Las emboscadas en la Guerra del Vietnam

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Autor: Romm3l

 

EMBOSCADAS

(Espero que leais el relato del final, a mí me ha arrancado una sonrisa, espero que a vosotros también...)

Una patrulla se aproxima a un baluarte del Vietcong plagado de minas, trampas explosivas y sistemas de galerías: En agosto de 1965, la lucha se traslada hacia el sur; en dirección a Saigón, y los soldados norteamericanos penetran en el famoso santuario comunista conocido como el "Triangulo de Hierro"

A finales del verano de 1965, el Mando Aliado en Vietnam decidió lanzar una gran operación de búsqueda y destrucción en el mayor santuario del Vietcong próximo a Saigón, el "Triangulo de Hierro". Dos batallones de la 173ª Brigada Aerotransportada, reforzados por un batallón del Primer Real Regimiento Australiano, deberían lanzar un ataque y una operación de bloqueo cerca de Ben Cat, la capital del distrito. El apoyo aéreo táctico y la artillería permanecía a la
espera de entrar en acción


Lo que impulsó a la revista LIFE a encargarme este reportaje fue el rumor de que
la Fuerza Aérea, en un nuevo esfuerzo para obligar a salir al Vietcong de sus conocidas laberínticas galerías, iba a emplear una nueva arma que desprendería una mezcla de gases CS y humo en las entradas de los túneles. Prometía ser una historia muy vistosa.

Partimos a última hora de la mañana de un viernes en plana acción monzónica; el tiempo era infernal. Los batallones de la 173ª Brigada necesitaban 110 embarques ya que los viejos Huey modelo B sólo podían trasladar a 8 soldados completamente cargados a la vez. La LZ estaba bajo el fuego, pero el tiro de armas ligeras que recibía fue pronto suprimido por el combinado de artillería con base en Ben Cat y Bien Hoa y la gran potencia de fuego de los modelos B artillados. A unos 6 Km. al oeste de Ben Cat, la Compañía Charlie, a la que yo había sido asignado, formó el flanco extremo izquierdo del Área de Responsabilidad Táctica (TAOR). La zona a explorar abarcaba 103 km cuadrados de maleza y de antiguas plantaciones de caucho. Los helicópteros no se posaron en tierra, tuvimos que saltar mientras los artilleros de puerta disparaban con rapidez hacia las hileras de árboles que nos rodeaban. La LZ fue asegurada de inmediato. Cuando el sol se ponía sobre Camboya, se nos reaprovisionó de raciones C y agua.

A unos cuantos metros de nuestra posición, los aviones de la Armada y la Fuerza Aérea empezaron su exhibición de apoyo táctico. A lo largo de toda la noche, la artillería de hostigamiento en interdicción, disparaba estruendosamente. Aunque era reconfortante saber que Charlie estaba siendo ablandado, el ruido impedía conciliar el sueño, especialmente en medio de una maleza infestada de mosquitos y del Vietcong, en pleno "Triangulo de Hierro".



Después de tomar nuestras frías "ratas C", a modo de desayuno, nos pusimos en marcha antes de amanecer. Caminábamos a través de densos matorrales y el hombre que iba en vanguardia tenía que emplear el machete para abrirse paso entre los espinos y enredaderas. Cada diez minutos se le sustituía por otro soldado.

A la 01:00 se alcanzó el objetivo del día, una gran zona de 300 metros de pradera. Por un capricho de la suerte fuimos reaprovisionados por los almacenes G4 con un embarque con 20 cajas de batido de chocolate, zumo de uvas y hielo. Suficiente para un batallón, no digamos para una compañía de 130 hombres. Los muchachos no terminaban de creerse la suerte que tenían y engulleron todo lo que tuvieron a su alcance. Después, todos fuimos víctimas de una seria diarrea, una forma no muy buena de pasar la espectral noche soportando una persistente lluvia que convirtió los sacos de dormir en bañeras y amortiguó el ruido de fondo.


"Todos los estadounidenses que lean esto, morirán"
Cuando un centinela observó unas sombras moviéndose a lo largo de una hilera de árboles que teníamos en frente, se hicieron unos disparos y el enemigo desapareció en la espesura, sin dejar rastro alguno. Emprendimos la marcha bajo la cobertura de una cortina de fuego que lamentablemente caía muchas veces demasiado cerca. Entre nosotros aterrizaron algunos trozos de metralla y las maldiciones abundaron

Poco después, nuestro hombre de vanguardia apuntaba ya a viejos refugios y trincheras; luego encontramos un claro sembrado de estacas para impedir el aterrizaje de helicópteros. Marchábamos con cautela en dirección a nuestro próximo objetivo, el camino de una plantación de caucho abandonada, justo al norte del río Saigón. Teníamos que esperar a que se lanzasen octavillas antes de dirigirnos a través de los deshabitados territorios entre el camino y el río. Estos panfletos advertían a los civiles que estuviesen preparados para huir a Ben Cat y evitar de paso que pudieran ayudar al enemigo. También había octavillas llamadas "chieu hoi", en las que se ofrecía al Vietcong la oportunidad de rendirse en cinco idiomas. Charlie utilizaba estas hojas como papel higiénico.

Hacia las 13:00 horas tomamos la ruta y esperamos a la Compañía B, que estaba a nuestra derecha, a que se uniese a nosotros. Nos internamos en la penumbra y perdimos algunas mochilas y pertrechos. Se acordó lanzar las hojas a las 14:30. A las tres de la tarde, cuando nos poníamos en marcha, vimos una tremenda explosión al frente de la columna y el crepitar de las armas cortas se escuchó como un eco inmediato. Luego supe que los hombres que estaban a la vanguardia de la Compañía B se habían detenido para leer un aviso, al lado de la carretera. Estaba escrito en vietnamita, y cuando los soldados se agruparon alrededor del intérprete, se produjo una explosión devastadora. El mensaje decía: "Los estadounidenses que lean esto, morirán".

Al mismo tiempo, un grupo de guerrilleros emboscados abrió fuego desde refugios y trincheras camufladas. Los muchachos que estaban en medio de la carretera no podían escapar. Empleando un control remoto, los Vietcong habían hecho estallar una mina tipo Claymore, fabricada con uno de nuestros obuses de 105 mm. Sus ametralladoras empezaron a escupir fuego. El pelotón de vanguardia quedó diezmado.

Nos trasladamos a la zona de fuego para rescatar a los heridos y moribundos. Corrí hacia delante. A un lado del camino un suboficial que tenía una pierna completamente destrozada, protegía con su cuerpo a un malherido. Un soldado con el rostro mutilado y sus brazos y piernas formando un ángulo indescriptible, gritaba escupiendo sangre, en medio de una terrible agonía, mientras sus compañeros trataban de levantarlo.

Algunos decían que habían acertado a tocar al enemigo, antes de caer heridos, pero era muy difícil tener una idea precisa de lo que pasaba. Víctor (otro apodo del Vietcong por sus iniciales VC) había cumplido su tarea y había ejecutado la emboscada perfecta.

Era impresionante y morboso
A lo largo de más de 200 metros la carretera era el escenario de una inmensa carnicería: había 6 muertos y 19 heridos, pero parecía que podían haber más victimas. Trozos de cuerpos, fragmentos de hombres en el suelo, miembros ensangrentados, blancos huesos atravesando las yertas carnes. Era impresionante y morboso. En esos momentos los M16 disparaban, con una cadencia constante y a lata velocidad, acompañados por el rugido de las ametralladoras M60 y el ruido sordo de los lanzagranadas M79. Apenas había tiempo para poder ayudar, para tirar, para sobrevivir, para pensar. Sólo podía girarme, quitar cascotes, correr con una mano en una pierna y una Nikon en la otra.

Los Vietcong emprendieron la retirada. Estaban seguros de que en pocos instantes aquel lugar sería un infierno. Dos minutos más tarde se hicieron los primeros disparos de artillería para cazar a Mr. Charles. Cuando cesó el fuego de artillería, los F-100 Super Sabre de la Fuerza Aérea pasaron como una estampida sobre nuestras cabezas y arrojaron su carga de napalm. Terminó la acción.

Ya tenía mi reportaje. Comenzaron a llegar los helicópteros de reaprovisionamiento, mientras los grupos de vanguardia perseguían al enemigo. Esperé a que un Huey vacío me llevase de regreso a Ben Hoa, y una hora más tarde ya estaba en el despacho de LIFE, conmocionado, sucio, cubierto de sangre. Escribí el reportaje con la ayuda de tres Brandys y varias cervezas. La semana siguiente apareció publicado a cuatro planas. En la portada de ese número se hablaba de la obra musical Hello Dolly, que se había estrenado en la base de entrenamiento de Nha Trang precisamente al mismo tiempo que la Compañía B del 2º Batallón, de la 503ª había hecho un recorrido por el infierno de Dante. Después la unidad me adoptó. Participé en una docena de operaciones con ellos, y siempre hicimos contacto con el enemigo. Más batallitas.


El autor, Tim Page, fotógrafo de guerra, captó algunas de las imágenes más dramáticas y conmovedoras de la guerra de Vietnam.

EL ARTE DE LA EMBOSCADA


La mina antipersonal Claymore dispara hasta 700 bolas de acero a la altura de la cadera, rompiendo huesos y desgarrando la carne. En las densas junglas de Vietnam, ambos bandos solían acechar al contrario con trampas explosivas, pero ¿Quién cazaba a quien? El Vietcong y el Ejército nordvietnamita, pero en muchas de ellas se llevaron la peor parte.

Las emboscadas eran una especie de obsesión para los infantes norteamericanos en Vietnam. Después de un contacto con fuerzas enemigas, los soldados eran propensos a informar "Fuimos emboscados", incluso aunque su unidad hubiese sido enviada al lugar a sabiendas de que allí estaba el enemigo. Cuando se les preguntaba si su escuadra o pelotón iba en fila india, solían decir "No, nosotros no hacemos eso". Si se indagaba desde donde les habían disparado, con toda seguridad dirían que el fuego procedía de delante. Pero seguirían insistiendo en llamar a aquello "una emboscada".


La razón de esta insistencia era que teníamos la emboscada metida en la cabeza, era la técnica favorita del Vietcong aunque no tanto del EVN. Naturalmente siempre nos guardábamos de ellas. Solíamos desplegar a varios hombres en los flancos como medida de seguridad y rara vez avanzábamos en columna de a uno cuando estábamos en "territorio indio". Pero normalmente era el enemigo quien iniciaba el contacto, incluso aunque fuésemos nosotros quienes buscábamos la lucha.

De hecho, incluso cuando el enemigo efectuaba una verdadera emboscada tenía pocas posibilidades de sobrevivir a ella, puesto que la mayoría de ellas se producían en carreteras y contra nuestros convoyes de vehículos. Como utilizábamos muchos medios acorazados en nuestros convoyes por territorio del VC o el EVN, el enemigo solía abarcar más de lo que podía apretar. Conocí a muchos oficiales de caballería acorazada y de carros a quienes les encantaba ir por las carreteras a ver si les emboscaban. Inmediatamente llamaban a la artillería y sabían que la infantería helitransportada estaba en camino.

La verdad es que nosotros emboscamos a nuestros enemigos casi tantas veces como ellos nos emboscaron a nosotros. De todas las unidades junto a las que combatí, la más versada en estas tácticas fue un batallón de infantería mecanizada norteamericano, el 1er Batallón del 5º Regimiento de Infantería. Normalmente operaba en el Triangulo de Hierro, Zonas de guerra C y D, unas áreas situadas al norte de Saigón y atestadas de guerrilleros. Mi unidad, la Compañía B del 2º Batallón del 27º de Infantería, solía ser asignada a una de esas unidades de transportes oruga acorazados (TOA) M113. Su sistema consistía en batir la jungla todo el día en busca de contactos con el enemigo y después formar un círculo con los vehículos como perímetro defensivo para la noche. Al ponerse el sol, una sección de cinco M113 partía en mitad del crepúsculo. Cuando llegaba al lugar correcto, uno de los vehículos abría el portón trasero y una escuadra de infantes salía el exterior en plena oscuridad. Acto seguido, los vehículos regresaban velozmente al perímetro. De este modo se había insertado un grupo de emboscada y el enemigo no tenía ni idea de dónde. Tácticas como esta convirtieron al 5º Mecanizado en la estrella de la 25ª División, pues la unidad efectuó numerosas emboscadas durante un largo período.

Como Fuerzas Especiales que éramos, llevamos a cabo muchas emboscadas, simplemente porque nos movíamos por regiones del país que el enemigo reclamaba para sí tanto como nosotros. Nos sentíamos seguros en aquellas áreas y hacíamos estupideces tales como marchar por los senderos o hacerlo en fila de a uno y sin tener seguros los flancos.

Una especialidad del enemigo
Dividíamos las emboscadas en dos categorías, improvisadas y deliberadas. Las primeras tenían lugar cuando advertíamos la presencia del enemigo y aprovechábamos la ocasión para tenderle una. Se colocaba a todo el mundo en una especie de línea de tiro, intentando mantenerse lo más quieto posible. Eso era todo en realidad. De hecho, la emboscada improvisada era probablemente más una especialidad del enemigo.

Las Fuerzas Especiales, por otra parte, solían tender la emboscada deliberada. Supongamos que íbamos en una patrulla de 10 hombres. Primero se seleccionaba un lugar para la emboscada y después se planeaba exactamente como debía ser la cosa. De camino al lugar elegido se designaba una serie de puntos de reunión: si algo salía mal, todo el mundo debería regresar a ellos del modo que pudiera. Una vez dejado atrás el último punto de reunión, se ponía el lugar de la emboscada durante 20 ó 30 minutos, y si no había moros en la costa se llevaba a los hombres a sus posiciones. En primer lugar se situaban dos parejas de soldados, convertidas en elementos de seguridad. Una de ellas seguiría sendero arriba, a 50 m. mas o menos del lugar de la emboscada, la otra pareja se colocaba camino abajo a la misma distancia. La tarea principal del elemento de seguridad consistía en advertir de la llegada del enemigo, cuanta gente eran y la longitud de la columna. También tenían la misión de eliminar a cualquier soldado que marchase tan adelantado a la columna que se metiese en la zona de caza antes de que se hubiese cerrado la trampa. Pero informa de la longitud de la columna y el número de soldados enemigos era lo más importante. Si resultaba que era toda la 320ª División del EVN la que venía por el sendero, lo más aconsejable era dejarlo para otro día.

Después del elemento de seguridad, solía tomar posiciones el de asalto: cinco hombres si la patrulla era de diez. El restante era el jefe de patrulla y quedaba libre de obligaciones excepto las de mando. Colocaba a todos los hombres y decidía si se efectuaba la emboscada y cuándo. Una vez todos en sus puestos, lo único que podía hacerse es esperar y esperar, a veces durante 24 ó 48 horas. Otra norma importante de cualquier emboscada era la paciencia.

Cuando por fin llegaba el enemigo, la principal arma que utilizaba el elemento de asalto no era el fusil M16, sino la mina antipersonal Claymore de 1 Kg. La Claymore hacía el trabajo. El ángulo de propagación de esta arma era de unos 60º y el alcance máximo efectivo de 50 m. aunque en un terreno poblado de árboles y otros obstáculos era menos y harían falta más minas para realizar el trabajo. En caso de que se necesitasen tres Claymore para una unidad de infiltración enemiga de 20 a 30 hombres aproximándose por el sendero, el equipo de asalto consistiría entonces de tres disparadores de Claymore, que detonarían las minas a una señal del jefe de patrulla y después emplearían sus M16 en caso de que alguien siguiese combatiendo en la zona de emboscada. Los otros dos miembros del elemento de asalto, a los flancos de los disparadores de las Claymore, abrirían fuego con sus M16 tan pronto como recibiesen la señal. Pocos enemigos sobrevivían a una emboscada bien preparada.

El cazador cazado
Una vez acabado todo, el jefe de patrulla supervisaba el registro de los cadáveres y después dirigía la retirada. La última parte era vital. Si se estaba operando en territorio enemigo no era difícil convertirse en un cazador cazado. La regla consistía en poner tanta tierra por medio como fuera posible entre la patrulla y el escenario de la acción, borrando las huellas mientras se avanzaba. El elemento de seguridad era el último en partir, quedándose para desalentar a posibles perseguidores.

Así era como realizábamos las cosas en las Fuerzas Especiales. Pero después todo el mundo preparaba emboscadas en Vietnam. Recuerdo una muy notable. Yo estaba en el 27º de Infantería destinado una vez más al 5º Mecanizado. Los M113 se encontraban a unos kilómetros de nosotros y nos habíamos deslizados por los bosques de Bo Loi aparentemente sin ser vistos en medio del polvo y del ruido de los vehículos acorazados. El plan era simplemente esperar hasta la tarde, cuando los vehículos diesen repentinamente la vuelta por el flanco y se lanzasen hacia nosotros, con algunos enemigos de por medio si había suerte.

Yo tenía mi compañía distribuida en un amplio perímetro atravesado por un sendero. Nos manteníamos silenciosamente a la espera. De pronto aparece un guerrillero en bicicleta por el sendero, con un AK-47 colgado a la espalda. El muchacho cantaba tan tranquilo, evidentemente no nos había visto: estábamos bastante bien camuflados. Siguió pedaleando a través de mi elemento avanzado y después dejó de cantar y de pedalear. Simplemente siguió deslizándose cuesta abajo con una extraña expresión en su rostro. Se había dado cuenta que estaba justo en medio de una compañía de los "Perros Lobo". Estábamos en vilo. Todos teníamos la boca abierta y mirábamos de reojo al compañero. Finalmente se oyó: "¡Coge a ese hijo de puta!" y mi operador de radio saltó detrás del VC y lo tiró de la bicicleta. Cuando el polvo se asentó, la gente recobró la calma y todo el mundo empezó a reír. El asombrado muchacho nos miró y no pudo reprimir una tímida sonrisa… Esto fue lo que yo llamaría una emboscada improvisada.