Orígenes del Feudalismo

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Autor: jBismarck, 28/Ago/2005 06:52 GMT+1:



Orígenes del feudalismo:
La subordinación de la propiedad: los pequeños propietario, ante la posibilidad de perder sus tierras las entregaban a los Señores con la condición que éstos les permitan seguir residiendo en ellas y los defendieran contra toda agresión. El aumento del poder de los señores: Por los beneficios concedidos por los reyes. Llamados caballeros fueron verdaderos señores de las guerras; no le daban importancia a la cultura La debilidad de los reyes: ante el aumento constante del poder de los caballeros, el rey poco a poco vio minarse su poder. Las nuevas invasiones:
Árabes, hunos y sobre todo los normandos asolaban todo a su paso. Debían en consecuencia los hombres solicitar asilo a los caballeros: duques, marqués, conde, Vizconde, Barón etc.
En el feudo el Señor mandaba su ejército, administraba justicia y percibía los impuestos. Para protegerse de las invasiones bárbaras construyeron imponentes castillos o fortalezas que sirvieron de refugio durante las hostilidades. En torno a estos castillos se agrupaba el “Burgos” es decir el pueblo o ciudadela. El vasallo disfrutaba las rentas de estos bienes pero si rompía su juramento de fidelidad su soberano tenía el derecho de arrebatarle el feudo. En una ceremonias, el vasallo se arrodillaba ante el soberano y juraba acompañarlo en la guerra y en la paz; soberano y vasallo se daban consejos mutuos, ambos tenían derechos y deberes. Los señores feudales: duques, condes y Barones con sus ejércitos combatían entre sí y muchas veces contra el mismísimo rey. La sociedad basada en el feudalismo fue una de las principales características de la edad media. El sistema feudal trajo consigo la institución de la servidumbre: en la antigüedad los siervos eran reclutados entre los libertos, los prisioneros de guerra y los campesinos mas pobres. En la edad media los campesinos se convirtieron en siervos porque sólo podían salvaguardarse de la violencia colocándose bajo la protección de un señor. Pero en pago tenía que ceder los derechos de propiedad sobre sus tierras y entregar gran parte de las cosechas. Estaban exentos de impuestos monetarios (debían abonarlos con trabajos) aunque el señor podía imponerles multas y castigos corporales. Los siervos que se encontraban bajo protección de la Iglesia se consideraban parte de la comunidad religiosa. Exasperados por los sufrimientos y privaciones, los siervos se sublevaron muchas veces; esos movimientos fueron salvajemente exterminados por los señores, válidos de la superioridad de sus armas. Los hombres también podían ser soldados del señor formando una pirámide cuya cúspide era el rey y que se ensanchaba con varias clases de vasallos y subvasallos. Los vasallos nobles podían ceder tierras a otros vasallos. La sociedad se debatía dividida entre la clase superior (militares y sacerdotes) y la inferior (CAMPESINOS). El sistema feudal fue el único régimen capaz de garantizar la paz que permitiera dar trabajo a los campesinos.
Para ponerse a salvo en tan agitados tiempos los señores construían fuertes castillos rodeados de gruesas murallas y flanqueadas de torres. Cuando un castillo no podía ser construido en la cima de un monte o sobre una abrupta pendiente, lo rodeaban de fosos llenos de agua.
Las macizas murallas, que tenían a veces un espesor de 7 metros, sumían en la penumbra el interior del castillo y apenas penetraba la luz en las salas. Aun en verano, hacía un frío glacial y en otoño había una atmósfera pesada y agobiante.
Cuando el castillo era tomado por los asaltantes, quedaba casi siempre a sus moradores un recurso para salvarse. En la mayoría de los castillos había subterráneos que conducían a los campos del contorno. Los torneos constituían la diversión predilecta de los caballeros: combates que los señores feudales organizaban en los castillos. Llevaban la cabeza cubierta por completo por el yelmo, que sólo dejaba una pequeña abertura para los ojos. Los caballeros se distinguían por los blasones de los escudos. El ideal de los tiempos feudales era el guerrero que en su fuerte castillo, velaba por la seguridad del país.


Autor: canal22, 29/Ago/2005 09:42 GMT+1:



Considero que muchas veces, erroneamente, hemos caído en la tentación de idealizar la Edad Media pensado o creyendo que era una época de caballeros andantes como los que aparecen en las pelís del rey Arturo y, desgraciadamente, fue una de las épocas más oscuras y agrías que sufrió la Humanidad.

Reconozco que a mi me fascina esta etapa de la Humindad quizá porque esos claros y oscuros la hacen fascinante, llena de enigmas que, dificilmente, podremos algún día resolver... Cruzadas, templarios, viajes de Marco Polo, reconquista en España, la Peste, la revueltas campesinas, los cátaros, las luchas entre guelfos y gibelinos, los normandos que de ser el mayor peligro para la cristiandad pasan a ser unos de sus principales defensores, los mongoles de Gengis Khan... Todas esas cosas atraen, fascinan, pero aún así fue una época penosa y en la que NO me habría gustado vivir, pasar de visita SI, pero vivir no...Angelito


Autor: Dagda80, 23/Nov/2005 11:09 GMT+1:



Canal de claros nada, la edad media es oscura, muy oscura, demasiado. Ahi se vio lo que seria el mundo gobernado por la religion catolica.


Autor: Xajay, 23/Nov/2005 17:31 GMT+1:



DESGRACIADAMENTE CANAL TIENE RAZÓNTodo Ok


Autor: canal22, 24/Nov/2005 09:17 GMT+1:



Algunas veces suele suceder eso, algunas veces que no siempre, lo de que tenga razón...Sonrisa GiganteMuchas risasGiño


Autor: Sotonik, 24/Nov/2005 09:58 GMT+1:



No hay que idealizar la Edad Media, como ninguna otra edad, ni siquiera la nuestra (eso es lo que hicieron los renacentistas, los modernos u hoy en día los posmodernos) Hay que tener claro que la Historia es un proceso en el que tenemos un bagaje que asumir y comprender de las generaciones anteriores para nuestro provecho y saber custodiarlo y trasmitirlo a las que vienen ampliado con las aportaciones propias. La historia es solo transmisión lineal, no implica evolución progresiva, al menos no en sí misma, como bien nos ha demostrado muchas veces.

Dicho este preámbulo hay que añadir que tampoco hay que caer en satanizar una era. Y de nuevo ninguna otra. Lo que se ha dicho de la Edad Media en lo referente al feudalismo es una banalización bastante simple del tema que prescinde de muchos y digo muchos factores. Para empezar por el más importante el de la caída del Imperio romano, que supuso la perdida de un estatus de legalidad internacional (de inter naciones) o por el que la gente de distintas regiones gozaba de cierta paz y legalidad constitutita. A la desaparición de magistrados y jueces y de las legiones (instrumentos no sólo de guerra, sino de paz en cuanto hacían labores policiales, construían caminos y monumentos y cooperaban a la romanización y transmisión de cultura) la gente reacciona con un nuevo sistema "local" que sustituye a la legalidad perdida. Es el sistema de los nuevos dirigentes y que se basa en mayor medida en el derecho germánico antes que en el romano. En la parte asiática del imperio la aparición del Islam marcará su propia era y condenada por su propia definición a la lucha de aniquilación con la cristiandad.

Podemos seguir y seguir y estudiar como la nobleza senatorial local romana fue cambiando a la nobleza menor feudal medieval amparada en la nobleza mayor de los jefes del ejército (los comes y los dux) como garantes del orden y en los códigos de leyes que integrarán el derecho romano y el germano en una síntesis que perdurará hasta nuestros días. Podemos seguir, pero no podemos simplificar.

Guerras, hambrunas, matanzas, ladrones, corrupción y enfermedades ha habido siempre y siempre las habrá. Repito lo dicho en otro sitio: la Edad Media es la mitad de los dos últimos milenios, simplificarla en una época oscura es algo propio de gente poco culta o instruida. Al principio de la Edad Media tenemos la primera enciclopedia general conocida de la humanidad con las Etimologías de San Isidoro y la revolución en el canto y el arte junto con la evolución de la escuela episcopal (había una escuela en cada iglesia) a la Universidad y al final de la misma las grandes "Sumas" (catedrales del pensamiento han sido llamadas) cerrarán con broche de oro la cultura junto con la evolución arquitectónica, económica y la revolución de la imprenta, que darán lugar a que el burgo acomodado pase a ser la parte de peso en la sociedad que se vuelve más egoísta y "nacional" y en competencia con una nobleza que cada vez vendrá más a menos hasta desembocar en las parodias del siglo XVIII o en la nobleza y realeza moderna, que es meramente de museo de curiosidades.

Por último comentar este texto del post inicial:

Las macizas murallas, que tenían a veces un espesor de 7 metros, sumían en la penumbra el interior del castillo y apenas penetraba la luz en las salas. Aun en verano, hacía un frío glacial y en otoño había una atmósfera pesada y agobiante.

Y yo digo, ¿habéis estado alguna vez en un sitio así, cerrado con murallas de piedra gruesa y con pocas ventanas? Eso que describes es una mazmorra y no un sitio para el hábitat humano. Entra en un castillo de verdad y no confundas sus murallas con la torre del homenaje, donde se hacía la vida social o con los cuerpos de guardia donde vivían los soldados. Tales sitios son frescos en verano calientes en lo más frío del invierno, pues lo que hacen es mantener la temperatura interna frente a las inclemencias del exterior tórridas o gélidas. Un par de boquetes valdría para regular la humedad del aire lo que los convierte en auténticas máquinas termorreguladoras, pero es que no sólo es eso, sino que había luz y colorido en todo gracias a la profusión de muebles, frescos, tapices y telas que adornaban todo por doquier según la riqueza del señor y la vida, salvo en periodo de asedio claro, era abierta a la naturaleza campestre que les rodeaba. A la vez que fortalezas eran viviendas y nunca se conseguirá tal coordinación de ambas funciones con la comodidad que daban estos a sus habitantes y defensores. Ni siquiera la línea Maginot lo logrará con todas sus dependencias.

Para mi el castillo es la evolución natural de la villa romana, lugar de retiro y defensa cuando la decadencia y caída de las grandes ciudades. Otra evolución de esta villa romana será el monasterio, por donde entendemos otro factor de la evolución social de la Edad Media.

Y caballeros andantes existieron, no tan idealizados como en las películas o novelas de caballería, pero existieron y la mine también existió, pues existía la Domina.

Pero bueno el tema es muy largo, tanto como la Edad Media, pero en modo alguno oscuro. La oscuridad está en las mentes con prejuicios...


Autor: Xajay, 24/Nov/2005 18:00 GMT+1:



BUENO...Todo Ok


Autor: Argento100_1, 24/Nov/2005 18:25 GMT+1:



El feudalismo es un sistema donde el campesino tenia un contrato con un sñro, dueño de la tierra, en el cual debia producir, entregar el diezmo a la iglesia y todo lo otro al señor, y no podia irse de ahí.
El señor es el dueño de las personas que habitan ensus tierras y puede disponer de ellas como de los animales, a saber, reclutarlos forsozamente para la guerra, llevarse o violar las mujeres que quiera, tomar los niños como quiere, matar a quién quierea solo por gusto.
En un sistema donde la humanidad ha sido pisoteada por unos pocos despóticamente, no entiendo como una persona tan formado como vso sotonik pueda considerarla buena. Es la etapa donde europa se atrasa, pierde cultura, arte, poder, en esta etapa la humanidad avanza en asia y en arica, no en europa, que pierde el legado antiguo, incluso ya no puede leer griego.
Solo los aristócratas y clerigos tienen derechos y pueden estudiar, el resto de la población son animales sacrificables.

No te entiendo, a menos que seas un descendiente de arsitocrata, ahí entenderia esto y tu religiosismo.


Autor: Xajay, 24/Nov/2005 18:48 GMT+1:



BUENO, SOY MEXICANOTodo Ok


Autor: Sotonik, 24/Nov/2005 20:45 GMT+1:


 

Escrito originalmente por Argento100_1
El feudalismo es un sistema donde el campesino tenia un contrato con un sñro, dueño de la tierra, en el cual debia producir, entregar el diezmo a la iglesia y todo lo otro al señor, y no podia irse de ahí.
El señor es el dueño de las personas que habitan ensus tierras y puede disponer de ellas como de los animales, a saber, reclutarlos forsozamente para la guerra, llevarse o violar las mujeres que quiera, tomar los niños como quiere, matar a quién quierea solo por gusto.
En un sistema donde la humanidad ha sido pisoteada por unos pocos despóticamente, no entiendo como una persona tan formado como vso sotonik pueda considerarla buena. Es la etapa donde europa se atrasa, pierde cultura, arte, poder, en esta etapa la humanidad avanza en asia y en arica, no en europa, que pierde el legado antiguo, incluso ya no puede leer griego.
Solo los aristócratas y clerigos tienen derechos y pueden estudiar, el resto de la población son animales sacrificables.

No te entiendo, a menos que seas un descendiente de arsitocrata, ahí entenderia esto y tu religiosismo.



Joder, me han llamado muchas cosas en mi vida, pero descendiente de aristócrata nunca. Aún así algo has atinado pues por línea matena desciendo de la hija de una condesa (mi bisabuela) que perdió sus títulos por casarse con un coronel del ejército. Era un buen partido pero plebeyo y por ello fue desheredada por sus padres. En fin al menos eso me contaba mi madre y sus hermanos y es una ocasión que guardo para investigar algún día. Quién sabe, igual tengo derecho a un condado o un marquesado y yo aquí currando a diario para mantener a los míos.Vacilando

Ascendencias aparte, lo que te digo no lo debes mirar con prejuicio moderno de clase o con aplicación materialista, sino con honestidad intelectual y ciñéndote a las fuentes de la época.

El contrato feudal es un contrato "do ut des" lo que en principio equipara en dignidad y libertad a las partes ante el mismo y establece unas obligaciones y unas contraprestaciones para ambas. Y más que contrato era un juramento público entre el vasallo y el señor y la forma en que se estructuraba la sociedad, que seguía un orden distinto al actual. Y lo bueno era que todos eran vasallos de alguien, incluido el rey. No veo que derechos se pisotean ahí. Todo lo contrario se salvaguardan y se pone en pública declaración lo que ambas partes juramentan. Las consecuencias de tal sistema era que un rey católico se podía oponer en dercho a una cruzada si esta perjudicaba a sus vasallos, por ejemplo. O unos súbditos podían ser liberados del mismo si el señor era un perjuro declarado o un inmoral. Lo que daba un amplio margen de juego a los participantes. Las partes podían ser dueñas de la tierra o no y había de todo: pequeños propietarios

En lo referente a esto que dices:

"El señor es el dueño de las personas que habitan ensus tierras y puede disponer de ellas como de los animales, a saber, reclutarlos forsozamente para la guerra, llevarse o violar las mujeres que quiera, tomar los niños como quiere, matar a quién quierea solo por gusto"

No confundas y andes con prejuicios. Una cosa son los siervos (que se Consideran parte de la propiedad, hasta cierto punto) y otras los hombres libres y pequeños propietarios (no estoy hablando de nobleza) y ambos tienen derechos y obligaciones. Con los siervos pasaba lo que con los esclavos en la antigua Roma. Algunos eran tratados bien y otros no, pero tenían más derechos que un esclavo y por encima de todo eran hombres y parte de la cristiandad. Un señor que matara por gusto o violara era un tirano y como tal se le podía dejar de servir y derrocarle. así figura en todos los tratados de la época. Aun a pesar de esta evidencia no dejarán de figurar mucha leyenda al respecto. Y es precisamente porque el hecho de ser una sociedad Cristocentrica le pone a muchos enemigos por delante.

Además el orden social feudal impedía que las mesnadas fueran reclutadas así al pronto, siendo la guerra en esa época cosa de unos pocos. En verdad que nunca han sido los ejércitos más reducidos que nunca salvo en el periodo feudal, donde rara vez encontraremos grandes batallas de más de 10.000 hombres por contendiente y esto era por el mismo valor cualitativo del caballero armado, que lo era en lo táctico (pues equivalía el solo a decenas de paisanos, aparte de ser muy caro el mantenimiento de mesnadas entrenadas) y en el derecho de guerra (que incluye todo un código de caballería en guerra) lo que convertía las batallas en algo menos cruentas de lo que se cree comparadas con las de la antiguedad.

y en lo que dices: "Es la etapa donde europa se atrasa, pierde cultura, arte, poder, en esta etapa la humanidad avanza en asia y en arica, no en europa, que pierde el legado antiguo, incluso ya no puede leer griego. Solo los aristócratas y clerigos tienen derechos y pueden estudiar, el resto de la población son animales sacrificables."

Para empezar te puedo decir que te repases la historia de la cultura y que empieces por las bibliotecas medievales. Por ejemplo en España se conserva en tiempos visigodos (esos bárbaros del norte que apenas saben hablar latín y mucho menos koine) todo un legado de la antiguedad trasmitido por los escritos patrísticos y de la roma clásica. En concreto he estudiado a fondo lo que sería la biblioteca episcopal toledana del siglo VII y te puedo decir que te equivocas en mucho.

Sobre la escuela en la Edad Media te contestaré a fondo en el siguiente post. Ahora baste decir a modo de anécdota de como funcionaban las cosas que cuando Santo Tomás de Aquino en pleno siglo XIII quiere estudiar a fondo a Aristóteles, encarga a un colega suyo (Guillermo de Moerbeke) que le traduzca las obras del griego original pues no se fiaba de la traducción averroizada de los árabes. ¿Eso es falta de cultura? Eso es el princiio sano de la investigación científica de la que luego harán gala los renacentistas que se creen que han descubierto el mundo. Unmundo que ya conocían los medievales, pero en el que daban importancia a otras cosas.

Otro rasgo anecdótico es la mujer en la universidad. Ahí está Eloisa, que es laica, o Leonor de Aquitania o la infame Donna Señatrix (La Señora Senadora) Marozia y muchas monjas y abadesas instruidas. Catalina de Siena se atreverá a dirigise al papado y cantarle las cuarenta teológicamente. ¿Dónde hay esa proliferación del poder y saber femenino en la modernidad? No te molestes en buscarla: la modernidad reducirá a la mujer al negarle el acceso a la universidad. Prohibición que no existía en la Edad Media. Por ahí rula todavía un artículo de Historia16, lleno de deficiencias y todavía prejuicios, pero que se titulaba así: "La mujer medieval: fin de un mito" y que decía cosas como que "el renacimiento terminó con las conquistas femeninas de los siglos XI al XIII" y que "si dejamos de lado estos conceptos «prefabricados» -heredados a menudo del siglo XIX romántico, y generalmente asimilados sin crítica previapara asomarnos un momento a la realidad medieval que se transluce de un estudio riguroso y científico, el panorama cambia" Y tanto que cambia. Te recomiendo que leas algún libro de Regine Pernold y aprendas como el feminismo enlaza más con la era medieval que con la modernidad. Por tanto permíteme en honor al las damas primero un par de mensajes sobre la Domina medieval antes que nada...






 


Autor: Sotonik, 24/Nov/2005 20:48 GMT+1:



LA MUJER EN LA HISTORIA
RÉGINE PERNOUD


El presente texto fue escrito para HUMANITAS por la historiadora francesa con ocasión de “El Mundo de la Mujer”, serie de actividades culturales que tendrá lugar en el Centro de Extensión de la Pontificia Universidad Católica durante el mes de mayo del presente año.

El papel de la mujer en la historia es un tema nuevo en más de un aspecto. Sólo ha sido planteado recientemente, al menos por algunos historiadores, después de haberse producido una evolución considerable del lugar de la mujer en la sociedad, sobre todo en Francia, donde un poder marcadamente masculino parecía absolutamente natural y los reyes habían sucedido a los emperadores romanos, cuya lista constituía el fondo de los estudios generales del pasado.

Es innegable el hecho que la mujer prácticamente no ocupó lugar alguno en la trama del comienzo de la historia europea, es decir, en el imperio romano. En esa época, ella no tenía existencia legal. En la antigüedad romana sólo existe el poder del pater familias, dotado de ciudadanía plena, propietario absoluto (con derecho de vida y muerte sobre sus hijos) y gran sacerdote cuya autoridad tiene su origen en la religión.

Asimismo, al dar vuelta las páginas y llegar a ese período denominado “Edad Media” (¡una edad “media” con un milenio de duración, entre los siglos V y XV!), en una especie de desafío al sentido histórico, no deja de sorprendernos la aparición de rostros femeninos: nombres de reinas con un rol activo, que el historiador está obligado a considerar, comenzando por Clotilde, la reina que convierte al rey, con lo cual se producen en la sociedad las más diversas consecuencias, ampliamente consideradas en el curso del año 1996, probable aniversario del bautizo de Clodoveo. Han tenido lugar acaloradas discusiones sobre el tema, incluso en medios políticos muy alejados de los círculos universitarios. Es decisivo el desempeño de esta reina que induce al rey pagano a elegir la fe católica y no la herejía arriana adoptada por los demás invasores: godos, visigodos, alamanes y burgundas. Poco después harán lo mismo Teodosia en España y Teodelinda en Lombardía, y en Inglaterra la reina Berta convertirá a su esposo, el rey de Kent, a la fe católica.

Aun cuando no se considere su acción, hay algo insólito en la presencia de estas reinas después de la historia del imperio romano. Ciertamente, podemos admitir la influencia de las costumbres germánicas o nórdicas, mucho más abiertas a la presencia familiar de la madre y los hijos que la ley romana; pero eso no basta para explicar el cambio histórico que de pronto da espacio en Francia a una reina Radegunda, inspiradora de poetas, o a una reina Batilde, que pone fin a la esclavitud. ¿Qué había sucedido en el intervalo?

En realidad, hubo una fuente de inspiración: el Evangelio. Comienza con el “sí” de una mujer y termina con la llegada de algunas mujeres locas de alegría, que venían a despertar a los apóstoles dormidos. Se habían levantado antes del amanecer, vieron el sepulcro vacío, y el Resucitado se apareció en primer lugar a una de ellas, a María Magdalena. Esas mujeres estarán presentes al descender el Espíritu Santo sobre los apóstoles recordándoles todo lo dicho por Cristo, entre otras cosas la igualdad de derechos y obligaciones entre el hombre y la mujer y su creación conjunta. “Él los creó Hombre y Mujer”, había dicho el Génesis. En 1975, en la revista Missi por él dirigida, el Padre Naïdenoff había destacado el hecho de que en la Iglesia primitiva los nombres de santas son más abundantes que los nombres de santos. Desde esa época se tiene la impresión de que las mujeres emergen de la sombra. En la sociedad de esos tiempos, el hecho debió parecer sumamente desconcertante, pero sólo era una originalidad más, entre muchas, de esos cristianos de conducta tan extraña. “Conservan todo sus hijos”, se decía refiriéndose a ellos. Consideraban hermanos a todos los hombres, incluidos los esclavos. Se negaban a arrodillarse ante los dioses del comercio o la guerra, pero decían adorar a un Dios único y trascendente.

No es en absoluto sorprendente que se hayan necesitado varios siglos para llegar a una transformación profunda de la sociedad. ¿Llegará alguna vez a su fin semejante transformación? En todo caso, la posición de la mujer evolucionaría considerablemente en el curso de esos siglos. Y entre otros, tendríamos un ejemplo que muchos historiadores no percibieron. Me refiero a los monasterios mixtos. Son numerosos en la cristiandad de los siglos VI y VII, tan poco conocida. Sin embargo, las obras dedicadas a ellos pueden contarse con los dedos de una mano. Laon, Jouarre y Faremoutiers en Francia y Whitby en Inglaterra conservaron vestigios de sus monasterios mixtos, abadías con un edificio para las monjas y otro para los monjes, por lo general con la iglesia entre ambos. Ahora bien, el conjunto estaba bajo el magisterio de una abadesa y no de un abad, y los monjes dependían de una abadesa en su ejercicio.

Por sorprendentes que pudieran parecer, es fácil explicar la existencia de semejantes fundaciones. Los monasterios se instalan por lo general en lugares apartados, adecuados para el recogimiento. En una época con medios de transporte sumamente escasos, para las monjas era indispensable la proximidad de los sacerdotes para la misa y los demás oficios litúrgicos (en esos tiempos se comprendió perfectamente el hecho de que el sacerdocio haya sido conferido a los hombres sin que eso implicara superioridad alguna, solicitándose diferentes servicios al hombre y a la mujer). Por otra parte, en una época en que se vivía de cultivos propios, los monjes se dedicaban a los trabajos más fuertes, de arado, cosecha, etc. Asimismo, la presencia de los hombres podía ser preciosa en caso de ataque inopinado en esos lugares desiertos. Los monasterios mixtos fueron numerosos y prósperos hasta el momento de las invasiones más destructivas en el sur, de los árabes a partir del siglo VIII; en el norte, de los normando, navegando río arriba y saqueándolo todo a su paso; y en el este, de los lombardos y los húngaros. Europa sólo recuperará cierto equilibrio en el curso del siglo X.

No es sorprendente que fines del siglo XI, en una Europa pacificada, donde ya se han multiplicado las fundaciones cluniacenses, una orden mixta sea creada en Fontevraud por Robert d'Arbrissel. Al instalar a los monjes y las religiosas bajo el magisterio de una abadesa, estaba simplemente rescatando una tradición muy antigua.

Y Fontevraud tiene una actividad importante en la expansión de la lírica cortesana, que data de la misma época, como lo señaló magníficamente el romanista Reto Bezzola, historiador de la tradición cortesana. Se produce en ese momento un gran desarrollo literario en el cual la mujer ocupa el primer lugar como inspiradora y educadora, reuniendo a los poetas. Eleonora de Aquitania y su hija María de Champagne son ejemplos de esta labor. Ahí nace la novela, al igual que la caballería, obra maestra de esas instituciones de paz que surgen a partir del siglo X, en las cuales es evidente la influencia de la mujer y la Iglesia, con la paz de Dios, que ordena dispensar a los clérigos, las mujeres y el mundo campesino en los combates. Aparece en la historia la noción de población civil, que no debe confundirse con los combatientes, y persistirá mal que bien hasta nuestra época, en que el “progreso” de las armas impide toda discriminación y hace que las poblaciones civiles constituyan el ochenta por ciento de las víctimas de los conflictos. La tregua de Dios suspende las hostilidades en el tiempo con la prohibición de luchar el día domingo y luego desde el miércoles en la noche hasta el lunes en la mañana. Por otra parte, se prohiben los actos de hostilidad durante los períodos de Adviento, preparación para la Navidad, y Cuaresma, anterior a la Pascua. Ha quedado un vago eco en la “tregua de los confiteros”... Con la influencia que han logrado recuperar hoy día en el seno de la sociedad, las mujeres tal vez podrían atacar los males que socavan la sociedad, tales como aquéllos provocados por el manejo de los valores económicos creando pobreza en medio de la abundancia. Ciertamente, el combate ya ha comenzado a través de ciertas asociaciones, pero podría extenderse ampliamente.

Volviendo a la época “medieval”, comprobamos cómo se afirma la influencia de la mujer y mantiene su preponderancia, sobre todo en Francia, durante todo el período feudal, desde el siglo X hasta fines del siglo XIII. A partir de entonces será atacada por la universidad, que excluye a las mujeres y pretenderá también excluir a los monjes por influjo de ciertos clérigos que inventaron el clericalismo. Tomás de Aquino y Buenaventura son suspendidos durante dos años en la Universidad de París debido a su condición de hermanos mendicantes... Para la mujer, esta exclusión del saber tiene consecuencias graves. Recordemos que las mujeres médicos son numerosas en el siglo XIII. Así, San Luis parte a Tierra Santa con su esposa, acompañado de una de ellas. En el siglo siguiente habrán desaparecido las mujeres médicos, salvo en los procesos de la Universidad de París, a los cuales son sometidas cuando procuran ejercer una profesión para cuyo ejercicio ahora se exige un título.

Al cabo de cierto tiempo, el personaje de la reina se esfumará, desapareciendo, por lo menos en Francia. Una reina Blanca, madre de San Luis, fue capaz de dirigir el reino, hacer entrar en razón a señores ambiciosos, conducir guerras y suscribir tratados durante casi cuarenta años. En el siglo XVII, la reina ni siquiera será coronada, no ejercerá poder alguno y sólo será a esposa del rey, generalmente con menos influencia que sus amantes, porque en el curso del tiempo, el retorno del derecho romano, en los espíritus, los estudios y luego en las costumbres, modificaría paulatinamente la situación de la mujer. A partir de 1314, Felipe el Hermoso, bajo la influencia de los legistas, restringió el derecho de sucesión a la corona de las mujeres. En 1593, por decisión del Parlamento de París, se prohibió toda función de la mujer en el Estado. Y la Revolución establecerá un poder puramente masculino, sancionado poco después por el Código Civil, que ignora a la mujer y parece hecho, como observaba Renan, por un “niño destinado a morir soltero”.

La historia de Francia no está menos marcada por un hecho o más bien un personaje imborrable. Para apreciar esta situación, es preciso remontarse a esos siglos que podríamos calificar con justicia como “medievales”, ya que efectivamente constituyen una “Edad Media”: los siglos XIV y XV.

Es una época aterradora en la cual hay una sucesión de guerras, hambrunas y epidemias. Con posterioridad a la muerte de Felipe el hermoso, en 1315 ó 1316, lluvias incesantes convirtieron al Occidente en un lodazal inmenso, donde no era posible arar, sembrar ni cosechar, a raíz de lo cual se produjo la terrible hambruna de los años 1315 a 1317 y el consiguiente debilitamiento general. La vida parece adquirir un ritmo más lento y un hombre de cincuenta años es un anciano. El clima empeora. En esa época Groenlandia (Grünland, la tierra verde) se convierte en una tierra blanca con el descenso de los glaciares del Artico, que genera un terrible cambio climático. Veinte años después sobreviene otra calamidad, la peste negra de 1348. La peste había desaparecido en el Occidente desde el siglo VII y la traen las ratas de los navíos comerciales provenientes de Turquía. De acuerdo con las estimaciones más conservadoras, muere un tercio de la población europea. Si agregamos a esa situación las guerras de la época, tendremos cierta idea del estado general de la población. Además la peste reaparece cada cierto tiempo como una epidemia latente. En 1418, sus víctimas se cuentan por miles en París.

Podemos imaginar las condiciones de vida en el Occidente en general, sobre todo en Francia, donde en 1492, el rey Carlos VI se vuelve loco. Es una locura intermitente, con intervalos lúcidos cada vez más breves. Entretanto, su joven esposa (Isabel de Baviera, sobre la cual la historia ha acumulado calumnias, de veintidós años de edad en esa fecha) procurará en vano gobernar en medio de las ambiciones desenfrenadas de una nobleza que ha adquirido demasiado poder y carece de escrúpulos.

En ese clima, una dinastía que en Inglaterra ha usurpado el trono (los Lancaster, cuyo primer representante, con el título de Enrique IV, hizo abdicar y luego dejó morir de hambre a Ricardo II, el rey legítimo), decide reclamar Normandía y las antiguas posesiones de los Plantagenet en Francia con el fin de asegurar su popularidad. Haciendo una alianza con el duque de Borgoña, rival del duque de Orleáns, Enrique V, sucesor del rey anterior, desembarca en Harfleur, expulsa a los habitantes y destruye los ejércitos reales de Francia en la desastrosa batalla de Azincourt (1415). A partir de ese momento se instala en Francia en calidad de amo y señor, casándose con Catalina, una de las hijas de Carlos VI. A su primogénito, Enrique VI, se le promete el doble reinado de Francia e Inglaterra mientras el delfín legítimo, Carlos, se ve obligado a huir, encontrando asilo más allá del Loira, donde piensa expatriarse en España o Escocia. Enrique V muere repentinamente en plena juventud, en 1422, dos meses antes del desventurado Carlos VI; pero su hermano Juan, duque de Bedford, lo sucede y se hace cargo de los intereses de su joven sobrino, futuro “rey de Francia e Inglaterra”.

La ofensiva inglesa elige como blanco la ciudad de Orleáns. Con su puente en el Loira, representa el centro de Francia y el acceso al sur, que sigue siendo fiel al rey. El sitio tiene lugar en 1428. En ese momento, un extraño rumor recorre el país: una joven proveniente de las “fronteras de Lorena” ha llegado al castillo de Chinon, donde se ha refugiado el delfín repudiado. Ella declara traerle “el auxilio de Dios”. Es una sencilla campesina (“En mi región me llamaban Jeannette”) y ha logrado convencer con dificultades al capitán de una de las fortalezas, Vaucouleurs, partidario del rey legítimo, para que le proporcione una escolta que la conduzca hasta el delfín. La joven promete liberar la ciudad de Orleáns y luego hacer consagrar en Reims a Carlos, al cual le corresponde la corona por derecho.

Todo sucederá tal como lo ha prometido la joven, por nosotros llamada Juana de Arco. Su irrupción será breve y decisiva (“Duraré un año, nada más”, dijo al llegar a Chinon). Logra convencer a Carlos de que reúna a sus partidarios y haga un nuevo esfuerzo bélico. A la cabeza de los hombres del delfín, reunidos en Blois, arremete contra Orleáns, defendida en la mejor forma posible desde hacía siete meses por un descendiente de la familia de Orleáns, Juan, hermano bastardo del duque Carlos, en ese momento prisionero en Inglaterra desde la batalla de Azincourt. Al cabo de siete días la ciudad es liberada, los ingleses levantan el sitio y atribuyen su derrota a esa joven, que en lo sucesivo consideran bruja.

Luego, tras dar algunos golpes de mano a las tropas inglesas concentradas en Beaugency y Jargeau y obtener una victoria decisiva el 18 de junio en Patay contra un ejército de emergencia dirigido apresuradamente por orden de Bedford contra los combatientes franceses (cuyas filas aumentaban incesantemente, al despertarse con los triunfos el impulso patriótico de individuos hasta ese momento resignados a un destino aparentemente ineluctable), Juana conducirá al delfín Carlos, en pleno país borgoñón, hasta Reims, donde será debidamente consagrado y coronado, convirtiéndose en Carlos VII, rey de Francia, ante el estupor del mundo conocido.

Esa es la primera parte de la historia de Juana, episodio glorioso seguido por un año trágico. Contra ella y el rey quedan los que no han cedido. Su bastión es la Universidad de París, unida con el rey de Inglaterra desde sus primeros éxitos en el suelo de Francia, colmada de honores y prebendas. En el seno de esa universidad se había elaborado la ficción de una “doble monarquía”: dos coronas, las de Francia e Inglaterra, en un mismo frente, precisamente aquél del heredero inglés. Las personas como Jean Gerson, que habían rehusado participar en semejante traición, fueron expulsadas rápidamente de la universidad y debieron huir.

Juana no había logrado convencer al rey de que dirigiera sus ejércitos contra París después de la coronación. Ahí se encontraban los partidarios del enemigo y no tardarían en tomar la revancha.

Después de un oscuro invierno de retirada forzosa, Kuana, en lo sucesivo más bien jefa de cuadrilla y no de guerra, sería encarcelada al dirigirse en auxilio de Compiègne, sitiada por el duque de Borgoña, Pierre Cauchon, en nombre de la Universidad de París, donde había sido canciller durante mucho tiempo. Cauchon se apresurará a reclamar la prisionera, negociando su compra por parte de la autoridad inglesa y entablando en su contra un proceso por herejía. El había sido uno de los actores en el tratado de Troyes, que prometía la doble corona al hijo del rey de Inglaterra. Es posible imaginar su rencor contra esa muchacha proveniente de un lugar desconocido, cuya acción se oponía a sus planes.

Por orden del duque de Borgoña, Juana es conducida a Rouen, donde permanece en calidad de prisionera de guerra mientras él la somete a un proceso eclesiástico, habiendo reclutado a otros seis universitarios parisienses para confundirla aún más.

Juana se encuentra sola ante clérigos muy sabios que procurarán hacerla contradecirse y tienen certeza de conseguirlo fácilmente: ¡una joven ignorante frente a semejantes expertos! El proceso durará cinco meses, con interrogatorios casi diarios durante cuatro de ellos. Para Cauchon y sus secuaces, es una sucesión de decepciones: es imposible conseguir que Juana se contradiga o retracte y ninguna de sus respuestas puede considerarse una herejía. Finalmente, Cauchon sólo podrá atacarla por su vestimenta masculina. Ella la usó desde el comienzo de su acción, cuando debía cabalgar y combatir. En la prisión, donde la vigilan carceleros ingleses, esa vestimenta la protege. La joven a la cual llamamos Juana de Arco siempre se hizo llamar Juana la Doncella, es decir, la virgen. Por lo demás, fue sometida en dos oportunidades a exámenes de virginidad que confirmaron la justificación de ese nombre. Se negará adejar la ropa de hombre porque vestida de mujer no estaría suficientemente segura. Al recibir la orden de usar nuevamente ropa de mujer, obedece únicamente durante algunos días y vuelve a ponerse el traje de hombre, con lo cual Cauchon la declarará “relapsa”, reincidente en una falta anteriormente abjurada y la condenará a la hoguera.

Sin embargo, Cauchon no previó el hecho de que precisamente ese proceso revelaría al mundo la grandeza de Juana, permitiéndonos, más allá de las hazañas, conocer su persona. Pensábamos en un ser impulsivo, de acción y decisión; sus respuestas nos revelan un ser que escucha. “Sólo he actuado obedeciendo a mis voces... Preferiría ser arrastrada por cuatro caballos que haber venido a Francia sin recibir la orden de Dios”. La joven que decidía y daba órdenes en las batallas, a menudo oponiéndose al parecer de los capitanes, nos revela que para ella lo único importante era la obediencia a “sus voces”, a “su consejo”. Y esa actitud incluye la aceptación del martirio: “Mis voces me dicen que acepte todo de buen grado sin importarme el martirio porque en definitiva entraré al reino del paraíso... Llamo martirio a eso por la pena y adversidad que sufro en la cárcel y no sé si tendré sufrimientos mayores, pero me entrego enteramente a Nuestro Señor”.

Un ser que escucha, un ser con fe.

¿No es extraordinario pensar que ese largo período en el cual surgieron todas las obras maestras del arte románico y todas las catedrales góticas dedicadas a Nuestra Señora termine con un personaje que parece encarnar en sí mismo todo lo que pudo inspirar y nutrir tales creaciones?

Juana de Arco al parecer reúne en sí misma todo lo que dio grandeza a la época: es al mismo tiempo el Caballero y la Dama.

Una interesante reseña de la obra de Regine Pernoud "Los silencios de la Edad Media" en http://www.uc.cl/historia/cinfo/Articulos/Anne.htm

 


Autor: Sotonik, 24/Nov/2005 20:49 GMT+1:




Retazos de verdad de un mundo injustamente olvidado
El puñetazo saludable


Con El nombre de la rosa y El médico, el orbe occidental ha llegado a un tácito acuerdo: la Edad Media fue una inmensa caverna habitada por el monstruo de la barbarie y de la miseria, como una escena violenta dentro de una comedia inocente. Hemos asociado la mentalidad medieval a la forma más rudimentaria de proceder, a la ausencia de rigor, al subdesarrollo moral, a la exclusión social de la mujer y a la ausencia de una supuesta racionalidad que sólo vendría a conocer el hombre con el siglo de las Luces. Régine Pernoud, en los trabajos que presentamos, echa por tierra este flujo de prejuicios que abarca ese enorme fragmento de mil años de Historia, al tiempo que propone un brindis por la necesidad del rigor en el método histórico y por la honradez en su enseñanza.
Régine Pernoud, una de las máximas autoridades de los estudios medievales franceses, que ronda ya los 90 años, publicó en los años 70 un sabroso librito que ha sido recientemente publicado por Olañeta editor con el título Para acabar con la Edad Media. Pernoud no nos propone una burda revisión de la Historia, porque revisión suena a reinterpretación o manipulación de los datos antiguos desde las categorías de nuestro tiempo, es decir, una excusa para colocar allí aquello que uno pretende desde aquí.

Éste es el caso del reciente libro del crítico Harold Bloom Shakespeare, la invención de lo humano, en el que se nos pretende hacer creer que el ilustre dramaturgo inglés fue el pionero del concepto moderno de hombre: lleno de dudas y autónomo frente a Dios. Nada más lejos de la realidad, ya que la densidad de los personajes de Shakespeare revela una atmósfera sólo comprensible desde la fe cristiana. Por el contrario, Régine Pernoud procede con la seriedad del arqueólogo que encuentra un capitel bajo la arena y lo limpia cuidadosamente para hacer resaltar su brillo.
Cuando habla de la importancia de la mujer en la Edad Media, no hace sino beber de las fuentes. Cita documentos judiciales, actas notariales, encuestas y estatutos de las ciudades que muestran cómo las mujeres votaban igual que los hombres en las asambleas urbanas o en las de los municipios rurales. En aquellos documentos es muy frecuente ver a una mujer casada que actúa por sí misma abriendo una tienda o un comercio.

En este contexto, aparece la Iglesia luchando contra las uniones matrimoniales impuestas; los progresos en la libre elección de los esposos acompañaron en todas partes a los progresos de la difusión del cristianismo.

Régine Pernoud no se olvida de los 1.000 años (del siglo IV al XIV) en los que el hombre aportó belleza a la cultura de su tiempo. Esta época vivió la aparición de la novela, la lírica cortés, la difusión del libro en la forma en que aún se presenta en nuestros días (el codex), las grandes catedrales y el canto gregoriano. Mención especial merece el teatro como género que nace del mismo pueblo, en torno a las grandes celebraciones litúrgicas, y que se desnaturaliza a partir del XVI, cuando se transforma en un género exclusivo, sólo para espíritus cultivados y letrados. La autora francesa no escatima epítetos a la hora de valorar a determinadas personalidades medievales, como a san Isidoro de Sevilla, en cuya obra está, en germen, la esencia de la cultura de los siglos románicos y góticos (tal ha sido su aportación intelectual y su sistemática, que ha sido elegido en la actualidad Patrono de los informáticos por el Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales).

«HILDEGARDA DE BINGEN»


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En esta obra biográfica (Editorial Paidós) de una de las mujeres más interesantes de la Edad Media, Pernoud nos ofrece el perfil de una religiosa del siglo XII, abadesa de un convento a orillas del Rin, que se carteó regularmente con Papas y emperadores de su tiempo, a la vez que legó a la posteridad dos obras extraordinarias: El Scivias (un repaso a la posición del hombre ante la creación y a la luz de Dios), y el Libro de los Méritos de Vida.

Fue, en palabras de Abelardo, prototipo de mujer de inquisición permanente, según lo que inquisición significaba en la época medieval: búsqueda, pregunta, investigación... De hecho, redactó dos trabajos de medicina y compuso 77 sinfonías.

Tenemos la suerte de poder leer en castellano estas dos piezas breves que rescatan retazos de verdad de un mundo que parecía sumido en el desprestigio y la incomprensión. Tiene razón Ginette Guitard-Auviste, periodista del diario Le Monde, cuando dice que después de tantos errores y excesos, el puñetazo de Régine Pernoud es saludable.

J. A. S.

 


Autor: Sotonik, 24/Nov/2005 20:54 GMT+1:



La Escuela en la Edad Media

En la Edad Media "la mayoría de las personas no sabían leer ni escribir. Así que estaban `a oscuras' por lo que respecta a toda clase de conocimiento, ya que no podía ser comunicado" Esto podrían ser palabras de Argento.

Veamos lo que nos dice sobre este asunto esa ciencia llamada Historia: "En la Edad Media, como en todas las épocas, el niño va a la escuela. Por lo general, es la escuela de su parroquia o del monasterio más cercano. En efecto, todas las iglesias tienen una escuela: a ello obliga el Concilio de Letrán de 1179, y en Inglaterra, país más conservador que el nuestro, todavía puede verse la iglesia junto a la escuela y el cementerio. Muchas veces son fundaciones señoriales las que garantizan la instrucción de los niños; Rosny, una pequeña aldea a orillas del Sena, tenía desde comienzos del siglo XVIII una escuela que había fundado hacia el año 1200 su señor Gui V Mauvoisin. Otras veces se trata de escuelas exclusivamente privadas; los habitantes de un poblado se asocian para mantener a un maestro que toma a su cargo la enseñanza de los niños. (...)También los capítulos de las catedrales estaban sometidos a la obligación de enseñar dictada por el Concilio de Letrán (Nota 1: En cada diócesis, dice Luchaire, aparte de las escuelas rurales o parroquiales que ya existían... los capítulos y los principales monasterios tenían sus escuelas, su personal de profesores y alumnos. La societé française au temps de Philippe Auguste, pág. 68). El niño entraba en ellas [en las escuelas] a los siete u ocho años de edad, y la enseñanza que preparaba para los estudios universitarios se extendía a lo largo de una década, lo mismo que hoy, de acuerdo con los datos que proporciona el abad Gilles el Muisit. Varones y niñas estaban separados; para las niñas había establecimientos particulares, tal vez menos numerosos, pero donde los estudios alcanzaban a veces niveles muy altos. La abadía de Argenteuil, donde se educó Eloísa, proporcionaba el aprendizaje de la Sagrada Escritura, letras, medicina y hasta cirugía, aparte del griego y el hebreo, que introdujo Abelardo. En general, las escuelas daban a sus alumnos nociones de gramática, aritmética, geometría, música y teología, que les permitían acceder a las ciencias que se estudiaban en la Universidad; algunas incluían alguna enseñanza técnica. La Histoire Littéraire menciona como ejemplo la escuela de Vassor en la diócesis de Metz, donde al mismo tiempo que aprendían la Sagrada Escritura y las letras, los alumnos trabajaban el oro, la plata y el cobre (Nota 2: L. VII, c. 29; registrado por J. Guiraud, Histoire partiale, histoire vraie, pág. 348). (...) En esta época los niños de las diferentes clases sociales se educaban juntos, como lo atestigua la conocida anécdota que presenta a Carlomagno irritado contra los hijos de los barones, que eran perezosos, contrariamente a los hijos de los siervos y los pobres. La única distinción que se hacía era la de la retribución, dado que la enseñanza era gratuita para los pobres y de pago para los ricos. Veremos que esa gratuidad podía prolongarse mientras duraran los estudios y también extenderse al acceso al título, puesto que el ya mencionado Concilio de Letrán prohíbe a las personas cuya función era dirigir y controlar las escuelas `que exijan a los candidatos al profesorado una remuneración para que se les otorgue el título'. Por otra parte, en la Edad Media había poca diferencia en la educación que recibían los niños de diferente condición; los hijos de los vasallos más humildes se educaban en la mansión señorial junto a los del señor, los hijos de los burgueses ricos estaban sometidos al mismo aprendizaje que el del más humilde artesano si querían atender a su vez el comercio paterno. Ésta es sin duda la razón por la cual hay tantos grandes de origen humilde: Suger, que gobernó Francia durante la cruzada de Luis VII, era hijo de siervos; Maurice de Sully, el obispo de París que hizo construir la iglesia de Nôtre-Dame, nació de un mendigo; San Pedro Damián fue porquero en su infancia, y Gerbert d'Audrillac, una de las luces más fulgurantes de la ciencia medieval, fue también pastor; el papa Urbano VI era hijo de un zapatero de Troyes, y Gregorio VII, el gran Papa de la Edad Media, de un pobre cabrero. A la inversa, muchos grandes señores son letrados cuya educación no debió diferir en mucho de la de los clérigos: Roberto el Piadoso componía himnos y secuencias latinas; Guillermo IX, príncipe de Aquitania, fue el primero de los trovadores; Ricardo Corazón de León nos dejó poemas, lo mismo que los señores de Ussel, de Baux y muchos otros; para no hablar de casos más excepcionales como el del rey de España Alfonso X" (Régine Pernoud, A la luz de la Edad Media, Ed. Juan Granica, Barcelona 1988, págs. 115-118).

Todo lo anterior, pura historia, nos presenta un cuadro de la Edad Media muy distinto del dibujado por la mitología protestante: la instrucción era vastísima, todo el mundo tenía acceso al conocimiento de las Escrituras, y la cultura era gratuita para los pobres (lo contrario de lo que ocurre en nuestro mundo protestantizado). ¿Dónde están, pues, las "tinieblas" medievales? Tan sólo en la mente de los mitógrafos protestantes.
 


Autor: Sotonik, 24/Nov/2005 21:02 GMT+1:



Entre 1200 y 1400 se fundaron en Europa 52 universidades, 29 de ellas pontificias. Según orden de antigüedad, no en importancia, puesto que la de París fue la más destacada, las fechas de fundación parecen ser las siguientes: Palencia (1208-12), Oxford (1214), París (1215), Padua (1222), Nápoles (1224), Salamanca (1228), Toulouse (1229), Bolonia (1230). Valladolid fue fundada a mediados del S. XIII (1250).




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P:¿Qué opina de esos intelectuales que constantemente en sus escritos afirman que la religión es pura superstición, que es incompatible con la democracia y que la asignatura de religión en la escuela supone fomentar el totalitarismo religioso?



R: ¡Que no tienen ni idea de Historia!. De no ser por el cristianismo... ni democracia, ni revolución científica, ni universidad fundada por la Iglesia Católica... y si no mire usted los otros ámbitos culturales. 2005



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Los orígenes de la Universidad: las piedras y las almas de las universidades medievales

por Alejandro Rodríguez de la Peña


Creo que es nuestra labor recuperar este espíritu que animaba las universidades medievales si no queremos que la Universidad muera como tantas otras cosas que están desapareciendo de nuestra sociedad como la moral natural, el amor a la Verdad o la decencia. Descripción de la Historia y del desarrollo de la vida universitaria en sus orígenes



Hace casi mil años nacieron las primeras universidades en el Occidente medieval, París y Bolonia. Estamos hablando, por tanto, de una institución milenaria. Hay que recordar que actualmente en Europa existen 85 instituciones cuya existencia podemos rastrear en tiempos anteriores al Renacimiento. De ellas, 70 son universidades. En sus aulas ya no encontramos sólo clérigos, frailes y médicos como en el siglo XIII. Sus planes de estudio ya no se basan en el Trivium y el Quadrivium como sucedió hasta el siglo XVIII. Sin embargo, más allá de los cambios, nuestras universidades son todavía perfectamente reconocibles como descendientes directas de aquellas que nacieron hace mil años. Subrayo el todavía, ya que puede que dentro de diez años no pueda afirmar tal cosa si tengo que escribir sobre este particular.

El éxito aparente de esta institución es de tal calibre, tiene tan pocos precedentes, que conviene tenerlo siempre en cuenta cuando algún ignorante o malintencionado alude al oscurantismo de la Iglesia o a las tinieblas medievales. Posiblemente, la mezcla de amor a la Verdad (esto es, investigación: ego sum viam, veritas et vita) y la vocación evangelizadora (esto es, docencia: docete omnes gentes) de los Pontífices, obispos y clérigos que fundaron la Universidad en la Edad Media sea la clave del triunfo rotundo de una institución en la que siempre se han yuxtapuesto investigadores y docentes, agentes críticos y funcionarios del saber.

Hoy día muchas instituciones e incluso algunos Estados perviven realizando todo tipo de tareas sin preguntarse cuál es su razón de ser. Incluso podríamos afirmar que su continuidad tiene que ver con la no formulación de esa pregunta. Los que ahora quieren hacer de la Universidad una mera “factoría del conocimiento” en el marco de la sociedad de la información, esta sociedad noocrática del I+D en la que knowledge is money, olvidan que esta institución milenaria no puede ser transformada en una empresa productora de patentes y futuros profesionales sin que desaparezca. Seguirá llamándose Universidad pero, en propiedad, ya no será una Universidad. Será otra cosa.

Para comprender el sentido de esta afirmación debemos bucear en los orígenes de la Universidad y hacer un viaje en el tiempo al siglo XII. Lo primero es preguntarse ¿porqué nació la Universidad? La respuesta a esta pregunta es compleja pero creo que podemos comenzar a contestarla enunciando otra pregunta: ¿cuándo y porqué nacieron los intelectuales?

Porque, sin duda, no hay Universidad sin intelectuales. A pesar de que una de las definiciones más bellas de las universidades medievales es aquella que las define como “las catedrales de la sabiduría”, lo cierto es que no hubo universidades en el sentido físico y arquitectónico de la palabra hasta finales de la Edad Media cuando la Universidad llevaba funcionando dos siglos. Y los primeros edificios universitarios propiamente dichos no fueron aularios (facultades diríamos hoy) sino lo que hoy llamaríamos “colegios mayores”, instituciones benéficas para alojar estudiantes sin recursos, siendo el fundado por el cardenal Sorbone, el Colegio de la Sorbona de París, el más antiguo de los supervivientes. Resulta significativo, en este sentido, que con el tiempo diera nombre al conjunto de la Universidad de París.

Hay que recordar que el hecho de identificar el aulario con las facultades y, en general, con la Universidad, es algo muy reciente, fruto de la organización napoleónica de la Universidad. Todavía en Cambridge y Oxford, aún hoy día reacios receptores de ese modelo francés, se da más importancia a los colleges que a las faculties, dentro de una dinámica que pone más el acento en la relación profesor-alumno que en el armazón institucional. Curiosamente, este modelo anglosajón, puramente medieval, se apresta a resurgir de sus cenizas con el plan Bolonia que se aplicará en breve en el conjunto de la enseñanza universitaria europea.

Así que no todo es tan innovador en ese proyecto. De hecho, el espacio educativo común europeo con sus planes de estudios homogéneos y la desaparición consiguiente de las convalidaciones no es más que un retorno a la Edad Media, cuando toda la Cristiandad católica era un espacio único de enseñanza. Ahora es la Comisión Europea la que garantizará que un título universitario del CEU sea absolutamente equivalente a uno por Cambridge en cuanto a contenidos curriculares. En el siglo XIII era el Pontífice romano el que sancionaba con su auctoritas la licentia ubique docendi que permitía a un licenciado por Salamanca enseñar en París sin más trámites.

Volviendo a la cuestión de las piedras y las almas de la Universidad, utilizando un lenguaje escolástico. Hay que decir que, en realidad, durante los siglos XII y XIII la Universidad estaba allí donde residían y enseñaban sus profesores y ese lugar variaba según la época del año, pudiendo ser un claustro catedralicio, una abadía o simplemente una plaza al aire libre. Ubi scholastici ibi Universitas se decía entonces.

Por consiguiente, durante los dos primeros siglos de vida de la Universidad no había Universidad física propiamente hablando. De hecho, la palabra Universidad viene de universitas scholarum (y no de universal, como algún profesor todavía enseña), esto es, “corporación de profesores y alumnos”, ya que la palabra scholares valía para ambos.

De forma que una universidad era un cuerpo imaginario (corpus fictum), una ficción jurídica intemporal y no una empresa o un aulario. Según la definición del canonista Bartolo de Sassoferrato, una determinada Universidad comprendería en tanto que corporación a todos sus estudiantes y profesores desde su fundación hasta su extinción en lo que representaría una vinculación quasi mystica entre la institución y sus miembros. En Cambridge sentí que ese sentimiento aún es operativo. Uno es johnian o wolfsonian, por citar los dos colleges a los que he pertenecido, hasta la muerte, no hasta el día en que se obtiene el título de licenciado. ¡Qué diferencia con la idea de una academia para formar profesionales para las empresas!

Pero volvamos sobre el tema de las piedras y las almas de la Universidad, más en concreto retomemos la cuestión de las almas que forman la Universidad: los intelectuales. Esta palabra, un galicismo que procede de una definición francesa del siglo XIX de un sector social, quiere decir muchas cosas hoy en día, no todas ellas buenas, hasta el punto de que muchos universitarios huyen como de la peste de ser definidos como tales.

Por mi parte, prefiero explorar el origen de este grupo social que forma las entrañas de toda Universidad. Tomemos el caso de las danzas macabras de finales de la Edad Media, en los tiempos de la Peste Negra. Estas danzas de la Muerte, mezcla de penitencia y teatro urbano, representaban de forma teatral camino del Infierno a los distintos estratos sociales, desde los reyes y los nobles hasta los campesinos y burgueses. Entre los monjes, frailes, clérigos y obispos que se representan en las miniaturas de las danzas macabras de la época el estudioso avisado detectará la presencia de un grupo de penitentes disfrazados de algo difícil de precisar. Llevan tonsura como los monjes pero no son sacerdotes ni monjes. Son los scholares, los profesores y estudiantes de Universidad. Los intelectuales medievales.

Sabios, doctos, clérigos, filósofos, escolásticos, maestrescuela... todos estos términos se utilizaron en el Medievo para definirlos. El término intentaba designar a aquellos cuyo oficio era pensar y enseñar. En principio pertenecían al estado clerical y asumían las órdenes menores pero su vida no era la de un diácono o un presbítero. No eran místicos encerrados en sus claustros, ni pastores de almas ni auxiliadores de los pobres. Eran maestros cristianos que enseñaban bajo la autoridad de un obispo (representado por su canciller) por lo que asumían la condición clerical de iure, pero de facto vivían en otra esfera, intermedia entre el estado secular y el religioso. Por ejemplo, podían ser armados caballeros y recibir títulos nobiliarios.

Sabios y docentes, pensadores por oficio y vocación, encontramos en los rasgos psicológicos de los escolásticos del Medievo ciertos aspectos del carácter del intelectual de nuestro tiempo. Como profesores muchos cayeron en la fosilización de las mismas clases repetidas durante décadas. Como razonadores algunos cayeron en el exceso del racionalismo. Como científicos a muchos les acechó la sequedad de una vida entre libros robada a las familias y a los amigos. Como críticos no pocos cayeron en la tentación de denigrar por sistema lo establecido.

Pero hay que decir que la mayoría permaneció fiel al ideal del humanismo cristiano que animaba las universidades. Detrás de la razón, la mayoría supo ver la pasión por la Verdad, detrás de la docencia la necesidad de formar personas, detrás de la ciencia el amor por la Creación de Dios, detrás de la crítica la búsqueda del Bien Común. ¿Podemos decir lo mismo de nuestros intelectuales?


El renacimiento del siglo XII.

Sea como fuere, los orígenes de la Universidad hay que situarlos en el siglo XII, el siglo en el que volvió a haber ciudades y mercados en Europa tras largas centurias de ruralización y economía de subsistencia. El intelectual y la Universidad nacieron con las ciudades, su resurgimiento a partir de los cadáveres de las ciudades romanas los hizo posible. La escuela monástica, el scriptorium y el monje copista son tipos propios de una sociedad feudal, una sociedad rural de castillos y aldeas. La Universidad pertenece a un nuevo mundo que dejó atrás la Feudalidad, el del renacimiento del siglo XII y las catedrales góticas, un renacimiento que situó a Europa de nuevo a la cabeza del orbe en ciencia y arte tras siglos de estar a la zaga del Islam.

Los intelectuales del siglo XII, clérigos al servicio del obispo de su ciudad a los que éste encarga del cuidado de la escuela catedralicia, fueron llamados moderni (“los modernos”) en algunos escritos. Era la primera vez que esa palabra se aplicaba en la historia del pensamiento y resulta curioso comprobar que los escolásticos, que con el tiempo serían los principales defensores de la Tradición católica, fueran considerados al principio como “los modernos”.

Se les identificaba por su amor a los clásicos de la Antigüedad, un amor que compartieron con los renacentistas del Quatrocento de los que son directos antecesores. Pedro de Blois escribía, en este sentido: no se pasa de las tinieblas de la ignorancia a la luz de la ciencia si no se releen con amor cada vez más vivo las obras de los antiguos. ¡Que ladren los perros y que gruñan los cerdos! No por eso dejaré de dedicar todos mis cuidados a los antiguos y cada día el amanecer me encontrará estudiándolos.

El obispo inglés Juan de Salisbury aconsejaba, por su parte, a los estudiantes que estudiaran atentamente a Virgilio y a Lucano, cualquiera que sea la filosofía que profeses, comprobarás que puedes acomodarla a ellos. En esta acomodación consiste la capacidad del maestro y la habilidad y celo del alumno, de forma que se obtenga el mayor provecho de la lectura de los autores antiguos. El maestro Bernardo de Chartres expresó esta idea de forma insuperable en su famosa sentencia: somos enanos encaramados en los hombros de gigantes. De esta manera vemos más y más lejos que ellos, no porque nuestra vista sea más aguda sino porque ellos nos sostienen en el aire y nos elevan con toda su altura gigantesca.

Pero esta lectura de los clásicos no cayó nunca en la imitación, ya que el renacimiento del siglo XII se distingue del Renacimiento italiano en que rehuyó siempre el servilismo hacia la Antigüedad grecorromana, combinando siempre el legado de San Agustín con el de Platón y el de Virgilio con el Eclesiastés. Y es que, cuando los escolásticos pensaban en los antiguos, esos gigantes a los que aludía Bernardo de Chartres, incluían entre ellos a los Profetas de Israel y a los Santos Padres de la Iglesia. No será hasta los tiempos de Petrarca, Giotto y Bocaccio que se considere el mundo grecorromano como superior culturalmente al resto.

Ciertamente, los escolásticos del siglo XII estaban vivamente preocupados por la recuperación de aquellas obras de la Antigüedad grecorromana perdidas durante la época de las Invasiones. Los monjes benedictinos habían salvado buena parte desde los tiempos de Carlomagno pero se habían concentrado en las obras literarias antes que en las científicas o filosóficas. Por el contrario, los árabes habían concentrado sus esfuerzos en estas últimas desde que el califa abasí Al Mamun fundara en el siglo IX la Bayt al Hikma (“Casa de la Sabiduría”) en Basora, una escuela de traductores que tradujo al árabe el corpus científico y filosófico grecorromano.

En la ciudad de Toledo, recientemente reconquistada a los musulmanes, el arzobispo francés Raimundo (1125-1151) decidió fundar una Escuela de Traductores cristiana y bajo su protección dio comienzo la titánica labor a lo largo de casi cien años de equipos de traductores judíos, musulmanes y cristianos procedentes de toda Europa que vertieron al latín y al castellano muchas obras perdidas del pasado. En particular, fue decisiva su recuperación de las obras de Aristóteles, que a finales del siglo XII comenzó a desplazar a Platón como el príncipe de los filósofos para los escolásticos.

Fueron, por consiguiente, estos abnegados traductores toledanos los pioneros del renacimiento del siglo XII, al recuperar no solo la obra de Aristóteles sino en general el conjunto del Quadrivium. Me explico. El plan de estudios medieval se basaba en una división en Trivium y Quadrivium, esto es, Letras y Ciencias. Trivium procede de Tres, ya que tres eran las ramas del saber que correspondían a las Letras: Gramática, Retórica y Dialéctica. Quadrivium procede de Cuatro, ya que cuatro eran las ramas del saber de las Ciencias: Aritmética, Geometría, Música y Astronomía.

Resulta interesante, en este sentido, el testimonio de un joven clérigo inglés, Daniel de Morley, que narra en una carta privada que conservamos las razones por las que viajó a mediados del siglo XII a Toledo en búsqueda de instrucción: la pasión del estudio me había hecho abandonar Inglaterra. Permanecí algún tiempo en Francia. Allí solo vi a salvajes instalados con grave autoridad en sus asientos escolares teniendo frente a sí dos o tres escabeles cargados de enormes obras que reproducían las lecciones de Ulpiano en letras de oro y con plumas de plomo en la mano escribían gravemente en sus libros. Habiendo comprendido la situación, me puse a pensar en los medios de abrazar las Artes del Quadrivium que esclarecen las Sagradas Escrituras. Y como en nuestros días es en Toledo donde la enseñanza de los árabes, que consiste casi enteramente en las Artes del Quadrivium, se imparte a las multitudes me apresuré a legar hasta allí para oír las lecciones de los filósofos más grandes del Mundo. Como unos amigos me invitaran a regresar a Inglaterra, dejé España con una gran cantidad de preciosos libros. Que nadie se escandalice si ahora al tratar la creación del Mundo invoco el testimonio no solo de los Padres de la Iglesia sino también el de los filósofos paganos, pues, si bien estos últimos no figuran entre los fieles, algunas de sus palabras deben ser incorporadas a nuestra enseñanza.

Lo cierto es que durante los siglos altomedievales el Quadrivium había sido muy descuidado y las matemáticas y ciencias naturales que se enseñaban en las escuelas monásticas eran muy primitivas. Incluso, eran vistos como saberes sospechosos por el pueblo. El monje francés Gerberto de Aurillac, a pesar de ser elegido Papa con el nombre de Silvestre II en el año 999, no pudo evitar tener cierta reputación de brujo simplemente por haber aprendido matemáticas en Córdoba con maestros musulmanes y usar los números arábigos para hacer cuentas, unos números que parecían cosa de hechicería a las masas ignorantes.

Y es que no sería hasta el siglo XIII el que, gracias a la labor de la Escuela de Traductores de Toledo, los números árabes (o guarismos como se les llamaba entonces por el sabio árabe Al Kharizmi) sustituyeran a los obsoletos números romanos en Occidente. Pero no solo los números árabes entraron en las aulas y contadurías de la Cristiandad, también la ecuación de tercer grado, los algoritmos, la óptica y la geometría árabes hicieron su entrada en escena. Los árabes habían conseguido superar la ciencia grecorromana. La Cristiandad latina se disponía ahora a superar la ciencia árabe que había recibido a través de Toledo. Las universidades recién fundadas serían el vehículo de esta superación decisiva para la historia de la humanidad.

Quizá no se ha reflexionado lo suficiente sobre el hecho de que fuimos los españoles en particular y los católicos en general los que descubrimos y conquistamos América y no los musulmanes, que solo dos siglos antes eran dueños de medio Mundo y tenían mejores herramientas técnicas y científicas para haber iniciado ellos la Era de las Exploraciones a través de América, África y el Pacífico. La clave del éxito de Europa en el siglo XVI, éxito que está detrás del posterior dominio occidental del globo que llega hasta nuestros días, hay que buscarla en la institución universitaria y el dinamismo intelectual que supo insuflar a la Cristiandad al mismo tiempo que en el Islam el oscurantismo integrista de Al Ghazali se imponía sobre los falasifa (“los filósofos), poniendo fin a siglos de esplendor cultural y artístico en el Oriente Próximo.



En el principio fue París.

Si todo comenzó en Toledo, todo los caminos del saber acabaron por conducir a París. De todas las universidades medievales, París, favorecida por la presencia de los maestros más brillantes, será la encarne mejor el paradigma. Desde el año 1100 los profesores y estudiantes se reunieron en gran número en la Cité de París. No en un lugar concreto. Algunos profesores enseñaban en la catedral de Notre Dame, bajo la atenta mirada del obispo. Otros, la mayoría, en la orilla izquierda del Sena, en los claustros de la escuela canonical de San Víctor y del monasterio de Santa Genoveva. Finalmente, algunos, al margen del obispo, en los alrededores de San Julián el Pobre, entre las calles de la Boucherie y Garlande.

París no se iba a convertir, sin embargo, en el faro intelectual de Occidente hasta que no apareciera entre sus profesores la irrepetible figura de Pedro Abelardo. Abelardo fue el primer gran escolástico de París y también el primer gran profesor universitario europeo, el primero de una larga serie. La Universidad de París le debe su fama y quizá la propia institución universitaria su éxito histórico.

Repasemos brevemente su fulgurante carrera. Nacido en Bretaña en el año 1079 en el seno de una familia de la pequeña nobleza, Pedro Abelardo se dedicó desde muy joven al estudio con el mismo afán de competición caballeresca con el que sus hermanos siguieron el oficio de las armas. Para Abelardo el debate intelectual era una suerte de justa caballeresca del que siempre había que salir vencedor. Por ello se convirtió en el maestro de la Dialéctica, un talento invencible en los debates filosóficos y teológicos.

Seguro de sí mismo, desafió nada más llegar a París, donde la Universidad aún no existía, al más grande los maestros que allí enseñaban entonces: Guillermo de Champeaux. Tras ser su alumno durante unos meses y estudiarle, lo provoca a un debate público sobre una compleja cuestión de la Lógica aristotélica y lo humilla, siendo aún un veinteañero, delante de todos demostrando dominar el arte de la dialéctica mejor que su anciano maestro.

Guillermo de Champeaux, humillado, hace que se le expulse de la escuela catedralicia. Pero Pedro Abelardo funda su propia escuela en Melun y buena parte de sus antiguos compañeros de clase abandona París y se convierte en sus discípulos. Al poco tiempo, Guillermo de Champeux, ahora casi sin alumnos, decide abandonar la enseñanza. Es el triunfo de Pedro Abelardo que retorna a París para hacerse con su cátedra, instalando su escuela en el claustro de la abadía de Santa Genoveva, en la orilla izquierda del Sena.

Pero pronto Abelardo se da cuenta de que en París los teólogos están por encima de los maestros de Lógica y Dialéctica y decide volver a la condición de estudiante para seguir las clases en Laon del mayor sabio de la época: San Anselmo, futuro arzobispo de Canterbury, a quien debemos el argumento ontológico sobre la existencia de Dios. Sin embargo, pronto la pasión iconoclasta de Abelardo, que lo cuestiona todo, le enfrenta al anciano maestro a quien llega a definir como digno de desprecio por su falta de inteligencia. Y es que la soberbia del joven Pedro Abelardo no conocía límites.

Harto de la escuela de Laon y de ser estudiante, Abelardo regresó a París donde ya es una celebridad entre los estudiantes que abarrotan sus clases. Miles acuden de toda Europa para oír al principal maestro de la Dialéctica, un arte que resurgía entonces con fuerza tras siglos de abandono. Abelardo ha alcanzado la gloria sin apenas esfuerzo. Según su propia confesión, creía que en el mundo era yo el único filósofo. Corría el año 1118. Fue entonces cuando, a los treinta y nueve años, conoció a Eloísa. Abelardo, que como todos los maestros de París, tiene las órdenes menores de un clérigo pero no es sacerdote, nunca ha sido un libertino ni se le han conocido amoríos aunque canónicamente le está permitido contraer matrimonio.

Pero Eloísa desató el demonio del sur en el autosuficiente Abelardo. Tenía solo 17 años y era la sobrina del canónigo de la catedral. Joven bellísima, cultivada y enormemente inteligente, el canónigo le pide como un favor personal que le de clases particulares para que extraiga todo el potencial que la joven encierra. Como era previsible, un amor arrebatado surge entre esos dos talentos y estalla el escándalo cuando ella queda embarazada. Eloísa huye de París para refugiarse en la casa de la hermana de Abelardo. Llamarán a su hijo Astrolabio, un nombre muy apropiado para el fruto de los amores de dos intelectuales.

Abelardo le pide entonces al canónigo Fulberto la mano de su hija, a pesar de que Eloísa le pide en una carta que no lo haga: no podrías ocuparte con igual cuidado de una esposa y de la filosofía. ¿Cómo conciliar las bibliotecas y las cunas, los libros y las ruecas? La verdad es que éste es el eterno dilema del intelectual aún hoy día.

Sin embargo, el padre de Eloísa no quiere saber nada de matrimonios y trama una terrible venganza: de noche unos esbirros por él contratados asaltan la casa de Pedro Abelardo y le mutilan castrándolo. A la mañana siguiente todo París sabe lo que ha ocurrido y Abelardo se refugia en la abadía de Saint Denis y profesa como monje. Eloísa entrará novicia en un monasterio de clausura, la abadía del Espíritu Santo, del que terminará sus días como abadesa, convirtiendo ese cenobio en un centro de estudios de primer orden.

Sin embargo, Abelardo no puede disfrutar de esa paz. Se enfrenta a los monjes cuando escribe un Tratado sobre la Santísima Trinidad que el obispo de Chartres condena y hace quemar. Entonces Abelardo abandona Saint Denis y contruye un oratorio en Troyes para vivir como un eremita bajo la protección del obispo de esa ciudad. Pero multitudes de estudiantes de toda la Cristiandad se arremolinan en torno a su oratorio construyendo una auténtica aldea improvisada en los alrededores. Abelardo retoma entonces su oficio de enseñante.

Finalmente regresa a París, a Santa Genoveva, donde las multitudes se vuelven a congregar. Estudiantes vagabundos, goliardos, juglares, nobles, acuden de todas partes a escuchar a alguien que es más una celebridad que un mero profesor. Y es que ahora además de sus tratados de lógica, en particular su Manuel de Lógica para principiantes (el primer manual universitario de la historia), eran conocidas en todas partes sus canciones de amor en francés y latín a Eloísa, que fueron entonadas durante décadas por los juglares goliardos de toda la Cristiandad, siendo el primer hit parade de la historia. También es conocida su autobiografía en latín, su Historia calamitatum mearum (“historia de mis desgracias”), un bestseller de la época que representa la primera autobiografía de un intelectual en Occidente desde las Confesiones de San Agustín.

Pero su soberbia y su autosuficiencia no se mitigaron con el paso de los años y no dudará en lanzar proposiciones heréticas sobre diversas cuestiones. Al final de su vida tuvo que arrostrar un concilio condenatorio de algunas de sus tesis e incluso una excomunión pontificia, que le será levantada gracias a la intercesión de su amigo, Pedro el Venerable, el piadoso e influyente abad de Cluny. Finalmente moriría reconciliado con la Iglesia en el año 1142. Su trayectoria ejemplifica muy bien la sentencia tan repetida en los tratados medievales: la soberbia es el pecado del intelectual. Con todo, a pesar de las controversias que despertó su figura, se puede decir que al llegar Pedro Abelardo a París veinte años antes había encontrado un grupo de escuelas. A su muerte París era de facto aunque todavía no de iure una Universidad, la primera y la más importante de la Cristiandad.

El obispo Juan de Salisbury nos ha dejado un vívido retrato de cómo era París en 1164, cuando el magnetismo personal de la figura de Pedro Abelardo había ya dejado paso al prestigio institucional de la Universidad: me he dado una vuelta por París. Cuando vi la abundancia de los víveres, la alegría de las gentes, la consideración de que gozan los escolásticos, la majestad y gloria de toda la Iglesia, las diversas actividades de los filósofos, me pareció ver, lleno de admiración, la escala de Jacob cuyo extremo superior llegaba al cielo y era recorrida por ángeles que subían y bajaban por ella.

La misma impresión causó en el abad Felipe de Harvengt: empujado por el amor a la ciencia he venido a París y encontrado esa nueva Jerusalén que tantos desean. Esta es la morada de David y del sabio Salomón. Hay una muchedumbre tal de escolásticos y clérigos que éstos están a punto de sobrepasar en número a la población laica. ¡Feliz ciudad en la que los santos libros se leen con tanto celo, en la que sus complicados misterios son resueltos gracias a los dones del Espíritu Santo, en la que hay tantos profesores eminentes!

Ahora bien, aquello en lo que se convirtió París tras la docencia de Pedro Abelardo no gustó a todo el mundo. Si para muchos París era ahora la Civitas Litterarum, la Ciudad de las Letras por excelencia, una nueva Atenas y nueva Jerusalén que iluminaba la Cristiandad, para otros, en especial para los monjes cistercienses, el género de vida desordenado de muchos estudiantes de París hacía de esta ciudad una nueva Babilonia, un antro del Diablo donde se podía perder el alma. De esta forma, el monje cisterciense Pedro de Selles exclamaba: ¡Oh, París, cómo sabes hechizar y engañar las almas! En ti las redes de los vicios, las trampas de los males, las flechas del Infierno pierden a los corazones inocentes! El propio San Bernardo de Claraval avisaba de los peligros de París para los estudiantes: huid del centro de Babilonia, huid y salvad vuestras almas. Encontraréis mucho más en los bosques que en los libros.

Los temores de San Bernardo y Pedro de Selles estaban en parte justificados por el comportamiento salvaje de algunos estudiantes de París, los llamados goliardos. Estos goliardos son descritos por las crónicas como vagabundos, gamberros, bribones, juglares, bufones y bohemios. Estudiantes escasos de recursos procedentes de toda Europa, eran temidos y despreciados por la población que sufría sus gamberradas, en ocasiones incluso sus crímenes.

Muchos se organizaron en bandas estudiantiles para sobrevivir mediante el robo, la mendicidad o el trabajo como sirvientes de los estudiantes ricos. Algunos más talentosos vivían de actuar como juglares por las calles. Un cronista Evrard el Alemán, habla de la parisiana fames (“el hambre del estudiante parisino”), como un tópico de la época. Y es que estudiar en París estaba al alcance de casi todos, pero otra cosa era la forma en que allí se subsistiera en los años previos a la fundación de los colegios universitarios para pobres.

Fueron, en general, intelectuales libertinos muy críticos con la sociedad de la que eran elementos marginales. Hemos conservado muchos poemas anónimos de goliardos, una colección de los cuales, los Carmina Burana, dio a Orff la letra de su archifamosa composición. Los goliardos componían poemas en torno al amor, el juego y las tabernas, escenario de sus existencias. En uno de ellos leemos en perfecto latín escolástico: quiero morir en la taberna, donde los vinos estén cerca de la boca del moribundo, luego los coros de los ángeles bajarán cantando: ¡Que Dios sea clemente con este buen bebedor! En otro poema goliardesco leemos una confesión llena de pesimismo epicúreo: más ávido de voluptuosidades que de la salvación eterna, tengo el alma muerta, sólo me importa la carne.

Los goliardos atacaron salvajemente en sus composiciones a los obispos (malos pastores), los nobles (prepotentes), los comerciantes (avaros), los campesinos (patanes) e incluso a algunos reyes y pontífices. Nadie escapó a su pluma satírica pero pasaron sin pena ni gloria por la historia de la cultura medieval, dejando un rastro de marginalidad y quizá un anuncio de la futura cultura underground del siglo XX.
 


Autor: Sotonik, 24/Nov/2005 21:03 GMT+1:




La institucionalización de la Universidad.

Los goliardos desaparecieron entre otras razones porque la Universidad se fue institucionalizando en el siglo XIII, por ejemplo con la creación de los colegios para estudiantes pobres que evitaron la caída en la marginalidad social de los scholares menesterosos. Pronto ya no hizo falta mendigar o robar al hijo del campesino para poder estudiar en París o en Bolonia. Y es que, en realidad, la institucionalización de la Universidad medieval fue un proceso parejo al de su cristianización.

Me explico. La intervención de los poderes eclesiásticos y políticos en la organización de la Universidad contribuyó a que ésta fuera un lugar más justo, libre y pacífico de lo que lo había sido en el siglo anterior. Esto es, un lugar más cristiano. En este proceso los papas jugarán un papel decisivo. En dos direcciones: en primer lugar, al arrebatar a los obispos la potestad de emitir la licentia docendi, el título de licenciado que permitía enseñar. Desde 1213, la Universidad de París obtiene de Roma el permiso para ser ella misma la que emitiera la licentia docendi y una huelga de profesores y alumnos en el año 1229 puso a la institución bajo la tutela directa de la Sede Apostólica tras morir varios estudiantes a manos de los sargentos del Rey de Francia. Ni el Rey ni el obispo de París ejercerían en adelante jurisdicción alguna sobre la Universidad, cuyos estudiantes incluso estarían exentos de la justicia real. En 1214 Oxford obtenía los mismos privilegios y Bolonia le seguía en 1219. Salamanca, Cambridge, Heidelberg seguirían pronto sus pasos.

Pronto, los Pontífices transforman la licentia docendi en licentia ubique docendi, esto es, en un título universitario de validez universal dentro de la Cristiandad católica. Por ello, las Universidades medievales nunca serán nacionales ni en su profesorado ni en su alumnado ni en sus planes de estudio. Los estados, las monarquías nacionales de entonces, se limitaron en algunos casos (como cuando el rey de León apoya la fundación de la Universidad de Salamanca o el emperador Federico Barbarroja la de Bolonia) a apoyar a la institución, pero nunca controlaron ni su orientación académica ni su profesorado. A lo largo del Medievo el Estado no tuvo nada que decir en las Universidades, instituciones libérrimas que solo respondían ante sí mismas y ante el Papado. Tan solo Oxford y Cambridge han conservado este status hasta hoy día. La fiebre napoleónica que contagió toda Europa en el siglo XIX convirtió a la Universidad en un instrumento del Estado.

Diversos papas iban a ir configurando la legislación universitaria que dotaría de una plataforma institucional al fenómeno espontáneo que había surgido en París el siglo anterior en torno a la figura de Pedro Abelardo. Así, en 1187 el papa Alejandro III declaraba en una importante bula la gratuidad de la enseñanza universitaria a partir del pasaje evangélico: lo que recibisteis gratis, dadlo gratis. En apoyo de esta directriz papal iban a acudir enseguida, obedientes, las Órdenes Mendicantes, Franciscanos y Dominicos, que desde 1219 enseñan gratis en la Universidad de París, prestándola sus mejores talentos como Santo Tomás de Aquino, San Buenaventura o San Alberto Magno. Pero no se quedó allí la ayuda pontificia. En el año 1194 el papa Celestino III otorgó a la Universidad de París sus primeros estatutos, que en 1215 el cardenal Roberto Courson completaría. El papa Inocencio III haría lo mismo con respecto a Oxford y, por su parte, Honorio III redactó los estatutos definitivos de Bolonia, cuya comuna otorgó el señorío de la ciudad al Pontífice en 1278.

Este apoyo pontificio a las universidades es capital, ya que, en tanto que única instancia universal del mundo cristiano, otorgó a la Universidad una libertad necesaria frente a la intromisión de reyes y obispos que querían controlarla. En ocasiones los pontífices fueron enérgicos en su defensa de los derechos de las universidades, como cuando el Papa Gregorio IX recriminó al obispo de París sus maquinaciones por las que has hecho que el río de las enseñanzas de las bellas letras que, por la gracia del Espíritu Santo, riega y fecunda el paraíso de la Iglesia universal, se haya salido de su lecho, es decir, de la Universidad de París, donde corría vigorosamente hasta entonces.



El nacimiento de la corporación universitaria.

Creo que conviene considerar ahora lo que hay de excepcional en la Universidad medieval en tanto que corporación para mejor comprender lo que es la esencia de una verdadera Universidad.

Lo primero que hay que subrayar es que la corporación universitaria medieval era una corporación eclesiástica, un cuerpo de la Iglesia Católica. Aún cuando la mayoría de sus miembros, según hemos ya dicho, no sean sacerdotes ni monjes ni hagan votos de celibato, pobreza u obediencia, lo cierto es que jurídicamente se les situaba entre el clero, con casi todos los privilegios que ello conllevaba en la Edad Media pero casi ninguna de sus obligaciones.

Tomemos de nuevo como ejemplo la Universidad de París. Tenía cuatro facultades: Artes Liberales (Trivium y Quadrivium), Derecho, Medicina y Teología. La facultad de Artes Liberales, de lejos la más numerosa, era gobernada según el sistema de las naciones. Profesores y estudiantes se agrupaban según la nación de procedencia, en cuatro grupos: franceses, ingleses, picardos y normandos. En Oxford se dividieron en boreales (ingleses del norte y escoceses) y australes (ingleses del sur, irlandeses y galeses), hasta que en 1274 se suprimió este sistema. En Bolonia, curiosamente, los profesores no formaban parte de las naciones (que allí se dividen en citramontanos, esto es, italianos y ultramontanos, el resto), que están reservadas a los estudiantes. Los profesores, independientemente de su procedencia, formaban una corporación separada llamada colegio de los doctores.

Cada nación es presidida por un procurador. El gobernante de la facultad de Artes Liberales, elegido por las cuatro naciones (estudiantes y profesores) recibía el nombre de rector, un nombre que con en nuestro tiempo se aplica en exclusiva al gobernante de toda la Universidad que en esa época era llamado el canciller, si bien Oxford y Cambridge conservan la antigua nomenclatura aún. En cambio, las otras tres facultades, llamadas facultades superiores, eran gobernadas por un decano elegido por el claustro de maestros regentes (hoy les llamaríamos profesores titulares). En general, los tres decanos de las facultades superiores seguían el liderazgo del rector de la facultad de Artes Liberales que es quien preside la asamblea general de la Universidad.

Lo cierto es que había pocos organismos comunes a las cuatro facultades y nada parecido a lo que hoy llamaríamos un rectorado, actuando muchas veces un convento como lugar de reuniones del claustro universitario. En París las reuniones se celebraban en San Julián el Pobre, en el refrectorio de los frailes trinitarios o en cualquier claustro de un convento franciscano o dominico.

Las corporaciones universitarias medievales disfrutaban de tres privilegios: la autonomía jurisdiccional que les situaba bajo la autoridad directa del Papa, el derecho de huelga o secesión y el monopolio de la enseñanza superior en su ciudad. Hay que aclarar que el derecho de huelga no consistía en dejar de estudiar, estupidez que solo se le ha podido ocurrir al hombre del siglo XX, sino en abandonar la ciudad y establecerse en otro sitio, lo que normalmente era suficiente para que se cediera a sus exigencias.

¿Cómo era la vida del estudiante en el París del siglo XIII? Normalmente habría ingresado en una escuela primaria a los ocho años para aprender sus primeras letras. A los catorce ya podía acceder a la Universidad (hay que tener en cuenta que maduraban antes que ahora), donde solo le estaba abierto el ingreso en la Facultad de Artes. Allí debían estudiar seis cursos anuales que se dividían en dos años iniciales llamados bachillerato y cuatro años finales llamados doctorado (que no tienen nada que ver con nuestro concepto actual de doctorado). Si se era buen estudiante a los veinte años se obtenía en título de magister Artium, que podemos traducir como licenciado en Artes Liberales.

Si se quería proseguir los estudios uno podía elegir a continuación estudiar en una de las tres facultades superiores: Medicina, Derecho o, la entonces reina de las ciencias, la Teología. Se iniciaban entonces otros seis cursos anuales (ocho en el caso de la Teología). En realidad, la facultad de Teología prescribía que la edad mínima para obtener el título era de 35 años, por lo que normalmente un teólogo que no hubiera perdido cursos en la Facultad de Artes asistía durante seis años como oyente a clase para realizar luego los ocho cursos preceptivos y alcanzar la edad requerida de 35 años.

La enseñanza universitaria medieval consistía ante todo en comentarios de textos (llamada lectio) de autores canónicos en su materia tutelados por profesores ayudantes unidos a clases magistrales reservadas al maestro regente que, en realidad, se prodigaba más bien poco. El comentario de texto, dividido en littera, sensus y sententia, sin duda era el verdadero meollo de la enseñanza universitaria medieval, ya que era una auténtico arte el saber extraer un comentario o glosa de un pasaje oscuro de Cicerón o el Digesto y suscitar un debate (quaestio) entre los estudiantes al respecto. Es decir, el sistema anglosajón de enseñanza que todavía se sigue en Oxford, Cambridge o Harvard y que el plan Bolonia nos va a obligar a adoptar en la Europa continental.

Dos veces al año se organizaban en la Universidad debates llamados disputas quodlibetales en los que un profesor desafiaba a todo el claustro de profesores y estudiantes a plantearle cualquier tema sobre el que disertar, teniendo que hacer frente a continuación a las preguntas de todos aquel que quisiera tomar la palabra. Estos debates duraban a veces más de siete horas y aquél que decidía afrontarlo debía tener una presencia de espíritu poco común y una sabiduría casi universal.

Pero ¿cuáles eran los instrumentos de trabajo de estudiantes y profesores? En el manual universitario de Juan de Garlandia, profesor de París, leemos: he aquí los instrumentos necesarios a los escolásticos: libros lo primero, un pupitre con atril, una lámpara de noche con sebo y un candelero, una linterna y un embudo con tinta, una pluma, una plomada y una regla, una mesa, una silla, una pizarra, una piedra pómez, un raspador de pergaminos y una tiza. Es en el marco universitario del siglo XIII cuando se abandonó la caña de escribir romana por la pluma de ganso, más rápida y fácil de usar.

Ciertamente, los estudiantes tomaban apuntes durante las clases. Los apuntes se llamaban entonces relationes y algunos han llegado hasta nosotros. Como sucede hoy en día había profesores que publicaban las relationes de sus clases para facilitar el estudio de su asignatura. Estos manuales de bolsillo de la época eran llamados pecias, ya que consistían en pliegos de cuatro folios de piel de carnero donde en letra minúscula se condensaba un año de enseñanzas. Fueron estos los primeros libros medievales sin miniaturas ni ornamentación alguna, simplemente texto apretado, como los libros actuales.

Hoy dejamos los apuntes al multicopista. Entonces los profesores los dejaban en manos de los escribanos profesionales cuyos talleres lindaban con la Universidad. Sabemos que en el año 1264 había en París talleres con más de cuarenta escribanos trabajando en la copia de pecias. El libro había dejado de ser un objeto de lujo para convertirse en un instrumento de trabajo, de circulación amplia, dos siglos antes de la invención de la Imprenta.

Los exámenes como tales no existían. Bien, en realidad sí existían pero solo había uno al final de los seis años de estudio en Artes al igual que en las tres titulaciones superiores. Era éste un doble examen. Primeramente se realizaba un examen privado (examen privatum). Pero una semana antes de realizarlo, el estudiante era presentado al rector de la Facultad y juraba en su presencia cumplir los estatutos de la Universidad y no tratar de corromper a sus examinadores. Similar ceremonia se realizaba ante el arcediano de la catedral. Cuando finalmente llegaba la mañana del examen, tras oír la misa del Espíritu Santo, el estudiante comparecía ante el claustro de maestros regentes de la Facultad y uno de ellos le daba dos pasajes de un texto para que los comentara, dándole unas horas en privado para que preparara su comentario.

Llegada la tarde el candidato a la licenciatura o doctorado defendía oralmente su comentario ante el claustro de maestros regentes y ante un público numeroso que se solía congregar para la ocasión, ya que esta exposición se celebraba normalmente a las puertas de la catedral, al aire libre. Tras su exposición y tras responder el candidato a las preguntas formuladas por el tribunal, el claustro votaba si era digno del título de licenciado.

Pero el candidato sólo adquiría el título de doctor tras un segundo examen, el examen publicus o doctoratus. Este examen público consistía en la exposición de una lección magistral en un lugar solemne y público, lección magistral para el doctorado que es el germen de la futura tesis doctoral. Tras impartir la lección magistral el doctorando debía hacer frente a los ataques y críticas a sus tesis de cualquier estudiante allí presente, preparándose así para la docencia universitaria. Si pasaba con éxito y entereza esa dura prueba, el arcediano de la catedral le hacía entrega de las insignias del doctor: la licentia ubique docendi (un documento que le permitiría enseñar en cualquier universidad de la Cristiandad), una cátedra, un anillo de oro, un libro abierto y el birrete doctoral.

Este sistema de doble examen expuesto era el que regía en casi todas las universidades europeas pero en París se le añadía una tercera prueba previa al doble examen: la llamada determinatio baccalariandorum. La determinatio era un debate entre el candidato y un profesor previo al examen privatus que se realizaba en el mes de Diciembre. Si se pasaba con éxito el estudiante se convertía en bachiller, por lo que en París había tres grados: bachiller, licenciado y doctor.

La obtención del título de doctor iba siempre acompañada de una fiesta que costeaba el recién doctorado, fiesta que tenía algo de iniciación del antiguo estudiante en el gremio de los profesores y que seguía unos ritos cuidadosamente establecidos. Poco queda ya, por desgracia, de todo esto. Creo que es nuestra labor recuperar este espíritu que animaba las universidades medievales si no queremos que la Universidad muera como tantas otras cosas que están desapareciendo de nuestra sociedad como la moral natural, el amor a la Verdad o la decencia. Que Dios nos ayude en esta tarea.

•- •-• -••• •••-•
Alejandro Rodríguez de la Peña – ARBIL Nº 85 -. 2004-10-05
 


Autor: Sotonik, 24/Nov/2005 21:08 GMT+1:



Los mensajes son largos, pero el que quiera hablar de la Edad Media para denigrarla que lo haga con fundamento científico y no con prejuicio carente de ciencia, por favor.


Autor: Galland, 24/Nov/2005 22:27 GMT+1:



Me parece excelente, me lo imprimo para leerlo y todo algo que nunca he hecho en este foro.


Autor: lordkhalem, 10/Dic/2005 16:27 GMT+1:



adorado Dicho mal y pronto: cojonudo Todo Ok

EL tema muy bien expuesto, y como defiendes la epoca me parece perfecto, porque como dices multiples veces es una epoca renegada al olvido, pues a cualquier sitio al que vas y dices que el medievo es una epoca que es tan mala como cualquier otra y pueden ocurrir dos cosas:

a) Llamen a la policia o en su defecto al manicomio.
b) Solo te digan "friki" y te ignoren.

Personalmente me decanto por la "b" pero podria pasar sin ninguna, y realmente es porque no la conocen, en lo que ha´bias puesto hay cosas de las que no tenia ni idea, y había buscado bastante, sobre todo lo de la posición de la mujer hasta el siglo XIII, que no es ni mucho menos denigrante, sino igualitaria, en la que mismamente podian votar en las juntas vecinales o abrir comercios...muy interesante, además el arte, lo que es el arte que a mi me gusta, que no tienen que ser lo otros peor ni mucho menos, se origina aqui, con las grandes construcciones góticas, aunque las romanicas no estan nada mal, además de pinturas y demás. Otra cosa que no tenia ni idea esque durante la Edad Media ¡¡HABIA COLEGIOS!!! dios, durante toda mi vida, tanto en clase o por libros, o no se mencionaba esta escolarización o la negaban, y eso que estudio en un colegio-instituto de "monjas" como quien dice asi que realmente Brindis un brindis por tu investigación, y sobre todo gracias por hacerme saber esto.

Aunque una pregunta antes de acabar, y esque a partir del siglo XIII la mujer empezó a perder poder... ¿es por la renovación del derecho romano? y ya que estamos, una vez desaparecidas las medicos y enfermeras, ¿por eso azotó tan fuerte la peste? ¿con más las medicos y enfermeras se podria haber evitado?

Un saludo.

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#8 ·

RE: Orígenes del feudalismo
 

El feudalismo es un sistema donde el campesino tenia un contrato con un sñro, dueño de la tierra, en el cual debia producir, entregar el diezmo a la iglesia y todo lo otro al señor, y no podia irse de ahí.
El señor es el dueño de las personas que habitan ensus tierras y puede disponer de ellas como de los animales, a saber, reclutarlos forsozamente para la guerra, llevarse o violar las mujeres que quiera, tomar los niños como quiere, matar a quién quierea solo por gusto.
En un sistema donde la humanidad ha sido pisoteada por unos pocos despóticamente, no entiendo como una persona tan formado como vso sotonik pueda considerarla buena. Es la etapa donde europa se atrasa, pierde cultura, arte, poder, en esta etapa la humanidad avanza en asia y en arica, no en europa, que pierde el legado antiguo, incluso ya no puede leer griego.
Solo los aristócratas y clerigos tienen derechos y pueden estudiar, el resto de la población son animales sacrificables.

No te entiendo, a menos que seas un descendiente de arsitocrata, ahí entenderia esto y tu religiosismo.
 
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#10 ·
RE: Orígenes del feudalismo

Escrito originalmente por Argento100_1
El feudalismo es un sistema donde el campesino tenia un contrato con un sñro, dueño de la tierra, en el cual debia producir, entregar el diezmo a la iglesia y todo lo otro al señor, y no podia irse de ahí.
El señor es el dueño de las personas que habitan ensus tierras y puede disponer de ellas como de los animales, a saber, reclutarlos forsozamente para la guerra, llevarse o violar las mujeres que quiera, tomar los niños como quiere, matar a quién quierea solo por gusto.
En un sistema donde la humanidad ha sido pisoteada por unos pocos despóticamente, no entiendo como una persona tan formado como vso sotonik pueda considerarla buena. Es la etapa donde europa se atrasa, pierde cultura, arte, poder, en esta etapa la humanidad avanza en asia y en arica, no en europa, que pierde el legado antiguo, incluso ya no puede leer griego.
Solo los aristócratas y clerigos tienen derechos y pueden estudiar, el resto de la población son animales sacrificables.

No te entiendo, a menos que seas un descendiente de arsitocrata, ahí entenderia esto y tu religiosismo.


Joder, me han llamado muchas cosas en mi vida, pero descendiente de aristócrata nunca. Aún así algo has atinado pues por línea matena desciendo de la hija de una condesa (mi bisabuela) que perdió sus títulos por casarse con un coronel del ejército. Era un buen partido pero plebeyo y por ello fue desheredada por sus padres. En fin al menos eso me contaba mi madre y sus hermanos y es una ocasión que guardo para investigar algún día. Quién sabe, igual tengo derecho a un condado o un marquesado y yo aquí currando a diario para mantener a los míos.Vacilando

Ascendencias aparte, lo que te digo no lo debes mirar con prejuicio moderno de clase o con aplicación materialista, sino con honestidad intelectual y ciñéndote a las fuentes de la época.

El contrato feudal es un contrato "do ut des" lo que en principio equipara en dignidad y libertad a las partes ante el mismo y establece unas obligaciones y unas contraprestaciones para ambas. Y más que contrato era un juramento público entre el vasallo y el señor y la forma en que se estructuraba la sociedad, que seguía un orden distinto al actual. Y lo bueno era que todos eran vasallos de alguien, incluido el rey. No veo que derechos se pisotean ahí. Todo lo contrario se salvaguardan y se pone en pública declaración lo que ambas partes juramentan. Las consecuencias de tal sistema era que un rey católico se podía oponer en dercho a una cruzada si esta perjudicaba a sus vasallos, por ejemplo. O unos súbditos podían ser liberados del mismo si el señor era un perjuro declarado o un inmoral. Lo que daba un amplio margen de juego a los participantes. Las partes podían ser dueñas de la tierra o no y había de todo: pequeños propietarios

En lo referente a esto que dices:

"El señor es el dueño de las personas que habitan ensus tierras y puede disponer de ellas como de los animales, a saber, reclutarlos forsozamente para la guerra, llevarse o violar las mujeres que quiera, tomar los niños como quiere, matar a quién quierea solo por gusto"

No confundas y andes con prejuicios. Una cosa son los siervos (que se Consideran parte de la propiedad, hasta cierto punto) y otras los hombres libres y pequeños propietarios (no estoy hablando de nobleza) y ambos tienen derechos y obligaciones. Con los siervos pasaba lo que con los esclavos en la antigua Roma. Algunos eran tratados bien y otros no, pero tenían más derechos que un esclavo y por encima de todo eran hombres y parte de la cristiandad. Un señor que matara por gusto o violara era un tirano y como tal se le podía dejar de servir y derrocarle. así figura en todos los tratados de la época. Aun a pesar de esta evidencia no dejarán de figurar mucha leyenda al respecto. Y es precisamente porque el hecho de ser una sociedad Cristocentrica le pone a muchos enemigos por delante.

Además el orden social feudal impedía que las mesnadas fueran reclutadas así al pronto, siendo la guerra en esa época cosa de unos pocos. En verdad que nunca han sido los ejércitos más reducidos que nunca salvo en el periodo feudal, donde rara vez encontraremos grandes batallas de más de 10.000 hombres por contendiente y esto era por el mismo valor cualitativo del caballero armado, que lo era en lo táctico (pues equivalía el solo a decenas de paisanos, aparte de ser muy caro el mantenimiento de mesnadas entrenadas) y en el derecho de guerra (que incluye todo un código de caballería en guerra) lo que convertía las batallas en algo menos cruentas de lo que se cree comparadas con las de la antiguedad.

y en lo que dices: "Es la etapa donde europa se atrasa, pierde cultura, arte, poder, en esta etapa la humanidad avanza en asia y en arica, no en europa, que pierde el legado antiguo, incluso ya no puede leer griego. Solo los aristócratas y clerigos tienen derechos y pueden estudiar, el resto de la población son animales sacrificables."

Para empezar te puedo decir que te repases la historia de la cultura y que empieces por las bibliotecas medievales. Por ejemplo en España se conserva en tiempos visigodos (esos bárbaros del norte que apenas saben hablar latín y mucho menos koine) todo un legado de la antiguedad trasmitido por los escritos patrísticos y de la roma clásica. En concreto he estudiado a fondo lo que sería la biblioteca episcopal toledana del siglo VII y te puedo decir que te equivocas en mucho.

Sobre la escuela en la Edad Media te contestaré a fondo en el siguiente post. Ahora baste decir a modo de anécdota de como funcionaban las cosas que cuando Santo Tomás de Aquino en pleno siglo XIII quiere estudiar a fondo a Aristóteles, encarga a un colega suyo (Guillermo de Moerbeke) que le traduzca las obras del griego original pues no se fiaba de la traducción averroizada de los árabes. ¿Eso es falta de cultura? Eso es el princiio sano de la investigación científica de la que luego harán gala los renacentistas que se creen que han descubierto el mundo. Unmundo que ya conocían los medievales, pero en el que daban importancia a otras cosas.

Otro rasgo anecdótico es la mujer en la universidad. Ahí está Eloisa, que es laica, o Leonor de Aquitania o la infame Donna Señatrix (La Señora Senadora) Marozia y muchas monjas y abadesas instruidas. Catalina de Siena se atreverá a dirigise al papado y cantarle las cuarenta teológicamente. ¿Dónde hay esa proliferación del poder y saber femenino en la modernidad? No te molestes en buscarla: la modernidad reducirá a la mujer al negarle el acceso a la universidad. Prohibición que no existía en la Edad Media. Por ahí rula todavía un artículo de Historia16, lleno de deficiencias y todavía prejuicios, pero que se titulaba así: "La mujer medieval: fin de un mito" y que decía cosas como que "el renacimiento terminó con las conquistas femeninas de los siglos XI al XIII" y que "si dejamos de lado estos conceptos «prefabricados» -heredados a menudo del siglo XIX romántico, y generalmente asimilados sin crítica previapara asomarnos un momento a la realidad medieval que se transluce de un estudio riguroso y científico, el panorama cambia" Y tanto que cambia. Te recomiendo que leas algún libro de Regine Pernold y aprendas como el feminismo enlaza más con la era medieval que con la modernidad. Por tanto permíteme en honor al las damas primero un par de mensajes sobre la Domina medieval antes que nada...






 



Editado por Sotonik, Jueves, 24 de Noviembre de 2005, 20:51
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Sotonik
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RE: Orígenes del feudalismo

LA MUJER EN LA HISTORIA
RÉGINE PERNOUD


El presente texto fue escrito para HUMANITAS por la historiadora francesa con ocasión de “El Mundo de la Mujer”, serie de actividades culturales que tendrá lugar en el Centro de Extensión de la Pontificia Universidad Católica durante el mes de mayo del presente año.

El papel de la mujer en la historia es un tema nuevo en más de un aspecto. Sólo ha sido planteado recientemente, al menos por algunos historiadores, después de haberse producido una evolución considerable del lugar de la mujer en la sociedad, sobre todo en Francia, donde un poder marcadamente masculino parecía absolutamente natural y los reyes habían sucedido a los emperadores romanos, cuya lista constituía el fondo de los estudios generales del pasado.

Es innegable el hecho que la mujer prácticamente no ocupó lugar alguno en la trama del comienzo de la historia europea, es decir, en el imperio romano. En esa época, ella no tenía existencia legal. En la antigüedad romana sólo existe el poder del pater familias, dotado de ciudadanía plena, propietario absoluto (con derecho de vida y muerte sobre sus hijos) y gran sacerdote cuya autoridad tiene su origen en la religión.

Asimismo, al dar vuelta las páginas y llegar a ese período denominado “Edad Media” (¡una edad “media” con un milenio de duración, entre los siglos V y XV!), en una especie de desafío al sentido histórico, no deja de sorprendernos la aparición de rostros femeninos: nombres de reinas con un rol activo, que el historiador está obligado a considerar, comenzando por Clotilde, la reina que convierte al rey, con lo cual se producen en la sociedad las más diversas consecuencias, ampliamente consideradas en el curso del año 1996, probable aniversario del bautizo de Clodoveo. Han tenido lugar acaloradas discusiones sobre el tema, incluso en medios políticos muy alejados de los círculos universitarios. Es decisivo el desempeño de esta reina que induce al rey pagano a elegir la fe católica y no la herejía arriana adoptada por los demás invasores: godos, visigodos, alamanes y burgundas. Poco después harán lo mismo Teodosia en España y Teodelinda en Lombardía, y en Inglaterra la reina Berta convertirá a su esposo, el rey de Kent, a la fe católica.

Aun cuando no se considere su acción, hay algo insólito en la presencia de estas reinas después de la historia del imperio romano. Ciertamente, podemos admitir la influencia de las costumbres germánicas o nórdicas, mucho más abiertas a la presencia familiar de la madre y los hijos que la ley romana; pero eso no basta para explicar el cambio histórico que de pronto da espacio en Francia a una reina Radegunda, inspiradora de poetas, o a una reina Batilde, que pone fin a la esclavitud. ¿Qué había sucedido en el intervalo?

En realidad, hubo una fuente de inspiración: el Evangelio. Comienza con el “sí” de una mujer y termina con la llegada de algunas mujeres locas de alegría, que venían a despertar a los apóstoles dormidos. Se habían levantado antes del amanecer, vieron el sepulcro vacío, y el Resucitado se apareció en primer lugar a una de ellas, a María Magdalena. Esas mujeres estarán presentes al descender el Espíritu Santo sobre los apóstoles recordándoles todo lo dicho por Cristo, entre otras cosas la igualdad de derechos y obligaciones entre el hombre y la mujer y su creación conjunta. “Él los creó Hombre y Mujer”, había dicho el Génesis. En 1975, en la revista Missi por él dirigida, el Padre Naïdenoff había destacado el hecho de que en la Iglesia primitiva los nombres de santas son más abundantes que los nombres de santos. Desde esa época se tiene la impresión de que las mujeres emergen de la sombra. En la sociedad de esos tiempos, el hecho debió parecer sumamente desconcertante, pero sólo era una originalidad más, entre muchas, de esos cristianos de conducta tan extraña. “Conservan todo sus hijos”, se decía refiriéndose a ellos. Consideraban hermanos a todos los hombres, incluidos los esclavos. Se negaban a arrodillarse ante los dioses del comercio o la guerra, pero decían adorar a un Dios único y trascendente.

No es en absoluto sorprendente que se hayan necesitado varios siglos para llegar a una transformación profunda de la sociedad. ¿Llegará alguna vez a su fin semejante transformación? En todo caso, la posición de la mujer evolucionaría considerablemente en el curso de esos siglos. Y entre otros, tendríamos un ejemplo que muchos historiadores no percibieron. Me refiero a los monasterios mixtos. Son numerosos en la cristiandad de los siglos VI y VII, tan poco conocida. Sin embargo, las obras dedicadas a ellos pueden contarse con los dedos de una mano. Laon, Jouarre y Faremoutiers en Francia y Whitby en Inglaterra conservaron vestigios de sus monasterios mixtos, abadías con un edificio para las monjas y otro para los monjes, por lo general con la iglesia entre ambos. Ahora bien, el conjunto estaba bajo el magisterio de una abadesa y no de un abad, y los monjes dependían de una abadesa en su ejercicio.

Por sorprendentes que pudieran parecer, es fácil explicar la existencia de semejantes fundaciones. Los monasterios se instalan por lo general en lugares apartados, adecuados para el recogimiento. En una época con medios de transporte sumamente escasos, para las monjas era indispensable la proximidad de los sacerdotes para la misa y los demás oficios litúrgicos (en esos tiempos se comprendió perfectamente el hecho de que el sacerdocio haya sido conferido a los hombres sin que eso implicara superioridad alguna, solicitándose diferentes servicios al hombre y a la mujer). Por otra parte, en una época en que se vivía de cultivos propios, los monjes se dedicaban a los trabajos más fuertes, de arado, cosecha, etc. Asimismo, la presencia de los hombres podía ser preciosa en caso de ataque inopinado en esos lugares desiertos. Los monasterios mixtos fueron numerosos y prósperos hasta el momento de las invasiones más destructivas en el sur, de los árabes a partir del siglo VIII; en el norte, de los normando, navegando río arriba y saqueándolo todo a su paso; y en el este, de los lombardos y los húngaros. Europa sólo recuperará cierto equilibrio en el curso del siglo X.

No es sorprendente que fines del siglo XI, en una Europa pacificada, donde ya se han multiplicado las fundaciones cluniacenses, una orden mixta sea creada en Fontevraud por Robert d'Arbrissel. Al instalar a los monjes y las religiosas bajo el magisterio de una abadesa, estaba simplemente rescatando una tradición muy antigua.

Y Fontevraud tiene una actividad importante en la expansión de la lírica cortesana, que data de la misma época, como lo señaló magníficamente el romanista Reto Bezzola, historiador de la tradición cortesana. Se produce en ese momento un gran desarrollo literario en el cual la mujer ocupa el primer lugar como inspiradora y educadora, reuniendo a los poetas. Eleonora de Aquitania y su hija María de Champagne son ejemplos de esta labor. Ahí nace la novela, al igual que la caballería, obra maestra de esas instituciones de paz que surgen a partir del siglo X, en las cuales es evidente la influencia de la mujer y la Iglesia, con la paz de Dios, que ordena dispensar a los clérigos, las mujeres y el mundo campesino en los combates. Aparece en la historia la noción de población civil, que no debe confundirse con los combatientes, y persistirá mal que bien hasta nuestra época, en que el “progreso” de las armas impide toda discriminación y hace que las poblaciones civiles constituyan el ochenta por ciento de las víctimas de los conflictos. La tregua de Dios suspende las hostilidades en el tiempo con la prohibición de luchar el día domingo y luego desde el miércoles en la noche hasta el lunes en la mañana. Por otra parte, se prohiben los actos de hostilidad durante los períodos de Adviento, preparación para la Navidad, y Cuaresma, anterior a la Pascua. Ha quedado un vago eco en la “tregua de los confiteros”... Con la influencia que han logrado recuperar hoy día en el seno de la sociedad, las mujeres tal vez podrían atacar los males que socavan la sociedad, tales como aquéllos provocados por el manejo de los valores económicos creando pobreza en medio de la abundancia. Ciertamente, el combate ya ha comenzado a través de ciertas asociaciones, pero podría extenderse ampliamente.

Volviendo a la época “medieval”, comprobamos cómo se afirma la influencia de la mujer y mantiene su preponderancia, sobre todo en Francia, durante todo el período feudal, desde el siglo X hasta fines del siglo XIII. A partir de entonces será atacada por la universidad, que excluye a las mujeres y pretenderá también excluir a los monjes por influjo de ciertos clérigos que inventaron el clericalismo. Tomás de Aquino y Buenaventura son suspendidos durante dos años en la Universidad de París debido a su condición de hermanos mendicantes... Para la mujer, esta exclusión del saber tiene consecuencias graves. Recordemos que las mujeres médicos son numerosas en el siglo XIII. Así, San Luis parte a Tierra Santa con su esposa, acompañado de una de ellas. En el siglo siguiente habrán desaparecido las mujeres médicos, salvo en los procesos de la Universidad de París, a los cuales son sometidas cuando procuran ejercer una profesión para cuyo ejercicio ahora se exige un título.

Al cabo de cierto tiempo, el personaje de la reina se esfumará, desapareciendo, por lo menos en Francia. Una reina Blanca, madre de San Luis, fue capaz de dirigir el reino, hacer entrar en razón a señores ambiciosos, conducir guerras y suscribir tratados durante casi cuarenta años. En el siglo XVII, la reina ni siquiera será coronada, no ejercerá poder alguno y sólo será a esposa del rey, generalmente con menos influencia que sus amantes, porque en el curso del tiempo, el retorno del derecho romano, en los espíritus, los estudios y luego en las costumbres, modificaría paulatinamente la situación de la mujer. A partir de 1314, Felipe el Hermoso, bajo la influencia de los legistas, restringió el derecho de sucesión a la corona de las mujeres. En 1593, por decisión del Parlamento de París, se prohibió toda función de la mujer en el Estado. Y la Revolución establecerá un poder puramente masculino, sancionado poco después por el Código Civil, que ignora a la mujer y parece hecho, como observaba Renan, por un “niño destinado a morir soltero”.

La historia de Francia no está menos marcada por un hecho o más bien un personaje imborrable. Para apreciar esta situación, es preciso remontarse a esos siglos que podríamos calificar con justicia como “medievales”, ya que efectivamente constituyen una “Edad Media”: los siglos XIV y XV.

Es una época aterradora en la cual hay una sucesión de guerras, hambrunas y epidemias. Con posterioridad a la muerte de Felipe el hermoso, en 1315 ó 1316, lluvias incesantes convirtieron al Occidente en un lodazal inmenso, donde no era posible arar, sembrar ni cosechar, a raíz de lo cual se produjo la terrible hambruna de los años 1315 a 1317 y el consiguiente debilitamiento general. La vida parece adquirir un ritmo más lento y un hombre de cincuenta años es un anciano. El clima empeora. En esa época Groenlandia (Grünland, la tierra verde) se convierte en una tierra blanca con el descenso de los glaciares del Artico, que genera un terrible cambio climático. Veinte años después sobreviene otra calamidad, la peste negra de 1348. La peste había desaparecido en el Occidente desde el siglo VII y la traen las ratas de los navíos comerciales provenientes de Turquía. De acuerdo con las estimaciones más conservadoras, muere un tercio de la población europea. Si agregamos a esa situación las guerras de la época, tendremos cierta idea del estado general de la población. Además la peste reaparece cada cierto tiempo como una epidemia latente. En 1418, sus víctimas se cuentan por miles en París.

Podemos imaginar las condiciones de vida en el Occidente en general, sobre todo en Francia, donde en 1492, el rey Carlos VI se vuelve loco. Es una locura intermitente, con intervalos lúcidos cada vez más breves. Entretanto, su joven esposa (Isabel de Baviera, sobre la cual la historia ha acumulado calumnias, de veintidós años de edad en esa fecha) procurará en vano gobernar en medio de las ambiciones desenfrenadas de una nobleza que ha adquirido demasiado poder y carece de escrúpulos.

En ese clima, una dinastía que en Inglaterra ha usurpado el trono (los Lancaster, cuyo primer representante, con el título de Enrique IV, hizo abdicar y luego dejó morir de hambre a Ricardo II, el rey legítimo), decide reclamar Normandía y las antiguas posesiones de los Plantagenet en Francia con el fin de asegurar su popularidad. Haciendo una alianza con el duque de Borgoña, rival del duque de Orleáns, Enrique V, sucesor del rey anterior, desembarca en Harfleur, expulsa a los habitantes y destruye los ejércitos reales de Francia en la desastrosa batalla de Azincourt (1415). A partir de ese momento se instala en Francia en calidad de amo y señor, casándose con Catalina, una de las hijas de Carlos VI. A su primogénito, Enrique VI, se le promete el doble reinado de Francia e Inglaterra mientras el delfín legítimo, Carlos, se ve obligado a huir, encontrando asilo más allá del Loira, donde piensa expatriarse en España o Escocia. Enrique V muere repentinamente en plena juventud, en 1422, dos meses antes del desventurado Carlos VI; pero su hermano Juan, duque de Bedford, lo sucede y se hace cargo de los intereses de su joven sobrino, futuro “rey de Francia e Inglaterra”.

La ofensiva inglesa elige como blanco la ciudad de Orleáns. Con su puente en el Loira, representa el centro de Francia y el acceso al sur, que sigue siendo fiel al rey. El sitio tiene lugar en 1428. En ese momento, un extraño rumor recorre el país: una joven proveniente de las “fronteras de Lorena” ha llegado al castillo de Chinon, donde se ha refugiado el delfín repudiado. Ella declara traerle “el auxilio de Dios”. Es una sencilla campesina (“En mi región me llamaban Jeannette”) y ha logrado convencer con dificultades al capitán de una de las fortalezas, Vaucouleurs, partidario del rey legítimo, para que le proporcione una escolta que la conduzca hasta el delfín. La joven promete liberar la ciudad de Orleáns y luego hacer consagrar en Reims a Carlos, al cual le corresponde la corona por derecho.

Todo sucederá tal como lo ha prometido la joven, por nosotros llamada Juana de Arco. Su irrupción será breve y decisiva (“Duraré un año, nada más”, dijo al llegar a Chinon). Logra convencer a Carlos de que reúna a sus partidarios y haga un nuevo esfuerzo bélico. A la cabeza de los hombres del delfín, reunidos en Blois, arremete contra Orleáns, defendida en la mejor forma posible desde hacía siete meses por un descendiente de la familia de Orleáns, Juan, hermano bastardo del duque Carlos, en ese momento prisionero en Inglaterra desde la batalla de Azincourt. Al cabo de siete días la ciudad es liberada, los ingleses levantan el sitio y atribuyen su derrota a esa joven, que en lo sucesivo consideran bruja.

Luego, tras dar algunos golpes de mano a las tropas inglesas concentradas en Beaugency y Jargeau y obtener una victoria decisiva el 18 de junio en Patay contra un ejército de emergencia dirigido apresuradamente por orden de Bedford contra los combatientes franceses (cuyas filas aumentaban incesantemente, al despertarse con los triunfos el impulso patriótico de individuos hasta ese momento resignados a un destino aparentemente ineluctable), Juana conducirá al delfín Carlos, en pleno país borgoñón, hasta Reims, donde será debidamente consagrado y coronado, convirtiéndose en Carlos VII, rey de Francia, ante el estupor del mundo conocido.

Esa es la primera parte de la historia de Juana, episodio glorioso seguido por un año trágico. Contra ella y el rey quedan los que no han cedido. Su bastión es la Universidad de París, unida con el rey de Inglaterra desde sus primeros éxitos en el suelo de Francia, colmada de honores y prebendas. En el seno de esa universidad se había elaborado la ficción de una “doble monarquía”: dos coronas, las de Francia e Inglaterra, en un mismo frente, precisamente aquél del heredero inglés. Las personas como Jean Gerson, que habían rehusado participar en semejante traición, fueron expulsadas rápidamente de la universidad y debieron huir.

Juana no había logrado convencer al rey de que dirigiera sus ejércitos contra París después de la coronación. Ahí se encontraban los partidarios del enemigo y no tardarían en tomar la revancha.

Después de un oscuro invierno de retirada forzosa, Kuana, en lo sucesivo más bien jefa de cuadrilla y no de guerra, sería encarcelada al dirigirse en auxilio de Compiègne, sitiada por el duque de Borgoña, Pierre Cauchon, en nombre de la Universidad de París, donde había sido canciller durante mucho tiempo. Cauchon se apresurará a reclamar la prisionera, negociando su compra por parte de la autoridad inglesa y entablando en su contra un proceso por herejía. El había sido uno de los actores en el tratado de Troyes, que prometía la doble corona al hijo del rey de Inglaterra. Es posible imaginar su rencor contra esa muchacha proveniente de un lugar desconocido, cuya acción se oponía a sus planes.

Por orden del duque de Borgoña, Juana es conducida a Rouen, donde permanece en calidad de prisionera de guerra mientras él la somete a un proceso eclesiástico, habiendo reclutado a otros seis universitarios parisienses para confundirla aún más.

Juana se encuentra sola ante clérigos muy sabios que procurarán hacerla contradecirse y tienen certeza de conseguirlo fácilmente: ¡una joven ignorante frente a semejantes expertos! El proceso durará cinco meses, con interrogatorios casi diarios durante cuatro de ellos. Para Cauchon y sus secuaces, es una sucesión de decepciones: es imposible conseguir que Juana se contradiga o retracte y ninguna de sus respuestas puede considerarse una herejía. Finalmente, Cauchon sólo podrá atacarla por su vestimenta masculina. Ella la usó desde el comienzo de su acción, cuando debía cabalgar y combatir. En la prisión, donde la vigilan carceleros ingleses, esa vestimenta la protege. La joven a la cual llamamos Juana de Arco siempre se hizo llamar Juana la Doncella, es decir, la virgen. Por lo demás, fue sometida en dos oportunidades a exámenes de virginidad que confirmaron la justificación de ese nombre. Se negará adejar la ropa de hombre porque vestida de mujer no estaría suficientemente segura. Al recibir la orden de usar nuevamente ropa de mujer, obedece únicamente durante algunos días y vuelve a ponerse el traje de hombre, con lo cual Cauchon la declarará “relapsa”, reincidente en una falta anteriormente abjurada y la condenará a la hoguera.

Sin embargo, Cauchon no previó el hecho de que precisamente ese proceso revelaría al mundo la grandeza de Juana, permitiéndonos, más allá de las hazañas, conocer su persona. Pensábamos en un ser impulsivo, de acción y decisión; sus respuestas nos revelan un ser que escucha. “Sólo he actuado obedeciendo a mis voces... Preferiría ser arrastrada por cuatro caballos que haber venido a Francia sin recibir la orden de Dios”. La joven que decidía y daba órdenes en las batallas, a menudo oponiéndose al parecer de los capitanes, nos revela que para ella lo único importante era la obediencia a “sus voces”, a “su consejo”. Y esa actitud incluye la aceptación del martirio: “Mis voces me dicen que acepte todo de buen grado sin importarme el martirio porque en definitiva entraré al reino del paraíso... Llamo martirio a eso por la pena y adversidad que sufro en la cárcel y no sé si tendré sufrimientos mayores, pero me entrego enteramente a Nuestro Señor”.

Un ser que escucha, un ser con fe.

¿No es extraordinario pensar que ese largo período en el cual surgieron todas las obras maestras del arte románico y todas las catedrales góticas dedicadas a Nuestra Señora termine con un personaje que parece encarnar en sí mismo todo lo que pudo inspirar y nutrir tales creaciones?

Juana de Arco al parecer reúne en sí misma todo lo que dio grandeza a la época: es al mismo tiempo el Caballero y la Dama.

Una interesante reseña de la obra de Regine Pernoud "Los silencios de la Edad Media" en http://www.uc.cl/historia/cinfo/Articulos/Anne.htm

 
24/Nov/2005 20:48 GMT+1
Sotonik
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RE: Orígenes del feudalismo


Retazos de verdad de un mundo injustamente olvidado
El puñetazo saludable


Con El nombre de la rosa y El médico, el orbe occidental ha llegado a un tácito acuerdo: la Edad Media fue una inmensa caverna habitada por el monstruo de la barbarie y de la miseria, como una escena violenta dentro de una comedia inocente. Hemos asociado la mentalidad medieval a la forma más rudimentaria de proceder, a la ausencia de rigor, al subdesarrollo moral, a la exclusión social de la mujer y a la ausencia de una supuesta racionalidad que sólo vendría a conocer el hombre con el siglo de las Luces. Régine Pernoud, en los trabajos que presentamos, echa por tierra este flujo de prejuicios que abarca ese enorme fragmento de mil años de Historia, al tiempo que propone un brindis por la necesidad del rigor en el método histórico y por la honradez en su enseñanza.
Régine Pernoud, una de las máximas autoridades de los estudios medievales franceses, que ronda ya los 90 años, publicó en los años 70 un sabroso librito que ha sido recientemente publicado por Olañeta editor con el título Para acabar con la Edad Media. Pernoud no nos propone una burda revisión de la Historia, porque revisión suena a reinterpretación o manipulación de los datos antiguos desde las categorías de nuestro tiempo, es decir, una excusa para colocar allí aquello que uno pretende desde aquí.

Éste es el caso del reciente libro del crítico Harold Bloom Shakespeare, la invención de lo humano, en el que se nos pretende hacer creer que el ilustre dramaturgo inglés fue el pionero del concepto moderno de hombre: lleno de dudas y autónomo frente a Dios. Nada más lejos de la realidad, ya que la densidad de los personajes de Shakespeare revela una atmósfera sólo comprensible desde la fe cristiana. Por el contrario, Régine Pernoud procede con la seriedad del arqueólogo que encuentra un capitel bajo la arena y lo limpia cuidadosamente para hacer resaltar su brillo.
Cuando habla de la importancia de la mujer en la Edad Media, no hace sino beber de las fuentes. Cita documentos judiciales, actas notariales, encuestas y estatutos de las ciudades que muestran cómo las mujeres votaban igual que los hombres en las asambleas urbanas o en las de los municipios rurales. En aquellos documentos es muy frecuente ver a una mujer casada que actúa por sí misma abriendo una tienda o un comercio.

En este contexto, aparece la Iglesia luchando contra las uniones matrimoniales impuestas; los progresos en la libre elección de los esposos acompañaron en todas partes a los progresos de la difusión del cristianismo.

Régine Pernoud no se olvida de los 1.000 años (del siglo IV al XIV) en los que el hombre aportó belleza a la cultura de su tiempo. Esta época vivió la aparición de la novela, la lírica cortés, la difusión del libro en la forma en que aún se presenta en nuestros días (el codex), las grandes catedrales y el canto gregoriano. Mención especial merece el teatro como género que nace del mismo pueblo, en torno a las grandes celebraciones litúrgicas, y que se desnaturaliza a partir del XVI, cuando se transforma en un género exclusivo, sólo para espíritus cultivados y letrados. La autora francesa no escatima epítetos a la hora de valorar a determinadas personalidades medievales, como a san Isidoro de Sevilla, en cuya obra está, en germen, la esencia de la cultura de los siglos románicos y góticos (tal ha sido su aportación intelectual y su sistemática, que ha sido elegido en la actualidad Patrono de los informáticos por el Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales).

«HILDEGARDA DE BINGEN»


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En esta obra biográfica (Editorial Paidós) de una de las mujeres más interesantes de la Edad Media, Pernoud nos ofrece el perfil de una religiosa del siglo XII, abadesa de un convento a orillas del Rin, que se carteó regularmente con Papas y emperadores de su tiempo, a la vez que legó a la posteridad dos obras extraordinarias: El Scivias (un repaso a la posición del hombre ante la creación y a la luz de Dios), y el Libro de los Méritos de Vida.

Fue, en palabras de Abelardo, prototipo de mujer de inquisición permanente, según lo que inquisición significaba en la época medieval: búsqueda, pregunta, investigación... De hecho, redactó dos trabajos de medicina y compuso 77 sinfonías.

Tenemos la suerte de poder leer en castellano estas dos piezas breves que rescatan retazos de verdad de un mundo que parecía sumido en el desprestigio y la incomprensión. Tiene razón Ginette Guitard-Auviste, periodista del diario Le Monde, cuando dice que después de tantos errores y excesos, el puñetazo de Régine Pernoud es saludable.

J. A. S.

 
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RE: Orígenes del feudalismo

La Escuela en la Edad Media

En la Edad Media "la mayoría de las personas no sabían leer ni escribir. Así que estaban `a oscuras' por lo que respecta a toda clase de conocimiento, ya que no podía ser comunicado" Esto podrían ser palabras de Argento.

Veamos lo que nos dice sobre este asunto esa ciencia llamada Historia: "En la Edad Media, como en todas las épocas, el niño va a la escuela. Por lo general, es la escuela de su parroquia o del monasterio más cercano. En efecto, todas las iglesias tienen una escuela: a ello obliga el Concilio de Letrán de 1179, y en Inglaterra, país más conservador que el nuestro, todavía puede verse la iglesia junto a la escuela y el cementerio. Muchas veces son fundaciones señoriales las que garantizan la instrucción de los niños; Rosny, una pequeña aldea a orillas del Sena, tenía desde comienzos del siglo XVIII una escuela que había fundado hacia el año 1200 su señor Gui V Mauvoisin. Otras veces se trata de escuelas exclusivamente privadas; los habitantes de un poblado se asocian para mantener a un maestro que toma a su cargo la enseñanza de los niños. (...)También los capítulos de las catedrales estaban sometidos a la obligación de enseñar dictada por el Concilio de Letrán (Nota 1: En cada diócesis, dice Luchaire, aparte de las escuelas rurales o parroquiales que ya existían... los capítulos y los principales monasterios tenían sus escuelas, su personal de profesores y alumnos. La societé française au temps de Philippe Auguste, pág. 68). El niño entraba en ellas [en las escuelas] a los siete u ocho años de edad, y la enseñanza que preparaba para los estudios universitarios se extendía a lo largo de una década, lo mismo que hoy, de acuerdo con los datos que proporciona el abad Gilles el Muisit. Varones y niñas estaban separados; para las niñas había establecimientos particulares, tal vez menos numerosos, pero donde los estudios alcanzaban a veces niveles muy altos. La abadía de Argenteuil, donde se educó Eloísa, proporcionaba el aprendizaje de la Sagrada Escritura, letras, medicina y hasta cirugía, aparte del griego y el hebreo, que introdujo Abelardo. En general, las escuelas daban a sus alumnos nociones de gramática, aritmética, geometría, música y teología, que les permitían acceder a las ciencias que se estudiaban en la Universidad; algunas incluían alguna enseñanza técnica. La Histoire Littéraire menciona como ejemplo la escuela de Vassor en la diócesis de Metz, donde al mismo tiempo que aprendían la Sagrada Escritura y las letras, los alumnos trabajaban el oro, la plata y el cobre (Nota 2: L. VII, c. 29; registrado por J. Guiraud, Histoire partiale, histoire vraie, pág. 348). (...) En esta época los niños de las diferentes clases sociales se educaban juntos, como lo atestigua la conocida anécdota que presenta a Carlomagno irritado contra los hijos de los barones, que eran perezosos, contrariamente a los hijos de los siervos y los pobres. La única distinción que se hacía era la de la retribución, dado que la enseñanza era gratuita para los pobres y de pago para los ricos. Veremos que esa gratuidad podía prolongarse mientras duraran los estudios y también extenderse al acceso al título, puesto que el ya mencionado Concilio de Letrán prohíbe a las personas cuya función era dirigir y controlar las escuelas `que exijan a los candidatos al profesorado una remuneración para que se les otorgue el título'. Por otra parte, en la Edad Media había poca diferencia en la educación que recibían los niños de diferente condición; los hijos de los vasallos más humildes se educaban en la mansión señorial junto a los del señor, los hijos de los burgueses ricos estaban sometidos al mismo aprendizaje que el del más humilde artesano si querían atender a su vez el comercio paterno. Ésta es sin duda la razón por la cual hay tantos grandes de origen humilde: Suger, que gobernó Francia durante la cruzada de Luis VII, era hijo de siervos; Maurice de Sully, el obispo de París que hizo construir la iglesia de Nôtre-Dame, nació de un mendigo; San Pedro Damián fue porquero en su infancia, y Gerbert d'Audrillac, una de las luces más fulgurantes de la ciencia medieval, fue también pastor; el papa Urbano VI era hijo de un zapatero de Troyes, y Gregorio VII, el gran Papa de la Edad Media, de un pobre cabrero. A la inversa, muchos grandes señores son letrados cuya educación no debió diferir en mucho de la de los clérigos: Roberto el Piadoso componía himnos y secuencias latinas; Guillermo IX, príncipe de Aquitania, fue el primero de los trovadores; Ricardo Corazón de León nos dejó poemas, lo mismo que los señores de Ussel, de Baux y muchos otros; para no hablar de casos más excepcionales como el del rey de España Alfonso X" (Régine Pernoud, A la luz de la Edad Media, Ed. Juan Granica, Barcelona 1988, págs. 115-118).

Todo lo anterior, pura historia, nos presenta un cuadro de la Edad Media muy distinto del dibujado por la mitología protestante: la instrucción era vastísima, todo el mundo tenía acceso al conocimiento de las Escrituras, y la cultura era gratuita para los pobres (lo contrario de lo que ocurre en nuestro mundo protestantizado). ¿Dónde están, pues, las "tinieblas" medievales? Tan sólo en la mente de los mitógrafos protestantes.

 


alexgabriel
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RE: Orígenes del feudalismo

Entre 1200 y 1400 se fundaron en Europa 52 universidades, 29 de ellas pontificias. Según orden de antigüedad, no en importancia, puesto que la de París fue la más destacada, las fechas de fundación parecen ser las siguientes: Palencia (1208-12), Oxford (1214), París (1215), Padua (1222), Nápoles (1224), Salamanca (1228), Toulouse (1229), Bolonia (1230). Valladolid fue fundada a mediados del S. XIII (1250).




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P:¿Qué opina de esos intelectuales que constantemente en sus escritos afirman que la religión es pura superstición, que es incompatible con la democracia y que la asignatura de religión en la escuela supone fomentar el totalitarismo religioso?



R: ¡Que no tienen ni idea de Historia!. De no ser por el cristianismo... ni democracia, ni revolución científica, ni universidad fundada por la Iglesia Católica... y si no mire usted los otros ámbitos culturales. 2005



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Los orígenes de la Universidad: las piedras y las almas de las universidades medievales

por Alejandro Rodríguez de la Peña


Creo que es nuestra labor recuperar este espíritu que animaba las universidades medievales si no queremos que la Universidad muera como tantas otras cosas que están desapareciendo de nuestra sociedad como la moral natural, el amor a la Verdad o la decencia. Descripción de la Historia y del desarrollo de la vida universitaria en sus orígenes



Hace casi mil años nacieron las primeras universidades en el Occidente medieval, París y Bolonia. Estamos hablando, por tanto, de una institución milenaria. Hay que recordar que actualmente en Europa existen 85 instituciones cuya existencia podemos rastrear en tiempos anteriores al Renacimiento. De ellas, 70 son universidades. En sus aulas ya no encontramos sólo clérigos, frailes y médicos como en el siglo XIII. Sus planes de estudio ya no se basan en el Trivium y el Quadrivium como sucedió hasta el siglo XVIII. Sin embargo, más allá de los cambios, nuestras universidades son todavía perfectamente reconocibles como descendientes directas de aquellas que nacieron hace mil años. Subrayo el todavía, ya que puede que dentro de diez años no pueda afirmar tal cosa si tengo que escribir sobre este particular.

El éxito aparente de esta institución es de tal calibre, tiene tan pocos precedentes, que conviene tenerlo siempre en cuenta cuando algún ignorante o malintencionado alude al oscurantismo de la Iglesia o a las tinieblas medievales. Posiblemente, la mezcla de amor a la Verdad (esto es, investigación: ego sum viam, veritas et vita) y la vocación evangelizadora (esto es, docencia: docete omnes gentes) de los Pontífices, obispos y clérigos que fundaron la Universidad en la Edad Media sea la clave del triunfo rotundo de una institución en la que siempre se han yuxtapuesto investigadores y docentes, agentes críticos y funcionarios del saber.

Hoy día muchas instituciones e incluso algunos Estados perviven realizando todo tipo de tareas sin preguntarse cuál es su razón de ser. Incluso podríamos afirmar que su continuidad tiene que ver con la no formulación de esa pregunta. Los que ahora quieren hacer de la Universidad una mera “factoría del conocimiento” en el marco de la sociedad de la información, esta sociedad noocrática del I+D en la que knowledge is money, olvidan que esta institución milenaria no puede ser transformada en una empresa productora de patentes y futuros profesionales sin que desaparezca. Seguirá llamándose Universidad pero, en propiedad, ya no será una Universidad. Será otra cosa.

Para comprender el sentido de esta afirmación debemos bucear en los orígenes de la Universidad y hacer un viaje en el tiempo al siglo XII. Lo primero es preguntarse ¿porqué nació la Universidad? La respuesta a esta pregunta es compleja pero creo que podemos comenzar a contestarla enunciando otra pregunta: ¿cuándo y porqué nacieron los intelectuales?

Porque, sin duda, no hay Universidad sin intelectuales. A pesar de que una de las definiciones más bellas de las universidades medievales es aquella que las define como “las catedrales de la sabiduría”, lo cierto es que no hubo universidades en el sentido físico y arquitectónico de la palabra hasta finales de la Edad Media cuando la Universidad llevaba funcionando dos siglos. Y los primeros edificios universitarios propiamente dichos no fueron aularios (facultades diríamos hoy) sino lo que hoy llamaríamos “colegios mayores”, instituciones benéficas para alojar estudiantes sin recursos, siendo el fundado por el cardenal Sorbone, el Colegio de la Sorbona de París, el más antiguo de los supervivientes. Resulta significativo, en este sentido, que con el tiempo diera nombre al conjunto de la Universidad de París.

Hay que recordar que el hecho de identificar el aulario con las facultades y, en general, con la Universidad, es algo muy reciente, fruto de la organización napoleónica de la Universidad. Todavía en Cambridge y Oxford, aún hoy día reacios receptores de ese modelo francés, se da más importancia a los colleges que a las faculties, dentro de una dinámica que pone más el acento en la relación profesor-alumno que en el armazón institucional. Curiosamente, este modelo anglosajón, puramente medieval, se apresta a resurgir de sus cenizas con el plan Bolonia que se aplicará en breve en el conjunto de la enseñanza universitaria europea.

Así que no todo es tan innovador en ese proyecto. De hecho, el espacio educativo común europeo con sus planes de estudios homogéneos y la desaparición consiguiente de las convalidaciones no es más que un retorno a la Edad Media, cuando toda la Cristiandad católica era un espacio único de enseñanza. Ahora es la Comisión Europea la que garantizará que un título universitario del CEU sea absolutamente equivalente a uno por Cambridge en cuanto a contenidos curriculares. En el siglo XIII era el Pontífice romano el que sancionaba con su auctoritas la licentia ubique docendi que permitía a un licenciado por Salamanca enseñar en París sin más trámites.

Volviendo a la cuestión de las piedras y las almas de la Universidad, utilizando un lenguaje escolástico. Hay que decir que, en realidad, durante los siglos XII y XIII la Universidad estaba allí donde residían y enseñaban sus profesores y ese lugar variaba según la época del año, pudiendo ser un claustro catedralicio, una abadía o simplemente una plaza al aire libre. Ubi scholastici ibi Universitas se decía entonces.

Por consiguiente, durante los dos primeros siglos de vida de la Universidad no había Universidad física propiamente hablando. De hecho, la palabra Universidad viene de universitas scholarum (y no de universal, como algún profesor todavía enseña), esto es, “corporación de profesores y alumnos”, ya que la palabra scholares valía para ambos.

De forma que una universidad era un cuerpo imaginario (corpus fictum), una ficción jurídica intemporal y no una empresa o un aulario. Según la definición del canonista Bartolo de Sassoferrato, una determinada Universidad comprendería en tanto que corporación a todos sus estudiantes y profesores desde su fundación hasta su extinción en lo que representaría una vinculación quasi mystica entre la institución y sus miembros. En Cambridge sentí que ese sentimiento aún es operativo. Uno es johnian o wolfsonian, por citar los dos colleges a los que he pertenecido, hasta la muerte, no hasta el día en que se obtiene el título de licenciado. ¡Qué diferencia con la idea de una academia para formar profesionales para las empresas!

Pero volvamos sobre el tema de las piedras y las almas de la Universidad, más en concreto retomemos la cuestión de las almas que forman la Universidad: los intelectuales. Esta palabra, un galicismo que procede de una definición francesa del siglo XIX de un sector social, quiere decir muchas cosas hoy en día, no todas ellas buenas, hasta el punto de que muchos universitarios huyen como de la peste de ser definidos como tales.

Por mi parte, prefiero explorar el origen de este grupo social que forma las entrañas de toda Universidad. Tomemos el caso de las danzas macabras de finales de la Edad Media, en los tiempos de la Peste Negra. Estas danzas de la Muerte, mezcla de penitencia y teatro urbano, representaban de forma teatral camino del Infierno a los distintos estratos sociales, desde los reyes y los nobles hasta los campesinos y burgueses. Entre los monjes, frailes, clérigos y obispos que se representan en las miniaturas de las danzas macabras de la época el estudioso avisado detectará la presencia de un grupo de penitentes disfrazados de algo difícil de precisar. Llevan tonsura como los monjes pero no son sacerdotes ni monjes. Son los scholares, los profesores y estudiantes de Universidad. Los intelectuales medievales.

Sabios, doctos, clérigos, filósofos, escolásticos, maestrescuela... todos estos términos se utilizaron en el Medievo para definirlos. El término intentaba designar a aquellos cuyo oficio era pensar y enseñar. En principio pertenecían al estado clerical y asumían las órdenes menores pero su vida no era la de un diácono o un presbítero. No eran místicos encerrados en sus claustros, ni pastores de almas ni auxiliadores de los pobres. Eran maestros cristianos que enseñaban bajo la autoridad de un obispo (representado por su canciller) por lo que asumían la condición clerical de iure, pero de facto vivían en otra esfera, intermedia entre el estado secular y el religioso. Por ejemplo, podían ser armados caballeros y recibir títulos nobiliarios.

Sabios y docentes, pensadores por oficio y vocación, encontramos en los rasgos psicológicos de los escolásticos del Medievo ciertos aspectos del carácter del intelectual de nuestro tiempo. Como profesores muchos cayeron en la fosilización de las mismas clases repetidas durante décadas. Como razonadores algunos cayeron en el exceso del racionalismo. Como científicos a muchos les acechó la sequedad de una vida entre libros robada a las familias y a los amigos. Como críticos no pocos cayeron en la tentación de denigrar por sistema lo establecido.

Pero hay que decir que la mayoría permaneció fiel al ideal del humanismo cristiano que animaba las universidades. Detrás de la razón, la mayoría supo ver la pasión por la Verdad, detrás de la docencia la necesidad de formar personas, detrás de la ciencia el amor por la Creación de Dios, detrás de la crítica la búsqueda del Bien Común. ¿Podemos decir lo mismo de nuestros intelectuales?


El renacimiento del siglo XII.

Sea como fuere, los orígenes de la Universidad hay que situarlos en el siglo XII, el siglo en el que volvió a haber ciudades y mercados en Europa tras largas centurias de ruralización y economía de subsistencia. El intelectual y la Universidad nacieron con las ciudades, su resurgimiento a partir de los cadáveres de las ciudades romanas los hizo posible. La escuela monástica, el scriptorium y el monje copista son tipos propios de una sociedad feudal, una sociedad rural de castillos y aldeas. La Universidad pertenece a un nuevo mundo que dejó atrás la Feudalidad, el del renacimiento del siglo XII y las catedrales góticas, un renacimiento que situó a Europa de nuevo a la cabeza del orbe en ciencia y arte tras siglos de estar a la zaga del Islam.

Los intelectuales del siglo XII, clérigos al servicio del obispo de su ciudad a los que éste encarga del cuidado de la escuela catedralicia, fueron llamados moderni (“los modernos”) en algunos escritos. Era la primera vez que esa palabra se aplicaba en la historia del pensamiento y resulta curioso comprobar que los escolásticos, que con el tiempo serían los principales defensores de la Tradición católica, fueran considerados al principio como “los modernos”.

Se les identificaba por su amor a los clásicos de la Antigüedad, un amor que compartieron con los renacentistas del Quatrocento de los que son directos antecesores. Pedro de Blois escribía, en este sentido: no se pasa de las tinieblas de la ignorancia a la luz de la ciencia si no se releen con amor cada vez más vivo las obras de los antiguos. ¡Que ladren los perros y que gruñan los cerdos! No por eso dejaré de dedicar todos mis cuidados a los antiguos y cada día el amanecer me encontrará estudiándolos.

El obispo inglés Juan de Salisbury aconsejaba, por su parte, a los estudiantes que estudiaran atentamente a Virgilio y a Lucano, cualquiera que sea la filosofía que profeses, comprobarás que puedes acomodarla a ellos. En esta acomodación consiste la capacidad del maestro y la habilidad y celo del alumno, de forma que se obtenga el mayor provecho de la lectura de los autores antiguos. El maestro Bernardo de Chartres expresó esta idea de forma insuperable en su famosa sentencia: somos enanos encaramados en los hombros de gigantes. De esta manera vemos más y más lejos que ellos, no porque nuestra vista sea más aguda sino porque ellos nos sostienen en el aire y nos elevan con toda su altura gigantesca.

Pero esta lectura de los clásicos no cayó nunca en la imitación, ya que el renacimiento del siglo XII se distingue del Renacimiento italiano en que rehuyó siempre el servilismo hacia la Antigüedad grecorromana, combinando siempre el legado de San Agustín con el de Platón y el de Virgilio con el Eclesiastés. Y es que, cuando los escolásticos pensaban en los antiguos, esos gigantes a los que aludía Bernardo de Chartres, incluían entre ellos a los Profetas de Israel y a los Santos Padres de la Iglesia. No será hasta los tiempos de Petrarca, Giotto y Bocaccio que se considere el mundo grecorromano como superior culturalmente al resto.

Ciertamente, los escolásticos del siglo XII estaban vivamente preocupados por la recuperación de aquellas obras de la Antigüedad grecorromana perdidas durante la época de las Invasiones. Los monjes benedictinos habían salvado buena parte desde los tiempos de Carlomagno pero se habían concentrado en las obras literarias antes que en las científicas o filosóficas. Por el contrario, los árabes habían concentrado sus esfuerzos en estas últimas desde que el califa abasí Al Mamun fundara en el siglo IX la Bayt al Hikma (“Casa de la Sabiduría”) en Basora, una escuela de traductores que tradujo al árabe el corpus científico y filosófico grecorromano.

En la ciudad de Toledo, recientemente reconquistada a los musulmanes, el arzobispo francés Raimundo (1125-1151) decidió fundar una Escuela de Traductores cristiana y bajo su protección dio comienzo la titánica labor a lo largo de casi cien años de equipos de traductores judíos, musulmanes y cristianos procedentes de toda Europa que vertieron al latín y al castellano muchas obras perdidas del pasado. En particular, fue decisiva su recuperación de las obras de Aristóteles, que a finales del siglo XII comenzó a desplazar a Platón como el príncipe de los filósofos para los escolásticos.

Fueron, por consiguiente, estos abnegados traductores toledanos los pioneros del renacimiento del siglo XII, al recuperar no solo la obra de Aristóteles sino en general el conjunto del Quadrivium. Me explico. El plan de estudios medieval se basaba en una división en Trivium y Quadrivium, esto es, Letras y Ciencias. Trivium procede de Tres, ya que tres eran las ramas del saber que correspondían a las Letras: Gramática, Retórica y Dialéctica. Quadrivium procede de Cuatro, ya que cuatro eran las ramas del saber de las Ciencias: Aritmética, Geometría, Música y Astronomía.

Resulta interesante, en este sentido, el testimonio de un joven clérigo inglés, Daniel de Morley, que narra en una carta privada que conservamos las razones por las que viajó a mediados del siglo XII a Toledo en búsqueda de instrucción: la pasión del estudio me había hecho abandonar Inglaterra. Permanecí algún tiempo en Francia. Allí solo vi a salvajes instalados con grave autoridad en sus asientos escolares teniendo frente a sí dos o tres escabeles cargados de enormes obras que reproducían las lecciones de Ulpiano en letras de oro y con plumas de plomo en la mano escribían gravemente en sus libros. Habiendo comprendido la situación, me puse a pensar en los medios de abrazar las Artes del Quadrivium que esclarecen las Sagradas Escrituras. Y como en nuestros días es en Toledo donde la enseñanza de los árabes, que consiste casi enteramente en las Artes del Quadrivium, se imparte a las multitudes me apresuré a legar hasta allí para oír las lecciones de los filósofos más grandes del Mundo. Como unos amigos me invitaran a regresar a Inglaterra, dejé España con una gran cantidad de preciosos libros. Que nadie se escandalice si ahora al tratar la creación del Mundo invoco el testimonio no solo de los Padres de la Iglesia sino también el de los filósofos paganos, pues, si bien estos últimos no figuran entre los fieles, algunas de sus palabras deben ser incorporadas a nuestra enseñanza.

Lo cierto es que durante los siglos altomedievales el Quadrivium había sido muy descuidado y las matemáticas y ciencias naturales que se enseñaban en las escuelas monásticas eran muy primitivas. Incluso, eran vistos como saberes sospechosos por el pueblo. El monje francés Gerberto de Aurillac, a pesar de ser elegido Papa con el nombre de Silvestre II en el año 999, no pudo evitar tener cierta reputación de brujo simplemente por haber aprendido matemáticas en Córdoba con maestros musulmanes y usar los números arábigos para hacer cuentas, unos números que parecían cosa de hechicería a las masas ignorantes.

Y es que no sería hasta el siglo XIII el que, gracias a la labor de la Escuela de Traductores de Toledo, los números árabes (o guarismos como se les llamaba entonces por el sabio árabe Al Kharizmi) sustituyeran a los obsoletos números romanos en Occidente. Pero no solo los números árabes entraron en las aulas y contadurías de la Cristiandad, también la ecuación de tercer grado, los algoritmos, la óptica y la geometría árabes hicieron su entrada en escena. Los árabes habían conseguido superar la ciencia grecorromana. La Cristiandad latina se disponía ahora a superar la ciencia árabe que había recibido a través de Toledo. Las universidades recién fundadas serían el vehículo de esta superación decisiva para la historia de la humanidad.

Quizá no se ha reflexionado lo suficiente sobre el hecho de que fuimos los españoles en particular y los católicos en general los que descubrimos y conquistamos América y no los musulmanes, que solo dos siglos antes eran dueños de medio Mundo y tenían mejores herramientas técnicas y científicas para haber iniciado ellos la Era de las Exploraciones a través de América, África y el Pacífico. La clave del éxito de Europa en el siglo XVI, éxito que está detrás del posterior dominio occidental del globo que llega hasta nuestros días, hay que buscarla en la institución universitaria y el dinamismo intelectual que supo insuflar a la Cristiandad al mismo tiempo que en el Islam el oscurantismo integrista de Al Ghazali se imponía sobre los falasifa (“los filósofos), poniendo fin a siglos de esplendor cultural y artístico en el Oriente Próximo.



En el principio fue París.

Si todo comenzó en Toledo, todo los caminos del saber acabaron por conducir a París. De todas las universidades medievales, París, favorecida por la presencia de los maestros más brillantes, será la encarne mejor el paradigma. Desde el año 1100 los profesores y estudiantes se reunieron en gran número en la Cité de París. No en un lugar concreto. Algunos profesores enseñaban en la catedral de Notre Dame, bajo la atenta mirada del obispo. Otros, la mayoría, en la orilla izquierda del Sena, en los claustros de la escuela canonical de San Víctor y del monasterio de Santa Genoveva. Finalmente, algunos, al margen del obispo, en los alrededores de San Julián el Pobre, entre las calles de la Boucherie y Garlande.

París no se iba a convertir, sin embargo, en el faro intelectual de Occidente hasta que no apareciera entre sus profesores la irrepetible figura de Pedro Abelardo. Abelardo fue el primer gran escolástico de París y también el primer gran profesor universitario europeo, el primero de una larga serie. La Universidad de París le debe su fama y quizá la propia institución universitaria su éxito histórico.

Repasemos brevemente su fulgurante carrera. Nacido en Bretaña en el año 1079 en el seno de una familia de la pequeña nobleza, Pedro Abelardo se dedicó desde muy joven al estudio con el mismo afán de competición caballeresca con el que sus hermanos siguieron el oficio de las armas. Para Abelardo el debate intelectual era una suerte de justa caballeresca del que siempre había que salir vencedor. Por ello se convirtió en el maestro de la Dialéctica, un talento invencible en los debates filosóficos y teológicos.

Seguro de sí mismo, desafió nada más llegar a París, donde la Universidad aún no existía, al más grande los maestros que allí enseñaban entonces: Guillermo de Champeaux. Tras ser su alumno durante unos meses y estudiarle, lo provoca a un debate público sobre una compleja cuestión de la Lógica aristotélica y lo humilla, siendo aún un veinteañero, delante de todos demostrando dominar el arte de la dialéctica mejor que su anciano maestro.

Guillermo de Champeaux, humillado, hace que se le expulse de la escuela catedralicia. Pero Pedro Abelardo funda su propia escuela en Melun y buena parte de sus antiguos compañeros de clase abandona París y se convierte en sus discípulos. Al poco tiempo, Guillermo de Champeux, ahora casi sin alumnos, decide abandonar la enseñanza. Es el triunfo de Pedro Abelardo que retorna a París para hacerse con su cátedra, instalando su escuela en el claustro de la abadía de Santa Genoveva, en la orilla izquierda del Sena.

Pero pronto Abelardo se da cuenta de que en París los teólogos están por encima de los maestros de Lógica y Dialéctica y decide volver a la condición de estudiante para seguir las clases en Laon del mayor sabio de la época: San Anselmo, futuro arzobispo de Canterbury, a quien debemos el argumento ontológico sobre la existencia de Dios. Sin embargo, pronto la pasión iconoclasta de Abelardo, que lo cuestiona todo, le enfrenta al anciano maestro a quien llega a definir como digno de desprecio por su falta de inteligencia. Y es que la soberbia del joven Pedro Abelardo no conocía límites.

Harto de la escuela de Laon y de ser estudiante, Abelardo regresó a París donde ya es una celebridad entre los estudiantes que abarrotan sus clases. Miles acuden de toda Europa para oír al principal maestro de la Dialéctica, un arte que resurgía entonces con fuerza tras siglos de abandono. Abelardo ha alcanzado la gloria sin apenas esfuerzo. Según su propia confesión, creía que en el mundo era yo el único filósofo. Corría el año 1118. Fue entonces cuando, a los treinta y nueve años, conoció a Eloísa. Abelardo, que como todos los maestros de París, tiene las órdenes menores de un clérigo pero no es sacerdote, nunca ha sido un libertino ni se le han conocido amoríos aunque canónicamente le está permitido contraer matrimonio.

Pero Eloísa desató el demonio del sur en el autosuficiente Abelardo. Tenía solo 17 años y era la sobrina del canónigo de la catedral. Joven bellísima, cultivada y enormemente inteligente, el canónigo le pide como un favor personal que le de clases particulares para que extraiga todo el potencial que la joven encierra. Como era previsible, un amor arrebatado surge entre esos dos talentos y estalla el escándalo cuando ella queda embarazada. Eloísa huye de París para refugiarse en la casa de la hermana de Abelardo. Llamarán a su hijo Astrolabio, un nombre muy apropiado para el fruto de los amores de dos intelectuales.

Abelardo le pide entonces al canónigo Fulberto la mano de su hija, a pesar de que Eloísa le pide en una carta que no lo haga: no podrías ocuparte con igual cuidado de una esposa y de la filosofía. ¿Cómo conciliar las bibliotecas y las cunas, los libros y las ruecas? La verdad es que éste es el eterno dilema del intelectual aún hoy día.

Sin embargo, el padre de Eloísa no quiere saber nada de matrimonios y trama una terrible venganza: de noche unos esbirros por él contratados asaltan la casa de Pedro Abelardo y le mutilan castrándolo. A la mañana siguiente todo París sabe lo que ha ocurrido y Abelardo se refugia en la abadía de Saint Denis y profesa como monje. Eloísa entrará novicia en un monasterio de clausura, la abadía del Espíritu Santo, del que terminará sus días como abadesa, convirtiendo ese cenobio en un centro de estudios de primer orden.

Sin embargo, Abelardo no puede disfrutar de esa paz. Se enfrenta a los monjes cuando escribe un Tratado sobre la Santísima Trinidad que el obispo de Chartres condena y hace quemar. Entonces Abelardo abandona Saint Denis y contruye un oratorio en Troyes para vivir como un eremita bajo la protección del obispo de esa ciudad. Pero multitudes de estudiantes de toda la Cristiandad se arremolinan en torno a su oratorio construyendo una auténtica aldea improvisada en los alrededores. Abelardo retoma entonces su oficio de enseñante.

Finalmente regresa a París, a Santa Genoveva, donde las multitudes se vuelven a congregar. Estudiantes vagabundos, goliardos, juglares, nobles, acuden de todas partes a escuchar a alguien que es más una celebridad que un mero profesor. Y es que ahora además de sus tratados de lógica, en particular su Manuel de Lógica para principiantes (el primer manual universitario de la historia), eran conocidas en todas partes sus canciones de amor en francés y latín a Eloísa, que fueron entonadas durante décadas por los juglares goliardos de toda la Cristiandad, siendo el primer hit parade de la historia. También es conocida su autobiografía en latín, su Historia calamitatum mearum (“historia de mis desgracias”), un bestseller de la época que representa la primera autobiografía de un intelectual en Occidente desde las Confesiones de San Agustín.

Pero su soberbia y su autosuficiencia no se mitigaron con el paso de los años y no dudará en lanzar proposiciones heréticas sobre diversas cuestiones. Al final de su vida tuvo que arrostrar un concilio condenatorio de algunas de sus tesis e incluso una excomunión pontificia, que le será levantada gracias a la intercesión de su amigo, Pedro el Venerable, el piadoso e influyente abad de Cluny. Finalmente moriría reconciliado con la Iglesia en el año 1142. Su trayectoria ejemplifica muy bien la sentencia tan repetida en los tratados medievales: la soberbia es el pecado del intelectual. Con todo, a pesar de las controversias que despertó su figura, se puede decir que al llegar Pedro Abelardo a París veinte años antes había encontrado un grupo de escuelas. A su muerte París era de facto aunque todavía no de iure una Universidad, la primera y la más importante de la Cristiandad.

El obispo Juan de Salisbury nos ha dejado un vívido retrato de cómo era París en 1164, cuando el magnetismo personal de la figura de Pedro Abelardo había ya dejado paso al prestigio institucional de la Universidad: me he dado una vuelta por París. Cuando vi la abundancia de los víveres, la alegría de las gentes, la consideración de que gozan los escolásticos, la majestad y gloria de toda la Iglesia, las diversas actividades de los filósofos, me pareció ver, lleno de admiración, la escala de Jacob cuyo extremo superior llegaba al cielo y era recorrida por ángeles que subían y bajaban por ella.

La misma impresión causó en el abad Felipe de Harvengt: empujado por el amor a la ciencia he venido a París y encontrado esa nueva Jerusalén que tantos desean. Esta es la morada de David y del sabio Salomón. Hay una muchedumbre tal de escolásticos y clérigos que éstos están a punto de sobrepasar en número a la población laica. ¡Feliz ciudad en la que los santos libros se leen con tanto celo, en la que sus complicados misterios son resueltos gracias a los dones del Espíritu Santo, en la que hay tantos profesores eminentes!

Ahora bien, aquello en lo que se convirtió París tras la docencia de Pedro Abelardo no gustó a todo el mundo. Si para muchos París era ahora la Civitas Litterarum, la Ciudad de las Letras por excelencia, una nueva Atenas y nueva Jerusalén que iluminaba la Cristiandad, para otros, en especial para los monjes cistercienses, el género de vida desordenado de muchos estudiantes de París hacía de esta ciudad una nueva Babilonia, un antro del Diablo donde se podía perder el alma. De esta forma, el monje cisterciense Pedro de Selles exclamaba: ¡Oh, París, cómo sabes hechizar y engañar las almas! En ti las redes de los vicios, las trampas de los males, las flechas del Infierno pierden a los corazones inocentes! El propio San Bernardo de Claraval avisaba de los peligros de París para los estudiantes: huid del centro de Babilonia, huid y salvad vuestras almas. Encontraréis mucho más en los bosques que en los libros.

Los temores de San Bernardo y Pedro de Selles estaban en parte justificados por el comportamiento salvaje de algunos estudiantes de París, los llamados goliardos. Estos goliardos son descritos por las crónicas como vagabundos, gamberros, bribones, juglares, bufones y bohemios. Estudiantes escasos de recursos procedentes de toda Europa, eran temidos y despreciados por la población que sufría sus gamberradas, en ocasiones incluso sus crímenes.

Muchos se organizaron en bandas estudiantiles para sobrevivir mediante el robo, la mendicidad o el trabajo como sirvientes de los estudiantes ricos. Algunos más talentosos vivían de actuar como juglares por las calles. Un cronista Evrard el Alemán, habla de la parisiana fames (“el hambre del estudiante parisino”), como un tópico de la época. Y es que estudiar en París estaba al alcance de casi todos, pero otra cosa era la forma en que allí se subsistiera en los años previos a la fundación de los colegios universitarios para pobres.

Fueron, en general, intelectuales libertinos muy críticos con la sociedad de la que eran elementos marginales. Hemos conservado muchos poemas anónimos de goliardos, una colección de los cuales, los Carmina Burana, dio a Orff la letra de su archifamosa composición. Los goliardos componían poemas en torno al amor, el juego y las tabernas, escenario de sus existencias. En uno de ellos leemos en perfecto latín escolástico: quiero morir en la taberna, donde los vinos estén cerca de la boca del moribundo, luego los coros de los ángeles bajarán cantando: ¡Que Dios sea clemente con este buen bebedor! En otro poema goliardesco leemos una confesión llena de pesimismo epicúreo: más ávido de voluptuosidades que de la salvación eterna, tengo el alma muerta, sólo me importa la carne.

Los goliardos atacaron salvajemente en sus composiciones a los obispos (malos pastores), los nobles (prepotentes), los comerciantes (avaros), los campesinos (patanes) e incluso a algunos reyes y pontífices. Nadie escapó a su pluma satírica pero pasaron sin pena ni gloria por la historia de la cultura medieval, dejando un rastro de marginalidad y quizá un anuncio de la futura cultura underground del siglo XX.
 
24/Nov/2005 21:02 GMT+1
Sotonik
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#15 ·
RE: Orígenes del feudalismo


La institucionalización de la Universidad.

Los goliardos desaparecieron entre otras razones porque la Universidad se fue institucionalizando en el siglo XIII, por ejemplo con la creación de los colegios para estudiantes pobres que evitaron la caída en la marginalidad social de los scholares menesterosos. Pronto ya no hizo falta mendigar o robar al hijo del campesino para poder estudiar en París o en Bolonia. Y es que, en realidad, la institucionalización de la Universidad medieval fue un proceso parejo al de su cristianización.

Me explico. La intervención de los poderes eclesiásticos y políticos en la organización de la Universidad contribuyó a que ésta fuera un lugar más justo, libre y pacífico de lo que lo había sido en el siglo anterior. Esto es, un lugar más cristiano. En este proceso los papas jugarán un papel decisivo. En dos direcciones: en primer lugar, al arrebatar a los obispos la potestad de emitir la licentia docendi, el título de licenciado que permitía enseñar. Desde 1213, la Universidad de París obtiene de Roma el permiso para ser ella misma la que emitiera la licentia docendi y una huelga de profesores y alumnos en el año 1229 puso a la institución bajo la tutela directa de la Sede Apostólica tras morir varios estudiantes a manos de los sargentos del Rey de Francia. Ni el Rey ni el obispo de París ejercerían en adelante jurisdicción alguna sobre la Universidad, cuyos estudiantes incluso estarían exentos de la justicia real. En 1214 Oxford obtenía los mismos privilegios y Bolonia le seguía en 1219. Salamanca, Cambridge, Heidelberg seguirían pronto sus pasos.

Pronto, los Pontífices transforman la licentia docendi en licentia ubique docendi, esto es, en un título universitario de validez universal dentro de la Cristiandad católica. Por ello, las Universidades medievales nunca serán nacionales ni en su profesorado ni en su alumnado ni en sus planes de estudio. Los estados, las monarquías nacionales de entonces, se limitaron en algunos casos (como cuando el rey de León apoya la fundación de la Universidad de Salamanca o el emperador Federico Barbarroja la de Bolonia) a apoyar a la institución, pero nunca controlaron ni su orientación académica ni su profesorado. A lo largo del Medievo el Estado no tuvo nada que decir en las Universidades, instituciones libérrimas que solo respondían ante sí mismas y ante el Papado. Tan solo Oxford y Cambridge han conservado este status hasta hoy día. La fiebre napoleónica que contagió toda Europa en el siglo XIX convirtió a la Universidad en un instrumento del Estado.

Diversos papas iban a ir configurando la legislación universitaria que dotaría de una plataforma institucional al fenómeno espontáneo que había surgido en París el siglo anterior en torno a la figura de Pedro Abelardo. Así, en 1187 el papa Alejandro III declaraba en una importante bula la gratuidad de la enseñanza universitaria a partir del pasaje evangélico: lo que recibisteis gratis, dadlo gratis. En apoyo de esta directriz papal iban a acudir enseguida, obedientes, las Órdenes Mendicantes, Franciscanos y Dominicos, que desde 1219 enseñan gratis en la Universidad de París, prestándola sus mejores talentos como Santo Tomás de Aquino, San Buenaventura o San Alberto Magno. Pero no se quedó allí la ayuda pontificia. En el año 1194 el papa Celestino III otorgó a la Universidad de París sus primeros estatutos, que en 1215 el cardenal Roberto Courson completaría. El papa Inocencio III haría lo mismo con respecto a Oxford y, por su parte, Honorio III redactó los estatutos definitivos de Bolonia, cuya comuna otorgó el señorío de la ciudad al Pontífice en 1278.

Este apoyo pontificio a las universidades es capital, ya que, en tanto que única instancia universal del mundo cristiano, otorgó a la Universidad una libertad necesaria frente a la intromisión de reyes y obispos que querían controlarla. En ocasiones los pontífices fueron enérgicos en su defensa de los derechos de las universidades, como cuando el Papa Gregorio IX recriminó al obispo de París sus maquinaciones por las que has hecho que el río de las enseñanzas de las bellas letras que, por la gracia del Espíritu Santo, riega y fecunda el paraíso de la Iglesia universal, se haya salido de su lecho, es decir, de la Universidad de París, donde corría vigorosamente hasta entonces.



El nacimiento de la corporación universitaria.

Creo que conviene considerar ahora lo que hay de excepcional en la Universidad medieval en tanto que corporación para mejor comprender lo que es la esencia de una verdadera Universidad.

Lo primero que hay que subrayar es que la corporación universitaria medieval era una corporación eclesiástica, un cuerpo de la Iglesia Católica. Aún cuando la mayoría de sus miembros, según hemos ya dicho, no sean sacerdotes ni monjes ni hagan votos de celibato, pobreza u obediencia, lo cierto es que jurídicamente se les situaba entre el clero, con casi todos los privilegios que ello conllevaba en la Edad Media pero casi ninguna de sus obligaciones.

Tomemos de nuevo como ejemplo la Universidad de París. Tenía cuatro facultades: Artes Liberales (Trivium y Quadrivium), Derecho, Medicina y Teología. La facultad de Artes Liberales, de lejos la más numerosa, era gobernada según el sistema de las naciones. Profesores y estudiantes se agrupaban según la nación de procedencia, en cuatro grupos: franceses, ingleses, picardos y normandos. En Oxford se dividieron en boreales (ingleses del norte y escoceses) y australes (ingleses del sur, irlandeses y galeses), hasta que en 1274 se suprimió este sistema. En Bolonia, curiosamente, los profesores no formaban parte de las naciones (que allí se dividen en citramontanos, esto es, italianos y ultramontanos, el resto), que están reservadas a los estudiantes. Los profesores, independientemente de su procedencia, formaban una corporación separada llamada colegio de los doctores.

Cada nación es presidida por un procurador. El gobernante de la facultad de Artes Liberales, elegido por las cuatro naciones (estudiantes y profesores) recibía el nombre de rector, un nombre que con en nuestro tiempo se aplica en exclusiva al gobernante de toda la Universidad que en esa época era llamado el canciller, si bien Oxford y Cambridge conservan la antigua nomenclatura aún. En cambio, las otras tres facultades, llamadas facultades superiores, eran gobernadas por un decano elegido por el claustro de maestros regentes (hoy les llamaríamos profesores titulares). En general, los tres decanos de las facultades superiores seguían el liderazgo del rector de la facultad de Artes Liberales que es quien preside la asamblea general de la Universidad.

Lo cierto es que había pocos organismos comunes a las cuatro facultades y nada parecido a lo que hoy llamaríamos un rectorado, actuando muchas veces un convento como lugar de reuniones del claustro universitario. En París las reuniones se celebraban en San Julián el Pobre, en el refrectorio de los frailes trinitarios o en cualquier claustro de un convento franciscano o dominico.

Las corporaciones universitarias medievales disfrutaban de tres privilegios: la autonomía jurisdiccional que les situaba bajo la autoridad directa del Papa, el derecho de huelga o secesión y el monopolio de la enseñanza superior en su ciudad. Hay que aclarar que el derecho de huelga no consistía en dejar de estudiar, estupidez que solo se le ha podido ocurrir al hombre del siglo XX, sino en abandonar la ciudad y establecerse en otro sitio, lo que normalmente era suficiente para que se cediera a sus exigencias.

¿Cómo era la vida del estudiante en el París del siglo XIII? Normalmente habría ingresado en una escuela primaria a los ocho años para aprender sus primeras letras. A los catorce ya podía acceder a la Universidad (hay que tener en cuenta que maduraban antes que ahora), donde solo le estaba abierto el ingreso en la Facultad de Artes. Allí debían estudiar seis cursos anuales que se dividían en dos años iniciales llamados bachillerato y cuatro años finales llamados doctorado (que no tienen nada que ver con nuestro concepto actual de doctorado). Si se era buen estudiante a los veinte años se obtenía en título de magister Artium, que podemos traducir como licenciado en Artes Liberales.

Si se quería proseguir los estudios uno podía elegir a continuación estudiar en una de las tres facultades superiores: Medicina, Derecho o, la entonces reina de las ciencias, la Teología. Se iniciaban entonces otros seis cursos anuales (ocho en el caso de la Teología). En realidad, la facultad de Teología prescribía que la edad mínima para obtener el título era de 35 años, por lo que normalmente un teólogo que no hubiera perdido cursos en la Facultad de Artes asistía durante seis años como oyente a clase para realizar luego los ocho cursos preceptivos y alcanzar la edad requerida de 35 años.

La enseñanza universitaria medieval consistía ante todo en comentarios de textos (llamada lectio) de autores canónicos en su materia tutelados por profesores ayudantes unidos a clases magistrales reservadas al maestro regente que, en realidad, se prodigaba más bien poco. El comentario de texto, dividido en littera, sensus y sententia, sin duda era el verdadero meollo de la enseñanza universitaria medieval, ya que era una auténtico arte el saber extraer un comentario o glosa de un pasaje oscuro de Cicerón o el Digesto y suscitar un debate (quaestio) entre los estudiantes al respecto. Es decir, el sistema anglosajón de enseñanza que todavía se sigue en Oxford, Cambridge o Harvard y que el plan Bolonia nos va a obligar a adoptar en la Europa continental.

Dos veces al año se organizaban en la Universidad debates llamados disputas quodlibetales en los que un profesor desafiaba a todo el claustro de profesores y estudiantes a plantearle cualquier tema sobre el que disertar, teniendo que hacer frente a continuación a las preguntas de todos aquel que quisiera tomar la palabra. Estos debates duraban a veces más de siete horas y aquél que decidía afrontarlo debía tener una presencia de espíritu poco común y una sabiduría casi universal.

Pero ¿cuáles eran los instrumentos de trabajo de estudiantes y profesores? En el manual universitario de Juan de Garlandia, profesor de París, leemos: he aquí los instrumentos necesarios a los escolásticos: libros lo primero, un pupitre con atril, una lámpara de noche con sebo y un candelero, una linterna y un embudo con tinta, una pluma, una plomada y una regla, una mesa, una silla, una pizarra, una piedra pómez, un raspador de pergaminos y una tiza. Es en el marco universitario del siglo XIII cuando se abandonó la caña de escribir romana por la pluma de ganso, más rápida y fácil de usar.

Ciertamente, los estudiantes tomaban apuntes durante las clases. Los apuntes se llamaban entonces relationes y algunos han llegado hasta nosotros. Como sucede hoy en día había profesores que publicaban las relationes de sus clases para facilitar el estudio de su asignatura. Estos manuales de bolsillo de la época eran llamados pecias, ya que consistían en pliegos de cuatro folios de piel de carnero donde en letra minúscula se condensaba un año de enseñanzas. Fueron estos los primeros libros medievales sin miniaturas ni ornamentación alguna, simplemente texto apretado, como los libros actuales.

Hoy dejamos los apuntes al multicopista. Entonces los profesores los dejaban en manos de los escribanos profesionales cuyos talleres lindaban con la Universidad. Sabemos que en el año 1264 había en París talleres con más de cuarenta escribanos trabajando en la copia de pecias. El libro había dejado de ser un objeto de lujo para convertirse en un instrumento de trabajo, de circulación amplia, dos siglos antes de la invención de la Imprenta.

Los exámenes como tales no existían. Bien, en realidad sí existían pero solo había uno al final de los seis años de estudio en Artes al igual que en las tres titulaciones superiores. Era éste un doble examen. Primeramente se realizaba un examen privado (examen privatum). Pero una semana antes de realizarlo, el estudiante era presentado al rector de la Facultad y juraba en su presencia cumplir los estatutos de la Universidad y no tratar de corromper a sus examinadores. Similar ceremonia se realizaba ante el arcediano de la catedral. Cuando finalmente llegaba la mañana del examen, tras oír la misa del Espíritu Santo, el estudiante comparecía ante el claustro de maestros regentes de la Facultad y uno de ellos le daba dos pasajes de un texto para que los comentara, dándole unas horas en privado para que preparara su comentario.

Llegada la tarde el candidato a la licenciatura o doctorado defendía oralmente su comentario ante el claustro de maestros regentes y ante un público numeroso que se solía congregar para la ocasión, ya que esta exposición se celebraba normalmente a las puertas de la catedral, al aire libre. Tras su exposición y tras responder el candidato a las preguntas formuladas por el tribunal, el claustro votaba si era digno del título de licenciado.

Pero el candidato sólo adquiría el título de doctor tras un segundo examen, el examen publicus o doctoratus. Este examen público consistía en la exposición de una lección magistral en un lugar solemne y público, lección magistral para el doctorado que es el germen de la futura tesis doctoral. Tras impartir la lección magistral el doctorando debía hacer frente a los ataques y críticas a sus tesis de cualquier estudiante allí presente, preparándose así para la docencia universitaria. Si pasaba con éxito y entereza esa dura prueba, el arcediano de la catedral le hacía entrega de las insignias del doctor: la licentia ubique docendi (un documento que le permitiría enseñar en cualquier universidad de la Cristiandad), una cátedra, un anillo de oro, un libro abierto y el birrete doctoral.

Este sistema de doble examen expuesto era el que regía en casi todas las universidades europeas pero en París se le añadía una tercera prueba previa al doble examen: la llamada determinatio baccalariandorum. La determinatio era un debate entre el candidato y un profesor previo al examen privatus que se realizaba en el mes de Diciembre. Si se pasaba con éxito el estudiante se convertía en bachiller, por lo que en París había tres grados: bachiller, licenciado y doctor.

La obtención del título de doctor iba siempre acompañada de una fiesta que costeaba el recién doctorado, fiesta que tenía algo de iniciación del antiguo estudiante en el gremio de los profesores y que seguía unos ritos cuidadosamente establecidos. Poco queda ya, por desgracia, de todo esto. Creo que es nuestra labor recuperar este espíritu que animaba las universidades medievales si no queremos que la Universidad muera como tantas otras cosas que están desapareciendo de nuestra sociedad como la moral natural, el amor a la Verdad o la decencia. Que Dios nos ayude en esta tarea.

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Alejandro Rodríguez de la Peña – ARBIL Nº 85 -. 2004-10-05
 
24/Nov/2005 21:03 GMT+1
Sotonik
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Mensajes: 2.509
Desde: 17/Oct/2005
#16 ·
RE: Orígenes del feudalismo

Los mensajes son largos, pero el que quiera hablar de la Edad Media para denigrarla que lo haga con fundamento científico y no con prejuicio carente de ciencia, por favor.
24/Nov/2005 21:08 GMT+1
Galland
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Emperador - Administrador

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Mensajes: 14.206
Desde: 30/Abr/2005
#17 ·
RE: Orígenes del feudalismo

Me parece excelente, me lo imprimo para leerlo y todo algo que nunca he hecho en este foro.


24/Nov/2005 22:27 GMT+1
lordkhalem
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Desde: 13/Jun/2005
#18 ·
RE: Orígenes del feudalismo

adorado Dicho mal y pronto: cojonudo Todo Ok

EL tema muy bien expuesto, y como defiendes la epoca me parece perfecto, porque como dices multiples veces es una epoca renegada al olvido, pues a cualquier sitio al que vas y dices que el medievo es una epoca que es tan mala como cualquier otra y pueden ocurrir dos cosas:

a) Llamen a la policia o en su defecto al manicomio.
b) Solo te digan "friki" y te ignoren.

Personalmente me decanto por la "b" pero podria pasar sin ninguna, y realmente es porque no la conocen, en lo que ha´bias puesto hay cosas de las que no tenia ni idea, y había buscado bastante, sobre todo lo de la posición de la mujer hasta el siglo XIII, que no es ni mucho menos denigrante, sino igualitaria, en la que mismamente podian votar en las juntas vecinales o abrir comercios...muy interesante, además el arte, lo que es el arte que a mi me gusta, que no tienen que ser lo otros peor ni mucho menos, se origina aqui, con las grandes construcciones góticas, aunque las romanicas no estan nada mal, además de pinturas y demás. Otra cosa que no tenia ni idea esque durante la Edad Media ¡¡HABIA COLEGIOS!!! dios, durante toda mi vida, tanto en clase o por libros, o no se mencionaba esta escolarización o la negaban, y eso que estudio en un colegio-instituto de "monjas" como quien dice asi que realmente Brindis un brindis por tu investigación, y sobre todo gracias por hacerme saber esto.

Aunque una pregunta antes de acabar, y esque a partir del siglo XIII la mujer empezó a perder poder... ¿es por la renovación del derecho romano? y ya que estamos, una vez desaparecidas las medicos y enfermeras, ¿por eso azotó tan fuerte la peste? ¿con más las medicos y enfermeras se podria haber evitado?

Un saludo.