El ocaso de Constantinopla

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Autor: P.abl.o, 13/Jul/2010 12:55 GMT+1:

El ocaso de Constantinopla

En el año 1453 concluye el periodo conocido como la Edad Media, desde la caída de la primera ciudad romana hasta el ocaso de la última. Dos protagonistas dirigirán la última escena de este periodo: Mehmed II y Constantino Dragases.

Nos encontramos en el año 1453 en la ciudad de Constantinopla, o Bizancio, o Estambul, encrucijada de dos mundos. Han transcurrido 1.000 años desde la caída de la antigua Roma (473 d.C.), y durante un milenio el Imperio de Oriente ha sobrevivido en solitario, enfrentándose a norte, sur, este y este. Las murallas de Constantinopla han resistido ataques búlgaros, germanos, rusos, persas, árabes e, incluso, de los cruzados cristianos. Muchos siglos han pasado desde su edad de gloria, en la que llegó a recuperar gran parte del antiguo territorio romano durante las campañas del general Belisario. Mas aquellos dominios (Italia, Grecia, África) se han perdido hace ya mucho tiempo. El Imperio Romano en el siglo XV es una sombra de su poder pasado: los dominios de su último emperador, el basileus Constantino Dragases, coinciden con los límites de la vieja Bizancio. El viejo Imperio se ha desvanecido tras siglos de guerras con el mundo.

Ahora, aprovechando la debilidad, el sultán del todopoderoso Imperio Otomano prepara las tropas para el ataque. Su nombre es Mehmed II. Asustado por el inmenso ejército que se cierne sobre su reinado, Constantino se apresura a pedir ayuda a sus aliados en Occidente. La respuesta es, como poco, comedida. La brecha religiosa entre Roma y Constantinopla aún sigue abierta: la eterna lucha entre la Iglesia Católica de Roma y la Iglesia Ortodoxa Bizantina. La ayuda del Papa a Constantino se limita a dos meras galeras, unos doscientos hombres. El 5 de abril de 1453, tras apoderarse del paso al Mar Negro, Mehmed avanza con sus tropas para rodear Constantinopla. El ejército otomano es inmenso: 80.000 soldados turcos profesionales, 12.000 de los cuales pertenecían al cuerpo de élite de los jenízaros, y 20.000 hombres sin entrenamiento militar: reclutas, renegados y mercenarios usados como carne de cañón. El ejército de Constantino apenas alcanza los 6.000 hombres. El sultán Mehmed promete a sus hombres tres días de saqueo y pillaje. Ahora, la única defensa de la última ciudad romana es la inmensa muralla de Constantinopla.

Mehmed conoce la solidad de las murallas enemigas: el eterno bastión, el sostén de los bizantinos durante los últimos mil años. Los mayores cañones son incapaces de atravesar sus rocas. Será necesario, pues, construir cañones mayores. El encargado de la mastodóntica tarea será un reputado ingeniero húngaro, de nombre Urbas. El inmenso cañón resultante es arrastrado lentamente hacia la ciudad, remolcado por cincuenta pares de bueyes y cientos de soldados. Frente a él, legiones de trabajadores alisan y preparan el terreno que atravesará la mole. Mientras avanza continúa la producción del nuevo modelo, inmensos hermanos de bronce destinados a la toma de Bizancio. Los disparos resuenan noche y día sobre los cielos de la ciudad, las eternas murallas aguantan envite tras envite, a un ritmo de siete disparos diarios por cada gigantesco cañón. Es cuestión de tiempo, y el basileus lo sabe. Y entonces, cuando todo parece perdido, unas velas aparecen en el horizonte, navegando por el Cuerno de Oro en dirección a la ciudad. Occidente, al fin, ha escuchado la llamada. Tres barcos genoveses navegan hacia el puerto bizantino. La inmensa flota otomana los persigue de cerca, intentando darles alcance. El viento amaina, y los barcos genoveses se ven obligados a combatir a sus enemigos. Al fin, cerca del anochecer, consiguen zafarse de sus perseguidores y llegar a la ciudad. La ayuda ha llegado.

Durante una noche, la esperanza vuelve a la ciudad sitiada. Occidente, al fin, ha respondido a su súplica. Más barcos llegarán de sus hermanos cristianos, junto con soldados y provisiones. Sólo deben aguantar. Mas, entonces, la genialidad de Mehmed se hace tangible. Hasta ese momento, el acceso a la bahía de Constantinopla, el Cuerno de Oro, ha permanecido sellada a los otomanos, custodiada por la inmensa cadena que cruza la bahía de extremo a extremo, impidiendo el paso a los barcos no deseados. Ahora bien, ¿que ocurriría si la flota otomana fuera transportada por tierra, cruzando las colinas que separan el mar del Cuerno de Oro? Esa locura, digna de Napoleón o de Aníbal, será la genialidad de Mehmed. Durante la noche, miles de soldados trasladan los barcos sobre sus hombros. A la mañana siguiente, los sorprendidos sitiados ven a la flota enemiga navegando hacia la ciudad. Ahora sólo la débil muralla menor, expuesta a los cañones, separa a los turcos de la ciudad (el dibujo a la derecha de este texto puede servir de ayuda para ilustrar la situación: es la inmensa cadena al sureste lo que Mehmed intenta evitar, cruzando con su flota el pequeño istmo que separa la bahía interior del mar exterior).

Día tras día, los cañones otomanos destrozan la muralla menor. Ocho inmensas brechas se abren entre las piedras y, día tras día, las tropas de Mehmed se lanzan al ataque. Y día tras día, durante seis agotadoras semanas, los otomanos son rechazados por los defensores. Las tropas cristianas rechazan valerosamente ataque tras ataque, defendiendo las murallas hasta el último hombre. Mehmed planea el ataque final para el día 29 de mayo. Constantino lo sabe: se prepara para el final. Una inmensa ceremonia se celebra en la iglesia de Santa Sofía: todos los cristianos, unidos, participan en la última misa. A la una de la madrugada Mehmed da la orden de ataque.

Los primeros en lanzarse al combate son los 20.000 reclutas de Mehmed. Vez tras vez son rechazados, mas las tropas bizantinas comienzan a mostrar signos de agotamiento. Tras ellos, Mehmed envía a los tropas de élite, los jenízaros. De nuevo, los soldados bizantinos aguantan el envite, rechazando las escalas y bloqueando el acceso a la ciudad. Contra todo pronóstico, parece que la ciudad resiste. Y, entonces, ocurre de la desgracia. La llamada Kerkaporta, una minúscula puerta menor en la muralla exterior, destinada al tráfico de peatones en tiempos de paz, permanece abierta. ¿Cómo ha sido posible? ¿Cómo han podido olvidar los defensores aquel pequeño acceso, aquella pequeña debilidad en la muralla? Los jenízaros, confusos, dudan, sospechando de una trampa. Al fin, uno tras otro, comienzan a entrar en la ciudad. Los defensores son sorprendidos por un ataque desde la retaguardia. Los gritos agónicos comienzan a extenderse por la ciudad: "¡La ciudad está tomada! ¡La ciudad está tomada!". Uno tras otro, los defensores comienzan a retroceder.

El combate continúa en el interior de la ciudad, pero ya está todo perdido. El basileus Constantino Dragases muere en las calles de su ciudad, luchando en primera línea contra sus enemigos. Las llamas se elevan sobre Bizancio, el saqueo comienza. Un imán proclama desde Santa Sofía, con el rostro hacia la Meca, el credo musulmán. Y así, a través de la Kerkaporta, las tropas islámicas entran en Occidente. Así muere el último emperador romano, así cae la última ciudad romana, así se desploma la gran cruz de Santa Sofía.