Incinerar un imperio: bombardear Japón

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El_Jonan
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Guardia Pretoriano
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En diciembre de 1941 Japón declaró la guerra a los Estados Unidos y lo hizo de una forma que nunca sucedió ni que volvería a repetirse: mediante un bombardeo en su propio territorio, en su territorio natal, en su “casa”. Todo el país se sintió traicionado e incluso humillado por el ataque japonés a Pearl Harbor y ahora clamaban venganza, Japón debía pagar con creces este ataque y a partir de entonces los EE.UU se esforzaron al máximo en materia de guerra con el único propósito (aparte de derrotar a Hitler en Europa) de reducir el imperio nipón a cenizas. ¿Pero cómo?

Los norteamericanos estaban impacientes por empezar a bombardear las principales islas de Japón pero en los primeros años de guerra había un sencillo inconveniente, y es que no podía hacerse. En 1942 Japón dominaba absolutamente todas las islas y las aguas del Pacifico Oeste, limitando sus fronteras hasta Australia y el mar de coral por el sur y las islas Hawái en el Este. Corea y Manchuria conquistadas, China invadida y no se podía atacar desde Rusia por su posición neutral en este conflicto. Estaba claro que en caso de poder bombardear las islas natales de Japón algo debería de cambiar en el conflicto y hasta 1944 no hubo oportunidad.

 

Explosión del Arizona en Pearl harbor. Los norteamericanos no vieron saldada su venganza hasta que la mayoría de las ciudades japonesas no fueron destruidas.

La campaña

Desde el inicio de la guerra se había ido recopilando información para efectuar bombardeos provechosos. El territorio japonés reunía una serie de características diferentes  a otras naciones occidentales. Para empezar, la mayoría de las viviendas japonesas utilizaban mucho la madera y la paja incluso en las ciudades, donde las distintas fábricas estaban bastante dispersas y rodeadas de estas frágiles casas. En 1943 el personal de aire identificó como prioritarios ocho sistemas industriales en Japón, Manchuria y Corea y en Octubre se estimó que en solo 20 ciudades se concentraban el 22% de la población del país. El análisis más frio y polémico vino de la mano del Comité Incendiario Conjunto  que señaló seis áreas urbanas en la isla de Honshu (la isla más grande de Japón) que, de ser arrasadas en un 70% Japón perdería un 20% la capacidad de producción total. Las cuestiones humanitarias del asunto (dijeron encogiéndose de hombros) debían responderlas los responsables gubernamentales.

Dicho así suena sencillo pero 570.000 bajas civiles no es algo de tomarse a la ligera, los EE.UU no llegaron a esta decisión de la noche a la mañana. Mientras que Tokio era inalcanzable con 6.300km de distancia de Honolulu, Berlín estaba a 1.000km de Londres y la 8º fuerza aérea estadounidense llevaba a cabo ataques de precisión contra objetivos útiles como los militares o industriales y declaraban como inmoral el “bombardeo de zona” que practicaban los ingleses. Sin embargo, en la última fase de la guerra la impaciencia invadió a los aliados. Desde el soldado de las trincheras hasta los primeros ministros querían “acabar con el asunto” sobre todo porque en 1944 se veía que Japón no tenía ninguna posibilidad de evitar la derrota y entonces surgió la pregunta: ¿Por qué debemos obligar a los hombres a seguir muriendo solo porque los “japos” se negaban a aceptar la situación? A medida que el final se acercaba por la lejanía los escrúpulos fueron desapareciendo también en Europa y la 8º fuerza aérea comenzó a tener dificultades para distinguir entre civil o militar realizando ataques de carácter totalmente terrorista, atacando comunidades pequeñas y el tráfico de carretera. Si había poca piedad con la ciudadanía alemana con la japonesa la piedad desaparecía por completo a causa de un profundo odio alimentado por el ataque a traición a Hawái, el salvajismo con que los nipones trataban a los prisioneros de guerra, el trato a los pueblos sometidos y los nuevos ataques Kamikaze. Y para desgracia para los ciudadanos nipones las ciudades eran un objetivo estratégico indiscutible para que cundiera el pánico, los Americanos esperaban que, al igual que en Alemania, fuesen los propios ciudadanos quienes exigieran la rendición y acelerar el final de la guerra hasta el punto de no tener que desembarcar en Kyushu, ya que se estimaban nada menos que 1.000.000 de bajas hasta invadir todo Japón. Vistas estas cifras y hechos era importante que la fuerza aérea se convirtiese en una herramienta indispensable en esta última fase de la guerra y los Estados unidos iban a destinar al igual que a la marina de Ernest King millones de dólares y un gran esfuerzo para que esto fuese una realidad.

Extensión del imperio nipón en la primera mitad de la guerra.

El avión

En verano de 1944 ya estaba disponible el bombardero diseñado para arrasar Japón: el B-29 Superfortress. Fabricado por la Boeing este avión era tan avanzado que sus dimensiones, complejidad y la insolencia misma de su creación representaron monumentos a la riqueza, soberbia y la ingenuidad de los Estados Unidos. Este avión era el bombardero más grande de la historia. Para construir uno de estos monstruos eran necesarios unos 12.500kg de aluminio, 450kg de cobre, 15km de cables, 3km de tuberías y 600.000 remaches entre otros componentes y todo esto a un coste superior al medio millón de dólares; cinco veces más que un B-17 o un Lancaster.

El B-29 dió una nueva idea sobre capacidad, cargando más del doble de bombas que otros bombarderos.

Ahora bien, si era el doble de grande que lo normal también cargaba con el doble de bombas y llegaba el triple de lejos a más de velocidad. Las características de vuelo no eran la única innovación: Incorporaba el nuevo sistema de puntería por radar con el cual se podía apuntar al blanco deseado independientemente de las nubes o de la niebla además de ser una ventaja de noche. También incorporaba torretas defensivas teledirigidas; una con 4 ametralladoras y tres con dos. Cada torreta pesaba media tonelada, se movían eléctricamente y se apuntaban con miras en las ventanas con forma de burbuja. Por último, se trataba del primer bombardero presurizado del mundo lo cual significaba que la tripulación a altitudes superiores a 3000m no tenían que usar mascarillas de oxigeno además de disponer de calefacción.

Detalle de la cabina presurizada posterior donde se aprecian las literas de descanso para la tripulacion.

Este bombardero podía operar desde aeródromos de la India o de la China nacionalista para lanzar bombas sobre Japón y volver, tenia alcance para ello y el alto mando aliado dio luz verde para la nueva campaña. Los primeros B-29 de la 20ª fuerza aérea operarían desde la India.

Las primeras misiones

La primera escuadrilla llegó a India a principios de verano de 1944 y el 5 de junio se señaló para el estreno del “Superfortress” contra los talleres de ferrocarril de Bangkok. El resultado fue difícil de empeorar: de los 122 aviones diez estaban ya inservibles, catorce no pudieron despegar, dos se estrellaron a final de pista, trece regresaron antes de la hora, uno cayó por la defensa enemiga y otro se estrelló al aterrizar y para colmo solo 4 toneladas de bombas se acercaron al objetivo; una sola pareja de B-24 hubiese causado daños similares. Durante los meses siguientes, con un gran esfuerzo pero una precisión lamentable se ejecutaban ataques que apenas tenían impacto. Mientras tanto en China tras un esfuerzo hercúleo se construyeron pistas que, aunque de longitud y anchura suficientes no se adecuaban a los bombarderos. De una región donde las carreteras estaban sin pavimentar y los ciudadanos justamente conseguían para comer solo se pueden esperar pistas más acordes con aviones de madera y tela que con modernos bombarderos estratégicos. La logística era una pesadilla. Todo lo necesario se traía por otros B-29 (que pronto fueron reemplazados por C-109) desde la India atravesando el Himalaya, una ruta muy peligrosa donde se contabilizaron 450 aviones perdidos. A pesar de todo en Agosto iniciaron los ataques contra Japón en grupos reducidos, con riesgos mortales y resultados apenas apreciables.

Un B-29 del XXI. comando en aproximación final en una base en China.

En aquel momento el B-29 era muy nuevo y estaba “en rodaje” y como todo lo nuevo tenía fallos por todas las esquinas. Sus cuatro motores de 2.200CV aunque excelentes tenían tendencia a incendiarse y la unidad central de energía solía fallar a menudo, además de otros sistemas con funcionamientos anómalos o fisuras en las aleaciones. Todo esto, sumado a la enorme falta de experiencia de sus tripulantes (para muchos el B-29 era su primer avión) se traducía en que por cada “Superfortress” que destruían los Japoneses dos se estrellaban por accidente. En la siguiente gran incursión se enviaron 71 bombarderos a rumbo a la acería de Yawata donde dos se estrellaron durante el despegue, ocho se perdieron por complicaciones técnicas y cinco por la acción enemiga. El coste ascendió a 7,1 millones de dólares y decenas de tripulaciones muy valiosas.

Por desgracia, los accidentes en despegues y aterrizajes eran muy comunes.

Arrasar Japón como se estaba haciendo con Alemania era un objetivo de prioridad absoluta pero los fútiles resultados hacían el bombardeo a Japón como algo secundario, operaciones que no acelerarían un ápice el final de la guerra. Era evidente que la situación no debía seguir ese camino y, efectivamente, se le buscó remedio.

Llega el temible Le May

El 29 de agosto de ese año Le May llegó a la India para hacerse cargo del XX Comando de bombardeo. Curtis Emerson Le May natural de Columbus (Ohio) era un hombre inteligente que desde muy joven demostró una gran pericia técnica y dominaba las técnicas de pilotaje, navegación e ingeniería. En la guerra en Europa destacó como un oficial eficaz, impulsivo, valiente e innovador y se reveló como uno de los hombres más brillantes de la 8º fuerza aérea. Ahora llega como el general de división más joven del servicio donde todos sus logros anteriores se verán eclipsados por su ofensiva contra Japón que, más adelante, quedaría totalmente ligado con su nombre. Para conocer lo que estaba bajo su mando el 8 de septiembre voló como observador en una de las misiones del B-29 y, a pesar de ser un tipo optimista, quedó muy afectado por lo que vio. Le May evaluó sin ambages ni amagos el rendimiento del XX Comando de bombardeo y corrió a desarrollar nuevos programas de instrucción y nuevos métodos tácticos. Sin embargo la situación empeoró con una nueva ofensiva terrestre japonesa que conquistó varios aeródromos esenciales en territorio chino, Le May concluyó que era de locos continuar con las misiones en China e India y se lo hizo saber al alto mando.

Audaz e inteligente, Arthur Le May era el general más joven cuando asumió el mando en el pacifico.

Los superiores eran reticentes a abandonar los ataques desde las bases en Asia pero a finales de año se abrieron las posibilidades pues en las islas de las marianas (conquistadas en verano) se adecuaron aeródromos lo suficientemente equipados como para basar los XX y XXI comandos de bombardeo, los Estados Unidos por fin tenían bases por donde era factible atacar Japón de una forma efectiva y contundente. En Enero de 1945 Le May fue transferido al XXI Comando y asumió el control de los cuarteles de Guam. De ahora en adelante toda isla conquistada de seguido era invadida por niveladoras y Buldóceres para crear pistas de roca y coral. Se trabajaba tan rápido que cuando la primera ala de 180 B-29 llegó a Saipán todavía abundaban los japoneses rezagados.

Nuevas distancias aproximadas de los objetivos principales enemigos desde la recien capturada Tinian.

Sin embargo, incluso desde estas bases se presentaron serios problemas. El mismo 27 de Noviembre apenas terminadas las pistas y llegados los primeros bombarderos la base de Isley en las Marianas fue atacada por un ataque relámpago de dos G4M Hamaki  (conocidos como “Betty”) procedentes de Iwo Jima destruyendo un bombardero y dañando a otros 11, les siguieron cazas Zero que destruyeron otros tres y averiaron a otros dos. Esto puso en evidencia las escasas defensas del enclave y se apresuraron a desplegar un piquete de destructores como base de la alerta de radar temprana. A lo largo de los meses siguientes solo el 2% de los bombarderos acertaba en un radio de 300m del objetivo. Causa de estos resultados además de la instrucción y navegación deficiente son las corrientes de aire que se encontraban los aviones volando a gran altura sobre Japón: unas corrientes de aire de una potencia desconocida que sacudía los enormes B-29 y dispersaban las bombas a su antojo.

Tan pronto como las islas eran invadidas los trabajos de construcción y acondicionamiento eran realizados a una velocidad sorprendente.

 


Los más fuertes conquistaron la tierra. Los más duros dominaron los mares. Encima de todos ellos está el cielo, y solo los más osados tienen derecho a reclamarlo. Yo os concedo el dominio del aire ¡de ustedes depende conservarlo!

 

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Comienzan los bombardeos de zona

La gente de la fuerza aérea analizaban incrédulos los seis primeros meses operativos del B-29. Los altos mandos de la USAAF estaban obsesionados por asestar un golpe definitivo con el B-29 para justificar el coste desorbitado del programa y demostrar el poder estratégico de la fuerza aérea antes de que la Marina y el ejército completaran la derrota japonesa pero el bombardeo de precisión era totalmente ineficaz por lo que había que pasar a otro nivel. Si la mejor forma de destruir la base industrial del enemigo, dada la actual tecnología de navegación y puntería disponible era la de atacar las ciudades… pues que así sea.

Las formaciónes numerosas de B-29 serían tristemente comunes para los japoneses.

Para la nueva fase de dispuso de la bomba M-69. Eran bombas de 2,7kg que se arrojarían en grupos dentro de un cilindro que se abría a una altitud determinada, el Napalm de combustión lenta se esparciría en el impacto causando serios incendios en las endebles e inflamables casas japonesas. Para abrir el inicio de las nuevas misiones se planificó la operación “Meetinghouse”, la primera incursión incendiaria sobre Tokyo planificada para la noche del 9 de marzo de 1945. Cuatro aviones buscadores dirigirían la fuerza principal de 325 superfortalezas y como novedad el ataque se llevaría a cabo a baja altura (a menos de 3000m) para mejorar la precisión y evitar las corrientes de las altas capas de la atmosfera. Se cargaron los aviones entre 4.500kg a 6.400kg de bombas según la experiencia y sacrificando una tonelada de armamento defensivo en cada avión, ya que los encuentros con cazas era muy raros. A pesar de la enérgica negativa de las tripulaciones a volar tan bajo Le May no admitió cambios y el día 9 los despegues se sucedieron desde la tarde hasta el anochecer. La misión finalizó con un balance positivo: se arrojaron sobre la capital 496.000 bombas incendiarias en un ataque de tres horas de duración. Se perdieron solo 12 bombarderos dos de los cuales al aterrizar, 42 fueron dañados por los antiaéreos y se vieron muy pocos cazas japoneses.

Impresionante fotografia de cientos de bombas incendiarias en caida libre.

Aquella noche de marzo todavía es recordada por los Tokiotas. Un millón de personas sin hogar, un centenar de los casi trescientos parques de bomberos y otro centenar de las 250 instalaciones médicas corrieron la misma suerte. Durante el ataque fallecieron 100.000 personas. 4.000 hectáreas de edificios fueron arrasados de una ciudad de 7.000 hectáreas. La fuerza aérea consciente de las posibles críticas informó a los oficiales de que nadie afirme que la nueva fase se trata del bombardeo de zona. Un informe del XXI comando clarificó que “el objetivo de las misiones no era la de bombardear indiscriminadamente a la población civil, por el contrario, el objetivo era la de destruir los blancos industriales estratégicos concentrados en áreas urbanas.” En el sentido más literal y absurdo, esta afirmación era cierta. Sin embargo la prensa no se preocupaba de los japoneses, sabían que la Le May y su XX comando habían asestado un duro golpe atacando la ciudad y omitían o incluso aplaudían este hecho. Como se vio anteriormente había un sentimiento de terminar con la guerra con la idea de que el fin justificaría todos los medios, así si las bajas civiles en Europa empezaban a perder importancia las en Japón las bajas civiles ya no importaban lo más mínimo ni a los militares ni a nadie.

Debido a las intensas corrientes a altas altitudes los bombardeos de precisión requerian vuelos bajos.

El 11 de marzo los B-29 dejaron caer sus bombas sobre Nagoya que soportó mejor los daños pues no soplaba el viento que había alimentado las llamas de la capital. El día 13 y con menos suerte ardió Osaka con 20 kilómetros cuadrados en llamas, 3.000 muertos y medio millón de personas sin hogar. El 16 de marzo fue atacada Kobe matando a 8.000 personas y quemando los hogares de dos terceras partes de Kobenses. En estas tres misiones las bajas no llegaron a la docena de aviones, todas las bajas fueron por fallos mecánicos. Tras esta quincena el personal de tierra y vuelo estaban exhaustos, muchos aviones necesitaban puestas a punto y las bombas incendiarias escaseaban por lo que era necesario hacer una parada temporal tanto para descansar como para hacer balance de las cuatro grandes incursiones.

La tripulación observa los daños en su avión que realizó un torpe aterrizaje tras volver con daños.

Tras la evaluación de las cinco misiones la escala de destrucción resultó ser superior a la esperada. Se estima que causaron ocho veces más daño que el terremoto de San Francisco de 1906, un daño que en Alemania había llevado años. También se hizo patente la deficiente defensa aérea: los antiaéreos eran anticuados, los pilotos de caza unos novatos y los radares de los cazas nocturnos prehistóricos. Todo esto, sumado a que el B-29 daba cada vez menos problemas y que la base de las Marianas se estaba pertrechando mejor hizo subir enormemente la moral de todos en general. La fuerza aérea concluyó que mediante estos bombardeos masivos obligarían al imperio nipón a recapitular. Así es como esos cinco bombardeos fueron seguidos de muchos más visitando ciudades nuevas y destruyendo lo poco que se conseguía reparar en las ya visitadas. El éxito era tal que en los Estados Unidos la propaganda y la publicidad fue tan extensa que el propio Le May se sintió obligado a calmar esta locura pero el departamento de Guerra, el cual predecía que la guerra terminaría antes de navidad, advirtió a Le May (al igual que a muchos generales) que debía abstenerse de hacer previsiones o conjeturas de cara al público, sean positivas o negativas.

En las nuevas fotografías a color se podía apreciar la belleza de los aviónes en metal pulido en un cielo azul.

Contribuyendo al bloqueo

Ante la nueva posibilidad de alcanzar Japón la marina contempló la posibilidad de inutilizar la capacidad de producción japonesa. Al igual que los alemanes en la batalla del atlántico la marina estadounidense estaba desde Diciembre de 1941 estrangulando la industria japonesa mediante un bloqueo continental haciendo uso de las docenas e incluso cientos de submarinos basados en Hawai, Australia y posteriormente en Indonesia y Filipinas. Navegar por el mar amarillo infestado de submarinos en un mercante de bandera Japonesa era una lotería, solo que prácticamente había tantas posibilidades de llegar a puerto como de resultar hundido. Se había demostrado que durante toda la guerra la industria japonesa se ha visto lastrada por esta fuerza invisible y la Marina solicitó con insistencia que la fuerza aérea se sumase en esta lucha y pidió, más en concreto, que los B-29 dejasen de atacar las ciudades para dedicarse a colocar minas en las aguas jurisdiccionales de Japón en donde había muchos bajíos peligrosos para los submarinos y eran rutas relativamente seguras para los mercantes. Al  igual que en Europa los aviadores se mostraban reacios a abandonar sus misiones estratégicas independientes. Sin embargo y con cierto rencor  algunos aviadores de Le May cedieron, posiblemente por el miedo a que de no hacerlo la marina exigiría contar con una fuerza aérea propia de largo alcance con todo lo que ello supone.

Un B-29 lanza minas marinas en aguas japonesas.

De esta forma a finales de marzo y con la protección de la noche se llevó a cabo la operación Inanición, arrojando 900 minas con efectos terribles para los japoneses. Al no disponer de dragaminas el canal de Shimonoseki fue cerrado al tránsito una quincena provocando un descenso del 50% de las importaciones. A la postre esta crisis obligó al mando naval japonés a ordenar a los barcos de abastecimientos que se arriesgaran a recorrer el canal, el resultado lógico fue la de una avalancha de hundimientos. En total los B-29 lanzaron 12.000 minas marinas con las que hundieron el 63% de la pérdida total de buques japoneses durante su intervención. De haber continuado con las operaciones de minado reforzando el bloqueo los B-29 hubiesen aportado una contribución mucho más útil y menos destructivo para los habitantes  japoneses. La guerra ha demostrado más de una vez que resulta más fácil destruir las fuentes de suministro que las fábricas de cada ciudad, consiguiendo de esta forma una caída de la industria mucho más acelerada. Un buen ejemplo lo tenemos protagonizado por el submarino Flasher que, en diciembre de 1944 durante su quinta patrulla hundió 4 grandes petroleros (junto con dos destructores) que cargaban cada uno con 100.000 barriles. Teniendo en cuenta que aquel mes Japón había importado trescientos mil barriles, aquella acción del Flasher redujo por sí sola las importaciones petroleras en dos tercios; un hecho extraordinario.

Un B-29 aterriza en la pista de afilado coral de la isla de Tinian.

Por desgracia para los ciudadanos nipones en abril cesaron las operaciones de minado por parte de la USAAF. Era evidente que si los bombardeos se hubiesen llevado a cabo en 1942-43 o incluso 1944 el bombardeo hubiese sido decisivo, pero el bloqueo de la marina había hecho mucho daño para entonces y muchas de las fábricas bombardeadas estaban sin suministros o incluso estaban cerrados durante semanas o meses. Aunque la marina contribuía más a la derrota con el bloqueo, la fuerza aérea volvía a las misiones incendiarias. Aunque se camuflaban alegando que el objetivo eran las fábricas la fuerza aérea creía que no iba a haber una rendición a no ser que se llevase el terror y la destrucción al corazón de los ciudadanos japoneses. Las misiones incendiarias posteriores se realizaron con este propósito, es la única explicación lógica que queda.

Los daños en este B-29 provocaron una fuga de acite en el motor Nº3, obligandolo a regresar sin él.

Bombardeando hasta el final

El 13 de Abril se llevó a cabo el primer gran bombardeo desde el periodo de pausa y se hizo nuevamente contra Tokyo, más en concreto a su “área de arsenal” con 352 aviones. Posteriormente se volvieron a desviar de sus misiones incendiarias para bombardear los aeródromos de la isla de Kyushu como apoyo para la toma de Okinawa aunque el bombardeo no era lo suficientemente preciso como para infligir daños graves en las carreteras.

Bombarderos B-29 en vuelo con el monte Fuji de fondo.

Tras la captura de Iwo Jima cazas P-51 Mustang con depósitos desechables comenzaron a volar como escolta de bombarderos, sus comandantes esperaban desgastar a los cazas enemigos al igual que hicieron con la Luftwaffe en Europa. Pero al igual que todo en esta campaña los Mustang se encontraron con muchos inconvenientes y su éxito fue mucho menor. A esas alturas los japoneses habían dejado de organizar defensas aéreas numerosas por falta de combustible por lo que los encuentros con un avión japonés de cualquier clase era algo anecdótico. Con este panorama a los Mustang solo les quedó la alternativa de bombardear “objetivos de oportunidad” lo cual, no obstante, era muy costoso. Los monoplazas también demostraron ser muy vulnerables a la climatología y condiciones de la guerra en el Pacifico hasta un extremo alarmante. Los Mustang sufrieron muchas desgracias: El polvo y el fango creaba problemas técnicos, muchos paracaídas fallaban inexplicablemente con resultados letales y las misiones eran tan agotadores que se realizaban rotaciones de pilotos cada catorce o quince misiones. Al final de la guerra los Mustang derribaron 221 aviones japoneses pero se perdieron 114 Mustang en combate y 43 por deficiencias mecánicas, falleciendo 107 pilotos; una tasa mucho menos favorable comparada con el teatro europeo. Teniendo en cuenta que los B-29 demostraron tener una resistencia extrema a las ametralladoras japonesas y que las defensas tanto aéreas como antiaéreas eran ya muy reducidas el despliegue de los cazas debería calificarse como un error, ya que sufrieron demasiadas bajas para la simbólica aportación que realizaron para la victoria final.

Por desgracia, los accidentes seguían sucediendo.

Durante el mes de Mayo los bombardeos fueron tan intensos que se llegaron a contabilizar hasta 15.500T de bombas sobre únicamente tres ciudades. El 1 de Junio llegó a Osaka un enorme enjambre de 458 B-29 a gran altura donde se perdieron diez aparatos, la mitad por las defensas aéreas. Cuatro días más tarde atacaron Kobe, fue la última ocasión en la cual se detectaron números destacados de cazas enemigos. Y el 15 de Junio volvieron a Osaka de noche quemando unas trescientas mil casas. Para entonces la 20.ª Fuerza Aérea se estaba quedando sin objetivos por lo que los bombardeos comenzaron a apuntar contra ciudades menores y algunas refinerías. Le May comenzó el estudio de bombardear otros objetivos comprometidos con la logística desde carreteras y puentes hasta minas e incluso centrales hidroeléctricas pero antes decidieron empezar a concienciar a los ciudadanos (más todavía si cabe) de la situación. Así, los estadounidenses comenzaron a lanzar hojas volantes desde los bombarderos. En uno de los primeros mensajes se podía leer:

                “Lean esto con atención, porque puede salvar sus vidas o las vidas de parientes y amigos. En los días inmediatos, cuatro de las ciudades enumeradas en el reverso de esta hoja serán destruidas por las bombas estadounidenses. Los proyectiles se dirigirán contra las instalaciones militares pero, por desgracia, las bombas no tienen ojos… Pueden restaurar la paz si exigen líderes nuevos, válidos, que pongan fin a la guerra.”

El resto de los folletos llegaban a la misma conclusión: debían exigir al emperador poner fin a la guerra para evitar la inminente destrucción de sus hogares. En aquellos meses el resultado de la guerra era evidente para la mayoría de los japoneses pero todavía quedaban muchos que se aferraban a la esperanza.

Una formación de B-29 es atacada por un caza japones, cada vez menos frecuentes. Sin embargo,

Sin embargo, a pesar de la extrema dureza de las "Superfortalezas", los derribos por la acción enemiga eran lógicamente inevitables.

Esas dos misteriosas bombas:

 Cuando llegó agosto el panorama era esperanzador para las tripulaciones de las superfortalezas. Las bajas entre los bombarderos estadounidenses cayeron hasta un porcentaje de 0,3 por misión y el final estaba cada vez más cerca, pero había que llegar a ella. Las tripulaciones esperaban continuar con los bombardeos incendiarios hasta la rendición final, ya apenas había nadie que les hiciera frente y hasta entonces más de una treintena de áreas urbanas ardieron a satisfacción del mando estadounidense. El plan era continuar con el mismo plan, pero pronto los acontecimientos cambiarían de forma inimaginable.

En los últimos días de Julio el crucero pesado Indianapolis, un veterano que participó prácticamente en todas las grandes batallas navales del Pacífico, Arribó a Tinian con una valiosa carga: dos bombas atómicas. Una de ellas era relativamente pequeña, una especie de  “cubo de basura con aletas” al que se le bautizó con el sutil nombre de “Little boy” (El pequeño), el otro en cambio era más grande por su contenido de plutonio en lugar de uranio; fue bautizado como “Fat man” (El gordo). Ambas bombas aunque diferentes constituían una nueva forma de destrucción que empleaba la energía liberada de algo tan pequeño como los átomos. Según la información recibida de las pruebas la explosión una sola de esas bombas podría causar la misma (o más) destrucción que una incursión de más de 300 bombarderos. Para los tripulantes era algo estupendo, ¿pues por qué enviar al combate a medio millar de pilotos cuando diez en un solo avión pueden hacer el mismo trabajo? Desde su punto de vista eran beneficios por todos los lados.

Las dos famosas bombas: Little boy (arriba) y Fat man (abajo).

El día 6 de Agosto el Enola Gay, tras garabatear la bomba con improperios subidos de tono contra Hirohito, partió desde Tinian hacia Hiroshima donde se supone que no hay prisioneros estadounidenses y que no fue bombardeada duramente. Las instrucciones eran muy claras: en caso de que algo fuese mal los japoneses bajo ningún concepto debían saber el cargamento del avión y en caso de no poder volver la bomba debía desaparecer aunque sea bajo el mar con tal de que los japoneses no lo estudiasen. Sin embargo tales precauciones no hicieron falta y la bomba fue lanzada sin problemas (y sin oposición aérea) sobre Hiroshima, haciéndola desaparecer en un enorme hongo nuclear cuya sola imagen cambió el mundo. Setenta mil casas fueron destruidas y se calcula que murieron unas 60.000 personas a las que, desgraciadamente, muchos más les seguirían durante los años posteriores. Tres días más tarde el Bock´s Car despegó hacia el que sería el segundo objetivo: Kokura. Sin embargo cuando llegó Kokura se encontraba inmersa en una espesa niebla que impediría una observación detallada de los daños por lo que se dirigió hacia Nagasaki, su objetivo secundario. La visión era perfecta, lanzaron la bomba y esta detonó, matando a unas 30.000 personas y envenenando a muchas más.

La imagen que cambió el mundo: el homgo nuclear de Hiroshima.

Aunque parezca increíble el lanzamiento de las bombas apenas estuvo controlada por las ramas superiores, es más, la segunda bomba se lanzó sin contar con ninguna directiva del gobierno: se utilizó porque sencillamente la tenían ahí y estaba lista. Durante toda la campaña de los B-29 el máximo responsable de cómo desarrollar la campaña no era el gobierno, ni el jefe del estado mayor, ni tan siquiera el alto mando de la USAAF, era el mismísimo Le May. Cuando Curtis Le May asumió el mando del XX comando de bombarderos le informaron de los objetivos y de los medios que tenía a su alcance, pero no le dijeron ni el cómo, cuándo ni dónde. Todo se dejó a su libre albedrío y durante la campaña nadie sugirió que alterara sus directrices, y como sus métodos funcionaban nadie se molestó en oponerse ni a los bombardeos de zona ni a los ataques indiscriminados a civiles. Para agosto de 1945 más de setenta ciudades fueron bombardeadas calcinando a cientos de miles de personas. Dada la dinámica que se llevaba en esa campaña ¿Merecían esas bombas una atención mayor de la que tuvieron? A primera vista no, pero las trágicas consecuencias desconocidas entonces lo demuestran afirmativamente hasta tal punto que incluso hoy día se debate si debieron lanzarse. Como acierto o como error fatal las bombas ya se habían lanzado y es indudable que aceleró la rendición japonesa, que al fin y al cabo era lo importante.

Balance: pérdidas y ganancias

Una vez finalizada la campaña es hora de evaluar los recursos utilizados y de repasar lo que se ha aprendido. Al finalizar la guerra las Superfortalezas habían atacado setenta y seis ciudades japonesas, muchas de las cuales desaparecieron casi en su totalidad. Aunque las estadísticas no sean muy fiables se calcula que el bombardeo incendiario había matado a al menos 300.000 personas y dejado sin hogar a una cuarta parte de la población urbana del país. La 20ª fuerza aérea por su parte había perdido 414 bombarderos de los cuales solo 148 se debieron a la acción enemiga, otros 151 se perdieron por “causas operativas” y 115 por causas desconocidas, otros 87 aparatos quedaron destruidos durante la instrucción de las tripulaciones. A bordo de estos aviones se perdió la pista de 2.822 aviadores de los cuales 363 lograron regresar de los campamentos de prisioneros, al resto se les da por muertos o desaparecidos. Se calcula que el coste global de la campaña fue de cuatro mil millones de dólares que, aunque parezca caro, es una gota de mar comparada con los trescientos treinta mil millones de coste total de la guerra estadounidense.

El B-29 y su campaña fueron apoyados y elogiados en todo momento por la prensa aliada.

A pesar del tremendo coste y los escasos resultados iniciales se puede concluir que la inversión en la nueva flota de bombarderos estratégicos “superpesados” fue un acierto, y Le May fue recompensado con un ascenso y condecoraciones por convertir la nueva fuerza aérea en una realidad. El objetivo de esta campaña no era sólo para bombardear Japón sino que se hacía pensando en la fuerza aérea que tendría los Estados Unidos después de la guerra, una era de incertidumbre de nuevas hostilidades y nuevas alianzas. La evolución y el dominio tecnológico estadounidense permitieron terminar la guerra con las máquinas más eficaces del mundo y por supuesto la fuerza aérea no era una excepción. El bombardeo de Japón fue el campo de batalla donde pulieron y perfeccionaron un ala de bombardeo con gran potencial logrando así una fuerza de largo alcance insuperable por cualquier otra fuerza aérea del mundo durante muchos años.

El último B-29 en condiciónes de vuelo. Hoy en día el "FIFI" está siendo nuevamente restaurado.

 


Los más fuertes conquistaron la tierra. Los más duros dominaron los mares. Encima de todos ellos está el cielo, y solo los más osados tienen derecho a reclamarlo. Yo os concedo el dominio del aire ¡de ustedes depende conservarlo!

 

efe1
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Desde: 20 Oct 2010

Hola, muy buen informe, otro más....

Pero no creo que con todos esos bombardeos- especialmente a Tokio- los japoneses se hubieran rendido sin luchar palmo a palmo en todo su territorio. Iwo Jima y Okinawa fueron pequeñas muestras de lo que hubiera pasado en una invasión a la isla principal.

Claro, las cosas cambiaron con las dos bombas atómicas, ahí Japón vio que no tenía sentido seguir luchando.

Saludos.

 


Carabina a la espalda y sable en mano.

Eljoines (not verified)
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Excelente trabajo, solo una pregunta, ¿los japoneses no hicieron como los alemanes, preparar una fuerza específica para hacer frente a los bombardeos de Japón?.

 

 

saludos

El_Jonan
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Guardia Pretoriano
Desde: 17 Sep 2009

Tenían un sistema defensivo pero no pasaba de ahí. La potencia de fuego de los Zero contra los B-29 era ridicula y los nuevos cazas pesados bimotores aunque excelentes iban equipados con un rádar de lo más primitivo sin contar la carencia de pilotos experimentados, combustible y demás recursos.

Ondo joan.

 


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