Cáuciro, un rey desconocido.

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Bernardo Pascual
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 Cáuciro, un rey desconocido.

 

Las fuentes clásicas sobre la conquista de Hispania están plagadas de citas a régulos indígenas, pero salvo un par de casos, tan sólo Viriato e Indíbil, si se apura, del resto se sabe bien poco. Aparecen en los textos como estrellas fugaces, con una o dos menciones a lo sumo. Contrasta precisamente la abundancia de nombres frente a la poca prestancia de los mismos. Por un lado, se podría pensar que no se trata de figuras verdaderamente relevantes, que su capacidad de aglutinar no se extiende más allá de un pequeño territorio, y que su intervención, por más que intensa y exitosa en un principio, se limita a una revuelta puntual y en breve reprimida. Otro argumento, sin embargo, conjugaría dos factores más subjetivos: el interés oculto e inconfesado por desacreditarlos, por resaltar su condición de bárbaros, de meros actores secundarios, y la misma ignorancia de los propios historiadores que recopilaron sus hazañas, quienes, en no pocas ocasiones, corrompieron los antropónimos al transcribirlos. Su desidia realimentó sendos sesgos.

Ahora bien, frente a esta riqueza onomástica, valdría la pena tal vez sacrificar la cantidad en beneficio de la calidad; en lugar de aprovecharla para repartir héroes a diestro y siniestro, hacer un seguimiento de los muchos antropónimos para ver si varios de ellos pueden estar refiriéndose a una misma persona. Y aquí, mira por donde, desdoblado hasta la fecha en múltiples personalidades, como el mismísimo Charlton Heston, emerge del anonimato, al fin, Cáuciro. ¡Cuántas veces habremos pasado a su lado sin enterarnos de que estaba ahí!  Pero lo que importa no es el nombre, sino, a través del mismo, enlazar los sucesos en que estuvo implicado, hasta ahora inconexos e incomprendidos. Este rey, sin duda el principal protagonista de las guerras celtíberas, puede servir como hilo conductor para desentrañarlas definitivamente.

 

El primer texto que se saca a colación pertenece a Apiano, y hasta el momento se ha relacionado únicamente con la primera fase de las guerras lusitanas, previa a las incursiones romanas en la zona del Guadiana medio y al ascenso seguido de Viriato a la jefatura tras la matanza perpetrada por Galba.

 

“Por este tiempo otra tribu de los iberos autónomos, los llamados lusitanos, bajo el liderazgo de Púnico, se dedicaron a devastar los pueblos sometidos a Roma, y después de haber puesto en fuga a sus pretores Manilio y Calpurnio Pisón, mataron a seis mil romanos y, entre ellos, al cuestor Terencio Varrón. Púnico, envalentonado por estos hechos, hizo incursiones por toda la zona que se extendía hasta el océano y, uniendo a su ejército a los vettones, puso sitio a una tribu vasalla de Roma, los llamados blastofenicios. Se dice que Aníbal el cartaginés había asentado entre ellos algunos colonos traídos de África y que, a causa de esto, reciben el nombre de blastofenicios. Púnico, golpeado en la cabeza por una piedra, murió y le sucedió en el mando un hombre llamado Césaro. El tal Césaro entabló combate con Mummio que venía desde Roma con otro ejército y, al ser derrotado, huyó. Pero como Mummio lo persiguió de manera desordenada, giró sobre sí mismo y haciéndole frente dio muerte a nueve mil romanos, volvió a recuperar el botín que le había sido quitado y su propio campamento, al tiempo que también se apoderó del de los romanos y cogió armas y muchas enseñas que los bárbaros pasearon en son de burla por toda Celtiberia.
Mummio se dedicó a hacer ejercicios de entrenamiento dentro del campamento con los cinco mil soldados que le quedaban, temeroso de salir a campo abierto antes de que los soldados hubieran recobrado de nuevo su coraje. Esperó allí a que los bárbaros pasaran con una parte del botín que le habían arrebatado, cayó sobre ellos de improviso y, tras haber dado muerte a muchos, recobró el botín y las enseñas. Los lusitanos del otro lado del río Tajo y aquellos que ya estaban en guerra con los romanos, cuyo jefe era Cauceno, se pusieron a devastar el país de los cuneos que estaban sometidos a los romanos y tomaron Conistorgis, una ciudad importante de ellos. Atravesaron el océano junto a las Columnas de Hércules y algunos hicieron incursiones por una parte de África y otros sitiaron la ciudad de Ocilis. Mummio los siguió con nueve mil soldados de infantería y quinientos jinetes, mató a unos quince mil de los que estaban entregados al saqueo y a algunos otros, y levantó el asedio de Ocilis. Después se topó, casualmente, con los que llevaban el producto de su rapiña y los mató a todos, de tal manera que ni siquiera logró escapar un mensajero de esta desgracia. Tras haber entregado al ejército el botín que podían llevar consigo, el resto lo quemó como ofrenda a los dioses de la guerra. Y Mummio, una vez que finalizó su campaña, regresó a Roma y fue recompensado con el triunfo.”
Apiano, Sobre Iberia, 56-57.

 

Como siempre, lo primero consiste en individualizar las fuentes de las que el alejandrino bebe, las cuales, sin ningún pudor, suele reproducir prácticamente íntegras, sin apenas sintetizar, y mucho menos contrastadas entre sí.

 

Por este tiempo otra tribu de los iberos autónomos, los llamados lusitanos, bajo el liderazgo de Púnico, se dedicaron a devastar los pueblos sometidos a Roma, y después de haber puesto en fuga a sus pretores Manilio y Calpurnio Pisón, mataron a seis mil romanos y, entre ellos, al cuestor Terencio Varrón. Púnico, envalentonado por estos hechos, hizo incursiones por toda la zona que se extendía hasta el océano y, uniendo a su ejército a los vettones, puso sitio a una tribu vasalla de Roma, los llamados blastofenicios. Se dice que Aníbal el cartaginés había asentado entre ellos algunos colonos traídos de África y que, a causa de esto, reciben el nombre de blastofenicios. Púnico, golpeado en la cabeza por una piedra, murió y le sucedió en el mando un hombre llamado Césaro. El tal Césaro entabló combate con Mummio que venía desde Roma con otro ejército y, al ser derrotado, huyó. Pero como Mummio lo persiguió de manera desordenada, giró sobre sí mismo y haciéndole frente dio muerte a nueve mil romanos, volvió a recuperar el botín que le había sido quitado y su propio campamento, al tiempo que también se apoderó del de los romanos y cogió armas y muchas enseñas que los bárbaros pasearon en son de burla por toda Celtiberia.
Mummio se dedicó a hacer ejercicios de entrenamiento dentro del campamento con los cinco mil soldados que le quedaban, temeroso de salir a campo abierto antes de que los soldados hubieran recobrado de nuevo su coraje. Esperó allí a que los bárbaros pasaran con una parte del botín que le habían arrebatado, cayó sobre ellos de improviso y, tras haber dado muerte a muchos, recobró el botín y las enseñas.Los lusitanos del otro lado del río Tajo y aquellos que ya estaban en guerra con los romanos, cuyo jefe era Cauceno, se pusieron a devastar el país de los cuneos que estaban sometidos a los romanos y tomaron Conistorgis, una ciudad importante de ellos. Atravesaron el océano junto a las Columnas de Hércules y algunos hicieron incursiones por una parte de África y otros sitiaron la ciudad de Ocilis. Mummio los siguió con nueve mil soldados de infantería y quinientos jinetes, mató a unos quince mil de los que estaban entregados al saqueo y a algunos otros, y levantó el asedio de Ocilis. Después se topó, casualmente, con los que llevaban el producto de su rapiña y los mató a todos, de tal manera que ni siquiera logró escapar un mensajero de esta desgracia. Tras haber entregado al ejército el botín que podían llevar consigo, el resto lo quemó como ofrenda a los dioses de la guerra. Y Mummio, una vez que finalizó su campaña, regresó a Roma y fue recompensado con el triunfo.

 

Fuente A
Fuente B

 

Los dos fragmentos concluyen con la recuperación del botín, además en ambos casos de forma fortuita y causando un gran estrago entre los enemigos:

 

Esperó allí a que los bárbaros pasaran con una parte del botín que le habían arrebatado, cayó sobre ellos de improviso

 

Después se topó, casualmente, con los que llevaban el producto de su rapiña y los mató a todos

 

La estructura argumental también es muy similar, por no decir simétrica. Sólo varían los nombres, pero en todo caso se repite la articulación en dos grupos incursores, el ataque a una tribu aliada de Roma y la prolongación de la razzia hasta el océano o incluso hasta territorio africano. Después de tantas coincidencias, aparte de por la proximidad en la grafía, no se debe descartar que también Césaro y Cauceno sean un mismo personaje.

Hay muchos más datos significativos, pero, por ahora, se dejarán para más adelante. De momento se seguirá rastreando al tal Césaro o Cauceno a través de otros textos.

 

“Había en la Celtiberia una pequeña ciudad llamada Vegeda, que obligada por el aumento de su población determinó ampliar su recinto. Pero el Senado recelando de su fuerza creciente, envió emisarios para impedirlo en nombre de los tratados, en los que se estipulaba que los celtíberos no podrían fundar ninguna nueva ciudad sin permiso de los romanos. Contestó a esto uno de los ancianos llamado Cáciro, que el pacto prohibía fundar nuevas ciudades, pero no ampliar las antiguas, y que ellos no fundaban una ciudad, sino que reparaban una ya existente, con lo que nada hacían ni contra los tratados ni contra la común costumbre de todos los hombres; en todo lo demás prestarían siempre obediencia y cordial ayuda al pueblo romano, siempre que de ello tuviese necesidad, pero en esta ocasión de ningún modo desistirían de reformar la ciudad. El pueblo ratificó unánimemente estas palabras, y los enviados las refirieron al Senado; este consideró roto el pacto y declaró la guerra.”
Diodoro.
 

Voy a plantear una hipótesis que se tendrá que ir demostrando. En principio sólo pido el beneficio de la duda. Césaro, Cauceno y Cáciro, son la misma persona, y su nombre verdadero, en cuanto que es el que con frecuencia aparece en las inscripciones funerarias, se corresponde con Cáuciro. En este último fragmento se le presenta como el portavoz de los celtíberos, mientras que en los dos anteriores, las dos fuentes que utiliza Apiano, se le identifica con el régulo, supuestamente lusitano o vetón, no está del todo claro, que derrota a Lucio Mummio.

 

Ahora hay que comparar dos párrafos, uno de Diodoro y otro de Apiano:

 

“Llama también a los iberos, lusitanos. Pues dice que Memmio fue enviado a España como pretor con un ejército, pero los lusitanos, girándose contra él y tomándole desprevenido y acabado de desembarcar, le vencieron en una batalla y le destruyeron la mayor parte del ejército. Divulgado este éxito entre los iberos, los arévacos, considerándose muy superiores a los iberos, despreciaron a sus enemigos, y la multitud reunida en pública asamblea decidió por esta causa hacer la guerra a los romanos.”
Diodoro.
“Así pues, Nobílior fue enviado contra ellos con un ejército de casi treinta mil hombres. Los segedanos, cuando supieron de su próxima llegada, sin dar remate ya a la construcción de la muralla, huyeron hacia los arévacos con sus hijos y sus mujeres y les suplicaron que los acogieran. Éstos lo hicieron así y eligieron como general a un segedano llamado Caro, que era tenido por hombre belicoso. A los tres días de su elección, apostando en una espesura a veinte mil soldados de infantería y cinco mil jinetes, atacó a los romanos mientras pasaban. Aunque el combate resultó incierto durante mucho tiempo, logró dar muerte a seis mil romanos y obtuvo un brillante triunfo. Tan grande fue el desastre que sufrió Roma. Sin embargo, al entregarse a una persecución desordenada después de la victoria, los jinetes romanos que custodiaban la impedimenta cayeron sobre él y mataron al propio Caro, que destacó por su valor, y a sus acompañantes, en número éstos no inferior a seis mil, hasta que la llegada de la noche puso fin a la batalla. Estos sucesos tuvieron lugar el día en el que los romanos acostumbraban a celebrar una procesión en honor de Vulcano. Por este motivo, desde aquel tiempo, ningún general romano quiso comenzar un combate voluntariamente en este día.”
Apiano.

 

Según Schulten, ambos autores se están contradiciendo, ya que la versión actual coincide, sólo con Apiano, en que los arévacos entraron en guerra con los romanos tras dar asilo a los segedanos, en el verano del año 153 antes de Cristo, mientras que Diodoro da a entender que los arévacos ya habían roto las hostilidades con anterioridad, acto seguido de la victoria de Césaro sobre Mummio, en el 154 antes de Cristo. En realidad, Apiano y Diodoro, quienes copian del mismo original, se complementan.

 

“El tal Césaro entabló combate con Mummio que venía desde Roma con otro ejército y, al ser derrotado, huyó. Pero como Mummio lo persiguió de manera desordenada, giró sobre sí mismo y haciéndole frente dio muerte a nueve mil romanos, volvió a recuperar el botín que le había sido quitado y su propio campamento, al tiempo que también se apoderó del de los romanos y cogió armas y muchas enseñas que los bárbaros pasearon en son de burla por toda Celtiberia.”
Apiano.

 

Véase cómo éste es exactamente el mismo extracto que el de Diodoro, si bien cada uno lo resume a su manera.

 

“Los segedanos, cuando supieron de su próxima llegada, sin dar remate ya a la construcción de la muralla, huyeron hacia los arévacos con sus hijos y sus mujeres y les suplicaron que los acogieran. Éstos lo hicieron así y eligieron como general a un segedano llamado Caro, que era tenido por hombre belicoso.”
Apiano.

 

Una variante más del mismo nombre. ¿De dónde le venía a este Caro la fama de hombre belicoso? ¿Por qué los arévacos lo eligieron como general?

 


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Tito
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Desde: 15 Ago 2009

Interesante. Uno de los problemas como bien resaltas que que muchos historiadores romanos no hicieron una labor historiográfica correcta, sino que se limitaban a copiar a fuentes previas o picotear de aquí y allá reproduciendo fragmentos sin que en principio, al escribirlos siglos después de que acaecieran los hechos, tuvieran capacidad para quedarse con la versión o incluso con la grafía que les pareciera más verosímil.

 

Sobre tu teoría hay un punto controvertido. En la época, común a todas la culturas, sea la latina o la atlántica, encontramos muchos nombres comunes pertenecientes a distintas personas. Los romanos generalmente registraban a sus aristocratas con el nomen, el praenomen y el cognomen, lo que nos es de una ayuda inestimable (imaginemos que nos hablaran simplemente de Cayos o de Lucios...), cosa que, por desgracia, no suelen hacer con los caudillos o reyezuelos bárbaros.

 

Ventaja a favor de tu teoría. Aparte de las cuestiones que nos mencionas, es que lo que sí que es raro es que las fuentes registren una variedad muy grande de caudillos bárbaros enemigos, al menos en los casos de pueblos o sociedades sin una gran cultura escrita.

 


Bernardo Pascual
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Guardia Pretoriano
Desde: 22 Ene 2016

Tito ha escrito

Sobre tu teoría hay un punto controvertido. En la época, común a todas la culturas, sea la latina o la atlántica, encontramos muchos nombres comunes pertenecientes a distintas personas. Los romanos generalmente registraban a sus aristocratas con el nomen, el praenomen y el cognomen, lo que nos es de una ayuda inestimable (imaginemos que nos hablaran simplemente de Cayos o de Lucios...), cosa que, por desgracia, no suelen hacer con los caudillos o reyezuelos bárbaros.

 La fórmula onomástica celtíbera consistía en un nombre de persona, por lo general común, aunque no tanto como el praenomem romano, de dos o tres sílabas, cuatro a lo sumo, y después lo que se conoce como gentilicio o nombre de familia, lo cual no está muy claro a que se refiere, aunque la mayoría, pon no decir todos, se construyen a partir de otro nombre de persona declinado en lo que parece un genitivo plural; vamos, que lo es. Un ejemplo improvisado: Rectugenos Letondicum. No se trata del nombre del padre porque, además de que va en plural, éste viene luego, aunque no de forma habitual: Rectugenos Letondicum  Caraunos. Me lo he inventado, pero, sin el nombre de familia, pertenece al régulo segoviano que protagonizó la guerra de Numancia.

A éste, Apiano también se refiere como Megarávico. Yo supongo que se trata de un epíteto, similar al que le da Floro, “el más valiente de su pueblo”, una especie de título que vendría a significar “el arévaco más grande o el más grande de los arévacos”.

Los historiadores romanos al aludir a estos jefes no utilizan nunca el nombre de familia, pero en las inscripciones funerarias en latín aparece igual que en los bronces en silabario indígena, y también el del padre, incluso con más frecuencia. Este último, como ya he insinuado, sí que lo empleaban en las fuentes, pero es muy difícil de detectar, porque en realidad no se sabe si se está hablando del padre o del hijo, siempre y cuando se conozca la existencia de ambos, que si no, ni eso.

A los historiadores, en todo caso, a los tardíos, me refiero, no les importaba darse a entender en este aspecto, en el fondo ni ellos entendían. Los antropónimos actuaban como meras comparsas, al igual que muchas veces también los topónimos de las ciudades. Cuando se querían dar a entender, como en el caso de Viriato, me imagino, aunque no estoy seguro, utilizaban un apodo, pero también bastaba la mera repetición, e incluso su latinización, que lo volvía único, tal como ocurre así con Megara, otra forma de citar a Rectugenos. Jefes, en realidad, hubo cuatro. Si hablamos de César, todos sabemos a quien estamos refiriéndonos.

Por desgracia, de Polibio no se conserva nada al respecto. El sí que se habría explicado como un libro abierto, a no ser que ya hubiese citado antes a ese mismo personaje. Pero Polibio, incluso con los nombres romanos, también resultaba muy confuso para los historiadores posteriores, ya que casi nunca utilizaba el cognomem (en aquel tiempo no se solía emplear). El de Megalópolis, de hecho, muchas veces, se limita al praenomem. Hay que seguirle muy de cerca.

Si Apiano, como buen historiador, hubiese trascrito las formulas onomásticas completas, que como ya digo eso no lo hacía Polibio ni con los romanos, o hubiese al menos identificado al personaje, aunque fuese con un número, yo aquí no pintaría nada. Puede que ya hubiese dibujado mi cómic, aunque lo dudo. Más bien me habría echado a perder.

Gracias por la observación, Tito.

 


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