La guerra de nuestros abuelos

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Bernardo Pascual
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Decurión
Desde: 22 Ene 2016

 Supongo que muchos habremos tenido algún abuelo que luchase en la Guerra Civil. Me gustaría tratar de recopilar las batallitas aquellas que nos contaban de niños, siempre, por supuesto, desde el respeto. Creo que si no se salvan ahora se perderán. Acaso pueda darse alguna feliz o no tan feliz coincidencia, al menos no será un trabajo en vano, ya que también valdrá como documentación para quien se anime a escribir una novela.

Empiezo.

Mi abuelo se llamaba Sixto y tenía diez y seis años cuando estalló la guerra. Dejó el trabajo del campo y se fue a Pamplona, donde por lo visto se había montado una gran fiesta. De allí lo mandaron a sitiar Madrid.

El jefe de su división era Ricardo Rada. Luchó en el Cerro de los Ángeles y en otras batallas por la conquista de la capital, y creo, aunque ya no estoy tan seguro, que también en Extremadura, Teruel y en la Batalla del Ebro. Decía, en broma, que él había matado a Durruti. Su división, la 152ª, si no me equivoco, se componía de requetés, legionarios y moros. Eran tropas de asalto. Mi abuelo, no obstante, como era tan joven, servía como auxiliar de un oficial, aunque también las pasó canutas en alguna defensa o ataque.

Me contaba la anécdota de que al fusionarse con los legionarios, gente muy curtida y ruda, estando cenando la primera vez, se produjo una bronca por el tema de los juramentos, algo que a los navarros molestaba bastante. Al final hubo tiros y algún que otro herido. En la plaza del pueblo debieron llegar a montar una ametralladora.

También tenía una máquina de fabricar cigarrillos, a medias con un compañero, la cual les producía pingües beneficios, hasta que se la volaron de un morterazo.

Los republicanos trataban de rendirse a ellos, para no caer en manos peores, y, como sale en La Vaquilla, cuando eso, les mostraban escapularios que llevaban escondidos. Siempre había algún desalmado, pero, por lo general, cuando alguien se pasaba, el resto se enfadaban mucho con él.

Lu
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Guardia Pretoriano
Desde: 22 Ago 2010

Ojalá pudiese hacer un ejercicio de diarrea narrativa y contar heroicas batallitas de mis abuelos.....pero ninguno de ellos luchó en la GC. Sí algún tío abuelo: uno, por ejemplo, tuvo una revelación durante la batalla del Ebro y decidió hacerse cura, en fin....

Un abuelo de mi marido, detenido por los franquistas, salvó la vida gracias a sus habilidades futbolísticas....Aunque agradecida por la parte que me toca, no deja de ser un criterio arbitrario. Un sin sentido.

Sólo me queda leeros.

Saludos.

Bernardo Pascual
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Decurión
Desde: 22 Ene 2016

 El alguacil de mi pueblo, el Divi, como su apodo indica, luchó en la División Azul, la 250. Era un gran hombre, y no de estatura, supongo que como todos los divisionarios, independientemente de sus ideas. Hacían falta algo más que ideas para ir a Rusia.

Estaba un poco sordo y había que gritarle, según tengo entendido a causa de una explosión. Ejerció de camillero, al menos algún tiempo, recogiendo cadáveres con una carretilla. Lástima que yo fuese tan niño.

Tenía medallas. Mi hermano las vio, pero él no sabe distinguir una Cruz de Hierro.

Hay una versión de Katiuska, la que cantaban los divisionarios, tocada por un grupo skin, muy metalera. No la llevo en el coche porque mis amigos son más de la Polla Records y les ofendería. A cambio llevo dos o tres, también jevis pero rusas. De todas formas, esa versión me encanta, por lo menos la primera parte.

 

Es un ángel que va cabalgando, 
cabalgando con brío y valor, 
va cantando las tristes historias 
de una guerra que ya terminó.

Primavera lejos de mi Patria; 
primavera lejos de mi amor; 
primavera sin flores y sin risas; 
primavera a orillas del Wolchow.

Y sus aguas que van al Ladoga, 
van cantando esta triste canción; 
canción triste de amor y de guerra, 
canción triste de guerra y amor.

Cuando ebrio avanza el enemigo, 
y con wodka ataca sin valor, 
rasga el aire mas fuerte que la metralla 
las estrofas de mi "Cara al sol".

A partir de aquí ya se pone un poco facha, bastante, pero no deja de ser un documento histórico.

 

Mi abuelo por parte de padre luchó en África, contra Abd el-Krim. Se llamaba Félix. En la guerra de España lo mandaron a la reserva. También me contaba muchas anécdotas.

Vio a Franco y a Millán Astray, aunque él no era legionario, sino un simple recluta. Decía que al primero lo idolatraba mucho la tropa, que trataba con mucho cariño y respeto a los soldados, y que iba siempre el primero y sin agacharse. Al segundo, por el contrario, le tenían mucha tirria, por lo temerario que era. Mi abuelo lo vio pasar herido junto a su mujer, quejándose de que le habían disparado sus propios hombres (“han sido estos hijos de puta”), lo que se conoce hoy como fragging.

Alababa también mucho a Abd el-Krim. Decía que había puesto un cañón en el monte Gurugú y desde allí bombardeaba Melilla. Cuando se rindió a los franceses, muchos auxiliares moros del ejército español recorrían el campamento con cabezas clavadas en lanzas diciendo que era la cabeza de Abd el-Krim. Por lo visto, a los oficiales españoles les gustaba llevarse este tipo de recuerdos a casa. A mi abuelo también le ofrecieron alguna, aunque andaba corto de dinero. ¡Lástima, con lo bien que habría quedado en la estantería!

Tenía un amigo moro que le invitaba a té en su jaima, donde también debía correr el kifi.

En el antebrazo llevaba un tatuaje inacabado con parte de su nombre: Felix Pas… Un oficial le había pillado haciéndoselo y se lo impidió. El motivo de que se lo hubiese intentado hacer era que, poco antes, le había tocado presenciar el escenario de una matanza de españoles. No se cual de ellas.

 

 Un saludo.

Lu, deberías añadir algún detalle más sobre lo del fútbol. Nos has dejado perplejos.

Lu
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Guardia Pretoriano
Desde: 22 Ago 2010

Hoy estás melancólico, incluso lánguido, y poético, Bernardo! 

Intentaré recabar más información, pero me temo que no dispongo de muchas fuentes orales de las que echar mano....Y las que tengo son más estatuas que fuentes....

Saludos.

Bernardo Pascual
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Decurión
Desde: 22 Ene 2016
 Les sanglots longs
Des violons
De l'automne
Blessent mon coeur
D'une langueur
Monotone.
Paul Verlaine.