Hitler según su guardaespaldas

16 respuestas [Último envío]
eljoines
Imagen de eljoines
Desconectado
Dictator-Administrador
Admin ForoModerador
Desde: 25 Ene 2015

Hitler según su guardaespaldas




Rochus Misch integró durante cinco años el círculo más estrecho de Adolf Hitler. Estuvo en su cuartel general, en su refugio de Baviera y lo acompañó en su búnker de Berlín. Aún hoy lo recuerda con un afecto que pone los pelos de punta y lo sigue llamando `el jefe´. Es un testigo más que cuestionable, pero también único, del mundo de Hitler y de la agonía del Tercer Reich.


En una de las escenas finales de El hundimiento, la película de Oliver Hirschbiegel sobre los últimos días del Tercer Reich, en Berlín, de pronto, dejan de oírse las descargas de las baterías rusas. El búnker del Führer está casi desierto. Hitler se ha suicidado. Casi todo su Estado Mayor ha intentado huir del Ejército Rojo, que está a sólo dos manzanas. Cuando Joseph Goebbels y su esposa, Magda, salen al ruinoso patio de la cancillería, un joven soldado los observa dubitativo, como si esperase una orden. Ese hombre ha estado cinco años a las órdenes de Hitler: ha sido escolta, mensajero, ordenanza y, al final, telefonista del búnker. Pero ahora los teléfonos también han dejado de sonar y el hombre no sabe qué hacer. Goebbels se vuelve hacia él y dice: «Váyase, ya no lo necesito. La suerte está echada».

Ese joven soldado es Rochus Misch. Este año cumple 88 años, pero aún se mantiene en buena forma. De joven, este robusto silesio debió de ser un recluta perfecto. Primero en las SS y luego, tras ser herido en la campaña de Polonia de 1939, como escolta de Hitler.

Hoy tiene la apariencia de un soldado retirado. Pero a diferencia de Traudl Junge, la secretaria de Hitler, que abre y cierra El hundimiento con sus palabras de arrepentimiento, Misch muestra una indiferencia sobre su pasado al lado del Führer que resulta exasperante. Incluso llega a recordarlo con irritante añoranza.

Su testimonio carece de la agudeza psicológica y política que hace tan apasionantes los recuerdos del Tercer Reich de Albert Speer, pero el valor de Misch es que es uno de los pocos cercanos a Hitler que sigue vivo. Los Goebbels se suicidaron. Martin Bormann, la mano derecha del Führer, murió al intentar huir del cerco soviético. Y Traudl Junge falleció hace cuatro años aún atormentada por su pasado. Sólo queda un testigo de aquella época, Rochus Misch, tras la muerte de los dos últimos supervivientes, el barón Bernd Freytag von Loringhoven, ayuda de campo del último jefe del Estado Mayor alemán, y la enfermera Erna Flegel. Y Misch, además, es el único que formaba parte del círculo íntimo de Adolf Hitler.

Rumbo a la casa de Misch, en el sur de Berlín, Efrem, mi traductor –un alemán de origen eritreo–, me dice: «No sé cómo va a reaccionar este hombre cuando vea a un negro. Quizá siga creyendo en la superioridad aria». Yo, que soy ruso con raíces alemanas, tampoco lo sé muy bien.

Misch vive en una casa sencilla de dos plantas ubicada en una calle tranquila y arbolada. Es la misma a la que se mudó con su esposa, Gerda, en 1942. Y es la misma en la que el servidor del Führer recibió de éste una caja de champán de la cosecha del 27 como regalo de boda.

Con la voz algo cascada, Misch nos cuenta cómo, por recomendación de su antiguo jefe de división y tras ser herido en 1939, acabó trabajando a las órdenes de Hitler. Recuerda vivamente su primer encuentro con él: «Estaba en la cancillería del Reich y el ayuda de campo que se encontraba de guardia nos explicaba las normas. En eso abrió la puerta y allí estaba Hitler. Me quedé mudo. Sentí escalofríos. Para nosotros era una figura mítica. Hitler le preguntó al oficial de dónde era yo. Cuando el ayuda de campo le dijo que era de Silesia, Hitler preguntó: ‘¿Tenemos a alguien más de Silesia?’. Muy bien, pues te vamos a poner a prueba ahora mismo. Toma esta carta y entrégasela en Viena a mi hermana’». Rochus Misch se embarcó en un tren y ése fue el principio de sus cinco años de servicio.

Misch asegura que no era un nazi comprometido y que nunca fue miembro del partido. Sin embargo, parece incapaz de conciliar lo que sabe hoy del Tercer Reich con los cálidos recuerdos que guarda de Hitler. Cuando le pregunto qué piensa ahora de la época nazi, repite que nunca supo nada del holocausto ni de otros crímenes nazis y que él no cometió ninguno. Este extremo es cierto: el Centro Simon Wiesenthal de Viena juzgó innecesario investigar su expediente. Por fin, Misch admite: «No puedo relacionar los recuerdos del jefe estupendo que conocí con el monstruo que pintaron después de la guerra. Son dos imágenes que mantengo separadas». Y añade: «Desde luego que es atroz, una auténtica catástrofe. Me refiero a tantas muertes. A mí también me hicieron prisionero, fui torturado [por los rusos en 1945], y puedo imaginarme lo que sufrió esa gente».

Además, aún parece deslumbrado por la figura de Hitler y también por todos los personajes a los que tuvo oportunidad de conocer. «Yo era un hombre sencillo, por eso me emocionaba estar en ocasiones tan cerca de gente famosa: Mussolini, Leni Riefenstahl, Antonescu [el dictador rumano], Molotov…» Mussolini, recuerda, era una persona «expansiva»; Molotov, por su parte, un hombre «tranquilo y sereno».

La mayoría de sus recuerdos no son más que simples comentarios personales de importantes hechos históricos. Para Misch, el 22 de junio de 1941, el día de la invasión de la URSS, fue «un día como cualquier otro, nada especial». El 20 de julio de 1944, cuando el conde Klaus von Stauffenberg trató de matar a Hitler con una bomba en su cuartel general de Prusia oriental, Misch estaba en un tren rumbo a Berlín, donde tenía que entregar unos documentos. Le pregunto por qué, pese a su cercanía a Hitler, nunca consiguió un ascenso: «Nunca lo quise… El rango era lo de menos cuando se estaba tan cerca de Hitler. Te convertías en un miembro de la familia, y punto». Y cuando le pregunto si conserva fotos de aquellos días, Misch saca enseguida una carpeta, que me muestra encantado.

«En ésta están Speer, el arquitecto de Hitler; Eva, su esposa; el embajador Hewel, del Ministerio de Exteriores; Frau Christian, la secretaria… Y en ésta, Eva Braun con su hermana Margrete.» Hay, además, fotos de Misch en el avión de Hitler o delante del vagón restaurante del tren del Führer. Ver las fotos y oír a Misch es como asomarse a las portillas de un barco hundido. En otra foto aparecen el Führer y Eva Braun mirando unos conejos. Misch dice que su relación era muy discreta: «Ella venía a Berchtesgaden, pero en Berlín no vivía con Hitler. Sólo al final su relación se hizo pública». En efecto, el 29 de abril de 1945 Misch vio que un nervioso funcionario del registro civil entraba en el búnker para celebrar el matrimonio de Hitler y Braun.

Cuando le pregunto por El hundimiento, Misch dice entre risas que es una opereta muy americana. «¿Falsea los hechos?», le inquiero. «No, en líneas generales describe bien lo que pasó, pero los actores no paran de gritar. En el búnker se hablaba en susurros. Yo estaba en la centralita y a veces elevaba la voz a propósito, para romper ese silencio mortífero.»

El 22 de abril de 1945, tras el asalto final de las tropas soviéticas a la capital alemana, Hitler no ocultó sus sentimientos a sus subordinados. «Nos dijo que la guerra había terminado y que todo el que quisiera marcharse era libre de hacerlo.» La mayoría se fue. Misch, que se debatía entre el miedo que se había apoderado de él y su sentido del deber, permaneció allí. Incluso aunque todo estaba dispuesto para que él y su esposa fueran evacuados por aire. «Hitler fue muy serio y educado hasta el final –recuerda–. Siguió celebrando reuniones diarias, a las que cada vez acudían menos colaboradores. Hasta los últimos días confió en que las potencias occidentales se enfrentarían a los soviéticos, lo que permitiría resistir un poco más a los alemanes.»

Si algo le reprocha Misch a Hitler es que en ningún momento le diera la oportunidad de despedirse. El 30 de abril de 1945 hubo una reunión a la que asistieron Goebbels, Bormann, Heinz Linge –un ordenanza– y Otto Günsche –un asesor–. «El jefe le dijo a Linge: `No quiero morir como Mussolini [cuyo cadáver fue expuesto por los partisanos italianos en una plaza de Milán]. ¡Quemadme!´.» Tras la reunión, Hitler se encerró en su habitación. «El tiempo se detuvo en el búnker –rememora Misch–. Pasaron una o dos horas. Entonces alguien dijo: `Creo que he oído un disparo´. Linge se acercó y me apartó. No recuerdo quién abrió la puerta. Nos asomamos y vimos al Führer a tres o cuatro metros. Tenía la cabeza sobre la mesa; Eva Braun estaba a su lado, en el sofá. No había mucha sangre.»

Misch subió a toda prisa al piso superior con la intención de preparar un informe para su oficial al mando, Schedle, pero decidió volver sobre sus pasos. «Entré en la habitación en el preciso instante en que el chófer del Führer, Erich Kempka, y el comandante de las juventudes hitlerianas, Artur Axman, envolvían a Hitler y a Braun en una alfombra. Salí e informé a Schedle de su muerte. Luego, una vez abajo, mis camaradas me llamaron a gritos: `¡Ven al patio, están quemando al jefe!´. Pero no hice caso. Tenía miedo. El jefe de la Gestapo, Heinrich Mueller, había llegado a la Cancillería y temía que la Gestapo matara a todos los que presenciaran la incineración del jefe. Así que no estuve en el patio.»

Tras la muerte de Hitler, Misch ayudó a establecer una línea directa entre la cancillería del Reich y las líneas soviéticas, mientras el general Krebs trataba de negociar un armisticio. Pero los rusos se mantenían firmes. Exigían una rendición incondicional. Eran las noticias que Krebs, un soldado que hablaba el ruso muy bien, traía a los que quedaban en el búnker. Misch cuenta que Axmann, Bormann y Goebbels se despidieron de él. «Goebbels me dijo: `Bueno, Misch, hemos sabido vivir, ahora tenemos que saber morir´. Comprendí que todo había terminado, así que al rato dejé el búnker.» Antes, sin embargo, Misch conectó algunas llamadas de teléfono. «¿Cuál fue la última?», le pregunto. El anciano guarda silencio durante un minuto, tratando de recordar. Por fin, dice: «Fue una llamada del general Burgdorf al general Busse, comandante de la novena división. Poco después, alguien llamó preguntando por el general Krebs. Conecté la línea, pero no hubo respuesta. Fui a la habitación de Krebs y lo encontré sentado con Burgdorf. Estaban inmóviles. En un primer momento pensé que estaban dormidos». Pero no: se habían suicidado.

Misch intercambió contactos con un camarada, un técnico llamado Henschel, para que ambos pudieran mantener informadas a sus familias de sus respectivos paraderos. Le pregunto si se llevó del búnker algún recuerdo. Sonríe. «Tenía tanto miedo que en lo único que pensaba era en marcharme lo antes posible. Sólo he conservado una cosa del búnker.» Misch va entonces a otra habitación y trae una servilleta blanca con la letra H bordada. «Es del comedor de Hitler –explica–. No tengo nada más.»

Misch huyó hacia su casa, pero fue capturado por los rusos. Pasó entonces tres años en la prisión de Lubyanca, en Moscú. Como Stalin no creía que Hitler hubiera muerto, los supervivientes del búnker recibieron un trato despiadado para que contaran cómo se había fugado el Führer. Tan insoportable, que Misch llegó a escribir a Beria, el jefe de la Policía secreta rusa, pidiéndole que lo mataran. En lugar de ello, lo mandaron a un campo de prisioneros donde estuvo seis años, hasta que fue liberado en 1954. Regresó a Berlín, con su esposa, y abrió una tienda de pinturas y papeles pintados, que regentó hasta 1983. Por su parte, su esposa, Gerda, siguiendo la tradición familiar, fue concejal en el Ayuntamiento de Berlín occidental. Tuvieron una hija, que vive en Fráncfort y apenas habla con su padre.

Le pregunto, como al azar: «¿Se acuerda del número de teléfono del búnker?». Misch me mira con sorna. «Por supuesto. Era el 120050». Hitler, prosigue, «era el mejor jefe que se puede tener: siempre tranquilo, educado y amable. Ojalá todo el mundo tuviera un superior como él».

Luego nos enseña las cartas que recibe de todo el mundo. «Ésta es de Eslovaquia y ésta, de Australia. Suelen pedirme autógrafos», me dice. «¿Y usted les responde?», le pregunto. «Sí. Tengo hasta mi propia tarjeta postal», y saca un fajo en las que aparece en uniforme frente al cuartel general de Werwolf, en Ucrania.

El antiguo militar nazi es incapaz de entender lo repulsiva que puede resultar para la mayoría de los mortales la añoranza que siente por Hitler y su régimen. Sin embargo, al final, los temores de Efrem de que lo tratara con desprecio no se confirmaron. Es más, cuando Misch supo que el abuelo del traductor había servido en la legión africana de Mussolini, posó encantado con mi amigo eritreo. Su reacción al conocer mis orígenes rusos fue incluso más positiva: «Odio a los matones de los servicios secretos de Stalin, que me torturaron, pero los rusos de a pie se portaron muy bien con los prisioneros alemanes», me dijo, incluyendo algunas palabras en ruso.

Aunque hay algo que nos inclina a creer en la proclamación de inocencia de Rochus Misch, no puedo dejar de darle vueltas a un pequeño detalle de su relato. El hecho ocurrió en 1943, en Werwolf, el cuartel general nazi en Ucrania. «Al pasar cerca de la ventana del barracón de Hitler, oí el sonido de un aria. Me asomé y vi al jefe sentado en el borde de la mesa de su despacho escuchando el sonido del gramófono. Había discutido con sus generales y estaba muy irritado. Le pregunté: `¿Quién canta, mi Führer?´. `Joseph Schmidt, un famoso tenor?´, me contestó. `¡Pero es judío, mi Führer!´, exclamé. `¡Y eso qué más da! Lo único importante es que la música sea maravillosa!´.»
 

efe1
Imagen de efe1
Desconectado
Expulsado
Usuario Expulsado
Desde: 20 Oct 2010

Lástima que no sé la dirección, sino le escribiería para que me mandara una postal.¡Ese hombre es historia viviente!

 


Carabina a la espalda y sable en mano.

afarango
Imagen de afarango
Desconectado
Senador-Moderador
ModeradorRedactor MHMSocio MH
Desde: 30 Ago 2009

Bueno encuentro interesante la historia de Mr Misch, pero me queda la duda quien es la persona que lo entrevista..

Sin embargo hay datos que no conocia, como la llegada del jefe de la Gestapo al bunker leugo del suicidio y el temor colectivo del posible asesinato de lso testigos de la incineración..

 


 300-cruz

"El cosmos también está en nuestro interior" Carl Sagan

efe1
Imagen de efe1
Desconectado
Expulsado
Usuario Expulsado
Desde: 20 Oct 2010

Yo tengo mis dudas de que Misch- que aún vive- haya sido guardaespaldas de Hitler, en el sentido estricto de la palabra. Que se movía dentro de su círculo, bien que como subalterno, no hay dudas, pero guardaespaladas, ummm, no creo.

Al final estaba a cargo de la centralita telefónica del búnquer, cosa que tampoco no es tarea de un guardaespaldas.

Saludos.

 


Carabina a la espalda y sable en mano.

afarango
Imagen de afarango
Desconectado
Senador-Moderador
ModeradorRedactor MHMSocio MH
Desde: 30 Ago 2009
Al final estaba a cargo de la centralita telefónica del búnquer, cosa que tampoco no es tarea de un guardaespaldas.

Al final no podria ser que en los últimos tiempos los ayudantes de Hitler tuviesen que desempeñar cargos varios??? digo es una posibilidad...

 


 300-cruz

"El cosmos también está en nuestro interior" Carl Sagan

efe1
Imagen de efe1
Desconectado
Expulsado
Usuario Expulsado
Desde: 20 Oct 2010

Sí, por cierto, es una posibilidad. Pero yo le llamo guardaespaldas al sujeto que anda detrás tuyo para todos lados, en medio de una multitud, o acompañándote a determinados lugares, etc. Por eso digo que la expresión guardaespaldas para Rochus Misch quizás no sea la más correcta.

Saludos. 

 


Carabina a la espalda y sable en mano.

Claudio_Druso
Imagen de Claudio_Druso
Desconectado
Legionario
Desde: 20 Jun 2010

Buenisimo el articulo, la verdad que lo disfrute leyendolo. Es interesante ver según las personas la visión de Hitler, y como dice que separa el Hitler histórico del Hitler conocido por el.

 


"La voz de un pueblo es peligrosa cuando está cargada de ira." 
Esquilo 

"Los más infelices sean los más privilegiados" José Gervasio Artigas 

Sgt. Bartolin
Imagen de Sgt. Bartolin
Desconectado
Legionario Inmunis
Desde: 10 Mayo 2011

Me enternece la sinceridad del tipo este, se ve que era un jovencito completamente deslumbrado por la cercanía de un personaje histórico. ¡Y hasta qué punto me había creído la imagen del Hitler contínuamente vociferante!.

Esta entrevista es un increíble tunel del tiempo. Fantástico documento.

SoniaS
Imagen de SoniaS
Desconectado
Legionario Inmunis
Desde: 27 Ene 2011

 

"El 22 de abril de 1945, tras el asalto final de las tropas soviéticas a la capital alemana, Hitler no ocultó sus sentimientos a sus subordinados. «Nos dijo que la guerra había terminado y que todo el que quisiera marcharse era libre de hacerlo.» La mayoría se fue. Misch, que se debatía entre el miedo que se había apoderado de él y su sentido del deber, permaneció allí. Incluso aunque todo estaba dispuesto para que él y su esposa fueran evacuados por aire. «Hitler fue muy serio y educado hasta el final –recuerda–. Siguió celebrando reuniones diarias, a las que cada vez acudían menos colaboradores. Hasta los últimos días confió en que las potencias occidentales se enfrentarían a los soviéticos, lo que permitiría resistir un poco más a los alemanes.»

-------------------------------------------

Si, hasta el ultimo momento cometiendo inmensos errores de bulto. Que totalitario de pro habria albergado un pensamiento asi? Un verdadero totalitario se basta a si mismo, a lo mas su autoSuficiencia reclama los recursos de los otros (incluidos los temores o las simpatias) como si lo fueran de motu propio. No se trata de confianza, sino de certidumbre.

De no haber sido por la proverbial capacidad y aptitud del pueblo aleman, Hitler tan solo hubiera aparecido como un personaje melodramatico.

 


Nada mejor para desmitificar la Historia como comprendiendola. Sonia S.

Carrera-Ortega
Imagen de Carrera-Ortega
Desconectado
Ciudadano
Socio MH
Desde: 11 Ene 2011

Se ve que a la Gestapo le temían todos. Inclusive alguien tan cercano a Hitler como Misch temió ser eliminado y prefirió mantenerse prudentemente alejado mientras incineraban a su jefe. Misch posiblemente estuvo entre los soldados de confianza pero no fue presisamente un guardaespaldas.

Cerrera-Ortega

Wilhelm Keitel
Imagen de Wilhelm Keitel
Desconectado
Decurión
Socio MH
Desde: 17 Ago 2009

SoniaS ha escrito

Si, hasta el ultimo momento cometiendo inmensos errores de bulto. Que totalitario de pro habria albergado un pensamiento asi? Un verdadero totalitario se basta a si mismo, a lo mas su autoSuficiencia reclama los recursos de los otros (incluidos los temores o las simpatias) como si lo fueran de motu propio. No se trata de confianza, sino de certidumbre.

De no haber sido por la proverbial capacidad y aptitud del pueblo aleman, Hitler tan solo hubiera aparecido como un personaje melodramatico.

 

  He leído a más de un historiador que, hoy en día, y sabiendo todo lo que se sabe de ambas partes, opina que una eventual alianza cotnra la URSS (o al menos una paz por separado con las potencias occcidentales) era perfectamente posible incluso en el 44. Y algo así debía de ser cuando, apenas unos meses después de la contienda, los aliados occidentales empezaron otra guerra, esta vez no declarada, contra el antiguo aliado de la URSS...

  Sin contar que, lo que Hitler buscó durante toda la guerra, fue precisamente, la paz con las potencias occidentales. Si recordamos, fueron Inglaterra y Francia quienes declararon la guerra a Alemania, y no al revés. Y caso semejante resulta ser EE.UU. pues, en la práctica (y en la teoría también), las acciones de su Marina en el Atlantico Norte (atacando submarinos alemanes y haciendo de escolta de los buques ingleses) sólo se entienden dentro del marco de una guerra no declarada, pero guerra al fin y al cabo. La declaración de Hitler, fue en este caso un simple formalismo para, al menos, permitir la defensa de sus propios soldados.

 

  Y al cabo, como dices en otro, post, Hitler no era un totalitario. Yo creo que es verdad, pero no porque no quisiera o no pudiera llegar a ello, no. A él le llamaban Führer (líder) por algo, no por casualidad.

  un saludo

 

 PS: Yo creo que la principal razón de la terrible reputación de la Gestapo es su nombre. Gestapo suena más misterioso y temible que Kripo, Sipo y ya no digamos el SicherheitDienst (el SD). Demonio, cada vez que veo en la sexta los deportes , me doy cuenta de lo importante que es un nombre bien puesto :P

 Porque si después empiezas a averigüar qué hacían unos y qué hacían otros, no encuentro mucho motivo para temer a uno más que a otro.

 


        

"no se ha inventado nada mejor q la estupidez para creerse inteligente" - A.N.