Guerra de Vietnam: Helicópteros

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Desde: 25 Ene 2015

Autor:  ROMM3L

 

Los helicópteros de transporte y los cañoneros fueron elementos clave de las batallas de noviembre de 1965. Pero volar en un Huey a una LZ (zona de aterrizaje) caliente era una experiencia terrible en la que las tropas podían hallarse a merced del fuego enemigo.
Una compañía de fusileros de la 1ª División de Caballería Aerotransportada ha pasado una larga y calurosa mañana caminando a través de la jungla densa. Tras cinco días de campaña, se dirigen al campamento base a pasr un día de descanso. Pretenden alcanzar la zona de recogida - ZR- al mediodía. Sueñan con el coreo de casa, con una cerveza fría -o razonablemente tibia- y con una ducha templada. Pero eso vendrá después. Por ahora el jefe de sección va en retaguardia con el guía inspeccionando la ZR. Todo está tranquilo.




El crepitar de la radio rompe le silencio. El operador pasa el auricular al jefe de sección. El capitán de la compañía quiere hablar con él. Son malas noticias. La unidad ha sido alertada de un "vuelo de águila" de reacción rápida. La sección tiene que asegurar la zona de recogida.

Diez minutos después, el comandante de la compañía y otras tres secciones llegan pisando fuerte a través de la jungla. El sudor mana de sus rostros, se distribuye a los hombres en grupos de cinco o seis, listos para embarcar en los helicópteros. Los oficiales revisan las armas, la munición y el agua, mientras los sargentos del pelotón reciben instrucciones. La Caballería Aérea ha localizado una fuerza del Vietcong cerca de una aldea. No se conoce el tamaño de la unidad enemiga, pero sí que el VC disparó sobre el helicóptero de exploración. Los cañoneros ya están sobre el enemigo. Se ha enviado la sección de a pie de la Caballería, pero el enemigo la tiene bajo el fuego. La Compañía tiene que realizar el salto sobre la zona del combate. La zona de desembarco -la LZ- es lo bastante grande para 10 helicópteros, la Compañía irá en dos tandas, con dos minutos de por medio. Al desembarcar, tres secciones se desplegarán en abanico desde la LZ. La plana del a Compañía y la cuarte sección se quedarán en el centro y después se desplazarán hacía el combate más intenso. "Informen a sus hombres y pongámonos en marcha" ordena el jefe de la Compañía.

Todos los hombres a bordo
Un asalto heliportado puede parecer algo poco sólido, pero funciona. Los fusileros y los helicópteristas han trabajado antes juntos en incontables ocasiones. Confían los unos en los otros. Están bien entrenados y saben que hacer. Mientras apuran rápidamente un cigarrillo les llega de lo lejos el "wop-wop-wop" de los helicópteros que se aproximan.


Vistos a lo lejos, parecen un enjambre de libélulas.

El capitán detona un a granada fumígena para indicar el punto de aterrizaje del primer helicóptero. El estruendo de las palas de los rotores aumenta en intensidad mientras se acercan los aparatos. En los flancos, marchan helicópteros cañoneros, picando y volando bajo para proteger la zona de recogida. Los helicópteros eleven sus proas al descender para reducir su traslación. Entonces quedan estacionarios y posan sus patines. Los motores reducen sus revoluciones pero los rotores siguen girando. Ahora son muy vulnerables. El flujo de las palas abre surcos en la densa hierba y el olor a queroseno flota sobre la ZR. El gemido de los motores es ensordecedor, pero no hace falta impartir órdenes. Los hombres están de pie, doblados bajo el peso de sus mochilas, armas y municiones. Los oficiales sujetan firmemente sus mapas contra el rebufo de las palas. Las armas tienen el seguro echado para que ninguna sacudida estúpida envíe una bala a algún motor.

Los soldados suben a bordo y se sientan en el suelo de aluminio, de dibujos romboidales. Algunos se acomodan sobre sus cascos de acero para protegerse los traseros del fuego que pueda hacérseles desde tierra. La mayoría tiene orden de no hacerlo. Los pilotos llevan la pistolera de su 45 colgando entre las piernas. Muchos son voluntarios de 19 años que se alistaron en el Ejército porque querían volar. Es una tarea peligrosa. Al final de la guerra, 926 pilotos y 2.005 tripulantes habían muerto.

A menudo los muchachos reconocen a los artilleros de puerta y pilotos de helicópteros de otros "vuelos de águila". Los artilleros acarician de modo tranquilizador sus ametralladoras M60 y articulan algunos saludos. Al igual que los pilotos, suelen llevar "chapas de gallinero" (chalecos antibala). Si sobran algunos, los colocan en las vulnerables burbujas de plexiglás situadas bajo la proa, o los artilleros se sientan sobre ellos. El aviador a cargo del primer viaje consulta con sus jefes de patrulla por la radio de mando, le informan que todos los hombres están a bordo. Y aquellos dan gases y vigilan constantemente los instrumentos.

Proa abajo y vámonos
El jefe ordena el despegue y los pilotos hacen elevar sus aparatos, dejándolos suspendidos a un metro del suelo. Por la radio llega la orden de partir. Todos los pilotos hacen picar la proa de los helicópteros y estos adquieren velocidad.

La columna se mantiene a baja cota hasta que se alcanzan los 60 nudos para reducir el riesgo de fuego desde tierra. Entonces, los pilotos tiran de la palanca de control para ascender a 350 m. Esta altitud de crucero basta para quedar fuera del alcance efectivo de las armas portátiles, pero también es lo suficientemente baja para un rápido descenso hasta la zona de aterrizaje

Un minuto después, 10 Huey más descienden sobre la ZR. El jefe de sección se coloca en lugar seguro y los hombres suben a bordo. Entonces, la segunda formación sigue a la primera.

Los helicópteros vuelan con las puertas abiertas. El viento azota a través del compartimento de la tropa, aunque sienta bien después del sofocante calor del mediodía en la jungla. Algunos hombres dejan que sus piernas cuelguen al vacío, igual que niños refrescándose sus pies en un arroyo. Otros se inclinan sobre el hombro de su compañero para echar un vistazo al paisaje. Algunos miran a los artilleros de puerta… o permanecen sentados tranquilamente preguntándose que les espera en la LZ.

Cumpliendo una orden, los artilleros de puerta prueban el funcionamiento de sus "cerdas" (ametralladoras M60). El tableteo de las armas suena bien, les hace sentirse a todos mejor.


Ya cerca de la zona de desembarco, los hombres se reaniman y disponen a la acción. La artillería ya está "preparando" la LZ con proyectiles de 105 mm. En sus flancos, el controlador aéreo avanzado del batallón dirige los ataques aéreos. Los cañoneros se ceban y el Vietcong abre su fuego de cohetes y ametralladoras.

"La primera oleada está en la LZ" resuena por los intercomunicadores. Sale al aire el operador de radio del jefe de la Compañía. Él y el viejo se largan a la carrera de la LZ. Su voz es jadeante. Al fondo se oye el ruido de los helicópteros de la primera tanda despegando.

Es una LZ caliente
Ahora los muchachos pueden ver la LZ. Hay humo de color en el centro, además del negro y gris de la artillería y las bombas alrededor del perímetro. El piloto informa al artillero de puerta por el intercomunicador: "Es una LZ caliente". Alguien murmura: Mierda, otra no!. ¿Porqué no puede ser una LZ fría, con un buen paseo en helicóptero y una caminata bajo el sol?. Los muchachos revisan sus armas, toman un trago de agua y cogen fuerzas para el asalto.

Una de las primeras lecciones que aprende un piloto de helicóptero novato es que el aterrizaje bajo el fuego no es lo más deseable. Pero a veces es inevitable, incluso una LZ fría se puede calentar en segundos. La premisa de su trabajo es que todas las LZ son calientes y deben aterrizar a la vez todos los helicópteros que quepan en la misma. Ello permite desplegar el máximo número de soldados en el menor tiempo posible, todos los aparatos despegarán juntos para impedir que el enemigo concentre su fuego en un sólo blanco.

Para mayor seguridad, los cañoneros "preparan" la LZ. Si hay fuego de réplica, efectuarán una pasada uno detrás de otro, sobre la zona, de manera que uno dispare sobre la posición mientras el anterior se aleja. Esto proporciona fuego continuo sobre el objetivo, mientras los helicópteros de transporte aterrizan.

Pero a pesar de esta precauciones, una LZ caliente es un lugar terrorífico en el que las balas atraviesan los fuselajes, las burbujas de plexiglás se quiebran y los paneles de instrumentos echan humo y chispas. Ambos pilotos deben mantener sus manos en las palancas de control por si uno de los dos es alcanzado. De ellos depende la vida de todos los que van a bordo.



Fuego de supresión
La peor pesadilla del piloto es la ametralladora de calibre 12,7 mm. Dispara balas de ese diámetro y de 25,4 mm. de longitud a 350 m por segundo. Uno o dos impactos le pueden dar el día.

La columna de helicópteros pierde altitud rápidamente mientras se aproxima a la LZ. El sonido de los rotores cambia de intensidad y se hace más grave mientras el aparato pierde velocidad. El gemido de los motores penetra dolorosamente en la cabeza. El vuelo entra en aproximación final y las vidas dependen ahora de las frágiles palas del rotor que gira sobre sus cabezas. Se ve el destello de un F-4 Phantom que pasa silbando tras lanzar su carga de bombas. Los hombres intentan vislumbrar el escenario del combate, pero por el momento no pueden ver nada.

Los artilleros de puerta empiezan a disparar. Están apuntando a popa y los "pasajeros" no pueden ver a que está disparando. Puede que sólo sea fuego de supresión para que el enemigo mantenga la cabeza agachada. No esperan… por fin consiguen ver los fogonazos de un arma. Es el parpadeo de un fusil de asalto AK-47… pero no es el único. Alguien dispara desde el sector de las 4 a las 8, el asignado a la tercera sección.


Todo el mundo afuera
La columna de helicópteros desciende al unísono y queda suspendida a un metro del suelo. Los pilotos posan los aparatos verticalmente, vigilando con cuidado la hierba. Pero los muchachos no esperan a que los patines toquen el suelo. Antes de que el jefe de sección pueda hablar ya están saliendo ambos lados.

En el momento en que el teniente de la sección y el operador de radio han salido, los helicópteros se elevan a toda prisa para largarse de allí. Apenas quedan suspendidos en el aire, bajan la proa y salen disparados. Conforme desaparece el ruido de los rotores los soldados comienzan a oír el combate.

Por encima de ellos, los helicópteros cañoneros vuelan a lo largo de un flanco. El jefe de la sección detona una granada de humo de color para marcar su posición. Uno de los cabos de escuadra dispara una granada de fusil de fósforo blanco contra el enemigo. Los cañoneros localizan el color brillante de la "willie Pete" y emprenden el ataque. Disparan incesantemente sobre el enemigo. Es importante conseguir ventaja rápidamente en el combate. Una LZ caliente se puede convertir rápidamente en un lió si es derribado un helicóptero.


Hay heridos
Parece que los morteros enemigos han callado, pero todavía hay gran cantidad de armas automáticas y portátiles. Y también hay heridos. Los médicos corren de soldado en soldado, aplicando vendajes de campaña en un intento de detener las hemorragias. Otros hombres gritan y canturrean, por los nervios, mientras se suman al tiroteo.

Los cañoneros se están quedando sin combustible y el enemigo sigue disparando. El jefe de la sección orienta el mapa con el terreno y pide apoyo de artillería. La compenetración entre ésta y los infantes es muy importante. Si los artilleros "se quedan cortos" y mandan un proyectil en mitad de la sección muchos tipos morirán. Los observadores avanzados de artillería reconocen la voz del operador de radio. También él los reconoce. Pasan la petición de fuego a las baterías de 105 mm. Que ya estuvieron bombardeando la LZ. Los cañones rectifican su puntería. Pronto, proyectiles amigos pasan de modo reconfortante sobre sus cabezas. Después sigue el intenso estampido de los 105 que caen sobre la posición ocupada por el enemigo.

Los hombres tienen calor y sed, están cansados y sobresaltados. Pero aún hay trabajo que hacer. Toman otro trago de agua de sus cantimploras y siguen adelante. Para los altos cargos del Pentágono, este es sólo otro asalto heliportado. Pero los hombres que están allí se mueven entre la vida y la muerte -y esto reza también para Charlie- en aquella pequeña parcela de tierra Vietnamita. La movilidad aérea existe para llevar potencia de combate contra el enemigo. Pero para el soldado, el paseo en helicóptero no es más que un agradable interludio, un preámbulo del sucio y mortífero negocio que es el combate de Infantería.


EL VALLE DE LA DRANG

El 19 de Noviembre de 1965, dos regimientos del Ejército de Vietnam del Norte (EVN) lanzaron un ataque sobre el campamento de las Fuerzas Especiales norteamericanas en Plai Me, en el corazón de las Tierras Altas Centrales. El asalto formaba parte de un intento del EVN de cruzar la frontera Camboyana hasta la costa, partiendo Vietnam de Sur en dos.
Para socorrer al campamento, el general Westmoreland decidió utilizar elementos de la 1ª División de Caballería Aerotransportada. Con sus helicópteros y su potencia de fuego, la 1ª de Caballería cayó sobre el enemigo y rompió el asedio.

Frente a este contraataque el EVN se retiró hacia el oeste, en dirección a Camboya, pero Westmoreland no estaba dispuesto a dejarlo escapar. Inmediatamente ordenó a la 1ª de Caballería que pasase a una operación ofensiva.

Sin embargo, los norteamericanos no sabían que entretanto, el EVN estaba reagrupándose en el valle de Ia Drang, a 25 Km. de Plei Mei. El 14 de noviembre un batallón de tropas de la 1ª de Caballería fue heliportado al valle, a la LZ "X-Ray" (Rayos X) para ir en pos del enemigo

Poco después del desembarco fueron objeto de un intenso fuego del EVN y se desarrolló una encarnizada batalla cuerpo a cuerpo. La Caballería aérea era muy inferior numéricamente, pero con ayuda del fuego sostenido de la artillería, los cañoneros y los bombardeos de los B-52, aguantó.

Al día siguiente las tropas fueron reforzadas por otro batallón y, trás varios días de intensos combates wl EVN se retiró y se dirigió a aus santuarios al otro lado de la frontera Camboyana o en el interior de la jungla. Cuando por fin volvió la caballería aérea a su base de An Khe, habían perdido 300 hombres, pero también causado 1.200 bajas al enemigo.

La Batalla por el Valle de Ia Drang, fue el primer encuentro a gran escala con el ENV, Para Westmoreland esto demostró dos cosas: que las fuerzas norteamericanas podía enfrentarse y derrotar a las mejores tropas que el enemigo podía poner en Campaña y que la movilidad en el campo de batalla que proporcionaban los helicópteros, combinada con una implacable fuego de apoyo, podían dar buenos resultados.