Comentario de Texto: Alucio

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Bernardo Pascual
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Guardia Pretoriano
Desde: 22 Ene 2016

 Una forma divertida y bastante provechosa de abordar un tema consistiría en analizar un texto, comentarlo todos juntos. Propongo el siguiente:

 

“Después los soldados conducen a su presencia a una prisionera, una muchacha joven de tan notable belleza que atraía a su paso todas las miradas. Escipión le preguntó de dónde procedía y quienes eran sus padres, y entre otras cosas se enteró de que era la prometida de un príncipe celtíbero, un joven llamado Alucio. Mandó, pues, a buscar inmediatamente a su tierra a sus padres y a su prometido, y como entretanto se enteró de que éste moría de amor por su prometida, en cuanto llegó se dirigió a él escogiendo las palabras con más cuidado que cuando les habló a sus padres. “Te hablo como lo hace un joven a otro, para que haya menos miramientos en nuestra conversación. Tu prometida fue hecha prisionera, y conducida a mi presencia por mis soldados; he oído que la amas profundamente, y su belleza lo hace creíble; como también yo, si tuviera libertad para disfrutar de los placeres de la juventud y sobre todo de un amor honesto y legítimo y no me absorbiesen los asuntos del Estado, desearía que se fuese indulgente conmigo por amar demasiado a mi prometida, ya que está en mi mano quiero favorecer tu amor. A tu prometida se le ha dispensado aquí a mi lado un trato tan respetuoso como si estuviera en casa de sus padres, tus futuros suegros; te la hemos preservado para poder hacerte un regalo respetado y digno de ti y de mí. La única recompensa que pido a cambio de este presente es que seas amigo del pueblo romano, y si me consideras un hombre de bien como ya antes sabían estas gentes que lo eran mi padre y mi tío, has de saber que en Roma hay muchos como nosotros y no se puede citar hoy en todo el mundo ningún otro pueblo al que puedas desear menos como enemigo tuyo y de los tuyos o preferir como amigo”. El joven, transido de alegría y de confusión al mismo tiempo, cogiendo la diestra de Escipión invocaba a todos los dioses para que lo recompensasen en su lugar, puesto que en modo alguno tenía los recursos proporcionados a lo que él sentía y Escipión se merecía de él; fueron llamados entonces los padres y parientes de la doncella; éstos, ya que se les devolvía gratis la muchacha para cuyo rescate habían traído una cantidad bastante considerable de oro, comenzaron a rogar a Escipión que se lo aceptase como regalo asegurándole que no se lo iban a agradecer menos que el hecho de haberles devuelto intacta a la muchacha. Escipión dijo que lo aceptaría, ya que se lo pedían con tanta insistencia, hizo que lo depositaran a sus pies y llamando a su presencia a Alucio le dijo: “Éste es mi regalo de boda, para añadir a la dote que recibirás de tu suegro”, y le mandó coger el oro y quedarse con él. Feliz por el honor y el regalo que se le hacía, marchó a su tierra, donde abrumó a sus paisanos hablándoles de los méritos de Escipión elogiosamente: había llegado un joven que se asemejaba mucho a los dioses, que lo conquistaba todo o bien con las armas o bien a base de bondad y generosidad. Hizo, pues, una leva entre sus súbditos y a los pocos días volvió junto a Escipión con mil cuatrocientos jinetes escogidos.”

Tito Livio, Historia de Roma, Libro XXVI, 50. (Traducción extraída de la edición de Gredos)

 

A modo de guión, quisiera lanzar al aire unas cuantas preguntas, aunque sólo en un sentido orientativo. Cualquiera puede enfocar el asunto como le plazca; responder a esas preguntas, plantear otras o incluso redactar un comentario en toda regla.

 

¿Consideráis esta narración como verídica o como ficticia?

¿En cualquier caso, de donde puede provenir?

¿Qué opinión os merece Tito Livio, como historiador y como literato?

¿Se pueden sacar del texto conclusiones etnológicas?

¿Cabría relacionar al tal Alucio con algún otro personaje histórico?

Interacción con otros textos.

¿La cifra de los mil cuatrocientos jinetes escogidos da alguna pista sobre las entidades políticas existentes en aquel tiempo en la Península?

Tal vez yo me desentienda un poco de la figura de Escipión el Africano, pero también por ahí, en lo que respecta a su personalidad y a sus dotes diplomáticas, se podría abrir otra vía.

Gracias por participar.

 


La democracia tiene un defecto congénito que se debe corregir desde fuera de ella: se declara la guerra cuando se es el más débil y se firma la paz cuando se es el más fuerte.

merlin-satan
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Bernardo Pascual ha escrito

 

A modo de guión, quisiera lanzar al aire unas cuantas preguntas, aunque sólo en un sentido orientativo. Cualquiera puede enfocar el asunto como le plazca; responder a esas preguntas, plantear otras o incluso redactar un comentario en toda regla.

 

¿Consideráis esta narración como verídica o como ficticia?

¿En cualquier caso, de donde puede provenir?

¿Qué opinión os merece Tito Livio, como historiador y como literato?

¿Se pueden sacar del texto conclusiones etnológicas?

¿Cabría relacionar al tal Alucio con algún otro personaje histórico?

Interacción con otros textos.

¿La cifra de los mil cuatrocientos jinetes escogidos da alguna pista sobre las entidades políticas existentes en aquel tiempo en la Península?

Tal vez yo me desentienda un poco de la figura de Escipión el Africano, pero también por ahí, en lo que respecta a su personalidad y a sus dotes diplomáticas, se podría abrir otra vía.

Gracias por participar.

 

Voy a abrir fuego:

Esta narración debe ser basada en hechos reales o semi-reales procedentes de rumores y propaganda, por lo que a laprimera pregunta no hay respuesta concreta. Cuando el río suena, agua lleva, algo debió de pasar y seguro que Escipión utilizó la devolución de rehenes para ganarse a los íberos. No obstante, si la chica no había sio tocada, tampoco debió haberlo sido previamente por los cartagineses, luego el mérito de mantener a un rehén intacto no es sólo del amigo Africanus. En cualquier caso una narración tan detallada de los diálogos debe haber sido como mínimo "novelizada" por Livio, por no hablar de que Livio escribió en la época de Augusto, 200 años después de la supuesta escena, tiempo suficiente para envolverla en un halo de grandeza suficiente. Livio siempre se basa en otras fuentes previas así que el hombre hizo lo que pudo, pero también añade una dosis importante de inventiva en los discursos y diálogos que deben ser más producto de su imaginación que otra cosa (amenos que los transcribiera de fuentes de las que él dispusiera y se hayan perdido).

 

En cuanto a Escipión, tenemos un problema grave: el primero en escribir sobre él es Polibio que todos sabemos que era muy cercano a la gens Escipión y que los ensalza  todolo que puede. Es evidente que Escipión triunfó y que manejó la diplomacia con maestría consiguiendo el cambio de bando de Masinisa o la lealtad de múltiples tribus íberas, pero el hecho de que quien escribe sobre él sea tan cercano probablemente indique que se ha oscurecido a otros personajes de su entorno para dar todo el protagonismo a los Escipiones. Como ejemplo Claudio Marcelo, que apenas aparece en los textos de Polibio o al menos no con la profusión que en otros textos. Livio sin embargo, y Plutarco después, sí le da más protagonismo a Marcelo. Qué ocurre, podía hacer sombra a Escipión? O es que la fuente principal de Polibio, las historias del abuelo Escipión estaba totalmente contaminada?

 


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Bernardo Pascual
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Guardia Pretoriano
Desde: 22 Ene 2016

 Los dos siguientes fragmentos de Tito Livio, pertenecientes al Libro XXXIV (extraídos de la edición de Gredos), aunque su autor no lo sabe narran la misma batalla, la cual se libró, añado, junto al Puig del Castell (Ullastret, Girona). Hasta ahora, que yo tenga constancia, nadie se había percatado de esta duplicación ni había ubicado el suceso.

 

Fragmento primero:

 

14-16. “El cónsul, cuando los indicios de lo que quería hacer creer fueron suficientes, ordenó que se hiciera desembarcar a los soldados. Como estaba ya próxima la época del año en que era posible el desarrollo de las operaciones, él emplazó su campamento de invierno a tres millas de Emporias. Desde allí, según se presentaban las circunstancias, llevaba a sus soldados unas veces en una dirección y otras en otra a saquear los campos de los enemigos dejando una pequeña guarnición para la defensa del campamento. Salían casi siempre por la noche para alejarse lo más posible del campamento y coger al enemigo por sorpresa. Estas acciones servían de entrenamiento a los nuevos reclutas, y a la vez caían prisioneros un gran número de enemigos, que ya no se atrevían a salir fuera de las fortificaciones de sus plazas. Unas vez que puso a prueba suficientemente la moral de los suyos y del enemigo convocó una reunión de tribunos y prefectos, caballería en pleno y centuriones. “Ha llegado el momento, tantas veces deseado por vosotros, dijo, de que se os diera la oportunidad de poner a prueba vuestro valor. Hasta ahora habéis llevado una campaña más al estilo de salteadores que de guerreros; ahora vais a enfrentaros en una batalla en toda regla, enemigos contra enemigos; a partir de ahora vais a poder no ya devastar campos sino vaciar las ciudades de sus riquezas. Nuestros padres, a pesar de que los cartagineses tenían generales y ejércitos en Hispania y ellos no tenían ni un soldado, quisieron, no obstante, añadir al tratado de alianza una cláusula estipulando que la frontera de su imperio estaría en el río Ebro. Ahora que Hispania está ocupada por dos pretores, un cónsul y tres ejércitos romanos y desde hace ya casi diez años no hay ni un cartaginés en estas provincias, hemos perdido el dominio del lado de acá del Ebro. Es necesario que lo recuperéis con vuestras armas y vuestro valor y obliguéis a estos pueblos, que más que empeñarse en una guerra sostenida se rebelan de forma temeraria, a aceptar de nuevo el yugo que se sacudieron de encima”. Después de arengarlos sobre todo con consideraciones de esta guisa les anunció que por la noche los llevaría hasta el campamento enemigo y con esto les mandó marchar a reponer fuerzas.

A media noche, después de tomar los auspicios, el cónsul se puso en marcha al objeto de tomar la posición que quería antes de que los enemigos se dieran cuenta; dando un rodeo dejó atrás el campamento enemigo y al despuntar el día formó en orden de batalla y envió tres cohortes hasta el pie mismo de la empalizada. Los bárbaros, sorprendidos ante la aparición de los romanos a su espalda, corrieron a su vez a por las armas. Entretanto el cónsul se dirigió a sus hombres diciendo: “Sólo en el valor hay esperanza, y yo deliberadamente me he ocupado de que así fuese. Entre nuestro campamento y nosotros se encuentran los enemigos, y a nuestra espalda está el territorio enemigo. Tener la esperanza puesta en el valor es lo más hermoso y al mismo tiempo lo más seguro”. Dicho esto dio orden de que las cohortes retrocedieran simulando una huida para atraer a los bárbaros. Ocurrió tal como había previsto. Convencidos de que los romanos retrocedían presa del pánico, salieron de repente fuera de la puerta y cubrieron de combatientes todo el espacio que mediaba entre su campamento y las líneas romanas. Mientras tratan de formar atropelladamente el frente de combate y están aún desorganizados, los ataca el cónsul con todos sus hombres preparados y en orden. Lanzó primero al combate a la caballería desde las alas, pero en el flanco derecho fue rechazada al instante y al retroceder en tropel sembró también el pánico entre la infantería. Nada más percatarse de ello el cónsul ordenó que dos cohortes escogidas rodearan al enemigo por su lado derecho y aparecieran por la espalda antes de que se produjera el choque entre los frentes de infantería. Al cernirse esta amenaza sobre el enemigo se restableció el equilibrio perdido a causa del pánico de los jinetes romanos; pero la confusión en la infantería y la caballería del ala derecha era tal que el propio cónsul tuvo que echar mano a algunos y volverlos hacia el enemigo. De esta forma, la batalla se mantenía indecisa mientras se combatió con armas arrojadizas, mientras que en el ala derecha, donde se inició el pánico y la huida, los romanos resistían a duras penas; por el flanco izquierdo y por el centro los bárbaros, acosados, veían aterrados las cohortes que los amenazaban por la espalda. Cuando, después de lanzar los venablos de hierro y las faláricas, desenvainaron las espadas, fue como si se iniciara de nuevo el combate; no recibían heridas por lanzamientos imprevisibles efectuados al azar desde lejos; en el cuerpo a cuerpo confiaban por entero en su valor y fuerza.

Cuando los hombres estaban ya agotados, el cónsul los reanimó lanzando a la lucha a las cohortes de reserva desde la segunda línea. Se formó un nuevo frente. Los hombres de refresco, atacando con sus armas de lanzamiento íntegras a unos enemigos extenuados, primeramente deshicieron su formación con una dura carga en forma de cuña, y después, una vez dispersados, les hicieron emprender la huida: corriendo en desbandada por los campos trataban de llegar al campamento. Cuando vio que la huida estaba generalizada, Catón cabalgó de nuevo hacia la segunda legión que permanecía de reserva y le dio la orden de marchar tras las enseñas a paso de carga para atacar el campamento enemigo. Si algún soldado demasiado fogoso se adelantaba a la formación, él mismo le daba alcance a caballo, lo golpeaba con un pequeño venablo y ordenaba a los tribunos y centuriones que lo castigasen. Cuando ya se había iniciado el ataque al campamento, los romanos eran mantenidos a distancia de la empalizada a base de piedras, palos y toda clase de proyectiles. Al llegar la legión de refresco subió la moral de los atacantes al tiempo que los enemigos peleaban con más rabia en defensa de la empalizada. El cónsul lo examinó todo con la vista para lanzar el asalto por el punto en que la resistencia fuese menor. Vio que junto a la puerta izquierda había menos defensores, y dirigió hacia allí a los principes y hastati de la segunda legión. La guardia apostada junto a la puerta no resistió el ataque, y los demás, al ver que el enemigo estaba dentro de la empalizada y ellos habían perdido el campamento, arrojaron las enseñas y las armas. Fueron degollados en la estrechez de las puertas donde quedaban atascados debido a su propio número. Los soldados de la segunda legión descargaban tajos sobre las espaldas de los enemigos, los demás saqueaban el campamento. Valerio Anciate refiere que fueron muertos aquel día más de cuarenta mil enemigos; el propio Catón, nada dado, por cierto, a rebajar sus propias hazañas, dice que los muertos fueron muchos pero no da la cifra.

Se considera que el cónsul tomó aquel día tres decisiones dignas de encomio. Una, el haber llevado al ejército dando un rodeo lejos de sus naves y de su campamento, iniciando el combate con el enemigo de por medio donde la única esperanza era el valor. La segunda, el haber puesto las cohortes como barrera a la espalda del enemigo. La tercera, el haber ordenado que la legión segunda, mientras todas las demás andaban dispersas en persecución del enemigo, avanzase hasta la puerta del campamento a plena marcha, pero en perfecto orden y formación con las enseñas al frente. Ni siquiera después de la victoria hubo descanso. Una vez dada la señal de retirada llevó a sus hombres de vuelta al campamento cargados de botín, les concedió unas pocas horas de descanso durante la noche y los llevó a los campos a saquear. Como los enemigos se habían dispersado en la huida, el saqueo se llevó a cabo en un radio más amplio. Esta circunstancia, no menos que la derrota sufrida el día anterior, indujo a la rendición a los hispanos de Emporias y a sus vecinos.”

 

Fragmento segundo:

 

Puig del Castell. "Tenían una ciudad muy extendida a lo largo pero mucho menos a lo ancho."

 

 

20. “Con estas fuerzas tan reducidas tomó algunas plazas. Se pasaron a él los sedetanos, los ausetanos y los suesetanos. Los lacetanos, pueblo remoto y salvaje, continuaban en armas, bien por su natural fiereza o bien por su conciencia de haber saqueado a los aliados con incursiones por sorpresa mientras el cónsul estaba ocupado con su ejército en la guerra de los túrdulos. Por eso el cónsul, para atacar su ciudad fortificada, además de las cohortes romanas llevó también a la juventud de los aliados, justamente resentidos hacia ellos. Tenían una ciudad muy extendida a lo largo pero mucho menos a lo ancho. Hizo alto a unos cuatrocientos pasos de distancia. Dejó allí un retén de cohortes escogidas y les dio orden de no moverse de aquella posición hasta que él estuviese de vuelta; con el resto de las tropas dio un rodeo hasta el extremo opuesto de la ciudad. El contingente más numeroso de sus fuerzas auxiliares estaba constituido por jóvenes suesetanos, a los que dio orden de avanzar para atacar la muralla. Cuando los lacetanos reconocieron sus armas y enseñas recordaron con cuánta frecuencia se habían paseado impunemente por su territorio y cuántas veces les habían derrotado y puesto en fuga en batallas campales, abrieron súbitamente la puesta y se precipitaron en masa sobre ellos. Los suesetanos apenas sí resistieron su grito de guerra, cuánto menos su ataque. Cuando vio el cónsul que las cosas se desarrollaban como había pensado que ocurriría galopó a lo largo de la muralla enemiga hasta las cohortes, se las llevó con él mientras andaban todos dispersos en persecución de los suesetanos, las metió en la ciudad por la parte en que estaba silenciosa y desierta, y lo tomó todo antes de que volvieran los lacetanos. Poco después, como únicamente les quedaban las armas, se rindieron.”

 


La democracia tiene un defecto congénito que se debe corregir desde fuera de ella: se declara la guerra cuando se es el más débil y se firma la paz cuando se es el más fuerte.