Guerra de Vietnam: El "Fradding"

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Autor:  ROMM3L

 

EL COLAPSO DE LA MORAL
Los soldados norteamericanos habían peleado duro y soportado de todo, pero llegó el momento en que nadie quería ser el último en morir en el Sudeste asiático
Recuerdo el 20 de julio de 1969. Yo estaba sentado en mi litera viendo la transmisión vía satélite de la llegada de los astronautas a la luna y vi cuando Neil Amstrong pisó la superficie de aquélla. Cuando escuche aquella frase de mierda: "Un paso insignificante para un hombre, un gigantesco avance para la humanidad", sentí una ira incontenible y pensé "¡Venid aquí y caminad conmigo durante un día, hijos de puta!".


Cuando la guerra se disponía a estrenar una nueva década, este infante de marina en Vietnam hablaba por todos los soldados llenos de barro, picados por insectos y heridos por los Vietcong que luchaban en toda la geografía de aquel país.



Luchar, matar y temer
Para los jóvenes norteamericanos que llegaron a Vietnam en 1969, la guerra había ido perdiendo credibilidad. A finales de aquel año, los norteamericanos llevarían ya más tiempo luchando en aquella guerra que en la Segunda Guerra Mundial y no se vislumbraba ninguna salida. El espectáculo del Vietcong atacando desenfrenadamente durante la ofensiva del Tet había destrozado cualquier esperanza de una victoria inminente de los aliados del Sur. En 1968 Nixon había decidido que la guerra no se ganaría sólo con las armas. Ahora, aquella idea aparecía en los discursos como una petición de "días y quizá años de paciente y prolongada diplomacia".
Para los soldados que estaban en el frente, esto significaba seguir perdiendo tiempo y vidas, en una guerra que no se decidiría en los combates cuerpo a cuerpo sino en el aire, sobre Hanoi, o en los pasillos de los centros de poder.
En la mente de cada uno de los combatientes norteamericanos en Vietnam se estaba poniendo en custión la validez de la guerra. La retirada de las tropas comenzó en junio, los movimientos antibélicos cada vez conseguían más apoyos y la televisión ya no informaba de victorias sino de derramamientos de sangre y operaciones que parecían carecer de sentido.
Cada vez más soldados se preguntaban por qué estaban allí. Poco después el 60% de los combatientes veteranos posteriores a 1967, tropas formadas por personal de leva y no por profesionales como las de 1965, admitieron que estaban en contra de la guerra o, simplemente, que no sabían por qué estaban luchando.
Mientras la solución del conflicto se iba demorando, la moral decaía y la supervivencia se convirtió en el objetivo cotidiano. El lema en aquel momento era: "No seas el último soldado muerto en Vietnam". Un año después de la ofensiva del Tet, la rutina de luchar y matar, el miedo y el cansancio, y la visión de amigos que volvían a casa en bolsas de plástico seguían igual. Pero las tácticas de "Búsqueda y Destrucción" de Westmoreland dieron paso a las operaciones militares de guerrilla; interminables marchas por la selva, emboscadas y contraemboscadas. El teniente James Webb atravesaba sudando aquella combinación de trampas explosivas, vegetación y paranoia:
"Yo no estaba preparado para aquella situación primitiva; llevaba la mochila; tenía un capote de plástico, el cepillo de dientes, papel de carta, y eso era todo… Nos cambiábamos de sitio cada tres días, hacía meses que no me daba un baño. Comíamos siempre raciones enlatadas y casi todos los de mi unidad cogieron tiña, o la solitaria, o disentería, o malaria, y algunos habíamos tenido todas".
Andar por la jungla, luchando en una guerra sin sentido, produjo muy pronto una actitud renuente en las tropas. Algunos de los más reacios, vieron en la sedición la única salida.


Renunciar al combate

En 1969 eran cada vez más los hombres que se negaban a luchar . Durante el año siguiente, el número de "renuncias voluntarias" aumentó considerablemente e incluso un grupo de élite, la 1ª División de Caballería Aérea, registró 35 renuncias al combate durante los siguientes doce meses; y esto eran sólo los casos que se informaban. Hubo otros en los que con un poco más de ingenio se evitaba al mismo tiempo el combate y el enfrentamiento con los superiores. Tim O'Brien, soldado de infantería y posteriormente novelista, ganador de varios premios utilizaba el ingenio sin ningún cargo de conciencia: " Por la noche, teníamos la obligación de salir a tender emboscadas, así que algunas veces lo hacíamos y otras no". Cuando no lo hacían, los oficiales de O'Brien emitían por radio coordenadas falsas a la artillería, que batía la zona de la jungla donde el inexistente equipo de emboscadas había "visto" comunistas. "Las emboscadas falsas eran muy buenas para levantas el espíritu", concluye O'Brien. En el peor de los casos, la renuncia al combate significaba una sentencia de prisión y una acusación de deshonor; en cambio, el combate podía significar la muerte o la incapacidad. Existía otro camino aunque más arriesgado para dejar la lucha: la deserción.


Salir de allí

Hasta 1968, el índice de deserción entre las tropas norteamericanas en Vietnam había sido más bajo que el de guerras anteriores; pero a partir de 1969, las deserciones aumentaron de forma increíble. Y no sólo tenían lugar en Vietnam: la mera posibilidad de ser enviado a aquella guerra aumentó las deserciones en todo el mundo. En Saigón, Tokio, Hong Kong, los soldados de permiso desaparecían para refugiarse en Canadá o Suecia. Existía un gran número de publicaciones clandestinas que ayudaban a los que deseaban desertar. Muchas de estas publicaciones reflejaban sentimientos antibélicos en todas sus páginas y mostraban rutas por las que era posible escapar, o bien ofrecían contactos para hacerlo. El estado anárquico y desanimado del Ejército estadounidense se dejaba sentir en todas sus partes. El consejo de Ernest Hemingway aún era válido: si crees que la guerra tiene algún encanto, "pregunta a la infantería, pregunta a los muertos". Un soldado de infantería explica por qué:


"Volarle la tapa de los sesos"

"Teníamos la sensación de que ya no éramos aquellos soldados que tenían que marchar y saludar. Eso era una mierda, nosotros no teníamos por qué saludar a nadie. Nos vestíamos de la forma que nos apetecía. Si un día se me ocurría usar la gorra de faena, pues la usaba. Si quería llevar una manga subida y la otra no, pues la llevaba. Si quería me afeitaba y si no, no. Nadie jodía a nadie en la jungla. Los oficiales sabían que si se metían contigo, tú luego podías pegarle un tiro en la cabeza durante un combate. Esa era una regla básica en mi unidad de infantería. Cualquiera que diga lo contrario, miente. Si alguien se metía con un compañero, un suboficial o el que fuese, tú tenías derecho a volarle la tapa de los sesos."


Sedición

Este deterioro de la disciplina provocó la creación de un vocablo militar: fragging. Esta palabra significaba el asesinato de oficiales con granadas de fragmentación, pero muy pronto comenzó a utilizarse para denominar cualquier método de eliminar a un superior.
La forma más sencilla de acabar con un mando que complicaba las cosas a los soldados o pretendía que sus hombres corrieran riesgos innecesarios era pegarle un tiro durante un combate. El explorador de una compañía, Mike Beaman, recuerda: "Nosotras sabíamos que los oficiales eran "fragmentados" y ellos también lo sabían".
Había "fragmentaciones" de dos tipos, la primera tenía tres etapas y daba al oficial condenado una oportunidad para cambiar de actitud. Primero se introduce una granada fumígena en su litera y si eso no era suficiente se le arrojaba una granada de gas lacrimógeno. Un soldado lo relataba con las siguientes palabras: "Si te ponían gas, quería decir que no eras buen chico". Si la advertencia final no daba resultado, la bala mortal podía llegar desde cualquier dirección en el campo de batalla.
Una "fragmentación generosa" se llevaba a cabo sin advertencias. En ella se ofrecía dinero por la muerte de un oficial. El periódico clandestino GI Says (Habla el soldado) llegó a ofrecer una recompensa de 10.000 $ por la muerte del teniente coronel Weldon Honeycutt, responsable del ataque a La colina de la Hamburguesa. Un ex marine cuenta como él mismo colaboró en la recompensa del odiado sargento de la 3ª División de Infantería de Marina:
"El primer hombre que, con un testigo le volara los sesos con una bala entre ceja y ceja recibiría 1.000 $. Yo personalmente había ofrecido unos 25 $ por su cabeza".
Charles Anderson, otro Marine, relata un incidente que, precisa, "no ocurrió en mi compañía". Un sargento profesional muy agresivo se estaba metiendo con unos compañeros suyos. Era un viejo chusquero que siempre iba perfectamente uniformado. Un día la compañía fue sorprendida en una emboscada comunista. "Cuando encontraron al sargento, tenía más agujeros de bala en la espalda que en el pecho."


Palizas y fragmentaciones

Los oficiales comenzaron a mostrarse más reacios a involucrarse en situaciones que pudieran provocar posteriormente "accidentes" a causa de las "fragmentaciones". Pero, en aquellas condiciones en las que el miedo y la furia eran constantes, las confrontaciones entre oficiales y soldados estallaban sin motivo. El capitán James Hickey estaba haciendo cola en un economato. Sin darse cuenta, se refirió al soldado que estaba delante de él como "chico". El soldado era negro y empezó a acusarle de racista y a amenazarle con "volarlo en mil pedazos". Para calmar la situación, Hickey se marchó, pero el otro le siguió y, una vez fuera, propinó varios golpes al capitán.
Los oficiales eran a menudo lamentablemente inexpertos. Esos hombres jóvenes vestidos de verde podían conducir a sus soldados a una emboscada o a una muerte segura al leer mal un mapa. Un suboficial relata:
En ocasiones un oficial incompetente podía salvarse de recibir una bala en la espalda si sus superiores se daban cuenta de la situación y lo trasladaban. El capitán Smith fue uno de los mandos que, después de demostrar su estupidez y causar numerosas bajas inútiles, perdió el respeto de sus hombres. Estuvo a punto de perder la vida: "Los tenientes hacían todo lo posible por evitarle y la tropa lo ponía en ridículo. Se solía decir que era un hombre marcado. Los soldados negros le odiaban y decían que en cualquier momento alguien arrojaría una granada en su trinchera, todos evitábamos acostarnos cerca del capitán Smith".
Smith fue trasladado poco después, pero muchos otros oficiales recibieron la granada antes de que el alto mando pudiese hacer algo por ellos.
Es una realidad de la guerra que los soldados aprovechen muchas veces la oportunidad de un combate para matar a suboficiales u oficiales temidos u odiados. Lo raro de Vietnam fue la enorme cantidad de "fragmentaciones" realizadas.


Las cifras oficiales:

Las cifras de oficiales asesinados cubren un periodo de cuatro años: desde 1969 (cuando el fenómeno comenzó a difundirse de tal forma que ya no podía disimularse con las bajas en el campo de batalla) hasta 1972. Los datos proceden de los debates del congreso sobre el tema. Hubo 239 incidentes en 1969, 383 en 1970, 333 en 1971 y 58 en 1972. Un total de 1.013 "fragmentaciones" en cuatro años, 86 de las cuales provocaron la muerte; aproximadamente un 3% de los 3.269 oficiales muertos en Vietnam entre 1961 y 1972. Estas cifras incluyen sólo las muertes por granada y no son más que una aproximación puesto que en ellas no se incluyen los decesos provocados con fusiles, ametralladoras y arma blanca.
Como todas las estadísticas sobre Vietnam, estas cifras son cuestionables: el Auditor General del Cuerpo calculaba que un 10% de los intentos de "fragmentación" dieron como resultado un juicio a quien lo había perpetrado.
Las únicas cifras existentes en lo que se refiere a sediciones, identificadas con el eufemismo de "renuncias al combate", son las estadísticas realizadas por el Ejército en "Insubordinaciones, sediciones y otros actos de negativa voluntaria al cumplimiento de una orden legal". Las reclusiones por estos delitos fueron 82 en 1968, 117 en 1969 y 131 en 1970. Las cifras de 1971 (el año de la sedición en la base PACE) y 1972 nunca se dieron a conocer.
La cifra de "Ausentes sin Permiso Oficial" y deserciones indica un claro incremento a lo largo de la guerra de Vietnam. En 1967 se registraron 78 "ausencias sin permiso oficial" por cada 1.000 soldados y sólo un 21 por 1.000 eran deserciones. Esta cifra se incrementó a 112,3 por mil de tales ausencias y 42,2 por mil de deserciones en 1969. En 1971 la cifra aumentó a 177 por mil y 74 por mil respectivamente. En 1973 los marine registraron un total de 234 "ausencias sin permiso oficial.



Saludos.

 

FUENTE: "NAM, crónica de la guerra de Vietnam" 

Fuente incorporada. Tito