia durante cuatro años fue cubierta de nuevo por la reina madre Blanca, que hubo de hacer frente a la conmoción social de los "Pastoureaux", dirigidos por el maestro de Hungría. Cuando muera, en 1252, será Alfonso de Poitiers quien se encargue por algunos meses de la gestión de los asuntos políticos. Ello simboliza a la perfección una solidaridad dinástica de la familia Capeto que evitaba el peligro de cualquier vacío de poder.


Luis IX atacando Damietta durante la Séptima Cruzada (1248-1254)

Tras el retorno a Francia de Luis IX, discurre la más larga y fructífera etapa de su reinado. Se ha hablado de una inicial crisis moral del personaje, sobrellevada con la ayuda de sus confesores mendicantes y los de su esposa Margarita. A la postre, llegaría a la convicción de que, siguiendo el viejo ideal del agustinismo político, el principal deber de un monarca es hacer triunfar la justicia y la paz. La reafirmación del poder real en general y del personal de Luis IX contó con el firme soporte de lo que Paul Labal ha llamado "la generación de 1250-1280": los especialistas en derecho romano y los teólogos surgidos de las órdenes mendicantes.

La paz en el reino exigía la paz con los poderes vecinos. Luis IX combinó en este empeño amplias dosis de generosidad con otras de indudable talento político. En el caso de la sucesión al condado de Flandes, disputado por las casas de Dampierre y de Avesnes, el monarca dio una sentencia arbitral, en 1256, que tenía mucho de juicio salomónico: los Dampierre recogerían Flandes mientras los Avesnes, el Hainaut. Se daba así gusto a ambos, pero, a la par, el monarca lograba fragmentar una de las más peligrosas potencias territoriales feudales.

En Navarra se planteó una cuestión sucesoria también en 1253. Luis IX terció apoyando a Teobaldo II, a quien casó con una de sus hijas, Isabel. En Teobaldo, conde además de Champaña, tendrá San Luis uno de sus más fieles amigos.

Dos contenciosos presentaban mayores aristas: el sostenido con Inglaterra y el que se arrastraba con Aragón. La reconciliación con Aragón vino a través del acuerdo de Corbeil (mayo de 1258). A esas alturas, los monarcas catalano-aragoneses habían hecho una amplia dejación de sus intereses utrapirenaicos. El acuerdo no hizo más que confirmar una situación de hecho. Jaime I renunciaba a sus pretensiones a los feudos occitanos, salvo la ciudad de Montpeiller y el pequeño vizcondado de Carlat en la Auvernia. Luis IX renunciaba, por su parte, a unos ya muy hipotéticos derechos al Rosellon, Cerdaña y la Cataluña cispirenaica. Reconciliación de dinastías, en la que los Capeto llevaron con mucho la mejor parte.


Enrique III de Inglaterra

Con Inglaterra quedaba aún por saldar la cuestión de Guyena, la última de las posesiones de los Plantagenet en Francia. Desde 1254, la voluntad negociadora por ambas partes parecía sincera. Entre 1258 y 1259, se concluyó un acuerdo ratificado en París. Enrique III reconocía las pérdidas de los Plantagenet en Normandía, Anjou, Turena, Maine y Poitou y se veía compensado con plenas seguridades en Guyena y los tres obispados de Limoges, Cahors y Perigueux. La indudable generosidad del Capeto hacia el vencido se vería compensada por el hecho de que Enrique III debía rendir vasallaje por unos territorios (particularmente la Gascuña) por los que anteriores titulares no habían prestado homenaje a los reyes de París. De ahí que el deseo de establecer una paz perpetua "entre los hijos del rey de Francia y el de Inglaterra" se conviertiera, a la larga, en una nueva fuente de conflictos entre ambos países.


Autor: GaetanoLaSpina, 22/Ene/2008 04:44 GMT+1:


 

Excelente! Francia en pleno proceso de finalización del feudalismo. Ya mereces ser premiado dudailo...
Con una bibiografía lo perfeccionarías, solo de referencia.

saludos!


Autor: dudailo, 22/Ene/2008 11:37 GMT+1:



Hola!! Me alegra que os guste los temas que pongo! jeje!  
Siempre se me olvida poner las referencias de donde saco la información, sorry, jeje! En este caso la información la he sacado única y exclusivamente de un libro llamado "Historia de la Edad Media Occidental" de Emilio Mitre Fernández. Aunque también saco muchísima información de otro libro llamado "Historia Universal de la Edad Media" de Álvarez Palenzuela.


Autor: MONN_ARGENTEA, 07/Mar/2008 01:44 GMT+1:


 

¡¡ perfecta información aportada !! muchisimas gracias por tan interesante aporte.

Colaboraré un poco en el aportando de manera modesta con un poco de la biografía de Luis IX.

San Luis, rey de Francia, es, ante todo, una Santo cuya figura angélica impresionaba a todos con sólo su presencia. Vive en una época de grandes heroísmos cristianos, que él supo aprovechar en medio de los esplendores de la corte para ser un dechado perfecto de todas las virtudes. Nace en Poissy el 25 de abril de 1214, y a los doce años, a la muerte de su padre, Luis VIII, es coronado rey de los franceses bajo la regencia de su madre, la española Doña Blanca de Castilla. Ejemplo raro de dos hermanas, Doña Blanca y Doña Berenguela, que supieron dar sus hijos, más que para reyes de la tierra, para santos y fieles discípulos del Señor. Las madres, las dos princesas hijas del rey Alfonso VIII de Castilla, y los hijos, los santos reyes San Luis y San Fernando.
En medio de las dificultades de la regencia supo Doña Blanca infundir en el tierno infante los ideales de una vida pura e inmaculada. No olvida el inculcarle los deberes propios del oficio que había de desempeñar más tarde, pero ante todo va haciendo crecer en su alma un anhelo constante de servicio divino, de una sensible piedad cristiana y de un profundo desprecio a todo aquello que pudiera suponer en él el menor atisbo de pecado. «Hijo -le venía diciendo constantemente-, prefiero verte muerto que en desgracia de Dios por el pecado mortal».
Es fácil entender la vida que llevaría aquel santo joven ante los ejemplos de una tan buena y tan delicada madre. Tanto más si consideramos la época difícil en que a ambos les tocaba vivir, en medio de una nobleza y de unas cortes que venían a convertirse no pocas veces en hervideros de los más desenfrenados, rebosantes de turbulencias y de tropelías. Contra éstas tuvo que luchar denodadamente Doña Blanca, y, cuando el reino había alcanzado ya un poco de tranquilidad, hace que declaren mayor de edad a su hijo, el futuro Luis IX, el 5 de abril de 1234. Ya rey, no se separa San Luis de la sabia mirada de su madre, a la que tiene siempre a su lado para tomar las decisiones más importantes. En este mismo año, y por su consejo, se une en matrimonio con la virtuosa Margarita, hija de Ramón Berenguer, conde de Provenza. Ella sería la compañera de su reinado y le ayudaría también a ir subiendo poco a poco los peldaños de la santidad.
En lo humano, el reinado de San Luis se tiene como uno de los más ejemplares y completos de la historia. Su obra favorita, las Cruzadas, son una muestra de su ideal de caballero cristiano, llevado hasta las últimas consecuencias del sacrificio y de la abnegación. Por otra parte, tanto en la política interior como en la exterior San Luis ajustó su conducta a las normas más estrictas de la moral cristiana. Tenía la noción de que el gobierno es más un deber que un derecho; de aquí que todas sus actividades obedecieran solamente a esta idea: el hacer el bien buscando en todo la felicidad de sus súbditos.
Desde el principio de su reinado San Luis lucha para que haya paz entre todos, pueblos y nobleza. Todos los días administra justicia personalmente, atendiendo las quejas de los oprimidos y desamparados. Desde 1247 comisiones especiales fueron encargadas de recorrer el país con objeto de enterarse de las más pequeñas diferencias. Como resultado de tales informaciones fueron las grandes ordenanzas de 1254, que establecieron un compendio de obligaciones para todos los súbditos del reino.
El reflejo de estas ideas, tanto en Francia como en los países vecinos, dio a San Luis fama de bueno y justiciero, y a él recurrían a veces en demanda de ayuda y de consejo. Con sus nobles se muestra decidido para arrancar de una vez la perturbación que sembraban por los pueblos y ciudades. En 1240 estalló la última rebelión feudal a cuenta de Hugo de Lusignan y de Raimundo de Tolosa, a los que se sumó el rey Enrique III de Inglaterra. San Luis combate contra ellos y derrota a los ingleses en Saintes (22 de julio de 1242). Cuando llegó la hora de dictar condiciones de paz el vencedor desplegó su caridad y misericordia. Hugo de Lusignan y Raimundo de Tolosa fueron perdonados, dejándoles en sus privilegios y posesiones. Si esto hizo con los suyos, aún extremó más su generosidad con los ingleses: el tratado de París de 1259 entregó a Enrique III nuevos feudos de Cahors y Périgueux, a fin de que en adelante el agradecimiento garantizara mejor la paz entre los dos Estados.
Padre de su pueblo y sembrador de paz y de justicia, serán los títulos que más han de brillar en la corona humana de San Luis, rey. Exquisito en su trato, éste lo extiende, sobre todo, en sus relaciones con el Papa y con la Iglesia. Cuando por Europa arreciaba la lucha entre el emperador Federico II y el Papa por causa de las investiduras y regalías, San Luis asume el papel de mediador, defendiendo en las situaciones más difíciles a la Iglesia. En su reino apoya siempre sus intereses, aunque a veces ha de intervenir contra los abusos a que se entregaban algunos clérigos, coordinando de este modo los derechos que como rey tenía sobre su pueblo con los deberes de fiel cristiano, devoto de la Silla de San Pedro y de la Jerarquía. Para hacer más eficaz el progreso de la religión en sus Estados se dedica a proteger las iglesias y los sacerdotes. Lucha denodadamente contra los blasfemos y perjuros, y hace por que desaparezca la herejía entre los fieles, para lo que implanta la Inquisición romana, favoreciéndola con sus leyes y decisiones.
Personalmente da un gran ejemplo de piedad y devoción ante su pueblo en las fiestas y ceremonias religiosas. En este sentido fueron muy celebradas las grandes solemnidades que llevó a cabo, en ocasión de recibir en su palacio la corona de espinas, que con su propio dinero había desempeñado del poder de los venecianos, que de este modo la habían conseguido del empobrecido emperador del Imperio griego, Balduino II. En 1238 la hace llevar con toda pompa a París y construye para ella, en su propio palacio, una esplendorosa capilla, que de entonces tomó el nombre de Capilla Santa, a la que fue adornando después con una serie de valiosas reliquias entre las que sobresalen una buena porción del santo madero de la cruz y el hierro de la lanza con que fue atravesado el costado del Señor.
A todo ello añadía nuestro Santo una vida admirable de penitencia y de sacrificios. Tenía una predilección especial para los pobres y desamparados, a quienes sentaba muchas veces a su mesa, les daba él mismo la comida y les lavaba con frecuencia los pies, a semejanza del Maestro. Por su cuenta recorre los hospitales y reparte limosnas, se viste de cilicio y castiga su cuerpo con duros cilicios y disciplinas. Se pasa grandes ratos en la oración, y en este espíritu, como antes hiciera con él su madre, Doña Blanca, va educando también a sus hijos, cumpliendo de modo admirable sus deberes de padre, de rey y de cristiano.
Sólo le quedaba a San Luis testimoniar de un modo público y solemne el gran amor que tenía para con nuestro Señor, y esto le impulsa a alistarse en una de aquellas Cruzadas, llenas de fe y de heroísmo, donde los cristianos de entonces iban a luchar por su Dios contra sus enemigos, con ocasión de rescatar los Santos Lugares de Jerusalén. A San Luis le cabe la gloria de haber dirigido las dos últimas Cruzadas en unos años en que ya había decaído mucho el sentido noble de estas empresas, y que él vigoriza de nuevo dándoles el sello primitivo de la cruz y del sacrificio.
En un tiempo en que estaban muy apurados los cristianos del Oriente el papa Inocencio IV tuvo la suerte de ver en Francia al mejor de los reyes, en quien podía confiar para organizar en su socorro una nueva empresa. San Luis, que tenía pena de no amar bastante a Cristo crucificado y de no sufrir bastante por Él, se muestra cuando le llega la hora, como un magnífico soldado de su causa. Desde este momento va a vivir siempre con la vista clavada en el Santo Sepulcro, y morirá murmurando: «Jerusalén».
En cuanto a los anteriores esfuerzos para rescatar los Santos Lugares, había fracasado, o poco menos, la Cruzada de Teobaldo IV, conde de Champagne y rey de Navarra, emprendida en 1239-1240. Tampoco la de Ricardo de Cornuailles, en 1240-1241, había obtenido otra cosa que la liberación de algunos centenares de prisioneros.
Ante la invasión de los mogoles, unos 10.000 kharezmitas vinieron a ponerse al servicio del sultán de Egipto y en septiembre de 1244 arrebataron la ciudad de Jerusalén a los cristianos. Conmovido el papa Inocencio IV, exhortó a los reyes y pueblos en el concilio de Lyón a tomar la cruz, pero sólo el monarca francés escuchó la voz del Vicario de Cristo.
Luis IX, lleno de fe, se entrevista con el Papa en Cluny (noviembre de 1245) y, mientras Inocencio IV envía embajadas de paz a los tártaros mogoles, el rey apresta una buena flota contra los turcos. El 12 de junio de 1248 sale de París para embarcarse en Marsella. Le siguen sus tres hermanos, Carlos de Anjou, Alfonso de Poitiers y Roberto de Artois, con el duque de Bretaña, el conde de Flandes y otros caballeros, obispos, etc. Su ejército lo componen 40.000 hombres y 2.800 caballos.
El 17 de septiembre los hallamos en Chipre, sitio de concentración de los cruzados. Allí pasan el invierno, pero pronto les atacan la peste y demás enfermedades. El 15 de mayo de 1249, con refuerzos traídos por el duque de Borgoña y por el conde de Salisbury, se dirigen hacia Egipto. «Con el escudo al cuello -dice un cronista- y el yelmo a la cabeza, la lanza en el puño y el agua hasta el sobaco», San Luis, saltando de la nave, arremetió contra los sarracenos. Pronto era dueño de Damieta (7 de junio de 1249). El sultán propone la paz, pero el santo rey no se la concede, aconsejado de sus hermanos. En Damieta espera el ejército durante seis meses, mientras se les van uniendo nuevos refuerzos, y al fin, en vez de atacar a Alejandría, se decide a internarse más al interior para avanzar contra El Cairo. La vanguardia, mandada por el conde Roberto de Artois, se adelanta temerariamente por las calles de un pueblecillo llamado Mansurah, siendo aniquilada casi totalmente, muriendo allí mismo el hermano de San Luis (8 de febrero de 1250). El rey tuvo que reaccionar fuertemente y al fin logra vencer en duros encuentros a los infieles. Pero éstos se habían apoderado de los caminos y de los canales en el delta del Nilo, y cuando el ejército, atacado del escorbuto, del hambre y de las continuas incursiones del enemigo, decidió, por fin, retirarse otra vez a Damieta, se vio sorprendido por los sarracenos, que degollaron a muchísimos cristianos, cogiendo preso al mismo rey, a su hermano Carlos de Anjou, a Alfonso de Poitiers y a los principales caballeros (6 de abril).
Era la ocasión para mostrar el gran temple de alma de San Luis. En medio de su desgracia aparece ante todos con una serenidad admirable y una suprema resignación. Hasta sus mismos enemigos le admiran y no pueden menos de tratarle con deferencia. Obtenida poco después la libertad, que con harta pena para el Santo llevaba consigo la renuncia de Damieta, San Luis desembarca en San Juan de Acre con el resto de su ejército. Cuatro años se quedó en Palestina fortificando las últimas plazas cristianas y peregrinando con profunda piedad y devoción a los Santos Lugares de Nazaret, Monte Tabor y Caná. Sólo en 1254, cuando supo la muerte de su madre, Doña Blanca, se decidió a volver a Francia.
A su vuelta es recibido con amor y devoción por su pueblo. Sigue administrando justicia por sí mismo, hace desaparecer los combates judiciarios, persigue el duelo y favorece cada vez más a la Iglesia. Sigue teniendo un interés especial por los religiosos, especialmente por los franciscanos y dominicos. Conversa con San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino, visita los monasterios y no pocas veces hace en ellos oración, como un monje más de la casa.
Sin embargo, la idea de Jerusalén seguía permaneciendo viva en el corazón y en el ideal del Santo. Si no llegaba un nuevo refuerzo de Europa, pocas esperanzas les iban quedando ya a los cristianos de Oriente. Los mamelucos les molestaban amenazando con arrojarles de sus últimos reductos. Por si fuera poco, en 1261 había caído a su vez el Imperio Latino, que años antes fundaran los occidentales en Constantinopla. En Palestina dominaba entonces el feroz Bibars (la Pantera), mahometano fanático, que se propuso acabar del todo con los cristianos. El papa Clemente IV instaba por una nueva Cruzada. Y de nuevo San Luis, ayudado esta vez por su hermano, el rey de Sicilia, Carlos de Anjou, el rey Teobaldo II de Navarra, por su otro hermano Roberto de Artois, sus tres hijos y gran compañía de nobles y prelados, se decide a luchar contra los infieles.
En esta ocasión, en vez de dirigirse directamente al Oriente, las naves hacen proa hacia Túnez, enfrente de las costas francesas. Tal vez obedeciera esto a ciertas noticias que habían llegado a oídos del Santo de parte de algunos misioneros de aquellas tierras. En un convento de dominicos de Túnez parece que éstos mantenían buenas relaciones con el sultán, el cual hizo saber a San Luis que estaba dispuesto a recibir la fe cristiana. El Santo llegó a confiarse de estas promesas, esperando encontrar con ello una ayuda valiosa para el avance que proyectaba hacer hacia Egipto y Palestina.
Pero todo iba a quedar en un lamentable engaño que iba a ser fatal para el ejército del rey. El 4 de julio de 1270 zarpó la flota de Aguas Muertas y el 17 se apoderaba San Luis de la antigua Cartago y de su castillo. Sólo entonces empezaron los ataques violentos de los sarracenos.
El mayor enemigo fue la peste, ocasionada por el calor, la putrefacción del agua y de los alimentos. Pronto empiezan a sucumbir los soldados y los nobles. El 3 de agosto muere el segundo hijo del rey, Juan Tristán, cuatro días más tarde el legado pontificio y el 25 del mismo mes la muerte arrebataba al mismo San Luis, que, como siempre, se había empeñado en cuidar por sí mismo a los apestados y moribundos. Tenía entonces cincuenta y seis años de edad y cuarenta de reinado.
Pocas horas más tarde arribaban las naves de Carlos de Anjou, que asumió la dirección de la empresa. El cuerpo del santo rey fue trasladado primeramente a Sicilia y después a Francia, para ser enterrado en el panteón de San Dionisio, de París. Desde este momento iba a servir de grande veneración y piedad para todo su pueblo. Unos años más tarde, el 11 de agosto de 1297, era solemnemente canonizado por Su Santidad el papa Bonifacio VIII en la iglesia de San Francisco de Orvieto (Italia).
Este apartado ha sido extraido de :
Francisco Martín Hernández, San Luis Rey de Francia, en Año Cristiano, Tomo III, Madrid, Ed. Católica (BAC 185), 1959, pp. 483-489
http://www.franciscanos.org/bac/luisix.html
En 1235 se casó con Margarita de Provenza, hija de Ramón de Berenguer V, conde de Provenza, bisnieto de Alfonso VII de Castilla. Tuvieron doce hijos :
Todo un ejemplo a seguir, pero no olvidemos que antes que el quien supo asumir las riendas de la regencia fue su madre Doña Blanca de Castilla, que al igual que su hermana Doña Berenguela fueron unas mujeres dignas del papel que les tocó en la Historia. 
Siempre se dice que : detras de todo hombre hay una gran mujer; en este caso ha sido a la inversa, y ello me complace por la parte de fémina que me toca.
Un cordial saludo
monn_argentea