La mujer en la España medieval

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 Introducción

   

Antes de entrar en materia es necesario realizar algunas consideraciones. En primer lugar hay que destacar lo que hasta ahora ha venido siendo norma general de la historiografía medieval española: los mundos hispanocristiano e hispanomusulmán se han estudiado por separado. Esto ha dado lugar, a mi entender, a que no se tenga establecida una realidad global sobre la Edad Media hispana.

Nunca podremos llegar a comprender lo que somos en la actualidad sino partimos de la base de que nuestros orígenes son una amalgama de distintas realidades: la cristiana, la musulmana, y habría que añadir la judaica. La existencia de dos culturas dominantes, con sus diferencias, pero también con sus mutuos préstamos, fueron la causa de una realidad social original, especial si la ponemos en relación con otras sociedades medievales. Insisto en que no somos herederos de una Hispania cristiana solamente, sino que somos el resultado de un pasado mixto, conformador de una Edad Media hispana de la que habría ir eliminando el calificativo de cristiana o musulmana.

 

Ambos mundos no fueron tan distintos como puede llegar a pensarse, eran más los puntos de coincidencia que los diferenciadores, sobre todo con el transcurrir del tiempo, cuando los traspasos e inter-influencias, de una y otra cultura, se sustentaron más sólidamente.

 

Si hay pocos estudios comparativos entre las sociedades cristiana y musulmana; aún más escasos son los realizados sobre la situación de la mujer. De hecho, que yo conozca el único estudio comparativo, anterior al que yo mismo realicé en 2006[1], lo realizó Claudio Sánchez Albornoz.[2] La poca viabilidad actual de los planteamientos y conclusiones a las que llegó el insigne historiador que, bajo mi punto de vista, falseó y tergiversó la realidad histórica para hacer prevalecer sus particulares ideas -muy influidas por su profundo catolicismo y acervado españolismo-, hacen que sea necesario retomar estos estudios comparativos con el fin de obtener una imagen más cercana a la realidad de la mujer hispanomedieval.

 

            El estudio de la situación de la mujer en la Edad Media se complica por la poca presencia que tiene el sexo femenino en las fuentes – recordemos que la Historia generalmente ha sido escrita por hombres y para hombres-, y los no demasiados estudios que existen al respecto, aunque en los últimos tiempos esta situación este mejorando.

 

La visión de la mujer

 

No cabe duda que la visión sobre las mujeres que tenían los mundos cristianos e islámicos, se veía fuertemente influenciada por la tradición judaica y el pensamiento griego. La idea de que la mujer es un ser inferior se establece desde los orígenes de la religión judaica. Este pensamiento discriminador se trasladaría posteriormente a los dos credos religiosos que provienen de ella: el cristianismo y el islamismo. La Biblia ya marca como, desde los orígenes de la humanidad, la mujer es culpable de todos los males. Eva es la que incita a pecar a Adán, es por tanto la primigenia culpable de la expulsión de ambos del Paraíso. También la muestra como un ser inferior, ya que no fue creada de la nada como el hombre, sino a través de una costilla de Adán, lo que viene a representar la sumisión de la mujer con respecto al varón desde el mismo momento de su creación. No se queda aquí la imagen que nos ofrece sobre la mujer el Antiguo Testamento, ésta es considerada un ser maligno.

 

« He hallado que la mujer es más amarga que la muerte porque ella es como una red, su corazón como un lazo, y sus brazos como cadenas: el que agrada a Dios se libra de ella, más el pecador cae en su trampa… Un hombre hallé entre mil: más una mujer entre todas ellas jamás he encontrado.»[3]

 

« No tomes asiento con las mujeres… la malicia del hombre vale más que la bondad de la mujer.»[4]

 

Mujer tentada por el diablo. Cantigas de Alfonso X

 

Otros elementos que permanecerán vigentes en época medieval provienen de tradiciones judaicas: prohibición de que las mujeres participen en las comidas junto a los hombres, recomendación al hombre para que no dirija a una mujer sino en casos de extrema necesidad, etc. En esta tradición la mujer aparece como objeto sumiso; ella no tiene derecho a tener ningún tipo de autonomía, es un ser inferior, y por tanto, debe quedar relegada a un segundo plano.

 

Las ideas de los pensadores griegos y romanos también inciden en esta visión de la mujer como ser inferior. Según ellos esta condición de inferioridad de las mujeres las imposibilita para determinadas funciones, sus limitaciones las excluían, por ejemplo, de la vida política, e incluso de muchos aspectos de la vida pública.[5]

 

Otras imágenes de la Antigüedad sobreviven en el Medievo, por ejemplo la idea de que la mujer es un ser maligno, como argumentaba Plinio, llegando a comparar la mirada de la mujer menstruante con la del Basilisco; o Galeno -uno de los médicos más influyentes en el mundo medieval-, que definía a la mujer como un ser imperfecto, basándose en que la hembra es más fría que el varón.

Los últimos referentes para conformar la idea que sobre la mujer prevalecerá en la Edad Media son el Nuevo Testamento y el Corán. Ambos libros no sólo marcarán los principios del cristianismo y del islamismo, sino que serán básicos a la hora de conformar la estructura social de ambas culturas.

 

Ambos texto ofrecen una visión más positiva de la mujer si les comparamos con el Antiguo Testamento – texto, a mí entender, misógino por excelencia- o las tradiciones preislámicas de los pueblos árabes. Jesús de Nazaret trató en un plano de igualdad a hombres y mujeres, a ambos los acogió como seguidores y con ambos compartía su vivencias como apunta M. Fraijó: «la actitud de Jesús (frente a las mujeres) merece ser calificada de innovadora, tal vez incluso de revolucionaria.»[6]

 

Por su parte el Corán, tiende a crear un estatus de igualdad entre hombres y mujeres, ambos son iguales ante Allah:

 

« Los musulmanes, las musulmanas, los creyentes, las creyentes, los que oran, las que oran, los verídicos, las verídicas, los constantes, las constantes, los humildes, las humildes, los limosneros, las limosneras, los que ayunan, las que ayunan, los recatados, las recatadas, los que recuerdan a Alá y las que recuerdan a Alá, a todos estos Alá les ha preparado un perdón, una enorme recompensa.»[7]

 

Tampoco el Corán considera a Eva como la protagonista del pecado original, sino que hace responsables tanto a Adán como a Eva. Ambos son culpables de haber caído en la tentación, es más, en una azora, aparece Adán como culpable:

 

« Pero el demonio le tentó ¡Adán! Te guiaré al árbol de la eternidad y del señorío que no envejece. Ambos comieron de él. Aparecieron sus vergüenzas y empezaron a cubrirlas con hojas de los árboles del Paraíso. Adán desobedeció a su Señor y se extrañó.»[8]

 

Podrían ofrecerse otros muchos ejemplos de cómo el mensaje ofrecido por Jesús de Nazaret y Muhammad iba encaminado hacia la igualdad entre sexos. De la misma manera que la imagen que ofrecen de la mujer elimina algunos de los aspectos que dictan la Biblia y la tradición judaica.

 

De haberse continuado en la línea trazada por los creadores de las dos grandes religiones monoteístas, es posible que la situación de la mujer, en concreto en el medievo, hubiera cambiado sustancialmente. Pero ocurrió todo lo contrario. M. Fraijó probablemente da con el quid de la cuestión: para él –idea que comparto- no son los principios que generaron ambos credos religiosos los culpables de la negativa imagen de la  mujer. Fueron sus supuestos seguidores los que, sin tener ningún escrúpulo a la hora de tergiversar el mensaje original, crearon los principios que marcarían la existencia de la mujer en el medievo y que, desgraciadamente, aún persiste en algunas sociedades:

 

 « […] no hay nadie más indefenso que un fundador de religiones muerto. Su legado cae automáticamente en manos de los hombres de la “segunda hora”, atentos siempre a domesticar, consolidar e institucionalizar. Ajenos al vigor carismático de los orígenes, estos hombres suelen carecer de escrúpulos a la hora de “retocar” el mensaje originario.»[9]

 

No cabe duda que estos hombres: padres de la Iglesia, transmisores de hadices, etc., fueron los que propagaron la idea de la mujer como un ser inferior, maligno y culpable de todos los males acaecidos y por acontecer. Veamos algunos ejemplos del pensamiento de estos hombres, que fue el mejor aliado del patriarcado para mantener la total subordinación de la mujer al hombre.

 

Algunos de estos pensadores cristianos: San Pablo, San Agustín, Graciano, Tertuliano, etc., defienden que la mujer, como ser inferior, debe quedar apartada de cualquier estamento que tenga poder sobre la organización social, política, jurídica o cultural.

           

Según Agustín de Hipona la armonía deseada por Dios, en cuanto a relaciones humanas, es sólo posible si la mujer se subordina, en cualquier aspecto al hombre. Para San Epifanio: «La mujer es una criatura del demonio de la cabeza a los pies, el hombre, por el contrario, sólo la mitad, de la cintura hacia arriba es una criatura de Dios.»

 Muy explícito respecto al papel que debe desempeñar la mujer en la sociedad, y con relación al varón, es San Pablo:

 

« […] las mujeres callaren en las asambleas, que no les está permitido tomar la palabra; antes bien; estén sumisas como también la ley dice. Si quieren entender algo, preguntando a sus propios maridos en casa. Pues es indecoroso que la mujer hable en la asamblea.»[10]

 

«La mujer oiga la instrucción en silencio, con toda sumisión. Mo permito que la mujer enseñe ni domine al hombre. Que se mantenga en silencio. Porque Adán fue formado primero y Eva en segundo lugar. Y el engañado no fue Adán, sino la mujer, que, seducida, incurrió en la trasgresión.»[11]

 

Si en el cristianismo se produce la tergiversación de algunos textos sagrados, otro tanto ocurrirá en el mundo islámico. Son abundantes loshadices con tinte misógino, algunos en clara contraposición con los principios coránicos, e incluso, con otros hadices con más visos de ser auténticos, por ejemplo los transmitidos por Aixa, la última, y más querida, esposa del Profeta.

 

Un buen ejemplo de estas interpretaciones maniqueas es Abu Bakra, coetáneo de Muhammad. Según él, Muhammad dijo que el perro, el burro y la mujer interrumpen la oración si pasan por delante del creyente interponiéndose entre éste y la alquibla. Éste hadiz, como otro que dice que existen tres cosas que traen mala suerte: la casa, la mujer y el caballo; fueron desmentidos por Aixa, cuando ésta fue consultada sobre ellos. Otro transmisor de hadices falsos fue Abu Huraira, de quién Aixa dijo que contaba hadices que nunca había escuchado.

 

Como ejemplo doloso de esta falsa interpretación del Corán está la cuestión de la ablación –que desgraciadamente se sigue realizando en ambientes integristas-. La ablación era una costumbre de los pueblos árabes en os tiempos de la yahiliyya (tiempo de la ignorancia)Es por tanto un uso cultural y no un precepto religioso; el islam prohíbe taxativamente la realización de la ablación del clítoris, como cualquier otra vejación del cuerpo.

Cabría preguntarse por qué se cometieron estas manipulaciones. La respuesta parece clara. Es un intento por parte de los hombres de imponerse en la interpretación y  trasmisión de las enseñanzas sagradas, con el fin de mantener incólume el patriarcado más reaccionario. A su vez era la única manera de controlar un mundo que se sustenta en principios religiosos.

 

Esta relación entre religión y poder provocó que, cada vez en mayor medida, las tendencias misóginas de teólogos cristianos y alfaquíes musulmanes sean las que se impongan. Ya en pleno medievo será el elemento clerical el que establecerá la imagen de la mujer. Los estamentos religiosos trataron a la mujer como un ser inferior, débil por naturaleza, achacándole una serie de defectos –curiosamente compartidos por ambas religiones- que justificarán su relegación en el ámbito social, y la imposibilidad de ejercer cualquier tipo de responsabilidad social, política o religiosa.

 

Algunos de los “defectos” que tanto cristianos como musulmanes estiman son intrínsecos a la mujer son la avaricia, la envidia, la incontinencia verbal o la insaciabilidad sexual. Las manifestaciones de pensadores como Alfonso Martínez de Toledo, fray Martín de Córdoba, Stº Tomás de Aquino, Ibn Habib, Ibn Hazm, o al-Gazali, van en este sentido.

 

Pocas fueron las voces que se alzaron contra esta discriminación, o las que criticaron el papel secundario al que quedó relegado el sexo femenino. La defensa que de la mujer hicieron hombres como Ibn Rusd (Averroes) o Juan Rodríguez del Padrón, no son sino una excepción.

           

En definitiva se puede afirmar que la sociedad en su conjunto, aceptaba como hecho incontestable la inferioridad, la impureza y la fragilidad del sexo femenino. Esta particular visión de la mujer sería, entre otras causas, el motivo de su discriminación en asuntos como el valor testifical o los derechos económicos.

 

A la hora de fijar un modelo de mujer también aparecen las coincidencias entre ambas sociedades. Así, virtudes como la obediencia, la humildad, la religiosidad, o la castidad son elementos indispensables que han de rodear a la mujer “modélica”. Quizás sea con respecto a la virginidad en donde existan algunas diferencias entre el ideario cristiano y el musulmán.

 

 En el cristianismo la virginidad alcanza el estatus de elemento indispensable de la mujer perfecta –sobre todo a partir del ascenso del culto mariano-. En el islam, no sólo no se valora que la mujer decida mantenerse virgen durante toda su vida, sino que, por el contrario, se preconiza la actividad sexual, como un hecho que es agradable a los ojos de Allah. Otra posible diferencia lo marcaría la importancia del atractivo físico, bastante citado en los textos andalusíes y no tanto en los cristianos.

 

En relación a la actividad sexual de la mujer, la iglesia católica la condenaba tajantemente, es más una de los motivos que esgrimía para defender la inferioridad femenina era que la mujer podía sufrir los ataques de “la madre” al subirse el útero provocaba el histerismo; este ataque de “la madre” era consecuencia de que la mujer había acumulado esperma por falta de coito. Augus Mackay[12] realiza una especie de ecuación: útero=la madre=histerismo=ganas de procrear=ganas de fornicar=inestabilidad=irracionalidad=peligro. El propio Mackay cita unas palabras, ya en el siglo XVI, de Blas Álvarez de Mendizábal: «el útero de hembra apetece grandemente la simiente, y es grande el deseo que de tal simiente tiene, y mientras la atrae a si y la embebe al tiempo mismo conceto es maravilloso el deleyte que recibe.»[13]

 

Hasta ahora he expuesto tanto la imagen que el medievo tenía sobre la mujer, como el modelo de mujer perfecto que se crea. Ante esto último cabría preguntarse si alguna mujer logró alcanzar este estado de perfección.

 

Los espacios

 

Existe el mismo interés en las dos sociedades en acotar el espacio de la mujer. El lugar de estancia por antonomasia será el hogar. Su reclusión en el entorno familiar, en donde era más fácil ejercer el dominio por parte del varón, ya sea del padre o el esposo. Se intentará que la participación femenina en la vida púbica sea mínima. La mujer pertenece al ámbito privado, casi nunca al ámbito público. Esta reclusión de la mujer en el hogar es, prácticamente idéntica en las mujeres andalusíes y en las hispanocristianas.[14]No hay por tanto, como se ha querido hacer ver en numerosas ocasiones, una mayor reclusión de la mujer en al-Andalus.

También son coincidentes los espacios exteriores a los que se permite acudir a la mujer: la orilla del río para lavar, los centros religiosos, los baños, las fuentes, el horno, y poco más. Esta reclusión en el hogar es mayor conforme aumenta la categoría social. Serán las mujeres pertenecientes a las clases altas y a la nobleza las más severamente guardadas. Básicamente el motivo de este especial enclaustramiento será el mantenimiento del honor familiar. Esta preocupación por el “honor” se ve acentuada conforme el status, sea político o económico, es mayor. Muy a colación viene la reflexión de Pierre Guichard: «La protección del honor de las mujeres legítimas, que se confunde con el del linaje, exige un enclaustramiento tanto más rígido cuanto más honorable sea tal linaje, y las mujeres con las cuales se contrae matrimonio no son, salvo casos contados, aquellas a las que se ama.»[15]

 

Para no dar pie a posibles pérdidas de la honradez es por lo que se aconseja, yanto a las mujeres musulmanas como a las cristianas, que nunca salgan solas de sus casas, sino que lo hagan acompañadas de algún familiar, a ser posible femenino, de alguna criada o de mujeres de avanzada edad.

 

Las salidas para acudir a cumplimentar algún deber religioso o visitar a familiares, son una de las pocas excusas que tenían las mujeres para liberarse, momentáneamente, de su cotidiano encierro. A pesar de los impedimentos que sufría, no debemos hacernos la idea que las mujeres hispanomedievales  no abandonaban nunca sus hogares. Un ejemplo de poco seguimiento que las mujeres hacían de la orden de “internamiento”, en este caso de mujeres andalusíes, es la censura que hace Ibn al. Munasif de que las mujeres salieran en tropel y corrieran de aquí para allá[16]. Otro tanto podríamos decir de las mujeres cristianas.

 

Como he mencionado anteriormente, había algunos espacios a los que solían acudir habitualmente las mujeres. Uno de ellos serían las riberas de los ríos, a donde acudía a lavar las ropas, llegando incluso a acotarse los lugares destinados a tal fin, con el propósito de no contaminar las aguas que utilizaban para el consumo.

 

Otro lugar frecuentado son los baños, sobre todo pos las andalusíes. Tanto en la legislación cristiana como en la musulmana se establecen unos días concretos de la semana para su uso por mujeres y hombres. Hay que dejar constancia que, en la Hispania cristiana, poco a poco fue cayendo en desuso la utilización de los baños públicos, sobre todo a partir de las intransigentes normas impuestas por Isabel la católica y el cardenal Cisneros.

 

Mujeres musulmanas en un hamman

 

En el mercado era frecuente ver a mujeres. Este espacio, en el que no se puede establecer una segregación sexual, debió ser utilizado tanto para actividades comerciales, como para tener encuentros con hombres. Es cierto que la presencia de la mujer andalusí en el mercado no era tan frecuente, ni constante, como la de la mujer cristiana. En los reinos cristianos el mercado fue, progresivamente, tornándose en ámbito femenino. No obstante la presencia de la mujer andalusí en los mercados está constatada, y no sólo como compradora de los artículos necesarios para la vida doméstica, sino como vendedora de productos elaborados por ellas mismas, sobre todo en los ubicados en las cercanías de las puertas de acceso a la madina. Un ejemplo de lo anterior era la Puerta de los perfumistas, que era conocida como lugar de reunión de mujeres.[17]

 

Zoco medieval andalusí

 

Un ámbito al que solían acudir las mujeres, eran los cementerios. En esta caso si hay algunas peculiaridades en la sociedad andalusí. Parecer ser que la mujer de al-Andalus utilizaba el cementerio para algo más que llorar por la pérdida de sus seres queridos. Autores como Ibn Abdun o Ibn al-Munasif censuraban que las mujeres erigieran tiendas –costumbre que inició Aixa, esposa de Muhammad, que instaló una tienda junto a la tumba de su hermano Abd al-Rahmman para ocultar su llanto a los ojos de las gentes-, en donde recibirían a sus supuestos amantes. Ibn Abdun insta a que los agentes de policía registren los cercados que rodean algunas tumbas, ya que a veces se convierten en lupanares.[18] Cómo se habrá observado las mujeres utilizaban variados ardides para eludirá las normas que les trataban de imponer.

 

También ciertos elementos arquitectónicos sirvieron de vía de comunicación con el mundo exterior, es el caso de la ventana; de esta forma escapan, momentáneamente, de su triste encierro entre las paredes del hogar. Cristina Segura la menciona como un medio de relacionarse con el mundo que había extramuros de la casa: « Para todas ellas la ventana era un medio de comunicación con el exterior. Se consideraba que si una mujer honesta buscaba la ventana siempre era con malas intenciones, para entablar relaciones ilícitas.»[19]. También utilizaban las azoteas, así lo manifiesta una narración de al-Saqati, que nos refiere los lamentos de un pintor granadino por no ser almuédano: «Ojalá mi vida fuera la de los almuédanos, pues miran a quienes están en las azoteas. Y hacen señas o les hacen señas, por causa del amor, todas las amantes coquetas.»[20]

 

Como creo haber demostrado, las mujeres abandonaban el hogar familiar con más frecuencia de lo que se piensa. Pero estas salidas solían verse condicionadas por prescripciones. Ya he mencionado que se solía amonestar que salieran solas. Otra prescripción se dirigía a establecer como debería ir vestida la mujer al salir a espacios públicos.

 

Los moralistas cristianos y musulmanes coinciden en que debía salir cubierta, haciendo invisibles todas aquellas partes de su cuerpo que pudieran exacerbar la lujuria de los hombres. Incluso se recomienda que deben cubrirse el rostro, y esto último no sólo en el mundo andalusí.

 

Debido a la controversia que existe en la actualidad sobre el uso del hiyab (velo) por las mujeres musulmanas, es necesario hacer algunas precisiones. La costumbre de que las mujeres vayan veladas es, en el mundo árabe, un uso preislámico, era lo habitual en las tribus nómadas. Su fin era proteger a las mujeres del deseo que pueden provocar en el hombre y que pudiera llevar a éstos a agredirlas sexualmente. Habría que añadir que esta norma aparece en civilizaciones anteriores: al antiguo Egipto, Grecia y en la cultura judeo-cristiana. En el Corán se ordena su uso como signo de distinción de pertenecer a la nueva fe, y no en el sentido represivo respecto a la mujer.[21]

 

 En cualquier caso el uso del hiyab en al-Andalus parece que se reducía, casi exclusivamente, a las mujeres que pertenecían a una clase social elevada[22] y/o relacionadas con hombres de religión. Es más, en época de los almorávides lo más usual es que todas las mujeres, incluso las pertenecientes a las altas esferas sociales y de la nobleza, fueran desveladas, ya que eran los hombres los que se cubrían el rostro.

 

Como conclusión podría establecerse que, a pesar de todas las recomendaciones al respecto, el uso del velo no fue habitual en la mujer andalusí.

 

Mujer con hiyab

 

 

Continuará.....

[1] Cristianas y musulmanas en el medievo hispano, en J.L. Garrot y J. Martos (ed.) Cristianos y Musulmanes en el medievo hispano, Madrid, 2006

[2] La mujer musulmana y cristiana hace mil años, Madrid, 1073

[3]Eclesiastés 7, 26-28

[4] Eclesiástico 42, 12-14

[5] A este respecto véase la Política de Aristóteles.

[6] Manuel Fraijó Nieto, La mujer en el Nuevo Testamento, p. 161

[7] Corán, 33-35, traducción de Juan Vernet.

[8] Corán, 20. 118-119

[9] M. Fraijó, ob.cit., p. 169

[10] Carta a los corintios, 14-34-35

[11] I Carta a Timoteo, 2. 11-15

[12] Apuntes para el estudio de la mujer, en Actas de las segundas jornadas de investigación interdisciplinaria.

[13]Augus Mackay, ob.cit., p. 19

[14] Véase, Cristina Segura, Las mujeres en la España medieval, en Historia de las mujeres en España, p. 137

[15] Pierre Guichard: Estructura antropológica de una sociedad islámica en Occidente, p. 165

[16] Mª Jesús Viguera. La censura de costumbres en el Tanbih de al-Hukkan de Ibn al-Munasif, en II Jornadas de la cultura árabe e islámica, p. 598.

[17] Manuela Marín. Mujeres en al-Andalus, p. 235

[18] Ibn Abdun, Sevilla a comienzos del siglo XII. El Tratado de Ibn Abdun, trad. E. Levi Provençal y E. García Gómez, pp. 96-97

[19] Cristiana Segura, ob.cit., p. 193

[20] Pedro Chalmeta. El Kitab fi Adab al Hisba (Libro del buen gobierno del zoco), en al-Andalus, vol. XXXIII, p. 374

[21] Corán, 33-59

[22] Manuela Marín, ob.cit., p. 189

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 La legislación

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                                               Corán                                               Siete Partidas

Aún cuando en el marco legislativo hay muchas similitudes entre el derecho medieval hispanocristiano y el andalusí, es quizás uno de los campos en donde se precian unas mayores diferencias en cuestiones que influyen directamente en la vida diaria de la mujer.

En ambas legislaciones la discriminación de la mujer es notoria. No obstante hay que tener en cuenta que, en numerosas ocasiones, las normas jurídicas van por un lado y la realidad social por otro. En este aspecto se suelen imponer las “leyes” establecidas por el conjunto de la sociedad a las impuestas por el poder legislativo y/o ejecutivo.

El derecho andalusí no varía sustancialmente en toda su existencia; no es el caso del derecho medieval hispanocristiano. En los reinos cristianos se observan variaciones en el transcurso del tiempo, pero también en función de una determinada situación contractual, de un espacio geográfico determinado, o de la entidad que legislara. Eso sí, siempre discriminando a la mujer.

El Fuero Real o el Fuero de Sevilla (Alfonso X, siglo XIII) o el Fuero de Castiella[1]. Un ejemplo del cambio de legislación por intereses coyunturales es el que se efectúa con ocasión de las repoblaciones. En estos procesos se conceden unos derechos especiales a las mujeres, por ejemplo, el Fuero de Sevilla, pone como condición indispensable que el hombre ha de estar casado para poder ser repoblador; incluso hay mujeres que aparecen en el repartimiento de Sevilla con la categoría de pobladoras.

Existen varios campos en los que se observan diferencias: capacidad para llevar la iniciativa en pleitos, consideración como testigos, derechos sobre la independencia económica. En el primer punto reseñado hay una marcada diferencia. La mujer cristiana tenía seriamente mermadas sus facultades para presentar demandas judiciales; necesitaba el respaldo de un familiar – incluso si pretendía presentar una denuncia por violación. En el caso de estar casada, el marido era el único capacitado para defender y declarar en nombre de su esposa -. No pueden actuar nunca como personeras, como índica explícitamente el Fuero de Soria[2]. En ocasiones pueden actuar solas, pero sólo en cuestiones relacionadas con actividades exclusivamente femeninas.

Esta limitación de los derechos jurídicos de la mujer es herencia del Derecho visigodo, en el que sólo tenían el poder de reclamar sus derechos aquellos que eran capaces de defenderlos con las armas. La mujer, al ser considerada fragilitas sexua, queda desposeída de este privilegio.

No ocurre lo mismo en el ámbito andalusí, en donde la mujer tiene el mismo derecho que el hombre a la hora de plantear pleitos. No tiene necesidad de ninguna potestad, sea del padre o del esposo, para asumir sus derechos sus obligaciones, considerándose que tiene plena capacidad jurídica.

Era bastante frecuente que las mujeres andalusíes acudieran a los jueces a reclamar justicia. Un ejemplo de esta facilidad aparece en el libro de Aljoxani, en donde, de un total de cincuenta y tres pleitos, seis aparecen promovidos por mujeres.[3]

En lo referente al valor testimonial, la mujer andalusí podía aparecer como testigo en cualquier tipo de pleito, si bien su valor testimonial era la mitad que el del hombre. Esta minusvaloración del testimonio femenino está recogida en el Corán:

« Pedid testimonio de dos testigos elegidos entre vuestros hombres. Si no encontráis a dos hombres, requerid a un hombre y dos mujeres de quienes estéis satisfechos en los testimonios; si una de ellas yerra, la otra la hará recordar.»[4]

En los reinos cristianos –con algunas diferencias entre las coronas de Castilla y Aragón- la mujer era considerada, jurídicamente, como menor de edad. Solamente podía acudir como testigo en asuntos que hubieran ocurrido en los denominados “sitios de mujeres”: fuentes, hornos, filaduras, partos, etc. Esta limitación testimonial se refleja en las disposiciones que al respecto dictan los fueros de Soria, Úbeda, o el Fuero Real de España, por poner algunos ejemplos.

En cuanto a la independencia económica, la mujer andalusí se vio beneficiada por el propio texto coránico, en el que varias aleyas hacen referencia a la capacidad de la mujer para tener independencia económica, así como para disponer de sus bienes libremente. También les es reconocido el derecho de herencia, si bien sólo podían recibir la mitad de lo que correspondiese a los hombres.

En los reinos cristianos, con algunas excepciones, la mujer tiene limitados sus derechos económicos. En el sistema feudal no tiene derecho a la herencia. La casada no puede disponer de sus arras ni de su dote. Es cierto que aparecen numerosas mujeres en contratos de compra-venta, pero en la mayoría de los casos, en cuanto a la mujer casada, aparece acompañada de sus esposo, aunque hay algunas excepciones.

He mencionado que, en ocasiones, aparecen legislaciones con claras contradicciones en referencia a los derechos económicos femeninos; un ejemplo es el Fuero Real, como señala Cristina Segura: « Mientras que por una parte se considera que a las mujeres no pueden confiárseles mandas, recibiendo en este aspecto la misma consideración que los menores, siervos, locos, etc. Por el contrario, en otro lugar, se afirma que hay mujeres que pueden vender, comprar, contraer deudas, en resumen actuar con entera libertad en transacciones económicas; se matiza que éstas son únicamente las mujeres que tienen “mercadurias”. Ambas disposiciones son totalmente contradictorias…»[5]

La conclusión final es que la situación jurídica de la mujer hispanocristiana era peor, en relación a la independencia económica, de la que disfrutaba la mujer andalusí. A este respecto me parece muy interesante traer a colación una reflexión de Manuela Marín: «El contraste de los derechos económicos que la legislación islámica concede a las mujeres […] se hacía más patente a los ojos del observador exterior si se compara con las sociedades occidentales, en las cuales sus derechos económicos se habían visto sometidos a un proceso de deterioro imparable desde la Baja Edad Media.»[6]. En España este deterioro se ve claramente refrendado con la implantación del mayorazgo, que perjudicó gravemente los intereses económicos de las mujeres, aún cuando aparecen algunas de ellas como poseedoras de mayorazgos.

La religiosidad

            Es un hecho incontestable que la religión invadía, organizaba y dirigía la vida de los hombres y mujeres medievales. No obstante cabría preguntarse si los sentimientos religiosos de las gentes eran tan profundos como se piensa; y cuanto no había de elemento supersticioso en las prácticas religiosas. Son múltiples las quejas de clérigos y ulemas sobre el escaso fervor religioso de la población. Posiblemente, y sin llegar a los niveles actuales, la pertenencia a un credo religioso, no suponía, en muchos casos, la práctica diaria de ese credo.

            Ambas religiones coinciden en apartar, radicalmente, a las mujeres del derecho de interpretar los preceptos religiosos, ni siquiera a predicarlos. Las normas religiosas fueron creadas e impuestas por hombres. Una vez más la voz femenina es acallada.

            En el mundo islámico la mujer no puede hacer la llamada a la oración, ni ser imán; estas prerrogativas siempre estarán en manos masculinas. En el ámbito cristiano no puede ejercer el ministerio eclesiástico[7]. Tampoco podían fundar órdenes – la primera orden fundad por mujeres, contraviniendo el ordenamiento, fue la de las clarisas, creada por santa Clara en el siglo XIII. Es más, los conventos femeninos debían estar dirigidos por monjes, como establece el II Concilio de Sevilla (619). Consta que hubo movimientos en contra de esta obligada dependencia de la tutela masculina, un ejemplo es la negativa de la abadesa de las Huelgas en 1260, que no permitió que el abad de Citeaux ejerciera su derecho de Visita. Como no podía ser de otra manera la abadesa fue excomulgada.

            Como he mencionado la emisión del discurso religioso es monopolio masculino, la mujer queda totalmente excluida de la elaboración del pensamiento religioso. En este sentido ambas religiones están claramente influenciadas por la religión judía, que no permite a la mujer acceder a la asamblea religiosa. A pesar de todo, hay algunas excepciones, como la de Rasida al. Waiza, que se dedicó a viajar por al-Andalus predicando en el ámbito femenino.

            En cuanto a la práctica de la oración en recintos sagrados existen coincidencias entre las normas cristianas y las islámicas. Es norma común no permitir a la mujer menstruante que acuda al templo –esta prohibición ya aparece en el Levítico-, ya que en esta situación la mujer se encuentra en un estado de impureza que mancillaría, con su presencia, el recinto sagrado. En el mundo cristiano hubo voces que se alzaron contra esta prohibición. Dionisio de Alejandría, Gregorio I, pero no pudieron impedir que esta norma siguiere aplicándose.

            También coinciden ambos credos en la diferenciación sexuada del espacio dentro de los recintos religiosos. La justificación viene dada para evitar que los hombres no vean enturbiada su concentración por la presencia de mujeres; ya que si visión les llevaría más a pensamientos lujuriosos que a religiosos.

            En las iglesias deben establecerse lugares separados para hombres y mujeres –son numeroso los concilios que dictan esta disposición-[8]. También había separación en el momento de dirigirse a la iglesia. Gonzalo de Berceo (siglo XIII) lo describe en su Vida de Stº Domingo: « Ian para oírlas las yentes aguisadas/ Con pannos festivales sus cabezas lavadas, los varones delante e apres las tocadas.»

            Si esta separación espacial se impone en las iglesias cristianas, lo mismo ocurre en las mezquitas. En estas tenían sus propias pilas de abluciones, también disponían de galerías (saqifa), en donde estuvieran alejadas de los ojos de los hombres, en el caso de no disponer de estas galerías debían colocarse detrás de los niños, que a su vez se ubicaban detrás de los hombres.

Un aspecto de la religiosidad coincidente es el de las donaciones. Numerosos son los testimonios de cristianas que otorgaban donaciones, bien en pro de la salvación de su alma, bien para la fundaciones pías establecidas por mujeres. Por el otro lado son numerosas las mezquitas que se elevaron gracias a donaciones femeninas, incluso existe algún cementerio fundado por una mujer.

            En el islam no existe el estamento clerical, por tanto no es posible que se dé la figura de la monja. Existieron en al-Andalus, mujeres practicantes del ascetismo –con orígenes en Oriente datados en el siglo II/VII. Rabia al-Adawiyya era una esclava manumitida que se retiro al desierto practicando el ascetismo hasta su muerte en 185/801. En al-Andalus las primeras ascetas de las que se tienen noticia son al-Baha –hija de Abd al-Rahmman III, y Umm al-Hasan, mawla cordobesa. Este movimiento de ascetismo femenino se verá incrementado con la entrada en al-Andalus de la mística sufí, sobresaliendo durante los siglos XII y XIII.

            Posiblemente el ascetismo femenino andalusí, tendente al recogimiento, la continencia y la comunicación directa con Allah, tenga más puntos de relación con ciertos movimientos religiosos heterodoxos, como los de las beguinas[9], las beatas o las alumbradas, que con el estamento monjil. Hay un claro parecido entre el ascetismo femenino andalusí y estos movimiento religiosos cristianos. Ambas formas de vida religiosa se toman de forma totalmente voluntaria, lo que no ocurre en numerosas mujeres profesas de alguna orden, y en que se mantienen alejados de los estamentos oficiales-religiosos.

            Podría aventurarse que la mujer andalusí dispuso de una situación de mayor libertad con relación a la forma de llevar a cabo ciertas manifestaciones de religiosidad. Ninguna mujer andalusí fue obligada a adoptar determinadas formas religiosas, como, desgraciadamente, si ocurrió en numerosas hispanocristianas que fueron obligadas a ingresar en conventos en contra de su voluntad. El obligado retiro de la vida social atacaba dos elementos muy importantes de la libertad femenina: la de ejercer su religiosidad como deseasen, y el de abocarlas a una vida célibe posiblemente no deseada.

            Es sabido que muchas mujeres ingresaron en los conventos obligadas por sus familiares. Muchas niñas eran llevadas a los monasterios desde edad muy temprana –se constata el ingreso de niñas de cuatro años de edad-. Las causas de estos ingresos forzados son de distinta índole: ahorrase una boca ala que darle de comer, el no poder concederla la dote necesaria para casarse; otras eran viudas que no veían otra salida para sobrevivir, etc. No es desechable pensar que muchas mujeres optaran por el ingreso en un convento como medio de escaparse de matrimonios impuestos.

            Suzanne Fonay Wemple[10]: « el criterio más importante para la admisión en un convento era la riqueza y no la santidad. La cualidad más destacable de las abadesas del siglo IX era la astucia y no la santidad.»

            Que el ingreso no voluntario en un convento era algo más que frecuente, lo demuestran los numerosos intentos de fuga que había. También fueron frecuentes las rebeldías en contra de la castidad obligatoria: una de las formas más constatables de estas rebeldías en contra de la castidad obligada, son los numerosos testimonios que reflejan la práctica sexual dentro de los conventos, era más normal que excepcional.[11]. La implantación en la Península de las normas emanas del concilio de Trento, y la intransigencia contrarreformista del cardenal Cisneros, no hicieron sino empeorar la situación.

Monja con su amante. Cántigas

El trabajo fuera del hogar

            En alguna ocasión se ha mencionado que la mujer tuvo un escaso relieve económico. No es ese mi parecer. Hay que tener en cuenta que ya el trabajo doméstico implica en sí mismo una importantísima aportación al desarrollo económico de cualquier sociedad. Otra cosa es que el valor del trabajo femenino aparezca reconocido. Amén del trabajo doméstico, tenemos numerosas fuentes que nos aportan detalles sobre las variadas ocupaciones laborales extradomésticas que desarrollaron las mujeres en el medievo hispano.

            La economía de la Edad Media se basa en la agricultura. Dentro del campesinado se puede afirmar que la mujer realiza todas las actividades de producción relacionadas con la explotación agraria:

*      Puede participar en las sernas.

*      Participa, aunque quizás en menor medida que el hombre en el trabajo extrafamiliar-sirvienta, manceba, etc.

*      Ayuda al marido cuando este tiene un contrato temporal, como meseguero, yuguero, etc.

*      Efectúan trabajos pagados por día o a destajo: jornaleras, labradoras, vendimiadoras, lavanderas de conventos, etc. Otras se dedicaban a actividades que podíamos denominar comerciales: fabricación de cerveza, panaderas, carniceras.

Campesinas medievales

            En el mundo urbano se han podido constatar ocupaciones laborales realizadas por mujeres. Destaca que la gran mayoría de estos trabajos se desarrollan en los sectores secundario y terciario[12]. En términos generales la mujer hispanocristiana tuvo mayores posibilidades de acceso al mundo laboral, pudiendo realizar algunas actividades que les estuvieron vetadas a las mujeres andalusíes. Sobre estas últimas, Ibn Hazm nos ha dejado una relación de algunos oficios a los que se dedicaban las mujeres andalusíes: médica, aplicadora de ventosas, vendedora ambulante, corredora de objetos, peinadora, plañidera, cantora, echadora de cartas, maestra, mandadera, hilandera, tejedora, y otros menesteres análogos.

            Veamos con más detalle algunos de estos oficios practicados por mujeres. Posiblemente el trabajo más realizado por la mujer era aquél que tenía relación con la industria textil. El hilado es una actividad que se realiza, principalmente, en el propio hogar, por esto no es de extrañar que se una ocupación que realizaban la práctica mayoría de las mujeres hispanomedievales. El hilado se consideraba como una faena que identificaba a la que lo practicaba como una mujer honesta. En el islam, el hilado tiene un mérito religioso equivalente a la limosna. Otra actividad femenina, relacionada con la industria textil, era la de tejer paños, aunque en esta tarea es mucho mayor la presencia de mujeres cristianas que musulmanas.

            Otra actividad habitual era la de criada. En esta caso no sólo hay coincidencias en los trabajos que realizan las mujeres hispanomedievales, sino también en los modelos de contratos que se les hacían. En los dos casos el salario se solía dar al final del período de tiempo establecido en el contrato. Asimismo, además del salario estipulado, el patrón/a debía proporcionarle la manutención, el alojamiento, y vestidos. En algunos contratos de la zona cristiana se estipulaba incluso el fin que tenía el salario que no era otro que proveer a la moza la dote suficiente para que pudiera contraer nupcias.

            Como es de suponer las criadas provenían de las capas más humildes de la sociedad. Solían entrar al servicio a temprana edad –hay constancia de un contrato en donde un padre cede a su hija a los once años de edad-[13]. También es frecuente que las criadas fueran jóvenes que habían quedado huérfanas, siendo esta ocupación la única que les permitía sobrevivir.

            Ocupación bastante habitual era la de nodriza (murdi). Es interesante observar cómo, tanto en los reinos cristianos, como en al-Andalus, la relación que se establecía entre el niño amamantado y la nodriza conllevaba una especial legislación. En los reinos cristianos, la nodriza tenía la posibilidad de protestar ante los tribunales si se cometía alguna injusticia con el niño. En al-Andalus también se establece un vínculo especial, en este caso de sangre; ya que, por ejemplo, estaba prohibido el matrimonio entre un hombre y una mujer que hubieran sido amamantados por la misma mujer. Otro derecho que tenía la nodriza andalusí era el poder visitar a la persona que había amamantado.

Halima, nodriza de Mahoma, da el pecho a un niño huérfano

            Un sector en el que sólo se tienen evidencias de la presencia de las mujeres cristianas, es la artesanía. Aún cuando las mujeres tenían restricciones para el ejercicio de labores artesanales, por ejemplo no podían pertenecer a los gremios, se conservan numerosas fuentes que nos hablan de la presencia femenina en este sector. Es frecuente ver a viudas de artesanos que continúan las labores del esposo fallecido. También se constata la existencia de aprendizas – en algunos casos aunque no fueran hijas de artesanos-, como ocurre en Córdoba en el bajomedievo.[14]

            Con la artesanía está relacionado el comercio. En este sector hay una mayor presencia de la mujer cristiana que de la musulmana. Esto no quiere decir que no hubiera mujeres andalusíes, como veremos más adelante, dedicadas a tareas comerciales.

            El mercado, en los reinos cristianos, llegó a ser, con el transcurso del tiempo, un espacio mayoritariamente femenino. Encontramos referencias de vendedoras de pescado, de gallinas, candelas, leña, carbón, aceite, queso, y otros muchos productos. También se documenta la presencia de mujeres que ejercen de vendedoras asalariadas en talleres y tiendas de artesanos. Pero no se quedó ahí la inclusión de la mujer en el mundo mercantil. Muchas viudas de comerciantes, se hacían cargo de los negocios de su esposo, actuando como verdaderas empresarias; también se hacían cargo del negocio cuando el esposo se encontraba de viaje. Como indica Paulino Iradiel: « […] las fuentes notariales ponen en evidencia que en las ciudades, a partir de 1350, si no antes, una parte importante de la actividad productora y de la actividad comercial y hasta inversora estaba en manos femeninas.»[15]

            Se habrá observado que la mujer, en los reinos cristianos aparece, prácticamente, en todas las parcelas de la actividad comercial, tanto en el pequeño comercio como en el comercio a gran escala.

            La mujer andalusí tuvo limitada su presencia en actividades relacionadas con el comercio. No obstante no es cierto, como alguna vez se ha escrito, que estuviera totalmente excluida de estas actividades. Una doctrina de la escuela malikí – la de mayor implantación en al-Andalus- dicta que el marido no puede prohibir a la mujer que comercie, si puede prohibirle que lo haga fuera del hogar. Disponemos de fuentes que nos refieren mujeres que actúan como vendedoras ambulantes y corredoras de objetos (Ibn Hazm), o como la madre del poeta Ibn al-Labbana, que dirigía una tienda en la que vendía leche. También había mujeres que vendían en los zocos manufacturas realizadas por ellas mismas, sobre todo relacionadas con el hilado y los tejidos[16]. Un peculiar oficio, en alguna manera relacionado con el comercio, en este caso de esclavas, era el de alamina, que tenía como función vigilar que los mercaderes de esclavos no cometieran fraudes.[17].

            Otro oficio que practicaban las mujeres de ambas culturas era el de comadrona; trabajo exclusivo del sexo femenino, ya que los hombres tenían prohibido atender a las mujeres de cintura para abajo. El trabajo de comadrona (qabila) en al-Andalus tiene importancia legal, ya que los servicios de ésta podían ser requeridos por el cadí en casos relacionados con el repudio para verificar si una mujer estaba embarazada o no, testificar en el caso de que un niño muriera al nacer, o albergar en sus casas mujeres que estaban condenadas a presidio.

Comadrona

                También relacionada con la sanidad está la práctica de la medicina. En esta caso solamente las mujeres musulmanas lo podían ejercer, a las cristianas se les tenía prohibido ejercer la medicina – lo que no quiere decir que no hubiera “sanadoras”-, pudiendo ser acusadas, en caso de ejercer prácticas médicas, de realizar conjuros mágicos y por tanto ser acusadas de brujería.

            En al-Andalus las mujeres médicas tenían en algunos casos tal pericia que solían ser consultadas por sus homólogos masculino. Esto ocurrió con Umm Amr bint Abi Marwaní ibn Zuhr. Tal debió ser el prestigio que alcanzaron que el Concejo de Burgos, en 1484, permitía, como excepción, que las musulmanas ejercieran el oficio de médicas.[18] Otras médicas renombradas fueron Umm al-Hasan bint al-Tauyali, o Aisa bint abd al-Wahid. La mayoría de las mujeres que practicaban la ciencia médica eran hijas o parientes próximos de algún hombre que ejercía la medicina.[19]

            Existen dos actividades en las que sólo se registra participación de mujeres andalusíes. Ambas profesiones están relacionadas con la escritura. La primera es la de copista. Es notoria la fama que adquirieron las mujeres hispanomusulmanas por sus excelentes trabajos – de hecho algunas continuaron ejerciendo esta profesión en los reinos cristianos-. Debieron ser numerosas las mujeres andalusíes dedicadas a la copia de manuscritos; Abd al-Wahid al-Marrakusi nos cuenta que en el arrabal de Córdoba –en época omeya- había ciento setenta mujeres que se dedicaban a esta tarea, esto ocurría en un solo barrio, por lo que habría que considerar que el número total de copistas era bastante mayor. Otro oficio realizado solamente por mujeres andalusíes es el de secretaria (katiba), esta actividad no sólo la realizaban esclavas, también hay constancia de mujeres libres ocupadas en estos menesteres. Estas secretarias tienen una buena educación, conocimientos caligráficos y minuciosidad, así como conocimientos en la redacción de documentos oficiales, ya que no sólo se limitaban a copiar ejemplares del Corán, sino también se encargaban de escribir misivas, tanto particulares como oficiales.

Mujer copista

                En ambas culturas existía el oficio de plañidera. Este oficio, específicamente femenino, es reprobado por el islam, no lo prohíbe legalmente, pero a las plañideras se las impedía ejercer de testigo en un proceso judicial- igual ocurría con cantoras y prostitutas-.

            Profesiones de lujo de las mujeres andalusíes eran las de cantoras o danzarinas. Las mujeres dedicadas a estos menesteres estaban muy bien consideradas en al-Andalus –conocida es la importancia que le da la sociedad islámica a las artes relacionadas con la música-. Estas mujeres, amén del dominio de las técnicas necesarias para la ejecución de su profesión, solían tener una esmerada educación.

 

                                                          Cantoras                                Danzarina

 

Un caso muy excepcional en al-Andalus fue el de una mujer que actuó como alfaquí[20], me refiero a Umm al-Darda al-Suqcra (mediados del siglo VI).

He dejado para el final a las mujeres que se dedicaban a la prostitución. En al-Andalus hay constancia de la existencia de prostíbulos desde el siglo IV/X. Estos prostíbulos (dur al-jaray) debían ubicarse en lugares un tanto apartados  y perfectamente acotados, con el fin de salvaguardar las buenas costumbres, pero también como medio de poder ejercer un mejor control sobre ellos, sobre todo para facilitar la recaudación de los impuestos que se veían obligados a pagar.

En los reinos cristianos se produjo una numerosa legislación sobre el ejercicio de la prostitución. En esta leyes se regulaba desde el lugar que debían ocupar los prostíbulos, hasta la forma en que debían vestir las prostitutas, con el fin de poderlas identificar para que no pudieran confundirse con las mujeres honradas. La explotación de mancebías debió ser un lucrativo negocio, ya que aparecen como titulares, controlándolas directamente o bien dándolas en arrendamiento, las propias autoridades locales: la Corona y e incluso los cabildos catedralicios –como ocurría en Córdoba, en donde el cabildo era dueño, en época bajomedieval, de las mancebías de la Paja y de la Alfalfa-.

Mancebía medieval

Ambas sociedades nos muestran, en relación al ejercicio de la prostitución, su vertiente más hipócrita –un poco como ocurre en la actualidad-. Pos un lado se condena su práctica. Se aísla socialmente a las mujeres que lo practicaban. Pero, por otro lado, no tienen el más minino inconveniente en sacar provecho económico de la práctica de este oficio.

 

 

Continuará...

 

               



[1] Con respecto a los fueros mencionados véase, Cristina Segura. La mujer como grupo no privilegiado en la sociedad andaluza bajomedieval. Situación jurídica, en III Coloquio de Hª Medieval Andaluza. La sociedad medieval andaluza: grupos no privilegiados; José Manuel Nieto, La mujer en el Libro de los Fueros de Castilla, en Las mujeres en las ciudades medievales. Actas III Jornadas de Investigación Interdisciplinar.

[2] María Asenjo. La mujer y su medio social en el Fuero de Soria, en Las mujeres medievales y su ámbito jurídico. Actas de las II Jornadas de Investigación Interdisciplinar, p. 47

[3] La mujer andalusí, elementos para su historia. Dptº de Árabe e Islam de la UAM

[4] Corán, II.282

[5] Cristina Segura, La mujer como grupo no privilegiado en la sociedad andaluza bajomedieval. Situación jurídica, en III Coloquio de Hª Medieval Andaluza. LA sociedad bajomedieval andaluza: grupos no privilegiados, p. 234

[6] Manuela Marín, ob.cit., p. 314

[7] Véase, Partida I, título VI, ley XXVI: «Muger ninguna non puede recibir orden de clerecía, et si aventura veniese tomarla quando el obispo face las ordenes, débela desechar, et esto porque la mujer non puede predicar aunque fuese abadesa, nin bendecir, nin descomulgar, nin absolver, nin dar penitencia, nin judgar, nin debe usar de ninguna orden de clérigo, maque sea buena et santa. Ca como quies Santa María Madre de nuestro señor Jesu Cristo fue mejor et más lata que todos los apóstoles empero nol queiso dar el poder de ligar et absolver, más diólo a ellos porque eran varones.»

[8] I Concilio de Zaragoza (380), II Concilio de Braga (572),XI Sínodo de Salamanca (1457), VIII Sínodo de Jaén (1492)

[9] El movimiento beguino fue creado por María de Pignies (siglos XII-XIII)

[10] Las mujeres entre finales del siglo V y finales del siglo X, en Historia de las mujeres, vol. 2. Edad Media.

[11] Véanse varios documentos en Textos para la historia de las mujeres.

[12] Un detalle minucioso de las tareas realizadas por mujeres en el medievo hispano puede verse en, Cristina Segura, Las mujeres en la España medieval, en Historia de las mujeres en España, pp. 202-203, y en José Manuel Escobar, La mujer cordobesa en el trabajo a fines del siglo XV, en Las mujeres medievales. Actas III Jornadas de Investigación Interdisciplinaria.

[13] Rafael Jesús Salmoral, El acceso al mundo laboral y económico de la mujer y los jóvenes en Castro del Río a fines de la Edad media, en III Congreso de Historia de Andalucía. Andalucía Medieval, p. 439

[14] Mª Jesús Fuente, Mujer, trabajo y familia en las ciudades castellanas de la Baja Edad media, en En la España Medieval, nº 29, p. 194

[15] Familia y función económica de la mujer en actividades no agrarias, en La condición de la mujer en la Edad Media. Coloquio Hispano-Francés, p. 243.

[16] Ibn Abd al-Rauf, en su Risala, pide que se les dé a las mujeres un espacio propio para vender sus productos. En la Sevilla de Ibn Abdun, las bordadoras tenían un lugar en el zoco para vender los trabajos realizados por ellas mismas.

[17] Pedro Chalmeta, El Kitab fi abad al hisba (Libro del buen gobierno del zoco) de al-Saqati, en Al-Andalus, XXXIII, pp. 368-369

[18] Jardicha Candela, Perfume de libertad en al-Andalus, www.webislam.com, citando a García Bellido, La historia de la medicina de los siglos XIII al XV. Carmen Barceló, Mujeres campesinas mudéjares, en La mujer en al-Andalus, Actas V Jornadas de Investigación Interdisciplinaria, pp. 212.213

 

[19] Esta continuación del trabajo efectuado por los padres también lo observamos en las poetisas profesionales, que suelen tener en común la ausencia de hermanos varones y el pertenecer a una familia acomodada. Como era el caso de la famosa Walada

[20] Doctor en la ley islámica.

 


Si no conoces tu pasado no puedes proyectar tu futuro.

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 Educación y cultura

            Posiblemente en uno de los campos en donde se ve un mayor componente misógino sea en el terreno de la cultura; tanto en el acceso a la misma como en la participación en la vida intelectual. No obstante quizás sea en el ámbito cultural donde mayores diferencias existen entre el mundo cristiano y el mundo islámico, siendo éste último más receptivo a que la mujer accediera al conocimiento, en parte por indicación del propio Corán, que incide en la bondad de la cultura, tanto para el hombre como para la mujer, con el fin de tener una mejor compresión del mensaje divino. El islam considera la devoción al saber como devoción a Dios.

            Lo anterior no es óbice para que en ambas sociedades destacaran mujeres por su saber. Baste mencionar a Hildegarda de Bingen, Rosvita de Gandersteim, Cristina de Pisan, la poetisa Wallada –que escribió algunos poemas de corte netamente feminista-, Aisa bint Ahmad o Umm Hana.

            En la Hispania cristiana no fue fácil el acceso de la mujer a la educación, ni siquiera a la primaria. Desde san Pablo[1]  se mantiene el modelo de que la mujer no tiene necesidad de obtener conocimientos. Las únicas enseñanzas que debe recibir son las que le ayuden a ser obediente, casta, y a ejercitar las labores “propias” del sexo femenino: llevar la casa, criar a los hijos, etc. Hubo numerosos tratadistas y moralistas que se empeñaron en que a la mujer le fuera vetado el acceso al conocimiento. Para Fernández Pérez de Guzmán, la mujer no debe acudir a las escuelas, ya que su lugar es estar encerrada en casa; Felipe de Novara mantiene que a la mujer no se la debe enseñar a leer ni a escribir. Los escolásticos decidieron, en el siglo XIII, que el alma femenina no tenía las capacidades intelectuales que poseía la del hombre, por tanto sería incapaz de asimilar un conocimiento elevado. Alguna voz se alzó aconsejando que la mujer, de clase social alta, sí debía recibir alguna educación: Francesc Eiximenis o Stº Tomás de Aquino, son algunos, pocos, de los que defienden esta postura. Sólo el ingreso en un convento permitió a algunas acceder a los más rudimentarios elementos culturales. Fueron numerosas las monjas que aprendieron a leer, bastantes menos las que unieron a la lectura, la escritura.

            Si ya tenían difícil el acceso a las primeras enseñanzas, no digamos el poder llegar a cursar estudios superiores. Habrá que esperar al reinado de Isabel la católica para que nos encontremos con alguna mujer en los ámbitos universitarios: Teresa de Cartagena estuvo en Salamanca, Lucía Medrano recibe el título de catedrática de Elocuencia y Poesía latina. Pero estos dos ejemplos no son sino dos rarísimas excepciones.

            En al-Andalus parece ser que el acceso a la enseñanza fue bastante más fácil, sobre todo en la etapa inicial. Aún cuando había algunas fatuas que desaprobaban que las niñas fueran a las escuelas, numerosos alfaquíes entendían que era necesario que la mujer aprendiera a leer, sobre todo, y a escribir. Ibn Hazm nos dice: « Yo he intimado mucho con mujeres… porque me crié en su regazo y crecí en su compañía, sin conocer a nadie más que a ellas y sin tratar hombres hasta que llegué a la edad de la pubertad… Ellas me enseñaron el Alcorán, me recitaron no pocos versos y me adiestraron en tener buena letra.»[2]. La gran mayoría de las niñas, y también los niños, no pasarían de esta enseñanza primaria impartida en las escuelas coránicas. El acceso a estudios superiores sólo estaba en manos de las familias con los suficientes recursos económicos para poder pagar un profesor particular.

Musulnas recibiendo clase.jpg

Mujeres musulmanas recibiendo clase

A pesar de lo anterior si tenemos conocimiento de no pocas mujeres andalusíes que accedieron al nivel medio y superior en la enseñanza, sobre todo las provenientes de las clases altas y las esclavas. Es sabido que la mujer alcanzó la práctica totalidad de los campos del saber, todas las ciencias relacionadas con las letras o con las ciencias coránicas: Karima al-Marwa, m. 439/1070; en matemáticas Lubrina, yawari de al-Hakam II; la astronomía, la medicina, etc.[3]. Hubo, incluso, mujeres que recibieron de sus maestros laiyaza (facultad de enseñar): Ubayd Allah bint Qarluman (siglo IX), Fátima bint Muhammad ben Alí Saria (siglo X), Maryam bint Abi Yaqub (siglo XI), fueron algunas de ellas. Estas mujeres profesoras (adiva) enseñaron incluso a hombres, por ejemplo a Abu Bakr Iyyad ben Baqi, o el famoso sabio Ibn Arabi.

En mi opinión la mujer andalusí tuvo bastantes más facilidades que la hispanocristiana para acceder al conocimiento. Una labor muy relacionada con la cultura es la escritura, y bajo éste parámetro baso parte de mi afirmación. En la Hispania cristiana solamente aparece una obra literaria elaborada por una mujer, se trata de Duoda, condesa catalana, que escribió en el siglo IX un tratado de educación dedicado a su hijo. No volverán a aparecer autoras cristianas hasta el reinado de los Reyes Católicos: Teresa de Cartagena, Florencia Pinar, etc., siendo de destacar que la inmensa mayoría eran religiosas.

En al-Andalus, solamente entre los siglos VIII y XIV, aparecen más de cincuenta poetisas[4]. Y no sólo hay referencia de poetisas pertenecientes a la nobleza, o a las clases más elevadas; aparece documentada la existencia de una poetisas que era la hija de un vendedor de higos, Muhya bint al-Tayyani, que fue enseñada por la princesa omeya Wallada.

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Recreación romántica de Wallada

Visión de la sexualidad

            En la forma de entender la sexualidad es donde, posiblemente existan mayores diferencias entre el pensamiento cristiano y el musulmán. El discurso religioso islámico entiende que las relaciones sexuales son una necesidad física creada por Allah, por tanto el realizar el acto sexual es grato a sus ojos. El islam desaprueba el celibato, todo lo contrario que el cristianismo que lo ve como la forma más elevada de vida. La mujer ideal es la que conserva el celibato hasta el fin de sus días. Esta idea que al celibato un estadio superior espiritual se verá aumentada a partir de la implantación del culto mariano.

            No solo aconseja el islam las relaciones heterosexuales, sino que hay numerosas recomendaciones dirigidas al varón, para que éste no se preocupe solamente de su gozo, sino que intente buscar el placer de la mujer. Así queda reflejado en algunos hadices:

            « Cuando desees hacer el amor con tu mujer, no te precipites porque la mujer [también] tiene necesidades [que debe ser satisfechas]» (Alí)

            «Causas del amor y de dicha son que el hombre satisfaga la necesidad de la mujer más que la suya y anteponga, ante todo, el deseo de ella, puesto que lo corriente es que la mujer en esto le quede el fracaso y la desilusión, excepto accidentalmente y conduce a muchos daños en las que necesitan satisfacción.» (Ibn al-Jatib)

            «Cuando cualquiera de vosotros haga el amor con su mujer, que no vaya a ella como un pájaro; en lugar de eso él debe ser lento y pausado.» (anónimo)

            Esto no significa que el islam permita totalmente las relaciones sexuales; prohíbe taxativamente las relaciones extramatrimoniales[5], que tienen consideración de adulterio y son castigadas severamente.

Se ha dicho en numerosas ocasiones que el discurso religioso islámico preconiza las relaciones sexuales; todo lo contrario hace el cristiano. Desde los primeros momentos el acto sexual se ve como algo pecaminoso, desagradable a los ojos de Dios. San Agustín decía: « No conozco nada que rebaje más la mente humana de las alturas que las caricias de una mujer y la unión de los cuerpos.»; Odón, abad de Cluny (siglo X) mantenía que «La belleza física es aparente y no va más allá de la piel. Si los hombres vieran lo que subyace debajo, la visión de las mujeres sublevaría el corazón. Cuando no podemos tocar con la punta del dedo un esputo de mierda ¿cómo podemos llegar a desear abrazar ese saco de estiércol?». Sobran comentarios.

Incluso dentro del matrimonio el cristianismo ve el deseo sexual como pecaminoso. Tomás de Aquino establece en su Tratado del matrimonio, que si existe deseo de acto sexual se está cometiendo un pecado mortal. En las Penitenciales se indica que sólo existe una postura lícita, la mujer debajo, pasiva, sometida; cualquier otra forma de realizar el acto es pecado, pues busca solamente el placer[6]. En definitiva incluso dentro del matrimonio sólo aprueba el acto sexual que tenga como fin la procreación.

Quizás en lo único que coincidan cristianismo e islamismo en relación al sexo, es que la mujer tiene más apetencias que el hombre. Esta idea parece claramente influencia del pensamiento aristotélico, que argumentaba la insaciabilidad sexual de la mujer debido a tener un exceso de humedad en su cuerpo.

El matrimonio

            En las dos culturas tanto las actitudes, como las actividades de la mujer, quedan supeditadas a los deseos del esposo. La buena esposa es aquella que siempre está dispuesta a atender los deseos del marido, cuidarle, obedecerle, es decir aquella que acepta la total sumisión.

            Partiendo de la premisa anterior hay que mencionar las diferencias, tanto en el concepto que se tiene sobre el matrimonio, como en su institucionalidad y desarrollo. La visión contraria a la sexualidad provoca que, desde el cristianismo, se tenga una cierta actitud hostil hacia el matrimonio. Como he apuntado anteriormente es el celibato el estado de mayor pureza espiritual. En el islam el matrimonio es muy recomendado tanto para hombres como para mujeres. Esta recomendación estaría en consonancia con la desaprobación que el islam hace del celibato.

            El amor en pocas ocasiones era  el causante del matrimonio, y esto se puede atribuir a las dos confesiones. Eran más los intereses económicos, políticos o sociales de las familias las que propiciaban los pactos matrimoniales. Pocas posibilidades tenía la mujer para negarse a celebrar el matrimonio acordado por sus padres o parientes.

 

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Boda medieval

            La negativa de la mujer a contraer nupcias con el pretendiente elegido podía provocar que la mujer fuera desheredada. En ambas culturas hay intentos de que la voluntad de la mujer sea la que prime a la hora de elegir esposo. Pedro Lombardo (mediados del siglo XII) entiende que la voluntad de la mujer es imprescindible para dar validez al matrimonio. Ibn Mugit afirma que doctrina de Malik no permite que se pueda casar una virgen sin su consentimiento. Pero, desgraciadamente para el género femenino estos intentos se quedaron en eso, en intentos.

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Novia musulmana tras la celebración

                Una clara diferencia entre el islam y el cristianismo es que, en el primero, el matrimonio es un contrato civil; mientras que en el segundo – a partir del siglo XIII, cuando el matrimonio es sacralizado- es una unión religiosa.

            Dentro de los reinos cristianos existieron varios tipos de matrimonios:

*      De bendición, el efectuado por la iglesia.

*      Juras o furto, que se realizaba ante dos testigos con el sólo acuerdo de los contrayentes. Este tipo de matrimonio parece que fue el más utilizado entre las clases más desfavorecidas, entre otros motivos, porque para realizarlo no era necesario el permiso de ningún familiar.

*      Pública fama o de maridos reconocidos, simplemente reconocidos como públicos unas relaciones manifiestas de convivencia.

Otras relaciones que podemos considerar como matrimonios, eran las mantenidas por numerosos cristianos con mujeres sin que mediara entre ellos ningún tipo de acuerdo o contrato. El que hombre dispusiera de barragana, manceba o concubina era algo bastante usual, especialmente entre los miembros del clero.

Barragana y clérigo.jpg

Clérigo con barragana. Cántigas

      La barraganía fue un hecho social reconocido y aceptado. Frecuentemente se legisló para determinar los derechos de las barraganas, y de los hijos habidos en estas uniones, por ejemplo para otorgarles una herencia.

Como ya he mencionado el matrimonio era, básicamente, un acuerdo en el que, en muchas ocasiones, el elemento económico era el esencial. Esta base económica es la que establece que se realicen donaciones económicas. En la forma y sentido que tienen estas donaciones si hay una diferencia entre el mundo cristiano y el islámico.

En los reinos cristianos la mujer era la que aportaba la dote o ajuar, es decir era, en ocasiones, el mayor sustento económico de la nueva pareja. Esta obligación de aportación económica es la que provocaba que muchas mujeres no pudieran casarse, bien por ser huérfanas, o porque sus familiares no tenían los suficientes recursos económicos. En cambio el Derecho musulmán establece que es el novio quién tiene que aportar esa dote (acidaque), parte de la cual se entregaba a la familia de la novia, el naqd, a la hora de formalizar el contrato matrimonial, con la obligación de ser empleado en dotar a la mujer de un ajuar.

Es curioso que a la hora de establecer quién debe aportar la dote, el Derecho islámico esté más cerca del antiguo Derecho germánico, que establecía que la dote tenía que ser entregada por el marido, que las legislaciones de los reinos hispanocristianos.

La indisolubilidad del matrimonio católico podía ser superada en algunas ocasiones. A tal efecto se dictan normas en los concilios de Arlés (314), Agde (506), Verberíe (752) o Compiegne (757); eso sí, sólo puede ser solicitado por el hombre en caso de adulterio de la mujer, o si se quiere entrar en un monasterio. Inocencio I (siglo VII) permite el divorcio por adulterio de la mujer, Gregorio II (siglo VIII) permite el divorcio del marido, y su posterior casamiento, si su mujer está enferma. Por otro lado, el repudio por parte del varón era bastante usual. Cristina Segura así lo apunta: «La disolución era fácil y también un acuerdo entre familias sin que las mujeres tuvieran ocasión de opinar. Otro tanto puede decirse con respecto al repudio de las mujeres hacía el marido con entera libertad y la repudiada volvía a su familia […]»[7]

Mujer siendo juzgada por adulterio

En el islam el divorcio podía ser solicitado por el marido o por la esposa. El islam admite el repudio como mal menor – una hadiz dice: «El repudio es el acto permitido más odiado por Allah»

El hombre podía hacer tres clases de repudio:

1)      Revocable, la fórmula “yo te repudio” era pronunciada en una sola ocasión. El marido podía arrepentirse y anular el efecto de éste.

2)      Irrevocable, la fórmula se repite dos veces dejando entre ambas un período determinado de tiempo (la idda). Este repudio permitía a ambos esposos volver a contraer matrimonio si así lo deseaban.

3)      Irrevocable y definitivo, la fórmula se repite tres veces con intervalos de tiempo entre ellas. En este caso los cónyuges no pueden volver a casarse entre si, al menos que la esposa se hubiera casado con otro hombre y hubiera sido de nuevo repudiada.

No sería objetivo mantener que la mujer andalusí tenía la misma facilidad para divorciarse que el hombre. La mujer tenía que imponer una demanda, no bastaba con su simple deseo, como era en el caso del varón. No obstante eran numerosas las causas que podían alegar las mujeres para divorciarse, alguna de ellas bastante moderna.

*      Que le compre el repudio al hombre.

*      Incumplimiento de algunas de las cláusulas del contrato matrimonial.

*      Que se haga difícil o repugnante la vida marital.

*      Por ausencia injustificada del marido.

*      Enfermedad incurable (la escuela malikí, imperante en al-Andalus, añadió bastantes enfermedades susceptibles de ser causa de divorcio).

*      Malos tratos, incluso las injurias de palabra –lo que hoy denominamos maltrato sicológico.

*      Negligencia en los deberes conyugales.

*      Impago de la suma necesaria para mantener el hogar.

He dejado para el final dos cuestiones que han sido causa de polémica. También han sido elementos, que numerosos historiadores occidentales han utilizado para determinar que la situación de la mujer casada en los reinos cristianos era mejor que la de la andalusí[8]. Me estoy refiriendo a la poligamia y a la violencia doméstica.

En cuanto a la poligamia habría que señalar que el islam acepta que un hombre se case hasta con cuatro mujeres. Pero el Corán obliga a que se tenga con todas la más estricta igualdad de trato. Esta condición hace prácticamente imposible el cumplir, por lo que, de hecho, sólo es posible el matrimonio monógamo. La jurisprudencia islámica otorga a la mujer el derecho a exigir ser la única esposa en el contrato matrimonial. Incluso si no se hubiera establecido tal condición, la mujer tiene el derecho de no aceptar la poligamia, pudiendo autodivorciarse.

Si nos atenemos a la realidad y huimos de hipótesis basadas en planteamientos hipócritas, habrá de reconocerse que la poligamia también existía en la sociedad cristiana. Hubo denuncias de monjes que vivían con varias mujeres; un caso es el del prior del monasterio de Pompeiro, que tenía varias esposas[9]. Según los procuradores de las Cortes de Valladolid de 1322, la bigamia había proliferado en algunas regiones; otro tanto apuntan las Cortes de Bribiesca de 1387. ¿de cuántos hijos bastardos, incluso reyes, tenemos noticias? ¿No es poligamia tener una mujer desposada y una concubina?

En relación a la violencia doméstica, mucho me temo que la sufrían por igual cristianas y musulmanas, ese cáncer de la sociedad sigue, desgraciadamente, de total actualidad. Los que mantienen que el islam “santifica” el empleo de la violencia física contra la mujer siempre acuden a la aleya coránica que dice: « A aquellas de quienes temáis la desobediencia amonestadlas, confinadlas en sus habitaciones, golpeadlas.»[10]. Se olvidan, generalmente, que la mujer podía solicitar el divorcio si era maltratada. También se suele omitir las palabras del Profeta cuando aconseja el trato amoroso a las mujeres: «El mejor entre vosotros es aquel, que es el mejor para la mujer.». Ibn Abbas –uno de los primeros comentaristas del Corán, y que había conocido a Muhammad-, dijo que sólo se podía golpear a una esposa rebelde con una varita de siwak (empleada para enjuagarse la boca); otros mantienen que solo se la puede golpear con una brizna de paja. Hay muchos más ejemplos que demuestran que las indicaciones de la sunna van en contra del maltrato a la mujer.

Conclusiones

            Ambas culturas están muy influenciadas por la religión judaica, que tiene su máxima expresión en la Biblia, como por la filosofía grecorromana, y por tanto, por la sociedad patriarcal.

            La mujer será vista como un ser inferior, incapaz y que debe estar, en todo momento, supeditada a los deseos, órdenes y leyes establecidas por los hombres. En ningún caso podrá participar de las instituciones que dictan las normas de convivencia.

            Son más los puntos de semejanza que de diferencia entre la mujer hispanocristiana y la hispanomusulmana; no debemos ignorar los constantes préstamos culturales entre ambos mundos.

            A pesar del papel sumiso que se adjudica a la mujer, se puede observar como son numerosas las ocasiones en que ésta, de una u otra forma, intenta eludir este estado de dependencia con respecto al varón.

            En ambas culturas se observa el papel de sujeto activo de la mujer y su importancia en diversos ámbitos de la vida: la economía, la transmisión de la cultura y las tradiciones, etc. En definitiva las mujeres hispanomedievales fueron sujetos y no objetos pasivos, en el devenir del proceso histórico de la Edad Media hispana.

            En cuanto a la comparación de la situación de la mujer cristiana y la andalusí, es mi opinión, que la posición de esta última era ligeramente mejor. Me baso para esta afirmación en varios puntos:

*      La mujer andalusí tenía mayor facilidad para acceder a la cultura y la educación.

*      Dentro del matrimonio disfrutaba de unos derechos de los que carecía la mujer hispanocristiana, por ejemplo, podía solicitar el divorcio, mayor libertad a la hora de disponer de sus bienes, etc.

*      Mejor situación jurídica; la mujer andalusí tenía la potestad de presentar demandas en su propio nombre, algo que estaba vedado a la cristiana.

*      No le estaba prohibido el goce sexual. No olvidemos que mientras en la mentalidad cristiana el disfrute de la práctica del sexo era considerado pecado, en la musulmana era una acción grata a los ojos de Allah.

En definitiva, y como ya he comentado anteriormente, dentro de la situación de subyugación a que estaban sometidas; la mujer andalusí “disfrutaba” de una vid algo más acorde con la que sería de desear para cualquier ser humano.

           

           



[1] En la Epístola a los corintios, mantiene que si la mujer quiere aprender algo que le pregunte al marido.

[2] Ibn Hazm: El collar de la paloma, traducción de Emilio García Gómez, p. 167

[3] Véase, Nadia Lachiri, La vida de las mujeres en al-Andalus y su reflejo en las fuentes literarias, en Árabes, judías y cristianas. Mujeres en la Europa Medieval.

[4] Véase, Francisco López Estrada, Las mujeres escritoras en la Edad Medica castellana, en La condición de la mujer en la Edad Media. Coloquio Hispano-Francés; o María Jesús Rubiera, Oficios nobles, oficios viles. La mujer en al-Andalus, Dptº de Árabe e Islam de la UAM: La mujer andalusí, elementos para su historia.

[5] Aún cuando parece que eran frecuentes, eso sí, manteniendo la virginidad de la mujer. Un refrán andalusí es muy clarificador al respecto: «besa y pellizca pero deja el lugar del novio.», citado por Nadia Lachiri, ob.cit. p. 120

[6] Quizás por eso a esta postura se la conoce como “la del misionero”.

[7] Cristina Segura, Las mujeres en la España medieval, en Historia de las mujeres en España.

[8] Por ejemplo, Sánchez Albornoz

[9] Reyna Pastor. Para una historia social de la mujer hispanoamericana. Problemática y puntos de vista, en La condición de la mujer en la Edad media. Coloquio Hispano-Francés, p. 203.

[10] Corán, IV,34

 


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Espero que os haya gustado el artículo

Yusuf.

 


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Wooow increíble aporte. La verdad que el rol de la mujer en la edad media no es algo frecuentemente estudiado. Hace poco realice un video post en mi blog sobre el mismo tema. Si te interesa podrías pasar a sugerirme algunos datos para agregar. Te dejo el link: las mujeres en la edad media

Felicitaciones por tu aporte, podrías convertirlo en un pdf o algo así. Saludos!

 


Medina Arturo Fabián