Cartago y Numidia entre la segunda y la tercera guerra púnicas (201-150 a. C.)

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Bernardo Pascual
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Desde: 22 Ene 2016

 Lo normal en un debate es que se opine en base a unos conocimientos adquiridos con anterioridad y por cuenta propia, sin embargo, aunque eso en el foro funciona muy bien a la hora de discutir cuestiones ampliamente divulgadas, como por ejemplo las referentes a la II Guerra Mundial, en las que, quieras o no, todo el mundo osa decir algo, no ocurre lo mismo cuando se ignora por completo la materia a tratar. En este último caso, por más que a uno le pique la curiosidad, la participación se resiente mucho. Para solventar este problemilla, así pues, he optado por abrir un tema en el que el pistoletazo se de desde cero, en igualdad de condiciones.

En este tema no hace falta venir con la lección aprendida de casa, por lo cual espero que os animéis a intervenir. Basta con el interés y la disposición. Tampoco vamos a partir de unos hechos históricos precisos, puesto que éstos todavía no están claros sino por dilucidar. Nuestra labor, precisamente, consistirá en la de todo historiador, analizar los textos y sacar conclusiones a través de ellos. Os invito a un juego de investigación, en el que la única herramienta necesaria será la capacidad deductiva.

El asunto en la palestra, como reza el título, lo ocupa el periodo de entreguerras entre la segunda y la tercera guerra púnicas, más en concreto los sucesos acontecidos en el norte de África durante esos cincuenta años. En principio facilitaré la documentación necesaria, la que yo he encontrado, ordenada de la más antigua a la más moderna. Si alguien sabe de alguna otra, también la puede añadir o, al menos, citarla. Ciertamente, hay que leer un poco, pero después, en contrapartida, las respuestas y conclusiones podrán formularse de forma rápida y concisa, apoyándose en las mismas fuentes, casi cortar y pegar.

Los textos irán numerados para que resulte más sencillo evocarlos. En los dos últimos se ofrece la versión actual, la más entendible, pero al loro, no por ello la más exacta. Hay que tener en cuenta que ésta se fundamenta en los autores anteriores, y, como nosotros, no hacen sino interpretarlos. De hecho, se constatará que también se contradicen. En cualquier caso, para disfrutar de una visión más en conjunto y puesta al día, recomiendo iniciar la lectura por ellos. Las mieles de la victoria comenzarán a saborearse en el momento en que se tome consciencia de haberlos superado.

Atendiendo a la recomendación de dos de nuestros foreros más forofos, Lu y Merlín-Satán, a los cuales no les gustan los concursos, propongo en vez de eso un trabajo en equipo. Espero satisfacer también a Tito, quien ha dado grandes muestras de interés. Hagamos Historia.

Bernardo Pascual
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 Fuente primera: Polibio.

 

Fragmento 1.

 

“En África, Masinisa, veía las numerosas ciudades que se habían edificado alrededor de la Pequeña Sirte y la fertilidad de la región llamada Emporia; ya desde tiempo atrás la suma de los ingresos producidos por estos parajes hacia que los conemplara codiciosamente; no mucho antes del tiempo que ahora nos ocupa determinó probar a los cartagineses. Se adueñó del país rápidamente, porque dominaba todos los territorios deshabitados, y los cartagineses, siempre poco dados a las operaciones terrestres, estaban entonces absolutamente enervados debido a la larga paz. No logró  apoderarse de las ciudades, porque los cartagineses las vigilaban cuidadosamente. Ambos bandos presentaron al senado romano la cuestión discutida y llegaron con frecuencia mensajeros de uno y otro lado, y siempre ocurrió que ante los romanos los cartagineses llevaron cada vez la peor parte, y ello sin razón alguna, sólo porque los órganos decisorios creían que una opinión así beneficiaba a Roma: no hacía mucho tiempo que el mismo Masinisa, cuando perseguía a un vasallo suyo rebelde, Apter, pidió a los cartagineses paso por este país, que no le fue concedido porque ellos pensaban que la cosa no les importaba nada. Y, al final, los cartagineses, en el tiempo de que ahora hablo, se vieron tan agobiados por las decisiones del senado, que no sólo perdieron las ciudades y el territorio, sino que encima debieron abonar quinientos talentos por las rentas devengadas durante el periodo en que los territorios estuvieron en disputa.”

Polibio, Libro XXXI, 21.

 

Fragmento 2.

 

“Por eso la culminación de esta historia será conocer cuál fue la situación de cada pueblo después de verse sometido, de haber caído bajo el dominio romano, hasta las turbulencias y revoluciones que, después de estos hechos, se han producido. En vistas a la importancia de las acciones que entonces se desarrollaron y al carácter extraordinario de los acontecimientos, pero también –y esto es lo más importante- en razón del hecho de que yo he sido no solamente espectador, sino unas veces colaborador y otras dirigente, he emprendido la redacción, por así decir, de una historia nueva, tomando un punto de partida nuevo también.

Los trastornos a que me refería son los siguientes: los romanos hicieron la guerra a los celtíberos y a los vacceos, mientras que los cartagineses guerrearon contra Masinisa, rey de Libia. En Asia, Átalo y Prusias se combatían mutuamente y el rey de Capadocia, Ariarates, expulsado de su trono por Orofernes con la ayuda del rey Demetrio, recuperó el reino que le legara su padre apoyado por Átalo. Por otro lado, Demetrio, hijo de Seleuco, tras reinar en Siria durante doce años, perdió a la vez la vida y el imperio, al coaligarse contra los demás reyes. Y también los romanos levantaron la acusación de que habían sido objeto los griegos inculpados en la guerra de Perseo y les reintegraron a sus países. Y los mismos romanos atacaron, poco tiempo después, a los cartagineses, con el propósito, primero, de forzarles a expatriarse, y después de aniquilarles totalmente, por las causas que se expondrán a continuación. Paralelamente a estos hechos, al romper los macedonios la amistad con los romanos y abandonar los lacedemonios la Liga aquea, se inició el proceso que conduciría a la ruina total de Grecia.

De modo que éste es nuestro plan. Pero aún depende de la Fortuna que mi vida dure lo suficiente para llevar nuestro propósito hasta el final. Sin embargo, estoy convencido de que si nos ocurre lo que es propio de los hombres, el proyecto no quedará en el aire ni le faltarán hombres cabales; su belleza atraerá a muchos que lo tomarán bajo su responsabilidad y se esforzarán por llevarlo a cabo.”

Polibio, Libro III, 4-5.

Bernardo Pascual
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 Fuente segunda: Tito Livio.

 

Año 193 a. C.

 

“Cuando éstos acababan de partir llegaron de Cartago unos diputados anunciando que Antíoco, sin lugar a dudas, se estaba preparando para la guerra con la colaboración de Aníbal, y crearon inquietud por temor a que se suscitara al mismo tiempo una guerra púnica. Aníbal, huido de su patria, había llegado al lado de Antíoco, como queda dicho, y el rey lo tenía en gran consideración por el único mérito de ser el confidente más cualificado al que hacer partícipe de los planes de guerra contra Roma que llevaba barajando largo tiempo. La opinión de Aníbal era siempre una sola y siempre la misma: la guerra había que hacerla en Italia; Italia proporcionaría suministros y soldados a un enemigo venido de fuera; si se dejaba Italia tranquila y se le permitía al pueblo romano hacer la guerra fuera con los recursos y las tropas de Italia, no había rey ni pueblo alguno que pudiera medirse con los romanos. Pedía que se le confiasen a él cien naves cubiertas, diez mil hombres de infantería y mil de caballería; con una flota así, su primer paso sería dirigirse a África; tenía plena confianza en poder inducir a los cartagineses a reemprender la guerra; si éstos se mostraban remisos, él suscitaría una guerra contra los romanos en alguna parte de Italia; el rey debía pasar a Europa con todas las fuerzas restantes y mantenerlas en algún sitio de Grecia sin cruzar el mar, pero preparado para hacerlo, lo cual era suficiente para suscitar la imagen y los comentarios acerca de una ofensiva.

Cuando hubo conseguido que el rey hiciese suyo este plan, consideró que debía predisponer los ánimos de sus compatriotas con vistas al mismo, pero no se aventuró a escribir una carta por temor a que desvelase su intento si por algún azar era interceptada. En Éfeso había entrado en contacto con un tirio, un tal Aristón, cuya habilidad había comprobado en encargos de menor importancia; por una parte le colmó de regalos, y por otra despertó en él la esperanza de recompensas, en lo cual también se comprometió el rey, y lo envió a Cartago con una misión. Le dio los nombres de las personas con las que tenía que ponerse en contacto, y le proporcionó también unas señales secretas por las que identificarían como suyas las instrucciones sin lugar a dudas. Cuando este Aristón se dejó ver por Cartago, los adversarios de Aníbal supieron el motivo de su venida tan pronto como sus amigos. Primeramente, el hecho fue tema frecuente de comentarios en reuniones y banquetes; después, en el senado, algunos decían que no se había adelantado nada con el exilio de Aníbal si incluso estando ausente podía tramar revueltas y desestabilizar la situación de la ciudad soliviantando los ánimos de la gente; un tal Aristón, un visitante tirio, había llegado portando instrucciones de Aníbal y del rey Antíoco; determinadas personas se entrevistaban con él en secreto todos los días; se estaba cociendo en la sombra algo que muy pronto iba a estallar acarreando la ruina general. Todos dijeron a gritos que había que llamar a Aristón y preguntarle a qué había venido, y si no se explicaba, enviarlo a Roma con una embajada; bastantes penalidades se habían sufrido ya por la temeridad de una sola persona; los particulares correrían con la responsabilidad de su mal comportamiento; era preciso mantener al Estado exento no sólo de culpa sino de sospecha de culpa. Una vez convocado, Aristón proclamaba su inocencia y aducía como argumento más sólido en su defensa el hecho de no haber traído ninguna carta para nadie; pero no explicaba suficientemente los motivos de su venida, y se mostraba especialmente vacilante cuando se le acusaba de haber tenido contactos sólo con personas de la facción de los Barca. A continuación se originó una discusión entre los partidarios de arrestarlo inmediatamente y meterlo en la cárcel por espía y los que decían que no había razón para alborotarse, que sería un mal precedente castigar a un visitante sin una buena razón, pues les podría ocurrir otro tanto a los cartagineses en Tiro o en otros centros de comercio a los que acudían con frecuencia. El asunto quedó aplazado por aquel día. Aristón, poniendo en juego entre cartagineses una astucia cartaginesa, a la caída de la tarde, en un lugar muy frecuentado donde los magistrados celebraban a diario sus sesiones, colgó unas tablillas escritas, y al tercer relevo de la guardia embarcó en una nave y huyó. Al día siguiente, cuando los sufetes tomaron asiento para administrar justicia, se descubrieron las tablillas, que fueron descolgadas y leídas. El contenido de lo escrito era que Aristón no había traído encargos privados para nadie sino públicos para los de más edad –Así llamaban al senado–. Al haberse extendido a todos la acusación, la investigación, circunscrita a unos pocos, fue menos intensa. Se acordó, no obstante, enviar a Roma una delegación para informar del asunto a los cónsules y al senado, y al propio tiempo para quejarse de los desmanes de Masinisa.

Masinisa se dio cuenta de que los cartagineses estaban desacreditados y además desavenidos entre sí, pues el senado recelaba de los principales debido a sus contactos con Aristón, y el pueblo recelaba del senado a causa de la denuncia del mismo Aristón. Entonces pensó que era un buen momento para una agresión, arrasó la zona costera y obligó a algunas ciudades tributarias de los cartagineses a pagarle tributo a él. Emporios es el nombre que dan a aquella comarca; es la zona costera de la Sirte menor, de fértil suelo; su única ciudad, Lepcis, estuvo pagando a los cartagineses un tributo de un talento por día. Por esta época, Masinisa había hostilizado toda la región, y, con respecto a una parte de la misma, había conseguido que se pusiera en duda si pertenecía a su reino o a los cartagineses. Y como se enteró de que éstos pensaban acudir a Roma para defenderse de las acusaciones y al mismo tiempo para presentar quejas contra él, envió a su vez a Roma embajadores para incrementar la gravedad de los cargos con nuevas sospechas y al mismo tiempo discutir la legitimidad de los tributos. Los cartagineses, oídos en primer lugar en relación con el visitante tirio, sembraron en los senadores la inquietud ante la perspectiva de tener que combatir con Antíoco y con los cartagineses al mismo tiempo. La sospechosa circunstancia de que no hubiesen tenido bajo vigilancia, tanto a él como a su nave, a quien habían detenido y pensaban enviar a Roma, agravaba la acusación contra ellos. Luego, con los embajadores del rey, se abrió la discusión acerca del territorio ocupado. Los cartagineses basaban la defensa de su causa en el derecho de fronteras, porque estaba dentro de los términos con que Publio Escipión había delimitado, después de su victoria, un territorio que legalmente pertenecía a los cartagineses; y la basaban también en el hecho de que el rey así lo había reconocido, pues cuando perseguía a Aftir, que había huido de su reino y vagaba por los alrededores de Cirenas con un grupo de númidas, les había pedido permiso para pasar por aquel territorio precisamente, dando por hecho que era jurisdicción cartaginesa sin la menor duda. Los númidas, por un lado acusaban de mentir en lo referente a la fijación de límites hecha por Escipión, y por otro decían que si se quería llegar hasta los verdaderos orígenes de aquel derecho, ¿de qué territorio de África eran realmente propietarios los cartagineses? Venidos de fuera, les había sido concedido, como favor, para construir una ciudad, el trozo de tierra que pudieran abarcar con una piel de buey cortada; todo cuanto ocupaban más allá de Bursa, su sede, era tierra ganada por la fuerza y sin derecho. Y con respecto al territorio en cuestión, no podían probar que habían ejercido su posesión no ya ininterrumpidamente desde que lo habían ocupado, sino ni siquiera durante un largo periodo de tiempo. Según las circunstancias, habían reclamado su derecho sobre el mismo unas veces ellos y otras los reyes númidas, y siempre había sido su poseedor el de mayor poder militar. Que dejasen, pues, que la situación quedase como estaba antes de ser los cartagineses enemigos de los romanos, cuando el rey de los númidas era aliado y amigo suyo, y no impidieran que fuese dueño del territorio quien era capaz de hacerlo. Se decidió responder a los diputados de ambas partes que se enviaría a África una comisión para dirimir sobre el terreno las diferencias entre el pueblo cartaginés y el rey. Enviados Publio Escipión Africano, Gayo Cornelio Cetego y Marco Minucio Rufo, oídas las partes y examinada la cuestión, lo dejaron todo en suspenso sin inclinar su veredicto a favor de ninguna de las partes. No hay certeza acerca de si lo hicieron por su propia iniciativa o porque se les habían dado instrucciones en ese sentido; sí parece claro que, dadas las circunstancias, era conveniente dejar sin resolver el enfrentamiento, pues en caso contrario, Escipión por sí solo, tanto por su conocimiento de los hechos como por su autoridad por los buenos servicios prestados a ambas partes, hubiera podido poner fin a la disputa con un simple gesto.”

Livio, Libro XXXIV, 60-62.

 

Año 182 a. C.

 

“Aquel mismo año los romanos hicieron de árbitros sobre el terreno en una disputa entre el pueblo cartaginés y el rey Masinisa a propósito de un territorio que Gala, el padre de Masinisa, les había tomado a los cartagineses. Sífax había desalojado de allí a Gala, y posteriormente se lo había dado a los cartagineses como un detalle para congraciarse con su suegro Asdrúbal. Y aquel año Masinisa había echado a los cartagineses. La cuestión fue debatida en presencia de los romanos con tanto apasionamiento como cuando se enfrentaron con las armas en el campo de batalla. Los cartagineses lo reclamaban alegando que había pertenecido a sus antepasados y después había vuelto de manos de Sífax a las suyas. Masinisa sostenía que él había recuperado el territorio perteneciente al reino de su padre y que era suyo en virtud del derecho de los pueblos; que él llevaba la ventaja del título y de la posesión efectiva; lo único que temía en aquel contencioso era que le perjudicasen los escrúpulos de los romanos, preocupados por no dar la impresión de favorecer a un rey aliado y amigo frente a unos enemigos comunes a éste y a ellos. Los comisarios no modificaron el derecho del ocupante y remitieron el caso a Roma, al senado, sin prejuzgarlo.”

Livio, Libro XL, 17.

 

Año 181 a. C.

 

“Aquel mismo año se les devolvieron cien rehenes a los cartagineses, y el pueblo romano les concedió la paz tanto en nombre propio como en el de Masinisa, que ocupaba con una guarnición el territorio objeto de controversia.”

Livio, Libro XL, 34, 14.

 

Año 174 a. C.

 

“El cinco de junio regresaron de África los embajadores que habían ido a Cartago tras un encuentro previo con el rey Masinisa; por cierto, habían recibido información bastante más segura del rey que de los propios cartagineses acerca de lo que había acontecido en Cartago. Con todo, aseguraron haber averiguado con certeza que habían llegado embajadores del rey Perseo y que el senado les había concedido audiencia por la noche en el templo de Esculapio. Que Cartago hubiera enviado embajadores a Macedonia, el rey lo había asegurado y los cartagineses lo habían negado con poca convicción. El senado decidió enviar también embajadores a Macedonia. Fueron tres los enviados: Gayo Lelio, Marco Valerio Mesala y Sexto Digicio.”

Livio, Libro XLI, 22, 1-3.

 

Año 172 a. C.

 

“En aquella época se encontraban en Roma unos embajadores cartagineses, así como Gulusa, hijo de Masinisa. Hubo entre ellos un vivo debate en el senado. Los cartagineses se quejaban de que, aparte del territorio a propósito del cual ya había sido enviada por Roma una comisión para estudiar la situación sobre el terreno, en el transcurso de los dos últimos años Masinisa había ocupado por la fuerza de las armas más de setenta plazas y enclaves fortificados, cosa que no presentaba ninguna dificultad para alguien sin escrúpulos como él; los cartagineses, con las manos atadas por el tratado, tenían que callarse, pues tenían prohibido salir armados fuera de sus fronteras; aun a sabiendas de que combatirían dentro de su territorio si echaban de allí a los númidas, los disuadía de hacerlo aquella cláusula nada ambigua del tratado que les prohibía taxativamente hacer la guerra a unos aliados del pueblo romano. Pero los cartagineses ya no podían seguir soportando la arrogancia, la crueldad y la codicia de Masinisa. Ellos habían sido enviados para pedir al senado que se tuviera a bien concederles una de estas tres cosas: que mediase con imparcialidad entre ellos y Masinisa resolviendo qué pertenecía a cada uno, que autorizase a los cartagineses a defenderse de una agresión injusta con una guerra justa y legítima, o, en último caso, si para los senadores tenía mas peso la simpatía que la verdad, que señalasen de una vez por todas qué posesiones ajenas querían que se le regalasen a Masinisa; seguramente los romanos serían más comedidos en sus dádivas, y ellos a su vez sabrían qué habían otorgado; él por sí mismo no pondría a su arbitrariedad más límite que el de su capricho. Si no se les concedía nada de esto, y si habían incurrido en alguna falta después de serles concedida la paz por Publio Escipión, que fuesen más bien los romanos quienes los castigasen. Ellos preferían una servidumbre sin riesgos bajo la dominación de los romanos a una libertad expuesta a los desafueros de Masinisa; era mejor para ellos, en último extremo, perecer de una vez antes de seguir respirando a merced del capricho del más cruel de los verdugos. Dichas estas palabras, se postraron llorando, y, tendidos en tierra, despertaron tanta animosidad hacia el rey como conmiseración hacia ellos.

Se decidió preguntar a Gulusa qué respondía a estas acusaciones, o, si prefería exponer esto antes, cuál era el motivo de su venida a Roma. Gulusa dijo que ni a él le resultaba fácil referirse a unas cuestiones acerca de las cuales no tenía instrucción alguna de su padre, ni a su padre le hubiera resultado fácil darle instrucciones, ya que los cartagineses no habían dejado entrever ni de qué iban a tratar ni tampoco que pensaban dirigirse a Roma. Habían tenido una reunión secreta de principales durante varias noches, en el templo de Esculapio, de la que nada había trascendido salvo el envío de embajadores a Roma con instrucciones secretas. Ése había sido el motivo de que su padre le enviara a Roma para rogar al senado que no diese el menor crédito a las acusaciones de los enemigos comunes que le odiaban sin más razón que su inalterable lealtad hacia el pueblo romano. Una vez oídas las intervenciones de las dos partes, el senado, consultado acerca de las peticiones de los cartagineses, autorizó la siguiente respuesta: su decisión era que Gulusa partiera inmediatamente para Numidia y comunicara a su padre que enviase embajadores al senado cuanto antes para tratar las cuestiones de las que se quejaban los cartagineses, y que lo notificase a los cartagineses para que acudieran a discutir el asunto. El senado había hecho y estaba dispuesto a hacer en honor de Masinisa cualquier otra cosa que estuviera en su mano, pero no sacrificaba la justicia a la simpatía. Era voluntad suya que cada uno ejerciese la posesión de aquello que le pertenecía, y no tenía intención de fijar fronteras nuevas, sino de mantener las antiguas. Si les había otorgado a los cartagineses vencidos tanto una ciudad como un territorio, no había sido con el objeto de arrebatarles injustamente en tiempos de paz lo que no les había quitado por derecho de guerra. Con esta respuesta fueron despedidos el príncipe y los cartagineses. Se les hicieron a unos y otros los obsequios de costumbre y se guardaron las demás formas de cortesía de la hospitalidad.”

Livio, Libro XLII, 23-24.

 

Año 156 a. C.

 

“El Senado envió una delegación para mediar una disputa fronteriza entre Masinisa y los cartagineses.”

 

Año 153 a. C.

 

“Embajadores enviados para negociar entre los cartagineses y Masinisa informaron de que habían visto gran cantidad de material naval en Cartago.”

 

“Se describen las causas de la Tercera Guerra Púnica. Se dijo que un gran ejército númida, mandado por Arcobarzanes, hijo de Sifax, estaba en suelo cartaginés y Marco Porcio Catón arguyó que aunque estas fuerzas estaban dirigidas ostensiblemente contra Masinisa, de hecho lo estaban también contra el pueblo romano y que, por lo tanto, debía ser declarada la guerra. Publio Cornelio Nasica defendió lo contrario y se acordó enviar embajadores a Cartago para ver qué estaba ocurriendo. Reprendieron al Senado cartaginés porque había, contrariamente al tratado, reunido un ejército y pertrechos para construir buques, y le propusieron hacer la paz entre Cartago y Masinisa, pues Masinisa estaba evacuando la tierra ocupada. Pero Gisgón, hijo de Amílcar, un hombre revoltoso que ocupaba una magistratura, provocó al populacho para guerrear contra los romanos; de modo que cuando el Senado [cartaginés] anunció que cumpliría con los deseos romanos, los embajadores hubieron de huir para escapar de la violencia. Cuando contaron esto, hicieron que el Senado [romano], ya hostil a los cartagineses, incrementara su hostilidad.”

 

Año 151 a. C.

 

“Gulussa, el hijo de Masinisa, declaró que Cartago había efectuado una leva, que había construido una armada y que, sin ninguna duda, se estaban preparando para la guerra. Cuando Catón arguyó que se debía declarar la guerra y Publio Cornelio Nasica que era mejor no apresurarse, se decidió enviar embajadores a investigar.”

 

“Los embajadores volvieron de África con enviados cartagineses y Gulusa, el hijo de Masinisa, diciendo que habían visto cómo se armaba un ejército y una armada en Cartago, y se decidió preguntar la opinión [de todos los senadores]. Mientras que Catón y otros influentes senadores aconsejaban que se enviara un ejército inmediatamente a África, Cornelio Nasica dijo que aún no parecía justificada una guerra y se acordó que se abstendrían de la guerra si los cartagineses quemaban sus buques y despedían a su ejército; si hacían menos de eso, los próximos cónsules llevarían adelante la Guerra Púnica.”

 

Año 150 a. C.

 

“Cuando los cartagineses declararon la guerra a Masinisa, y rompieron el tratado, fueron vencidos por este hombre (que tenía noventa y dos años y solía comer pan sin apetito y beber sin sed) y cayeron en una guerra contra los romanos.”

 

Año 149 a. C.

 

“Entre Marco Porcio Catón y Escipión Nasica, de los que el primero era el hombre más inteligente de la ciudad y el segundo estaba considerado el mejor hombre del Senado, hubo un debate por sus opiniones opuestas; Catón apoyaba la guerra, destrucción y saqueo de Cartago y Nasica estaba en contra. Se decidió declarar la guerra a Cartago porque los cartagineses tenían, contrariamente al tratado, barcos, porque habían enviado un ejército fuera de su territorio, porque habían guerreado contra Masinisa, un aliado y amigo del pueblo romano, y porque habían rechazado recibir en su ciudad al hijo de Masinisa, Gulusa (que iba con los embajadores romanos).”

 

Tito Livio, Periódicas.

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Decurión
Desde: 22 Ene 2016

 Fuente tercera: Apiano.

 

Fragmento 1.

 

“Así termino la segunda guerra entre romanos y cartagineses, que comenzó en Iberia y acabó en África, de acuerdo con los tratados ya expuestos, que incluían a la propia Cartago. Esto sucedió en la ciento cuarenta y cuatro olimpíada, según el cómputo griego. Masinissa, irritado contra los cartagineses y envalentonado por su amistad con Roma, se apoderó de una gran extensión del territorio cartaginés, so pretexto de que ya le había pertenecido en otro tiempo. Entonces, los cartagineses llamaron a los romanos para pedirles que procuraran una avenencia entre ellos y Masinissa. Los romanos, en consecuencia, enviaron árbitros con órdenes de favorecer cuanto pudieran a Masinissa. De este modo, este último se apropió de una parte del territorio de los cartagineses y se efectuó un tratado entre ambos que tuvo vigencia durante cincuenta años. En este tiempo, Cartago, que gozó de una paz ininterrumpida, acrecentó sobremanera su poderío y población a causa de la fertilidad de su suelo y de su buena posición junto al mar.

Muy pronto, como sucede en situaciones de prosperidad, surgieron diferentes facciones, había un partido prorromano, otro democrático y un tercero que estaba de parte de Masinissa. Cada uno de ellos tenía líderes destacados por su reputación y valor. Annón el Grande era jefe del partido filorromano, a los partidarios de Masinissa los encabezaba Aníbal, apodado el Estornino, y la facción democrática tenía como líderes a Amílcar el Samnita y a Cartalón. Estos últimos, aprovechando que los romanos estaban en guerra contra los celtíberos y que Masinissa había marchado en auxilio de su hijo, que estaba rodeado por otras fuerzas iberas, convencieron a Cartalón, jefe de las tropas auxiliares y que, por razón de su cargo, recorría el país, para que atacase a unas tropas de Masinissa acampadas en un territorio en litigio. Éste mató a algunos de ellos, se llevó el botín y azuzó a los africanos rurales contra los númidas. Otros muchos actos de hostilidad tuvieron lugar entre ellos, hasta la llegada de nuevos emisarios romanos, con vistas a restablecer la paz, a los cuales se les ordenó, de igual manera, ayudar en secreto a Masinissa. También ellos consolidaron a Masinissa en los territorios que había ocupado antes con la táctica siguiente. No dijeron ni escucharon nada, a fin de que Masinissa no resultara perjudicado como en un juicio, sino que, situándose en medio de ambos litigantes, estrecharon sus manos. Éste fue el modo en que exhortaron a ambos a mantener la paz. Poco después, Masinissa provocó una disputa con motivo del territorio conocido como “los campos grandes” y del país, perteneciente a cincuenta ciudades, que llaman Tisca. A causa de lo cual los cartagineses acudieron de nuevo a recurrir ante los romanos. Y éstos les prometieron también, entonces, enviarles emisarios para el arbitraje, pero se demoraron hasta que supusieron que los intereses cartagineses se habían perdido casi por completo.

Entonces, enviaron a los emisarios y, entre otros, a Catón, los cuales, al llegar al territorio que era objeto de disputa, pidieron a ambas partes que dejaran en sus manos todo el asunto. Masinissa, en efecto, dado que ambicionaba más de lo que le correspondía y tenía plena confianza siempre en Roma, consintió, pero los cartagineses sentían sospechas, puesto que sabían que los anteriores embajadores no habían dado decisiones imparciales. Dijeron, por consiguiente, que no deseaban litigar ni hacer rectificación del tratado hecho con Escipión y que sólo se quejaban de su transgresión. Sin embargo, los enviados no aceptaron arbitrar en cuanto a partes y regresaron, no sin antes haber inspeccionado detalladamente el país y ver lo bien cultivado que estaba y los grandes recursos que poseía. También entraron en la ciudad y comprobaron cuán grande era su fuerza y cómo había aumentado su población desde su derrota ante Escipión, no hacía mucho tiempo. Cuando estuvieron de regreso en Roma, manifestaron que, más que envidia, era temor lo que debían sentir ante Cartago, una ciudad enemiga tan grande y próxima que había crecido tan fácilmente. Catón, en especial, dijo que ni siquiera estaría segura la libertad de Roma hasta que destruyeran Cartago. Cuando el senado oyó estas cosas, decidió hacer la guerra, pero necesitaba aún de algún pretexto y mantuvieron su decisión en secreto. Se dice que, desde aquella ocasión, Catón defendía de continuo en el senado la opinión de que Cartago no debía existir, y que Escipión Nasica sostenía una postura contraria, que debía preservarse Cartago como amenaza de la disciplina romana ya en vías de relajación.

La facción democrática en Cartago expulsó a los partidarios de Masinissa, unos cuarenta aproximadamente, y consiguió un voto de destierro e hicieron jurar al pueblo que no los volverían a recibir jamás y que no aceptarían propuesta acerca de su retorno. Los desterrados huyeron al lado de Masinissa y lo presionaron para que declarase la guerra. Éste, que también la deseaba, envió a Gulussa y Micipsa, dos hijos suyos, a Cartago con la demanda de que acogieran de nuevo a quienes sufrían destierro por su causa. Cuando éstos se aproximaron a las puertas de la ciudad, el jefe de las tropas auxiliares las cerró por temor a que los familiares de los desterrados movieran a compasión al pueblo con sus lágrimas. Amílcar el Samnita atacó a Gulussa cuando iba de regreso, mató a algunos de sus hombres y a él mismo lo puso en un aprieto. Masinissa tomó este hecho como un pretexto para atacar a la ciudad de Horóscopa, que deseaba poseer en contra del tratado. Los cartagineses marcharon contra Masinisa con veinticinco mil soldados de infantería h cuatrocientos jinetes ciudadanos bajo el mando de Asdrúbal, que era entonces el jefe de las tropas auxiliares. Asasis y Suba, lugartenientes de Masinisa, se pasaron a su bando con seis mil jinetes cuando estaban cerca, a causa de algunas diferencias con los hijos de Masinisa. Animado por estas fuerzas, Asdrúbal trasladó su campamento a un lugar más próximo al rey y, en algunas escaramuzas, obtuvo ventaja. Masinisa quiso tenderle una emboscada y se retiró poco a poco como si estuviera huyendo, hasta que llegó a una gran llanura desierta, rodeada por todos los lados de colinas y precipicios y falta de provisiones. Luego retrocedió sobre sus pasos y fijó su campamento en campo abierto. Sin embargo, Asdrúbal subió a las colinas, porque era una posición más sólida.

Al día siguiente se dispusieron a entablar combate. Escipión el joven, quien después destruyó Cartago, que servía, a la sazón, a las órdenes de Lúculo en su campaña contra los celtíberos, llegó al campamento de Masinisa a donde había sido enviado para pedir elefantes. Este último, como estaba preparándose para la batalla, envió a un destacamento de jinetes a salirle al encuentro y encargó a algunos de sus hijos que los recibieran cuando llegase. Al amanecer, él mismo en persona puso a su ejército en orden de batalla, pues, aunque contaba ochenta y ocho años de edad, era aún un jinete vigoroso y montaba a pelo, como es costumbre entre los númidas, tanto cuando desempeñaba tareas propias de su cargo de general como cuando luchaba. Ciertamente, los númidas son el pueblo más robusto de todos los pueblos africanos y los más longevos de entre todos aquellos pueblos que se caracterizan por su longevidad. La causa tal vez sea que el frío del invierno, que causa mortandad en todas partes, no es allí muy intenso y el verano no es tan tórrido como en Etiopía o en la India; por esta razón, este país alimenta a las fieras salvajes más poderosas y los hombres trabajan siempre al aire libre. Beben muy poco vino y su alimentación es sencilla y frugal. Masinisa, a caballo, ordenaba con detalle a su ejército y Asdrúbal desplegó, a su vez, al suyo, muy numeroso, pues se le habían sumado ya muchos refuerzos procedentes del país. Escipión contemplaba la batalla desde una altura, como un espectador desde las gradas de un teatro. Y recordó después, muchas veces que, aunque había asistido a combates muy diversos, jamás había disfrutado tanto como en aquella ocasión, pues sólo entonces, dijo, vi sin preocupación trabar combate a ciento diez mil hombres. Y añadió, con aire de solemnidad, que sólo dos antes que él habían contemplado un espectáculo similar: Júpiter, desde el monte Ida, y Neptuno, desde Samotracia durante la guerra de Troya.

La batalla se prolongó desde la aurora hasta el anochecer con bajas numerosas por ambas partes, y parecía que Masinisa tenía cierta ventaja. Cuando volvía del campo de batalla se presentó Escipión y Masinisa lo saludó con gran cordialidad, puesto que era amigo de su abuelo. Al enterarse de este hecho, los cartagineses le pidieron a Escipión que les gestionara la reconciliación con Masinisa: Él los llevó a conferenciar y, a la hora de hacer las propuestas, los cartagineses afirmaron que cederían a Masinisa el territorio perteneciente a la ciudad de Emporion y que le entregarían, de inmediato, doscientos talentos de plata y ochocientos, en un plazo posterior. Pero cuando él les pidió los desertores, no soportaron tan siquiera oírlo, sino que se separaron sin llegar a un acuerdo. Entonces, Escipión retornó a Iberia con los elefantes, y Masinisa rodeó con un foso la colina de los enemigos y tuvo cuidado de que no fuera introducido ningún alimento. En ningún otro lugar cercano había provisiones, ya que, incluso para él, a duras penas y con mucho trabajo había conseguido traer desde una gran distancia un poco de alimento. Asdrúbal consideró que podía abrir brecha en seguida a través de las líneas enemigas con su ejército, que aún gozaba de buena salud y no había sufrido daño. Sin embargo, como tenía más provisiones que Masinisa, pensó que éste presentaría batalla y permaneció quieto. Además, se había enterado de que embajadores romanos se hallaban en camino para negociar la paz. Éstos se presentaron, pero se les había ordenado que, si Masinisa resultaba vencido, arreglaran las diferencias y, si tenía ventaja, que le espolearan más.

Los embajadores cumplieron sus órdenes y entre tanto el hambre ib extenuando a Asdrúbal y a los cartagineses, y al estar mucho más debilitados sus cuerpos, ya no fueron capaces de atacar a los enemigos. En primer lugar se comieron a sus animales de tiro, después a los caballos y, por último, cocieron sus arreos y se los comieron. Toda suerte de enfermedades hicieron presa en ellos, debido a la mala alimentación, a la falta de ejercicio y a la estación, ya que una gran multitud de hombres se encontraba encerrada en un lugar y un campamento estrecho en pleno verano de África. Cuando les faltó madera para la cocción, quemaron sus escudos. Ningún cadáver podía ser llevado afuera, dado que Masinisa no relajaba la vigilancia, ni tampoco se los podía incinerar por falta de madera. Sufrieron, pues, grandes y dolorosas pérdidas al tener que convivir en compañía de cuerpos putrefactos y malolientes. La mayor parte del ejército pereció, y los demás, al no ver esperanza alguna de salvación para ellos, acordaron entregar los desertores a Masinisa, pagarle cinco mil talentos de plata en cincuenta años y acoger de nuevo a sus desterrados en contra de sus juramentos. También consintieron en pasar a través de sus enemigos por una sola puerta, de uno en uno, y con una única túnica. Sin embargo, Gulussa, irritado por la persecución que había sufrido no mucho antes, ya sea con el consentimiento de su padre o por propia iniciativa, envió contra ellos un cuerpo de jinetes númidas cuando se marchaban, los cuales les dieron muerte, indefensos como estaban, pues no tenían armas para defenderse ni fuerzas para poder huir. Así, de los cincuenta y ocho mil hombres que integraban el ejército sólo unos pocos regresaron salvos a Cartago y entre ellos, Asdrúbal, su general, y otros nobles.

Tal fue la guerra entre Masinisa y los cartagineses. A ésta siguió la tercera y última guerra de los romanos en África. Los cartagineses, después de haber sufrido este desastre a manos de Masinisa y al estar la ciudad muy debilitada por este motivo, tenían miedo de él, porque estaba aún muy próximo con un gran ejército, y también de los romanos que siempre les eran hostiles y harían un buen pretexto de lo ocurrido a Masinisa. En ninguna de tales apreciaciones estaban equivocados. En efecto, los romanos, al enterarse de lo ocurrido, empezaron a reclutar un ejército por toda Italia sin decir para qué lo querían, sino para tenerlo listo y usarlo ante emergencias. Los cartagineses, pensando eliminar con ello cualquier pretexto, condenaron a muerte a Asdrúbal, el general de esta guerra contra Masinisa, y a Cartalón, el capitán de las tropas auxiliares, así como a cualquier otro que estuviera implicado en ella, imputando a todos ellos la culpa de la guerra. Enviaron también embajadores a Roma para acusar al propio Masinisa y a estos hombres, por haberle atacado con demasiada rapidez y temeridad y haber proporcionado una ocasión de atribuir a la ciudad sentimientos de hostilidad. Sin embargo, cuando uno de los senadores preguntó a los embajadores por qué no habían condenado a los culpables al comenzar la guerra, en lugar de haberlo hecho después de la derrota, y por qué no les habían enviado embajadores antes, en vez de hacerlo ahora, no supieron dar respuesta. Y el senado, que había decidido ya desde hacía tiempo hacer la guerra y sólo buscaba un leve pretexto de ofensa, respondió que los cartagineses no habían alegado aún como defensa ningún argumento satisfactorio para los romanos. Aquéllos, por consiguiente, estando mucho más inquietos preguntaron de nuevo que, si les parecía que habían cometido alguna falta, de qué forma podrían liberarse de la acusación. Los romanos respondieron con una sola frase: “Si dais satisfacción a los romanos”. Cuando los cartagineses hacían lucubraciones sobre en qué consistiría aquello de la satisfacción, había algunos que pensaban que los romanos deseaban incrementar la aportación monetaria, otros sostenían que se trataba de entregar a  Masinisa el territorio en litigio. Por tanto, al no saber que hacer, enviaron de nuevo embajadores a Roma y solicitaron saber con exactitud a qué satisfacción se referían. Los romanos, de nuevo, respondieron que de sobra lo sabían los cartagineses y, después de haberles dado esta respuesta, los enviaron de regreso.”

Apiano, Sobre África, 67-74.

 

Fragmento 2.

 

“Por este tiempo otra tribu de los iberos autónomos, los llamados lusitanos, bajo el liderazgo de Púnico, se dedicaron a devastar los pueblos sometidos a Roma, y después de haber puesto en fuga a sus pretores Manilio y Calpurnio Pisón, mataron a seis mil romanos y, entre ellos, al cuestor Terencio Varrón. Púnico, envalentonado por estos hechos, hizo incursiones por toda la zona que se extendía hasta el océano y, uniendo a su ejército a los vettones, puso sitio a una tribu vasalla de Roma, los llamados blastofenicios. Se dice que Aníbal el cartaginés había asentado entre ellos algunos colonos traídos de África y que, a causa de esto, reciben el nombre de blastofenicios. Púnico, golpeado en la cabeza por una piedra, murió y le sucedió en el mando un hombre llamado Césaro. El tal Césaro entabló combate con Mummio que venía desde Roma con otro ejército y, al ser derrotado, huyó. Pero como Mummio lo persiguió de manera desordenada, giró sobre sí mismo y haciéndole frente dio muerte a nueve mil romanos, volvió a recuperar el botín que le había sido quitado y su propio campamento, al tiempo que también se apoderó del de los romanos y cogió armas y muchas enseñas que los bárbaros pasearon en son de burla por toda Celtiberia.

Mummio se dedicó a hacer ejercicios de entrenamiento dentro del campamento con los cinco mil soldados que le quedaban, temeroso de salir a campo abierto antes de que los soldados hubieran recobrado de nuevo su coraje. Esperó allí a que los bárbaros pasaran con una parte del botín que le habían arrebatado, cayó sobre ellos de improviso y, tras haber dado muerte a muchos, recobró el botín y las enseñas. Los lusitanos del otro lado del río Tajo y aquellos que ya estaban en guerra con los romanos, cuyo jefe era Cauceno, se pusieron a devastar el país de los cuneos que estaban sometidos a los romanos y tomaron Conistorgis, una ciudad importante de ellos. Atravesaron el océano junto a las Columnas de Hércules y algunos hicieron incursiones por una parte de África y otros sitiaron la ciudad de Ocilis. Mummio los siguió con nueve mil soldados de infantería y quinientos jinetes, mató a unos quince mil de los que estaban entregados al saqueo y a algunos otros, y levantó el asedio de Ocilis. Después se topó, casualmente, con los que llevaban el producto de su rapiña y los mató a todos, de tal manera que ni siquiera logró escapar un mensajero de esta desgracia. Tras haber entregado al ejército el botín que podían llevar consigo, el resto lo quemó como ofrenda a los dioses de la guerra. Y Mummio, una vez que finalizó su campaña, regresó a Roma y fue recompensado con el triunfo.”

Apiano, Sobre Iberia, 56-57.

Bernardo Pascual
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Desde: 22 Ene 2016

 Fuente cuarta: Mommsen.

 

 

CARTAGO Y NUMIDIA

SE DECIDE LA DESTRUCCIÓN DE CARTAGO

Theodor Mommsen.

 

 

“Dirijamos ahora nuestra mirada al África. El orden de cosas establecido en Libia por los romanos tenía por ley el equilibrio entre Cartago y el reino númida de Masinisa. Mientras este reino se extendía, fortificaba y civilizaba bajo la mano a la vez hábil y emprendedora de su soberano, por el solo efecto de la paz Cartago también volvía a ser, al menos en cuanto a la riqueza y a la población, lo que había sido en tiempos de su mayor poder y grandeza. Roma veía con envidia mal disimulada el nuevo florecimiento y los recursos al parecer inagotables de su antigua rival. Por lo demás, si en un principio había vacilado en prestar serio apoyo a las diarias agresiones de Masinisa contra los cartagineses, en la actualidad intervenía abiertamente a favor de Numidia. De este modo es como cortó un litigio que hacía treinta años que estaba pendiente entre Cartago y el rey. Se trataba de la posesión del país de Emporios (en la Vizacena) sobre la pequeña Sirtes, una de las regiones más fértiles del antiguo territorio fenicio. Los comisarios romanos fallaron por fin hacia el año 594. Se mandó que los cartagineses evacuasen las ciudades que aún ocupaban y que pagasen al rey quinientos talentos por las rentas que habían disfrutado indebidamente. Alentado Masinisa con semejante decisión, se apoderó inmediatamente de otra porción del país en la frontera occidental del territorio de Cartago, le quitó la ciudad de Tusca y las extensas llanuras que atraviesa el Bagradas. Los cartagineses no tuvieron más medio que recurrir a Roma y volver a comenzar la interminable serie de procesos. Después de un plazo largo, fue a África una segunda comisión en el año 597 y, como los cartagineses no habían querido someterse de antemano y sin instrucción previa y exacta del litigio al arbitraje que se les proponía, los comisarios romanos se volvieron sin haber hecho nada. Quedó pues en pie la cuestión entre los fenicios y Masinisa; pero el viaje de los enviados de Roma tuvo además otro resultado muy diferente. El jefe de la comisión había sido Marco Catón, el hombre más influyente del Senado, el veterano de las guerras contra Aníbal, que estaba completamente poseído por el odio y el temor al nombre cartaginés. Admirado y descontento a la vez, había visto con sus propios ojos el floreciente renacimiento del enemigo hereditario de Roma: las riquezas de las tierras, las muchedumbres que circulaban por las calles y el inmenso material marítimo de la República fenicia le había dado mucho en qué pensar. Ya le parecía ver que se levantaba en el porvenir un segundo Aníbal, que lanzaba contra Roma las armas y los recursos de su patria. En su convicción viril y honrada, aunque estrecha y mezquina, estaba persuadido de que la salvación de Roma no estaba asegurada mientras estuviese en pie Cartago. Al volver a la ciudad se apresuró a emitir su parecer en pleno Senado. Su política encontró adversarios en los librepensadores del partido aristocrático –sobre todo en Escipión Nasica- que, combatiendo sin miramientos los ciegos odios del viejo censor, demostraron cuán poco temible era en el porvenir esta ciudad que sólo pensaba en los negocios mercantiles; cuánto se iban alejando sus habitantes del pensamiento y de la práctica de la guerra, y cuán bien podía conciliarse la existencia de un gran centro comercial con la supremacía política de Roma. De ser posible se hubiera deseado reducir a Cartago al rango de una simple ciudad provincial, pero aun así, y dada la situación en que se hallaba, hubiera parecido a los fenicios ventajosa la transformación. Para Catón, por su parte, no era suficiente la sumisión completa de la ciudad aborrecida, quería su destrucción. Su opinión halló muchos partidarios entre los hombres políticos, que deseaban que pasasen los territorios de ultramar a la dependencia inmediata de la República, y principalmente entre los hombres de negocios y los grandes especuladores, cuya influencia era poderosa, y que, una vez arrasada Cartago, se creían los herederos directos de la gran metrópoli de la riqueza y del comercio. Finalmente la mayoría decidió que en la primera ocasión favorable (y era conveniente esperarla siquiera por respeto a la opinión pública) se declararía la guerra y se arrasaría Cartago. No tardó en presentarse el pretexto deseado. Las agresiones de Masinisa y el apoyo inicuo que Roma le prestaba habían hecho que se pusiesen al frente de los negocios públicos de la ciudad africana los jefes de la facción patriótica, Asdrúbal y Cartalo. Sin llegar a ponerse en abierta insurrección contra la supremacía de Roma, estos querían, como los patriotas de Acaya, defender los derechos que los tratados reconocían a su patria, e incluso con las armas en la mano si fuese necesario, sobre todo contra Masinisa. De esta forma hicieron salir de Cartago a cuarenta de los más decididos partidarios del rey númida, y el pueblo juró no volver a abrirles las puertas de la ciudad, más allá de cualquier circunstancia en que esta se encontrase. Al mismo tiempo, y para rechazar los ataques que se esperaban de parte del enemigo, se reclutó un grueso ejército entre los númidas independientes, y se confió su mando a Arkobarzana, nieto de Sifax (año 600, 154 a. C.). Hábil como siempre, Masinisa tuvo buen cuidado con no armarse y se sometió incondicionalmente a la decisión de Roma en todo lo tocante al territorio del Bagradas. Esto equivalía a proporcionar a los romanos el pretexto de una acusación contra Cartago, pues era evidente que ésta se armaba para hacer la guerra a Roma. Por consiguiente, era necesario que licenciase inmediatamente a sus tropas y que destruyese todos sus preparativos marítimos. Ya iba a ceder el gran Consejo pero el pueblo se opuso a la ejecución de las órdenes dadas; incluso los enviados romanos portadores de la sentencia corrieron gran riesgo. Masinisa envió inmediatamente a Italia a su hijo Gulusa para denunciar los preparativos que continuaba haciendo Cartago ante la expectativa de una guerra continental y marítima, y para apresurar la ruptura de las hostilidades. Vino una nueva embajada de diez enviados romanos a la ciudad condenada, y confirmó la realidad de los armamentos que se hacían con gran precipitación (año 602). Sin embargo, el Senado no quiso, a pesar del parecer de Catón, romper abiertamente, y se decidió en sesión secreta que sólo se declararía la guerra si los fenicios persistían en mantener los soldados sobre las armas y no entregaban a las llamas su material marítimo.

Entre tanto ya había estallado la lucha entre los africanos. Masinisa había confiado los desterrados de Cartago a su hijo Gulusa, quien los había conducido hasta las puertas de la ciudad que encontraron cerradas. A la vuelta fueron degollados algunos númidas. Inmediatamente Masinisa puso su ejército en movimiento; a su vez la facción patriota de Cartago se preparó al combate. Pero el jefe de sus tropas, Asdrúbal, era uno de esos generales elegidos con frecuencia en Cartago, que parecen destinados sólo para la destrucción del ejército. Revestido de púrpura, se lo veía hacer ostentación de ella como un rey de teatro. Incluso en el campamento no tenía más dios que su vientre: grueso, pesado y vanidoso, no era, ni con mucho, el hombre que reclamaban las circunstancias. Para sacar a Cartago del abismo se hubiera necesitado el genio de un Almílcar o el brazo de un Aníbal, y aun con todo eso, ¿Quién se atrevería a asegurar que hubiera podido salvarla? Al fin se dio la batalla a la que asistió Escipión Emiliano. Por entonces era tribuno militar en el ejército de España, y había sido enviado cerca de Masinisa par traer de África elefantes. Colocado en lo alto de una colina, “como Júpiter sobre el Ida”, presenció toda la contienda. Aunque reforzados por seis mil caballos númidas que les habían mandado los jefes descontentos u hostiles al rey, y aunque eran también superiores en número, los fenicios llevaron la peor parte. Después de la derrota ofrecieron dinero y cesión de territorio, y Escipión intervino a petición de éstos para la firma del tratado. Pero no podían entenderse en tanto se negaran, como se negaron los cartagineses, a entregar a los tránsfugas númidas. Sin embargo, al poco tiempo Asdrúbal fue envuelto por el ejército enemigo y concedió a Masinisa todo lo que éste quiso: extradición de tránsfugas, vuelta de los desterrados a Cartago, entrega de las armas, paso de las tropas bajo el yugo y pago de un tributo anual de cien talentos durante los cincuenta años siguientes. Cabe señalar que ni siquiera fue observada esta capitulación vergonzosa: los númidas la violaron degollando a las bandas desarmadas de los cartagineses en el camino que los conducía a su ciudad.”

Bernardo Pascual
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Desde: 22 Ene 2016

 Fuente quinta: José Manuel Roldán.

 

“Cartago después de la segunda guerra púnica

 

La paz de 201, que puso fin a la segunda guerra púnica, había sido completamente satisfactoria para el estado romano, que, con sus exigencias, llenaba las metas pretendidas y, por tanto, podía considerar como definitiva solución. El poderoso estado marítimo quedaba reducido a su territorio originario africano, hipotecado con una gigantesca deuda de guerra, cuyo último plazo sólo vencía en 151, y con la entrega de rehenes, renovados hasta su liquidación, lo que garantizaba, por otra parte, la dependencia del gobierno púnico. Éste, tras el fracaso final de la política bárquida y de sus connotaciones populares, pasó a manos de una oligarquía aristocrática, pacifista, cuya principal meta política era enriquecerse sin interferencias de Roma, y aun con su benevolencia y apoyo. Y, de hecho, hasta mitad del siglo II, los cartagineses se mantuvieron leales a sus pactos e, incluso, contribuyeron con alimentos y barcos a las guerras en Oriente. Pero la paz de 201 incluía también a otro estado africano, Numidia, cuyo rey Massinisa, con su oportuno cambio de partido, había sabido colocarse a tiempo al lado del vencedor. Para el gobierno romano, encargado de regular la paz, el reino de Massinisa constituía una pieza clave de la política africana, porque, con su ya irreversible enemistad frente a Cartago, era la mejor garantía de que el estado vencido permanecería vigilado y sujeto a control en los propios márgenes de su espacio vital. En resumen, y es muy importante subrayarlo, no hay indicios que permitan suponer una paz precipitada en la que se hubiese olvidado o renunciado a cualquier cláusula garantizadora de la completa seguridad romana.

Por su parte, Cartago, independientemente de la crisis inmediata a la derrota, quedaba sometido a dos graves problemas: la reconstrucción interior, agravada por las desfavorables condiciones de la pérdida de su principal fuente de recursos, las posesiones de ultramar, y el pago de la deuda de guerra; por otro lado, la preservación de su recortada integridad territorial, frente a las ambiciones de Massinisa, que, sintiéndose fuerte bajo la protección romana, intentaría una política de expansión a costa de su vecino oriental.

El primer problema parece haber sido rápidamente superado. Con el concurso de su próspera agricultura y con la reanudación de la actividad marítima, Cartago estaba ya, en 191, en condiciones de ofrecer al estado romano la completa cancelación de su deuda e, incluso, de construir y equipar una flota para ponerla a disposición de Roma en su lucha contra Antíoco. Del segundo, sin embargo, iban a surgir continuas dificultades, aumentadas aún por la imposibilidad de respuesta a las agresiones númidas, ya que el tratado con Roma prohibía expresamente a Cartago una iniciativa bélica, aun en legítima defensa, contra el aliado númida, obligándose a someter todas las diferencias con su vecino al arbitraje romano.

 

Cartago y Numidia

 

Contra lo que en ocasiones se ha sostenido de forma generalizadora, la cláusula restrictiva de política exterior africana no libraba a Cartago caprichosamente a las inmoderadas apetencias de expansión del rey númida. Es cierto que, en este punto, el tratado era equívoco, puesto que reconocía a Cartago la plena soberanía sobre su territorio originario, con excepción de las reivindicaciones que, sobre parte del mismo, pudiera hacer Numidia, alegando derechos de posesión anteriores. Pero éstas tenían que ser por fuerza limitadas y, por otra parte, Massinisa debía, al menos, presentar y hacer plausibles sus derechos sobre las fronteras en conflicto. Sabemos que en 181, en uno de estos problemas, las partes en litigio acudieron al arbitraje romano, que, en base a los acuerdos de paz, decidió a favor de Massinisa, al presentar el rey pruebas que justificaban sus derechos, auténticos o falsos, pero, formalmente, en concordancia con los pactos. Por el contrario, conocemos también, a finales de los años 70, un nuevo arbitrio romano, en el que, sin embargo, la decisión se inclinó del lado de Cartago: en este caso, las anexiones númidas sobre territorio cartaginés, objeto de las quejas púnicas, ya no estaban basadas en hipotéticos derechos precedentes, sino pura y simplemente en la impunidad que Massinisa creía disfrutar por su condición de aliado del pueblo romano. Ante la justificación pedida por Roma sobre su proceder, el representante númida, soslayando la falta de argumentos jurídicos, se había limitado a acusar al gobierno púnico de simpatizar con Perseo de Macedonia y tomar partido, con ello, contra Roma.

Si el estado romano había pretendido con la paz de 201 establecer un equilibrio de fuerzas en África que impidiera a Cartago, mediante el contrapeso númida, cualquier posibilidad de trastocarlo –la misma política que presidió la regulación de Apamea en Oriente, con la revitalización de Rodas, Pérgamo y la liga aquea frente a Siria y Macedonia-, era precisamente ahora el estado elegido como garante de la estabilidad el que pretendía romperla en su provecho. La decisión a favor de Cartago era un claro, aunque limitado, aviso de la voluntad romana de mantener la política africana en los cauces impuestos en 201. En todo caso, esta política estaba menos sujeta a complicaciones –dado el limitado número de estados implicados- que la impuesta en Oriente, donde el caos suscitado por la pluralidad de entes políticos con sus contrapuestos intereses, llevó, en la forma que sabemos, al endurecimiento y progresivo deterioro de las relaciones romanas, no sólo con sus enemigos, sino también con los propios aliados.

 

Las nuevas directrices romanas de política exterior

 

Pero la nueva actitud, como no podía ser de otra manera, descargó también sobre Occidente. Poco importa el conflicto concreto que la desencadenó, que conocemos casualmente por un fragmento de Polibio. A mitad de los años 60, Massinisa ocupó militarmente el territorio púnico de Emporia (la región de las Syrtes) y el gobierno romano, contra toda razón, lo adjudicó al rey númida, obligando a Cartago a evacuarlo. La creciente desconfianza y sentimiento de fracaso presente tras Pydna había suscitado la atención romana también sobre África, donde, paradójicamente, aun con la superioridad militar de que parecía disfrutar, Numidia se adivinaba como la parte débil. La oposición política de un reino precariamente cohesionado en época muy reciente en la persona del ya viejo dinasta númida, buscaba sistemáticamente, como era lógico, asilo en Cartago, un estado que, en su mediocridad presente, sin embargo, contaba con una organización superior y, por descontado, con un mayor potencial económico. La muerte de Massinisa o cualquier disturbio político podía, en un instante, deshacer su obra y devolver a Cartago la primacía en África. El nuevo estilo político romano, ignorante de sus obligaciones jurídicas, empezaba a aplicar simplemente, sin escrúpulos, una voluntad atenta sólo a su propio interés, que exigía, en este ámbito concreto, el debilitamiento del más fuerte. Pero esta cínica decisión deterioraría las relaciones romano-púnicas, cuando Cartago comprendió que, anulados los principios que habían dictado la paz de 201, quedaban abandonados al capricho del vencedor que los libraba a las ambiciones númidas. Como había ocurrido en Grecia, las facciones prorromanas que se mantenían en el poder perdieron terreno y la oposición renació con nuevas fuerzas. Esa oposición radical, no pudiendo ya fiarse del arbitraje romano, vio como única solución a las agresiones númidas, el recurso a su propia fuerza militar. Pero el rearme de Cartago atentaba a los pactos de 201, que, si Roma no parecía respetar, estaba tanto más dispuesta a exigir. Las comisiones romanas enviadas a Cartago a partir de 153 para adquirir in situ una mejor información  sobre la situación, contemplaron con desasosiego, tanto el floreciente estado de la ciudad, que por entonces terminaba de satisfacer su deuda de guerra, como el aire antirromano que en ella se respiraba. Desgraciadamente para Cartago, de una de las legaciones formaba parte Catón, para quien la ciudad representaba, en una monomanía senil producto de un nostálgico y falseado pasado, el eterno enemigo de Roma, hasta cuyo aniquilamiento ningún romano podría descansar tranquilo. Mientras en las provincias de Hispania ardía, tras veinte años de relativa paz, la guerra, el viejo senador repetía su incansable estribillo, con el que cerraba cualquier intervención pública, sobre la conveniencia de destruir Cartago. Si bien la oposición de otros círculos, personificados en Escipión Nasica, con la misma insistencia, intentaban contrarrestar estos ardores belicistas alegando la falta de motivos justificados, la precipitación de los acontecimientos en la propia África ofreció a Catón y su facción finalmente el pretexto necesario para declarar la guerra.

 

El casus belli

 

El gobierno púnico había expulsado de la ciudad elementos pronúmidas, y Massinisa exigió, a través de una legación encabezada por sus propios hijos, su reaceptación en Cartago. En los tumultos que esta provocación suscitó, parece que perdió la vida uno de los miembros de la embajada. Massinisa vio en el suceso la señal de ataque e invadió el territorio cartaginés. Esta vez los agredidos no esperaron el arbitraje romano: armando un ejército de 50.000 hombres, presentaron batalla al númida, que terminó, sin embargo, con la derrota púnica y, finalmente, con la capitulación (150). Sólo entonces se comprendió en Cartago la gravedad del paso dado y, en una tardía marcha atrás, mientras se condenaba a muerte a los jefes responsables de la guerra, una legación acudió a Roma para dar cuenta del castigo y eliminar la responsabilidad del gobierno.”

José Manuel Roldán, Historia de Roma, Tomo I: LA REPÚBLICA ROMANA.

juan el que piensa
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Legionario Inmunis
Desde: 5 Dic 2015

Excelente material querido Bernardo, muy bien armada su disposición, realmente muy interesante y didactica, con el agregado de la transcripción textual de los historiadores clásicos. A  Theodor Mommsen, lo estamos estuidiando ahora, su Historia de Roma en 4 vólumenes, en curso sobre este tema que ya he mencionado en otros sitios del foro. Por otra parte me parece excelente tu planteamiento sobre la forma de lograr hacer más simple la participación de los compañeros. Te voy a seguir en esta iniciativa en la medida que el tiempo me lo permita, pues en la actualidad me encuentras trabajando en varios proyectos, uno de ellos la apertura de un nuevo tema en el foro.

 PD: En lo que respecta a la respuesta pendiente sobre el tema de los celtíberos, me parece correcto el cambio de título. Por otro lugar no te he contestado nada expecificamente sobre el tema, pues me he acercado hasta la biblioteca de la facultad con el fin de leer algo, para tener al menos una idea más concreta de la sociedad de los celtas por un lado y los íberos por otro. Así que en los próximos días tendras ya mi respuesta correspondiente, pero apoyada en algún conociemiento, aunque sea elemental. La misma obviamente te la haré llegar en el tema correspondiente, que estamos tratando. Saludos a todos.

Bernardo Pascual
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Decurión
Desde: 22 Ene 2016

 

Quería descargar un mapa más completo de las ciudades romanas en el norte de África, pero pierdo toda la definición y no se entienden los nombres. De todas formas, hay varios mejores que el mío en Internet.  Aquí, más que nada, lo que pretendo es ubicar los Emporios, y aun así esto está sujeto a debate.  Sobre el territorio conservado por Arcobarzanes, por otro lado, de momento no me atrevo a manifestarme.

Bernardo Pascual
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Decurión
Desde: 22 Ene 2016

 Tienes razón, Juan, en que requiere mucho tiempo libre, hasta que no he trascrito todos los textos no me he percatado, pero bueno, poco a poco. Gracias por tu interés y espero que disfrutes del curso sobre Roma. También estoy impaciente por que abras el nuevo tema.

Bernardo Pascual
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Decurión
Desde: 22 Ene 2016

 La primera guerra entre cartagineses y númidas

 

La cuestión de los Emporios queda satisfactoriamente resumida por Polibio, si bien éste no establece fechas absolutas. El de Megalópolis la articula en tres momentos relativos: “Ya desde tiempo atrás”, “no mucho antes del tiempo que nos ocupa” y “en el tiempo de que ahora hablo”. La datación homologada la proporciona Tito Livio, pero sólo de los dos primeros episodios, uno en el 193 antes de Cristo, cuando Masinisa emprende de forma tímida las primeras incursiones, y otro en el 174, cuando se produce la gran ofensiva. La resolución final del senado y el acatamiento de la sentencia por parte de los cartagineses, sin embargo, se han perdido en este autor.

Mommsen, para esto último, propone el año 160 antes de Cristo, lo cual se deduce por el contexto en que se incrusta el fragmento de Polibio. Queda claro, en todo caso, que en el 156 antes de Cristo los Emporios estaban ya bajo el control del monarca númida. Ello los descarta, por tanto, como la causa de la guerra, a no ser que Cartago hubiese apoyado una revuelta.

 

Tito Livio, mucho más profuso en detalles que Polibio, se refiere también a otro incidente, el del año 182 antes de Cristo, a propósito de un territorio que anteriormente había pertenecido a Gala, el padre de Masinisa. En cuanto que su reino se ubicaba al este de Cirta, es decir, del reino de Sífax, haciendo frontera al norte con Cartago y al este con los Emporios, cabe preguntarse si el escenario no sigue siendo el mismo. Polibio, al menos, no menciona ningún otro foco candente.

Pero, además, Tito Livio parece dar a entender que en esa fecha, en el 182 antes de Cristo, hubo una primera ruptura de hostilidades:

“La cuestión fue debatida en presencia de los romanos con tanto apasionamiento como cuando se enfrentaron con las armas en el campo de batalla.”

“Aquel mismo año se les devolvieron cien rehenes a los cartagineses, y el pueblo romano les concedió la paz tanto en nombre propio como en el de Masinisa, que ocupaba con una guarnición el territorio objeto de controversia.”

Significativamente, Polibio también alude a sucesos bélicos, pero sin trasladarse a ningún otro teatro de operaciones.

“No logró  apoderarse de las ciudades, porque los cartagineses las vigilaban cuidadosamente.”

 

También llama mucho la atención el paralelismo entre la frase de Tito Livio, “Aquel mismo año se les devolvieron cien rehenes a los cartagineses, y el pueblo romano les concedió la paz tanto en nombre propio como en el de Masinisa, que ocupaba con una guarnición el territorio objeto de controversia”, con otro extracto de Apiano:

“Otros muchos actos de hostilidad tuvieron lugar entre ellos, hasta la llegada de nuevos emisarios romanos, con vistas a restablecer la paz, a los cuales se les ordenó, de igual manera, ayudar en secreto a Masinissa. También ellos consolidaron a Masinissa en los territorios que había ocupado antes con la táctica siguiente. No dijeron ni escucharon nada, a fin de que Masinissa no resultara perjudicado como en un juicio, sino que, situándose en medio de ambos litigantes, estrecharon sus manos.”

Las manos sólo se dan para ratificar una paz.

Bernardo Pascual
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 La reconstrucción del texto de Apiano

 

Ningún otro texto de Apiano me ha causado tantos quebraderos de cabeza como el primer fragmento suyo de este tema. A simple vista, está todo totalmente revuelto y, además, cuesta mucho identificar las fuentes. Reto a quienquiera a leerlo y a decir luego si se ha enterado de algo. De hecho, hasta ahora ha originado más confusión que lo que ha ayudado a resolver el problema. Despistó incluso al propio Mommsen.

En la entrada anterior, no obstante, se ha conseguido descifrar uno de los párrafos. A partir de aquí, voy a tratar de recrear una nueva reconstrucción, Individualizando o alterando el orden de lo que se adivina como las distintas fuentes a las que Apiano recurre para su composición.

De momento es sólo provisional, un borrador. Digamos que, para pensar, necesito escribir, y simplemente, al utilizar el foro como soporte, os hago partícipes de mis elucubraciones. Ni siquiera yo se ahora cual será el resultado final, aunque, por supuesto, llevo mucho tiempo dándole vueltas.

 

Una primera propuesta

 

Parece que va saliendo algo. Haré como siempre: en rojo la fuente A, en azul la fuente B y en verde la fuente C.

 

Así termino la segunda guerra entre romanos y cartagineses, que comenzó en Iberia y acabó en África, de acuerdo con los tratados ya expuestos, que incluían a la propia Cartago. Esto sucedió en la ciento cuarenta y cuatro olimpíada, según el cómputo griego. Masinissa, irritado contra los cartagineses y envalentonado por su amistad con Roma, se apoderó de una gran extensión del territorio cartaginés, so pretexto de que ya le había pertenecido en otro tiempo. Entonces, los cartagineses llamaron a los romanos para pedirles que procuraran una avenencia entre ellos y Masinissa. Los romanos, en consecuencia, enviaron árbitros con órdenes de favorecer cuanto pudieran a Masinissa. De este modo, este último se apropió de una parte del territorio de los cartagineses y se efectuó un tratado entre ambos que tuvo vigencia durante cincuenta años. En este tiempo, Cartago, que gozó de una paz ininterrumpida, acrecentó sobremanera su poderío y población a causa de la fertilidad de su suelo y de su buena posición junto al mar.

Muy pronto, como sucede en situaciones de prosperidad, surgieron diferentes facciones, había un partido prorromano, otro democrático y un tercero que estaba de parte de Masinissa. Cada uno de ellos tenía líderes destacados por su reputación y valor. Annón el Grande era jefe del partido filorromano, a los partidarios de Masinissa los encabezaba Aníbal, apodado el Estornino, y la facción democrática tenía como líderes a Amílcar el Samnita y a Cartalón. Estos últimos, aprovechando que los romanos estaban en guerra contra los celtíberos y que Masinissa había marchado en auxilio de su hijo, que estaba rodeado por otras fuerzas iberas, convencieron a Cartalón, jefe de las tropas auxiliares y que, por razón de su cargo, recorría el país, para que atacase a unas tropas de Masinissa acampadas en un territorio en litigio. Éste mató a algunos de ellos, se llevó el botín y azuzó a los africanos rurales contra los númidas. Otros muchos actos de hostilidad tuvieron lugar entre ellos, hasta la llegada de nuevos emisarios romanos, con vistas a restablecer la paz, a los cuales se les ordenó, de igual manera, ayudar en secreto a Masinissa. También ellos consolidaron a Masinissa en los territorios que había ocupado antes con la táctica siguiente. No dijeron ni escucharon nada, a fin de que Masinissa no resultara perjudicado como en un juicio, sino que, situándose en medio de ambos litigantes, estrecharon sus manos. Éste fue el modo en que exhortaron a ambos a mantener la paz. Poco después, Masinissa provocó una disputa con motivo del territorio conocido como “los campos grandes” y del país, perteneciente a cincuenta ciudades, que llaman Tisca. A causa de lo cual los cartagineses acudieron de nuevo a recurrir ante los romanos. Y éstos les prometieron también, entonces, enviarles emisarios para el arbitraje, pero se demoraron hasta que supusieron que los intereses cartagineses se habían perdido casi por completo.

Entonces, enviaron a los emisarios y, entre otros, a Catón, los cuales, al llegar al territorio que era objeto de disputa, pidieron a ambas partes que dejaran en sus manos todo el asunto. Masinissa, en efecto, dado que ambicionaba más de lo que le correspondía y tenía plena confianza siempre en Roma, consintió, pero los cartagineses sentían sospechas, puesto que sabían que los anteriores embajadores no habían dado decisiones imparciales. Dijeron, por consiguiente, que no deseaban litigar ni hacer rectificación del tratado hecho con Escipión y que sólo se quejaban de su transgresión. Sin embargo, los enviados no aceptaron arbitrar en cuanto a partes y regresaron, no sin antes haber inspeccionado detalladamente el país y ver lo bien cultivado que estaba y los grandes recursos que poseía. También entraron en la ciudad y comprobaron cuán grande era su fuerza y cómo había aumentado su población desde su derrota ante Escipión, no hacía mucho tiempo. Cuando estuvieron de regreso en Roma, manifestaron que, más que envidia, era temor lo que debían sentir ante Cartago, una ciudad enemiga tan grande y próxima que había crecido tan fácilmente. Catón, en especial, dijo que ni siquiera estaría segura la libertad de Roma hasta que destruyeran Cartago. Cuando el senado oyó estas cosas, decidió hacer la guerra, pero necesitaba aún de algún pretexto y mantuvieron su decisión en secreto. Se dice que, desde aquella ocasión, Catón defendía de continuo en el senado la opinión de que Cartago no debía existir, y que Escipión Nasica sostenía una postura contraria, que debía preservarse Cartago como amenaza de la disciplina romana ya en vías de relajación.

La facción democrática en Cartago expulsó a los partidarios de Masinissa, unos cuarenta aproximadamente, y consiguió un voto de destierro e hicieron jurar al pueblo que no los volverían a recibir jamás y que no aceptarían propuesta acerca de su retorno. Los desterrados huyeron al lado de Masinissa y lo presionaron para que declarase la guerra. Éste, que también la deseaba, envió a Gulussa y Micipsa, dos hijos suyos, a Cartago con la demanda de que acogieran de nuevo a quienes sufrían destierro por su causa. Cuando éstos se aproximaron a las puertas de la ciudad, el jefe de las tropas auxiliares las cerró por temor a que los familiares de los desterrados movieran a compasión al pueblo con sus lágrimas. Amílcar el Samnita atacó a Gulussa cuando iba de regreso, mató a algunos de sus hombres y a él mismo lo puso en un aprieto. Masinissa tomó este hecho como un pretexto para atacar a la ciudad de Horóscopa, que deseaba poseer en contra del tratado. Los cartagineses marcharon contra Masinisa con veinticinco mil soldados de infantería h cuatrocientos jinetes ciudadanos bajo el mando de Asdrúbal, que era entonces el jefe de las tropas auxiliares. Asasis y Suba, lugartenientes de Masinisa, se pasaron a su bando con seis mil jinetes cuando estaban cerca, a causa de algunas diferencias con los hijos de Masinisa. Animado por estas fuerzas, Asdrúbal trasladó su campamento a un lugar más próximo al rey y, en algunas escaramuzas, obtuvo ventaja. Masinisa quiso tenderle una emboscada y se retiró poco a poco como si estuviera huyendo, hasta que llegó a una gran llanura desierta, rodeada por todos los lados de colinas y precipicios y falta de provisiones. Luego retrocedió sobre sus pasos y fijó su campamento en campo abierto. Sin embargo, Asdrúbal subió a las colinas, porque era una posición más sólida.

 

La fuente A

La fuente A aborda de una forma sumamente burda o superficial las causas de la tercera guerra púnica, resumiendo para ello en muy pocas líneas los cincuenta años previos, todo el periodo de entreguerras. Recuerda un poco el texto seleccionado de José Manuel Roldán, y hasta cae en los mismos tópicos o simplificaciones. Cada vez estoy más convencido de que en Roma abundaban los escritos de este tipo, breves y muy asequibles a los lectores. Estos, además, facilitaban el trabajo a investigadores como Apiano.

 

“Así termino la segunda guerra entre romanos y cartagineses, que comenzó en Iberia y acabó en África, de acuerdo con los tratados ya expuestos, que incluían a la propia Cartago. Esto sucedió en la ciento cuarenta y cuatro olimpíada, según el cómputo griego.

Poco después, Masinissa provocó una disputa con motivo del territorio conocido como “los campos grandes” y del país, perteneciente a cincuenta ciudades, que llaman Tisca. A causa de lo cual los cartagineses acudieron de nuevo a recurrir ante los romanos. Y éstos les prometieron también, entonces, enviarles emisarios para el arbitraje, pero se demoraron hasta que supusieron que los intereses cartagineses se habían perdido casi por completo.

Entonces, enviaron a los emisarios y, entre otros, a Catón, los cuales, al llegar al territorio que era objeto de disputa, pidieron a ambas partes que dejaran en sus manos todo el asunto. Masinissa, en efecto, dado que ambicionaba más de lo que le correspondía y tenía plena confianza siempre en Roma, consintió, pero los cartagineses sentían sospechas, puesto que sabían que los anteriores embajadores no habían dado decisiones imparciales. Dijeron, por consiguiente, que no deseaban litigar ni hacer rectificación del tratado hecho con Escipión y que sólo se quejaban de su transgresión. Sin embargo, los enviados no aceptaron arbitrar en cuanto a partes y regresaron, no sin antes haber inspeccionado detalladamente el país y ver lo bien cultivado que estaba y los grandes recursos que poseía. También entraron en la ciudad y comprobaron cuán grande era su fuerza y cómo había aumentado su población desde su derrota ante Escipión, no hacía mucho tiempo. Cuando estuvieron de regreso en Roma, manifestaron que, más que envidia, era temor lo que debían sentir ante Cartago, una ciudad enemiga tan grande y próxima que había crecido tan fácilmente. Catón, en especial, dijo que ni siquiera estaría segura la libertad de Roma hasta que destruyeran Cartago. Cuando el senado oyó estas cosas, decidió hacer la guerra, pero necesitaba aún de algún pretexto y mantuvieron su decisión en secreto. Se dice que, desde aquella ocasión, Catón defendía de continuo en el senado la opinión de que Cartago no debía existir, y que Escipión Nasica sostenía una postura contraria, que debía preservarse Cartago como amenaza de la disciplina romana ya en vías de relajación.”

 

Como ya le expliqué a Tito, “el territorio conocido como “los campos grandes” y del país, perteneciente a cincuenta ciudades, que llaman Tisca” se debe identificar con los Emporios. Tisca es una corrupción de Tapso, la capital. Mommsen no se da cuenta de ello y se inventa una nueva disputa.

 

La fuente B

 

“Masinissa, irritado contra los cartagineses y envalentonado por su amistad con Roma, se apoderó de una gran extensión del territorio cartaginés, so pretexto de que ya le había pertenecido en otro tiempo. Entonces, los cartagineses llamaron a los romanos para pedirles que procuraran una avenencia entre ellos y Masinissa. Los romanos, en consecuencia, enviaron árbitros con órdenes de favorecer cuanto pudieran a Masinissa. De este modo, este último se apropió de una parte del territorio de los cartagineses y se efectuó un tratado entre ambos que tuvo vigencia durante cincuenta años. En este tiempo, Cartago, que gozó de una paz ininterrumpida, acrecentó sobremanera su poderío y población a causa de la fertilidad de su suelo y de su buena posición junto al mar.

Otros muchos actos de hostilidad tuvieron lugar entre ellos, hasta la llegada de nuevos emisarios romanos, con vistas a restablecer la paz, a los cuales se les ordenó, de igual manera, ayudar en secreto a Masinissa. También ellos consolidaron a Masinissa en los territorios que había ocupado antes con la táctica siguiente. No dijeron ni escucharon nada, a fin de que Masinissa no resultara perjudicado como en un juicio, sino que, situándose en medio de ambos litigantes, estrecharon sus manos. Éste fue el modo en que exhortaron a ambos a mantener la paz.”

 

La clave está en la conexión entre estos dos párrafos. Ahora empiezo a sospechar que no son dos, sino tres, las guerras que enfrentaron a Masinisa y Cartago. Como se ha visto en la entrada anterior, el apretón de manos se fecha en 181 antes de Cristo, pero anteriormente ya se había firmado otra paz, la cual ambos contendientes se habían comprometido a respetar durante cincuenta años, y que es restituida ahora. Interprétese la fuente B de esta manera y se comprobará cómo todo casa.

La fuente B abarca sólo lo sucedido entre los años 193 y 181 antes de Cristo, por lo que forma parte sin duda de una obra más extensa. Además, incluye detalles muy específicos, como el mismo abrazo o la aclaración de que el territorio ya había pertenecido antes a Masinisa. Por supuesto, Apiano la abrevia mucho, e incluso ni siquiera la entiende.

De momento no me arriesgaré a pronunciarme por su autoría, aunque todo apunta hacia uno de los grandes.

 

La fuente C la dejo para más adelante, con la intención de dedicarle a ella todo un apartado. De este modo espero concluir mis disquisiciones y dar lugar a las preguntas. Por mi parte, me gustaría mucho saber si se entiende lo que escribo, pues me parece que tiene que resultar algo complicado. Una vez que haya justificado mis deducciones, no obstante, si Dios quiere, procuraré redactar algo más ameno y divulgativo, pero, en todo caso, me conformaría con facilitarle esa opción a quien le pueda interesar. Por eso ruego se me diga si se entiende o no.

Gracias.