¿Era tan malo Robespierre?

20 respuestas [Último envío]
Bernardo Pascual
Imagen de Bernardo Pascual
Desconectado
Guardia Pretoriano
Desde: 22 Ene 2016

 Dime de qué alardeas y te diré de qué careces.

No hay nadie más racionalista que los alemanes, En Alemania no se puede entender el anarquismo. Cuando vienen a España se tiran por el balcón porque aquí no hay Dios. Si se levantaran un día y no hubiese policía, no se enterarían. La Gestapo se ha sobrevalorado. Cuan diferentes a nosotros, al menos hasta hace poco.

El Nietzsche español es Sancho Panza, el tío más vulgar. Tanta raza y no tienen sangre en las venas.

 


La democracia tiene un defecto congénito que se debe corregir desde fuera de ella: se declara la guerra cuando se es el más débil y se firma la paz cuando se es el más fuerte.

Bernardo Pascual
Imagen de Bernardo Pascual
Desconectado
Guardia Pretoriano
Desde: 22 Ene 2016

 Decía Nietzsche que el mayor defecto es la mayor virtud. En el caso de los alemanes, la inmoralidad. ¡Pero si él mismo era hijo de un cura!

En el de los españoles, sin embargo, la santurronería.

Robespierre, en ese sentido, también iba de santurrón. Hitler es más complejo. ¿Era un santurrón que iba de inmoral o un inmoral que iba de santurrón?

 


La democracia tiene un defecto congénito que se debe corregir desde fuera de ella: se declara la guerra cuando se es el más débil y se firma la paz cuando se es el más fuerte.

Lu
Imagen de Lu
Desconectado
Prefecto de Legión
Desde: 22 Ago 2010

Los fanáticos no van de nada, simplemente actúan cegados por su fanatismo. No creo que Robespierre se planteara quién era o quién quería que creyesen que era; desde fuera, sin fanatismos, puede parecer que hay todo un entramado teatral montado para hacernoslo más comprensible, pero yo no creo que estuviera estudiado, solo hacía y deshacía movido por el fervor "revolucionario".

 

Saludos.

Dmitri Donskói
Imagen de Dmitri Donskói
Desconectado
Legionario Inmunis
Desde: 20 Ene 2014

Creo conveniente diferenciar entre aquellas personas que tienen unas ciertas cualidades que les son características, un determinado perfil muy marcado, y aquellas otras que padecen megalomanía y enfermedades mentales

 

 Por cierto, Spengler podía tener una u otra ideología (eso del cesarismo como fase última de esplendor no recuerdo haberlo leído, aunque es probable que aparezca con otras palabras , en lugar de esplendor, cambiando parte de su sentido fundamental) en cualquier caso, Spengler podía tener unas ideas u otras, pero influyó en personas de muchas tendencias políticas. 

Como filosofía de la historia me parece más rica que la teoría del espíritu y de las sustancias de Hegel, por ejemplo. Eso de que el espíritu o fuerza vital y creativa pasa de unas civilizaciones a otras se parece a lo que defiende Spengler, pero en el caso de Hegel se trata de una noción menos definida y sobre todo menos documentada

 


 Vulnerant omnes, ultima necat

Santiago Pitarch
Imagen de Santiago Pitarch
Desconectado
Senador-Moderador
ModeradorColaboradorSocio MH
Desde: 5 Ene 2011

Os dejo un texto de Peter Watson.

Por cierto, Bernardo, los que se tiran de los balcones son los ingleses, no los alemanes. 

 

Una de las ideas que gozó de mayor repercusión en la Europa de posguerra
vio la luz en forma de libro en abril de 1918, en plena ofensiva Ludendorff,
movimiento que resultó ser decisivo en el contexto bélico occidental y en la que el
general Erich Ludendorff, jefe supremo de las fuerzas alemanas destacadas en
Flandes, fracasó en su intento de acorralar al Ejército británico en la costa
septentrional de Francia y Bélgica y aislarlo así de las otras potencias, pues no logró
otra cosa que debilitar sus propias fuerzas. Oswald Spengler, maestro de escuela
afincado en Munich, había escrito en 1914 Der Untergang des Abendlandes
(literalmente, 'El hundimiento de las tierras de poniente', traducido como La
decadencia de Occidente), a partir de un título que había ideado en 1912. A pesar de
todo lo sucedido desde entonces, apenas cambió una palabra del libro, que diez años
más tarde describiría en un alarde de modestia como «la filosofía de nuestro
tiempo».1
Spengler nació en 1880 en Blankenburg, a unos ciento sesenta kilómetros al
sur de Berlín. Sus padres eran poco dados a expresar sus emociones, y esta reserva
provocó en su hijo un aislamiento que parece haber sido fundamental en sus años de
formación. Este muchacho solitario creció con una familia de germánicos colosales:
Richard Wagner, Ernst Haeckel, Henrik Ibsen y Friedrich Nietzsche. Fue la
distinción que estableció este último entre Kultur y Zivilisation lo que más
impresionó al Spengler adolescente. En este contexto, puede decirse que quien mejor
representa el concepto de Kultur es Zaratustra, el observador solitario que crea su
propio orden a partir del yermo desierto. Por otra parte, el de Zivilisation podría estar
representado, digamos, por la ciudad de La muerte en Venecia, de Thomas Mann,
reluciente y sofisticada, pero también degenerada, decadente y corrupta.2 Otra
influencia digna de mención fue la que supuso el economista y sociólogo Werner
Sombart, que en 1911 había publicado un artículo, titulado «Tecnología y cultura»,
en el que sostenía que la dimensión humana de la vida era irreconciliable con la
dimensión mecánica: el reverso exacto de la teoría futurista. Según Sombart, existía
un nexo que unía el liberalismo económico y político con la «corriente desbocada del
comercialismo», cuyas aguas estaban empezando a engullir al mundo occidental. El
economista iba más allá y declaraba que había dos tipos de persona en la historia: los
héroes y los comerciantes. Los extremos de estos dos tipos estaban representados,
respectivamente, por Alemania y por Gran Bretaña.
En 1903, Spengler leyó su tesis doctoral, pero no se la aprobaron. Lo logró al
año siguiente, aunque en el sistema alemán, extremadamente competitivo, el fracaso
inicial le vedaba el acceso al más alto escalafón académico. En 1905 sufrió una crisis
nerviosa y pasó un año sin dejarse ver. Se vio obligado a ejercer la docencia en
escuelas, en lugar de en la universidad. Como quiera que odiaba enseñar en dicho
ámbito, acabó por trasladarse a Munich para convertirse en escritor a tiempo
completo. Ésta era a la sazón una ciudad animada, muy diferente de otros lugares de
carácter mucho más académico como Heidelberg o Gotinga. Múnich era la ciudad de
Stefan George y su círculo de poetas, de Thomas Mann, que estaba poniendo el
punto final a La muerte en Venecia, y de los pintores Franz Marc y Paul Klee.3
El momento definitivo para Spengler, el que desembocó directamente en su
libro, sucedió en 1911. Ése fue el año en que se trasladó a Munich, el mismo en que,
en mayo, zarpó hacia el puerto marroquí de Agadir el buque alemán Panther para
tratar de evitar que Francia se hiciese con el poder del país. Este enfrentamiento llevó
a Europa al borde de la guerra; con todo, Francia y Gran Bretaña lograron forzar la
retirada alemana. No fueron pocos los que se sintieron humillados, especialmente en
Munich, y Spengler se encontraba entre los más afectados.4 Sin duda consideraba
que Alemania y la forma de ser alemana eran diametralmente opuestas a Francia y,
sobre todo, a Gran Bretaña. Estos dos países encarnaban, a su parecer, la ciencia
racional que se había impuesto a raíz de la Ilustración, y por algún motivo estaba
convencido de que el incidente de Agadir representaba el fin de ese período. Había
llegado el momento de que los héroes sustituyesen a los comerciantes. Fue entonces
cuando se dispuso a acometer lo que sería su proyecto vital, el que presentaría a
Alemania como el país —y la cultura— del futuro. Había perdido, era cierto, una
batalla en Marruecos; pero no tardaría en declararse una guerra de la que saldría
victoriosa. Spengler creía estar viviendo un momento decisivo en la historia análogo
al que había descrito Nietzsche. En un primer momento, pensó titular su libro
«Conservador y liberal», pero cierto día observó en el escaparate de una librería de
Munich un volumen que tenía por título La decadencia de la Antigüedad y supo
enseguida cómo debía llamarse su obra.5
El autor de La decadencia de Occidente no era el único que había presagiado
el cambio que se avecinaba en relación con Alemania y, en general, con toda Europa.
En Francia y Alemania habían surgido movimientos juveniles que exigían una
renovación de sus países, y no eran pocas las veces en que se hablaba de intervención
militar. La impronta de Entartung, de Max Nordau, seguía siendo visible, y después
de casi un siglo sin un conflicto armado generalizado, no fue difícil que muchos
empezasen a hablar de los efectos ennoblecedores de una muerte honorable. Como
hemos visto, el propio Ludwig Wittgenstein compartía esta opinión.6 Spengler
recurrió a ocho grandes civilizaciones históricas —la babilónica, la egipcia, la china,
la india, la del Méjico precolombino, la clásica o grecorromana, la de la Europa
occidental y la mágica, término que acuñó para referirse a las civilizaciones árabe,
judía y bizantina— y expuso la manera en que cada una había recorrido un ciclo vital
de crecimiento, madurez e inevitable decadencia. Uno de sus objetivos era demostrar
que la civilización occidental no tenía ninguna posición privilegiada en este proceso:
«Cada cultura posee sus propias posibilidades de expresión propia que emergen,
maduran, decaen y nunca más vuelven a aflorar».7 Para Spengler, la Zivilisation no
era el producto final de la evolución social, como opinaban los racionalistas al
respecto de la civilización occidental, sino el estado de decrepitud de la Kultur. No
existía una ciencia de la historia ni un desarrollo lineal; sólo Kulturs individuales que
surgían y sucumbían. Además, la aparición de una nueva Kultur dependía de dos
factores: la raza y el Geist, 'espíritu', «la experiencia interior del nosotros». Spengler
estaba persuadido de que la sociedad y la ciencia racionales no eran más que indicios
del triunfo de la voluntad indomable de Occidente, que acabaría por derrumbarse
ante una voluntad aún más poderosa: la de Alemania. La fuerza de ésta se debía a
que poseía un sentido del nosotros mucho más desarrollado; Occidente vivía con la
obsesión de los asuntos «externos» a la naturaleza humana, como la ciencia
materialista, mientras que en Alemania era mayor la preocupación por el espíritu
interior. Eso era, a fin de cuentas, lo que importaba.8 Alemania, según su parecer,
podía equipararse a Roma, y los alemanes estaban llamados a conquistar Londres
como hicieron los romanos.9
La decadencia de Occidente obtuvo de inmediato un gran éxito comercial.
Thomas Mann comparó su lectura con el efecto que le había producido su primer
acercamiento a Schopenhauer.10 Ludwig Wittgenstein quedó anonadado al leer a
Spengler, pero Max Weber lo describió como un «diletante ingenioso y erudito».
Elisabeth Fórster-Nietzsche quedó tan impresiona con el libro que hizo todo lo
necesario para que le fuese concedido el Premio Nietzsche. Esto convirtió al autor en
una celebridad: llegó a tener una lista de espera de tres días para poder atender a sus
visitas.11 Incluso intentó persuadir a los ingleses a que leyesen a Nietzsche.12
Desde el final de la guerra y durante todo el año 1919, Alemania estuvo
inmersa en el caos y la crisis. La autoridad central se había derrumbado, empezaba a
extenderse una agitación revolucionaria importada de Rusia y los soldados y
marineros estaban formando comités armados a los que llamaban «soviets». Había
ciudades enteras «gobernadas», a punta de pistola, a la manera de las repúblicas
soviéticas. Finalmente, el Partido Socialdemócrata, la agrupación de izquierda que
instauró la República de Weimar, hubo de recurrir al Ejército, su viejo enemigo, para
que restaurase el orden. Lo lograron, aunque no sin una considerable brutalidad, que
se tradujo en miles de muertes. En ese contexto, Spengler se vio a sí mismo como el
profeta del resurgir nacionalista alemán, convencido de que el país sólo podría
salvarse mediante una economía intervencionista. Se veía en la obligación de rescatar
al socialismo del modelo marxista ruso para aplicarlo en Alemania, «un país mucho
más vital». Era necesario crear una categoría política nueva, por lo que conjugó el
prusianismo y el socialismo para fundar el nacionalsocialismo, movimiento que tenía
por función la de cambiar la «libertad práctica» de los Estados Unidos e Inglaterra
por una «libertad interior», «que supere el hecho de cumplir obligaciones para con el
todo orgánico». 13 Uno de los que se interesaron por esta teoría fue Dietrich Eckart.
Éste colaboró en la formación del Partido Nacionalsocialista Alemán de los
Trabajadores (NSDAP), asociación que adoptó el símbolo de la Sociedad
Pangermanista Thule, a la que había pertenecido Eckart. Este símbolo del «vitalismo
ario», la cruz gamada, adoptó por vez primera una significación política. Alfred
Rosenberg también era un fanático de la obra de Spengler, y se afilió al NSDAP en
mayo de 1919. Poco después, introdujo en el partido a uno de sus amigos, que
acababa de volver del frente. Se trataba de Adolf Hitler.


 


Lo único seguro es el cambio.

Santiago Pitarch
Imagen de Santiago Pitarch
Desconectado
Senador-Moderador
ModeradorColaboradorSocio MH
Desde: 5 Ene 2011

Lo de la fase de cesarismo lo he citado de Daniel J. Boorstin, "los pensadores" pero de memoria. Lo tengo en papel pero no aquí. De todas formas, puede que me falle la memoria y no sea el término exacto, pero sí la idea. En el texto anterior queda claro que el pronóstico de Spengler era que Alemania "revitalizaría" al resto de Europa con el tradicional método germano.

 

 


Lo único seguro es el cambio.

Dmitri Donskói
Imagen de Dmitri Donskói
Desconectado
Legionario Inmunis
Desde: 20 Ene 2014

Todo lo que dice ese texto sobre Alemania y la preponderancia del espíritu sobre el racionalismo francés no aparece, ni a retazos, en las más de 900 páginas de su obra. Puede que hable de eso en Prusianismo y Germanismo, obra posterior, que no he leído. Pero en la Decadencia habla solo de la civilización europea, no de los diferentes países que la componen. Si que dice, a veces, que los máximos exponentes de tal o cual fenómeno cultural europeo (como la arquitectura gótica) se encuentran en el este de Francia y sobre todo en Alemania, o pone a Alemania en el centro de lo que llama la civilización faustica, que es la europea en general, pero en ningún momento enaltece solo a Alemania para desprestigiar a las demás. No hay nada de anti-ingles en sus páginas, donde considera a Newton y a otros científicos y matemáticos ingleses dignos representantes de la cultura faustica, la que busca sin cesar nuevos horizontes y nuevas posibilidades.

 

Si vamos a utilizar falacias ad hominem, puedo decir que existió un intelectual y diputado español que leyó esa obra, dirigió su traducción del alemán e incluso escribió un prólogo para la edición española. Aunque no tiene nada de izquierdista, ni siquiera de progresista (en el sentido más actual del término, una vez alcanzada la democracia y las garantías constitucionales), tampoco se puede decir de él que defendiese a ultranza la dictadura ni las soluciones unilaterales. A los autores se les debe juzgar por su obra y no por sus vicisitudes vitales. Spengler influyó mucho y sobre muchos, uno de ellos José Ortega y Gasset.

 

Contrariamente a lo que se dice en vuestros textos y opiniones, la decadencia de occidente es una oda al relativismo y a la equiparación de culturas, todas puestas al mismo nivel e igualmente susceptibles de análisis. Lo que dice Spengler es que cada civilización ha ideado un mundo a su manera, ha desarrollado sus artes y sus Ciencias según esa relación con el mundo, ha vivido su época de esplendor y finalmente ha desaparecido. No creo que haya nada moralmente reprobable en ello

 


 Vulnerant omnes, ultima necat

Santiago Pitarch
Imagen de Santiago Pitarch
Desconectado
Senador-Moderador
ModeradorColaboradorSocio MH
Desde: 5 Ene 2011

Buenas, Dmitri. Precisamente hoy he estado leyendo la introducción de Ortega y Gasset. Yo, la opinión que tengo sobre Spengler es la que me he formado a través de la lectura de especialistas en filosofía de la historia e historiadores. Como este y Boorstin. Si tú me dices que están equivocados y que hacen un balance injusto del personaje, pues no te puedo replicar, porque yo no me he leído la obra original. No sería al primero que le cargan ideas que no son suyas.

Eso sí, que apoyó al nazismo y estuvo a punto de entrar en el NSDAP (finalmente no lo hizo) en innegable. Digo yo.

 

Un punto que tal vez me puedas aclarar es el de que pone a todas las civilizaciones en el mismo plano. Yo tengo entendido que, a diferencia de Toynbee (que todavía escribía tochos más inmensos) no realiza un estudio comparativo de civilizaciones, sino que concluye que cada una se ha de estudiar por separado porque no se transfieren más que tecnología entre ellas. Ello no equivale a ponerlas en un plano de igualdad, lo cual es muy diferente.

 


Lo único seguro es el cambio.

Santiago Pitarch
Imagen de Santiago Pitarch
Desconectado
Senador-Moderador
ModeradorColaboradorSocio MH
Desde: 5 Ene 2011

Ian Kershaw, "Descenso a los infiernos"

 

Sumamente influyente para el
fomento del pesimismo cultural fue la
obra de Oswald Spengler Der
Untergang des Abendlandes (La
decadencia de Occidente), cuyo primer
volumen apareció en 1918, justo antes
de que acabara la guerra (el segundo
aparecería cuatro años después). La
comparación laboriosamente
desarrollada por Spengler de las
culturas históricas utilizaba una analogía
biológica con los ciclos vitales para
sostener, en términos un tanto místicos,
que la cultura occidental estaba
condenada a sucumbir debido al impacto
del materialismo, que sólo podía ser
combatido por el poder de un estado
fuerte y unido en manos de una elite. En
1926 la clase media alemana había
llegado a comprar más de 100 000
ejemplares de esta enrevesada obra.

Una
lectura más fácil que la obra de
Spengler, pero que también fomentaba el
espíritu de pesimismo cultural y que fue
explotada por la derecha política, fue la
novela de Hans Grimm Volk ohne Raum
(Pueblo sin espacio), publicada en
1926, que daba a entender que la
superpoblación era la raíz de los males
económicos de Alemania, cuya
superación sólo podía lograrse a través
de una «lucha por la existencia» para
conquistar nuevas tierras (tierras que, a
su juicio, sumándose a la nostalgia del
imperio, se encontraban en África). La
novela llegó a vender más de 200 000
ejemplares entre 1926 y 1933, muchos
de ellos destinados, sin duda, a
partidarios del movimiento nazi en
expansión.
Sólo una minoría relativamente
pequeña de la población de 60 millones
de alemanes eran ávidos lectores de las
obras de Spengler o Grimm. Sin
embargo, no debería infravalorarse la
influencia de escritores como ellos, y de
otros autores que tuvieron oportunidad
de exponer sus teorías en los periódicos
o en otras publicaciones, o de
individuos, como los clérigos y los
profesores, que hacían de
«multiplicadores» de opinión. Ni
tampoco debería infravalorarse su
potencial para configurar actitudes que
pudieran ser popularizadas más tarde
por el fascismo.



 


Lo único seguro es el cambio.

Bernardo Pascual
Imagen de Bernardo Pascual
Desconectado
Guardia Pretoriano
Desde: 22 Ene 2016

 Los alemanes piensan y los españoles actúan. Por eso ellos nos llaman vagos y nosotros a ellos cabezas cuadradas.

 


La democracia tiene un defecto congénito que se debe corregir desde fuera de ella: se declara la guerra cuando se es el más débil y se firma la paz cuando se es el más fuerte.