La Vergüenza de la Isla de Savo

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eljoines
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La Batalla de la isla de Savo, vergüenza y derrota

El Capitan Howard D. Bode observaba desde el muelle que hervìa de actividad como su buque, el acorazado USS Oklahoma, simplemente comenzaba a mostrar su quilla y asentaba la superestructura en el fondo. Nadie sabe lo que en esos dramáticos instantes pasaba por su cabeza, ¿vergüenza por no estar en su mando?, ¿alivio por salvar su vida?. La amargura que se expandía en su boca se mezclaba con el penetrante olor a fuel oil incendiándose, el blanco uniforme estaba manchado con hollín, sangre y pólvora, pero su honor tenía una mancha aún mayor, para la eternidad y completamente indeleble.
Muchos marinos del USS Oklahoma fueron condecorados, incluso un cocinero de color pasó a la fama por su heroica defensa del barco frente a los incursores del Sol Naciente, mientras él, el mismísimo capitán, lleno de galones y arreos, ni siquiera se mojó los pies, estaba descansando en tierra.
Lo cierto es en la Base Naval de Pearl Harbour, ese 7 de Diciembre de 1941, (“el dia que vivirá en la infamia” como lo designara ante el Congreso esa misma tarde el Presidente Franklin Roosevelt), comenzó a forjarse un drama que terminaría trágicamente con la carrera y la vida del destacado marino.

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¿Como sigue la vida para un marino sin su buque? ¿Cómo puede reencauzar la misma si ni siquiera tuvo la chance de hundirse con su nave?. En la historia de la Marina de los Estados Unidos, ningún oficial podía aspirar a honor mayor que comandar uno de los poderosos acorazados de la Flota del Pacífico, ahora, esa flota está devastada, cuatro de esos otrora inhundibles buques yacen en el fondo de la base y otros tantos tienen meses de reparaciones por delante.
La Marina sin embargo, fue dulce y comprensiva con Howard Bode, en corto tiempo recibe el mando de un crucero pesado, el USS (United States Ship) Chicago, lo cual para el significó un mazazo a su orgullo ya que, pasar de comandar al rey de los mares a ser el jefe de un crucero de un tercio el poder nominal de su anterior mando, no podía interpretarse de otra forma, en realidad, no habían muchos oficiales de experiencia, por ello y solo por ello, siguió comandando un buque en vez de un escritorio en San Diego.
Asì las cosas, hubo de adaptarse a dejar de ser el depredador absoluto de las aguas a ser uno mas de los habitantes de esa jungla azulada, podìa cazar, pero sin dudas ser tambien cazado.
El destino, si tal denominación merece ese “noseque” determinante de los hechos que rigieron su vida, nuevamente se emperró con su persona y quiso que, en la primera oportunidad de demostrar su valía, él mismo estuviese otra vez en tierra, lejos del comando de su buque.
En la noche del 31 de Mayo de 1942 Howard Bode estaba en la Bahía de Sydney en Australia, noche húmeda y oscura, su nuevo comando, el crucero USS Chicago esperaba un apacible descanso por lo que decide bajar a tierra
Un trago no vendría mal – pensó – Tras entregar el mando del anclado navío a su segundo baja caminando, meditando, odiando a su buque y a Dios sin saber que este último aun tenía muchos planes para Howard Bode. Envuelto en la silenciosa neblina del muelle, se dirige al cercano Cuartel de Inteligencia Naval para asistir a una cena que daba el Contraalmirante Muirhead-Gould de la Marina Real Británica, una cena muy bien regada por excelentes vinos shiraz australianos.
Su mente viajaba del Oklahoma a sus años en la Academia Naval, de sus dias como agregado naval en Oriente a la incomodidad y estrechez de su cabina en ese odiado crucero…quizás…quizás las cosas puedan mejorar, mientras tanto, despejar la cabeza en este puerto alejado puede ser una excelente idea.
Sin tener conciencia de la importancia que su accionar iba a tener en Bode, el Oficial Piloto de la Marina Imperial Japonesa Susumo Ito a varios kilómetros de distancia descansaba con la tranquilidad de haber cumplido su misión horas antes.
El médico del Submarino I-21 le había recomendado descansar por su traumática experiencia del día anterior cuando al amanecer despega en su hidroavión desde el mar tras ser colocado en ella por los aparejos del sumergible japonés.
Volando a un par de cientos de metros de altura, debía confirmar la presencia de buques de guerra en Sydney. Apenas las primeras doradas luces del sol aparecen sobre el sector del muelle, divisa lo que indudablemente es un buque de guerra, con 4 torres, dos a proa y dos a popa, con cañones pesados, las sombras que aun reinan en esa zona recortan la silueta del mismo, pero no puede ser otra cosa que un acorazado británico, ya que los informes que llegaron meses atrás sobre el ataque a Hawai daban cuenta de la destrucción completa de la flota norteamericana. Confirmó sus suposiciones con su observador y concluyeron que se trataba del HMS Warspite, acorazado de Su Majestad Británica.
Ito solo necesitaba ahora al agua, con su submarino madre. Pero no todas las cosas salen según lo planeado y así el hidroavión llega a una situación desesperada, está extraviado, no encuentra al submarino y el combustible escasea, por lo que decide amarizar en donde supone debía estar el I-21, con tal mala fortuna que el oleaje hace capotar al aparato, quedando sobre el mar solo los pontones a los que a modo de tabla de salvación, los dos súbditos del Sol naciente se aferran durante largo rato.
Finalmente ven emerger una mole grisácea que los rescata. Una vez a bordo, informa al Capitan Hankuy Sasaki de la presencia del buque inglés, lo que convence al oficial de dar la orden para su extraña misión del día siguiente, atacar los buques de guerra fondeados en la bahía de Sydney con submarinos enanos.

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Mientras Bode llegaba a la cena, cincuenta kilómetros mar adentro, los submarinos I-27, I-22, I-29 e I-24, comenzaban a alistar sus minisubmarinos para el ataque. Poco tiempo después, cerca de la costa, los mismos son bajados al mar y comienzan su casi suicida intento.
Las redes que cubrían la entrada al puerto aun no estaban completadas, quedaba un agujero de cuatrocientos metros por cerrar. El minisubmarino Ha-14 queda atrapado en la red cerca de las diez de la noche y es demolido por sus tripulantes, inmolándose ellos en tal hecho, costumbre aun no habitual en los guerreros japoneses del Pacifico. Los otros pasan sigilosamente.
El Ha-22 fuè embestido por un patrullero y logra escapar mientras tanto, el Ha-24 es descubierto por un vigía del USS Chicago, el oficial al mando, que ordena fuego inmediato, en el pandemonium que se inicia, algunos proyectiles impactan en buques aliados y otros en la costa. Bode, se pone inmediatamente de pie en las instalaciones costeras donde disfrutaba del frugal ágape, se espanta por el ruido (y por los recuerdos de su añorado USS Oklahomal) y comienza a discutir con el Almirante inglés, quien ordena el inmediato oscurecimiento
Sin embargo, ambos hombre de mar eran muy escépticos y deciden sin reunir datos precisos que se trataba de un caso de “gatillo fácil”, algún marino nervioso que confundió un lobo de mar con un perioscopio o algo así, cualquier excusa era buena para no abandonar el tibio vino y fragante habano que disfrutaban, así, se le niega expresamente al destructor USS Perkins permiso para zarpar a buscar al enemigo, ellos estaban convencidos de que todo era imaginación, convicción etílicamente alterada que costaría vidas.
Ante la insistencia de los llamados, se despide cortésmente de su anfitrión y encajándose la gorra con un bufido sale al aire salobre rumbo a su crucero de muy mal humor, agravado por cierto mareo, pensando que mas le valía a su segundo que exista una buena excusa para este escándalo.
Al llegar a bordo del USS Chicago, Bode comienza a reprender violentamente a sus oficiales, acusándolos de dar una falsa alarma y de desperdiciar munición en fantasmas, incluso amenazó con ordenar el arresto por incumplir sus deberes. Segùn declararon posteriormente, Bode estaba alcoholizado, lo mismo que Muirhead-Gould.
En estos inútiles y reprensibles menesteres se encontraba el capitán cuando una tremenda explosión lo saca de su incredulidad…-realmente habìa un ataque-, pensó mientras veía al buque depósito de la Royal Navy HMS Kuttabull estallar. Un torpedo dirigido a su buque pierde calibración de profundidad y tras pasar bajo el USS Chicago y un par mas de navíos de guerra, explota contra el fondo, justo debajo del infortunado barco inglés, llevándose a 26 marinos con el.
El rubicundo rostro queda dorado por el reflejo de las llamas que danzan iluminando el puente del crucero mientras los oficiales guardan un acusador y lúgubre silencio. La sensación de vergüenza no tiene descripción, Bode se da cuenta de que estaba castigando a sus oficiales por cumplir con su deber, deber al que el mismo, por segunda vez, había fallado
Nadie había detectado al minisubmarino “A”, autor de tal hazaña, que escapa indemne (y su destino siguió siendo un misterio por los próximos 65 años, siendo hallado recién en 2006).
Las críticas llovieron sobre Bode pero oficiales con experiencia eran imprescindibles para la guerra y siguió al mando del USS Chicago aun a pesar de fuertes oposiciones de parte de altos miembros del Comando que lo apuntaban como responsable.
Si un nombre representa lo salvaje de la lucha en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, ese nombre, sin duda alguna es Guadalcanal.
Guadalcanal es una isla pequeña en el archipiélago de las Salomón, infestada de murciélagos, roedores y cocodrilos, un lugar ciertamente inhóspito, pero que tenía algo que ambos bandos deseaban: un aeródromo plano, lo que convertía a la isla en una especie de portaaviones insumergible, a tal destino es enviado el USS Chicago a fin de apoyar los sorpresivos desembarcos, siempre bajo el comando de un cada día mas patibulario Bode.

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Una noche sin luna y sin viento de Agosto del año 1942, los infantes de marina estaban desembarcando en la aún ignota isla.. Para proteger a los transportes de tropa que por decenas llegaban a la playa haciendo descender a los 16.000 hombres y cientos de toneladas de pertrechos, se había destinado una importantísima fuerza de protección. Esta fuerza de tareas estaba compuesta por los mejores cruceros pesados norteamericanos, ingleses y australianos, haciendo honor a su título de “aliados”.
La fuerza estaba entonces compuesta por los cruceros USS Quincy, USS Astoria, USS Chicago, HMAS Hobarth, HMS Australia, HMAS Canberra, USS Vincennes y USS San Juan, bajo el mando del Contraalmirante inglès Victor Crutchley con una cortina de 15 destructores.
Todos estos buques de escolta debían proteger a decenas de transportes de tropas y buques logísticos que tomarían por la fuérza la isla de manos japonesas.
La noche en cuestión, la del 8 de Agosto, era una noche en la que el almirante inglés estaba reunido con su contraparte de tierra, el Mayor General Vandergrift y con el Almirante Turner discutiendo las acciones para el día siguiente, por ello, dejaron a cargo de todo el grupo naval a Howard Bode del USS Chicago, quien, en vez de controlar el acceso sur y poner a su buque como líder, decide retirarse y dormir. Poco pesó en su mente el hecho de ser la persona a cargo de la seguridad de decenas de miles de soldados y marinos, la misión mas importante que tuvo a cargo, era un hombre cansado, decepcionado y ya a esta altura, quizás, condenado.
A pocos kilómetros, sin ser aun detectados y bajo el cubierto de la negra noche, bajaban por el estrecho que separa Guadalcanal de las otras islas (apodado “la ranura” varios buques japoneses al mando del Almirante Mikawa, que estaba destinado a ser quien inflingiera la mayor derrota en combate de superficie de la historia de la Marina de los Estados Unidos. Sus cinco cruceros pesados cruceros pesados: Chokai, Kako, Aoba, Kinungasa y Furutaka, dos cruceros ligeros y escolta de destructores surcaban las aguas solo levantando una fantasmagórica estela fosforescente. Todos ellos estaban equipados con la mas mortífera lanza, los infalibles torpedos japoneses propulsados por oxìgeno y largo alcance. Sin saberlo, estaban a las puertas de una noche gloriosa para las huestes navales del Emperador. Ninguno de los marinos que oteaban la oscuridad intentando detectar el mínimo destello de luz esa noche podía llegar a imaginar ni por asomo una victoria tan aplastante como la que estaban destinados a obtener.
El Almirante Gunichi Mikawa, nacido cincuenta y dos años atrás en una ciudad que luego adquiriría nefasto renombre como era Hiroshima, recordaba en esos momentos su participación como delegado del Japón en la firma del Tratado de Versailles, cuando sus actuales aliados alemanes fueron humillados, llegando a lo que sería la Segunda Guerra Mundial.
Mikawa fue el único oficial japonés que durante la guerra tuvo en la mano una victoria enorme que pudo haber sido mayor solo dependiendo y pudo cambiar el curso de la guerra, pero la dejó escapar de una forma inexplicable, esto estaba por suceder en un par de horas, pero, obviamente, no podía saberlo. Es sobrecogedor analizar con los datos precisos, los factores que por un pequeño detalle o errónea interpretación, cambian el curso de la historia.
Los vigías de ojos rasgados aguzaban aun mas su mirada tras los cristales de los binoculares tratando de escrutar sombras grises, moles navales, atentos a cada sonido, a cada movimiento del mar, con los músculos y nervios tensos, esperando el momento en que el acero y la sangre se hagan uno, con la convicción cuasi fanática de lo justo de su juramento al Emperador y de la victoria final que no podía escaparse.
Por otro lado, los tripulantes aliados estaban bajo Condicion II, que significaba que la mitad de la tripulación debía estar en sus puestos y la otra mitad descansaba, esto por irresponsabilidad que en parte podía también atribuirse a la calma nocturna y al intangible sentimiento de superioridad de los aliados que no podían considerar aun, a pesar de los estragos efectuados en los primeros meses de la guerra por los japoneses a los mismos como rivales a iguales, para muchos de los aliados, seguían siendo “monos amarillos”.
A una decena de kilómetros de distancia, Howard Bode no podía dormir, simplemente el sueño no llegaba, quizás en su cabeza aún retumbaban las palabras amenazantes que profiriera a sus oficiales, que solo habían cumplido con su deber aquella fatídica noche de Sydney…si solo él hubiera estado en su puesto, tal vez los muertos del HMS Kuttabull estarían aun disfrutando de los bares de la ciudad. Estos fantasmas se agregan a los de mas de cuatrocientos marineros fallecidos del Oklahoma, buque que solo quince días atrás había sido reflotado para intentar una reparación, esa noticia lo estremeció ya que imaginó el encontrar los cadáveres en el buque recién sacado del fondo, cadáveres que en sueños le reprochaban no haber estado combatiendo los últimos minutos de sus vidas con ellos.
Mientras tanto, la fuerza japonesa en total silencio doblaba por el sur de la Isla de Savo, derivando a la zona de desembarco sin ser detectada, Mikawa tenía como principal misión destruir los transportes, pero para ello, debía enfrentar a una fuerza de cruceros superior a la suya y con un mayor poder de fuego, sus treinta y cuatro cañones de 203mm enfrentaban a cincuenta bocas aliadas de igual calibre pero la sorpresa estaba a su favor y el pensaba en hacerla valer y exprimir hasta la ultima gota de jugo a esta única oportunidad..
De repente, las ilusiones del Almirante japonés parecían esfumarse, sin ser detectado, en medio de las sombras de la noche, aparece a babor a pocos cientos de metros un amenazante espectro gris, un destructor norteamericano, hasta los duros marinos contuvieron la respiración, con los cañones apuntando a tal intruso que se aproximaba…al llegar a quinientos metros, el destructor da la vuelta y sigue con su patrulla sin detectar a los japoneses, lo mismo ocurre con el USS Jervis, que averiado y sin radio, no llega a detectar a la columna del Sol Naciente.
Todo estaba alineado para un exitoso ataque, incluso el transporte USS George Elliott, dañado el día anterior, seguía en llamas, dibujando las siluetas de los navíos aliados con tal contraste de fuego.
Cerca de la una y media de la madrugada, los cruceros japoneses comenzaron a lanzar decenas de los mortíferos torpedos “long lancers” contra la fuerza de escolta que se hallaba a mas de 10 kilómetros de distancia, mientras tanto, los hidroaviones japoneses lanzaban bengalas sobre el enemigo, haciendo día la noche, solo un chapoteo indicaba la caída de los pesados peces metalicos.
Las bengalas desenmascaran el ataque, pero no todos los buques aliados sabían donde estaba el enemigo, su sistema de radar, rudimentario, se veía afectado seriamente por la presencia de tierras cerca, y estaban en un estrecho. El HMAS Canberra, a la sazón, el crucero mas cercano, comienza a disparar y cae bajo el fuego combinado de los cruceros japoneses que aciertan de inmediato, destrozando su puente y matando a su plana mayor, anulando su capacidad combativa y eléctrica, dejándolo sin propulsión y sin mando, no tuvo tiempo de advertir a los otros y comenzó a escorar y a hundirse lentamente sin remedio, ya que al no tener electricidad, las bombas de achique simplemente no funcionaron.
Cerca, su escolta, el USS Patterson, se enfrasca en un cañoneo con los enemigos y dispara torpedos en la dirección general de los cruceros japoneses con tal mala fortuna que uno de estos impacta en el ya condenado crucero australiano, acelerando la entrada de agua. Un hueco quedaba en la línea defensiva, el HMAS Australia, importante crucero, era usado para la reunión de los comandantes a muchas millas de la zona de combate, otro grave error, por allí entraron los japoneses.
El que seguía en la línea defensiva era el USS Chicago. Al comenzar la refriega, el resplandor del combate hace que sea informado de esto el Capitán Bode quien otra vez ve su pesadilla tomar forma de bandera japonesa, y una vez mas contra enemigos invisibles, solo podía intentar guiarse por los fogonazos de los disparos. Así las cosas, su actuar inicial fue perfecto, ordena disparar proyectiles iluminadores con los cañones secundarios, sin embargo, tales disparos no funcionaron y siguieron sin identificar al enemigo.
Mientras buscaban un blanco para batir, trece minutos antes de las dos de la madrugada, una tremenda explosión sacudió al crucero, los torpedos japoneses comenzaban a llegar, a proa, un enorme agujero indicaba un impacto directo que fue atribuido a una salva del crucero pesado Kako, a los pocos segundos, otro sonido, esta vez sordo, indicaba que un nuevo torpedo había impactado en el buque sin explotar al mismo tiempo que los primeros proyectiles japoneses de 203 milimetros comenzaban a caer cerca del USS Chicago, uno de los cuales derriba el mástil principal, matando a los vigías.

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Bode, entonces, comete lo que ha sido considerado por todos, su gran error, ordena huir de la zona de batalla a máxima velocidad, dejando atrás a los transportes y soldados que debía proteger, a los escoltas que tenía que comandar y, lo que es aún peor, sin dar reporte de ello ni de la entrada de los buques enemigos. Esto costaría muy caro.
La línea de batalla de Mikawa había descalabrado la zona defensiva primaria (Fuerza Sur) al alejar a uno y al destrozar al otro crucero pesado de escolta, tras esto, gira rumbo a la cabeza de playa para acabar con los transportes, separándose en dos grupos.
La Fuerza Norte Aliada estaba en Condición Defensiva II, no en Alerta Total, y a pesar de haber visto algunas bengalas en la zona sur, no había confirmación de peligro, el Canberra no pudo radiar ningún mensaje, siendo silenciado rápidamente y el Chicago huía despavorido sin siquiera tomarse el tiempo de advertir a sus colegas de la Marina.
Así las cosas, los cruceros japoneses lanzaron sus metálicos peces al agua a las minutos antes de las dos encendiendo sus potentes reflectores poco después sorprendiendo a los aliados que no tenían ni remota idea de la distancia a la que estaba el enemigo ni su conformación, en la vecindad surcaban el tranquilo mar los cruceros USS Quincy, USS Astoria y USS Vincennes en línea a 10 nudos, ambos grupos de la Marina Imperial los rodearon.
La sorpresa fue total y absoluta, atroz incluso, solo el crucero USS Astoria había dado zafarrancho de combate un minuto antes, con lo cual tampoco estaba alistado cuando los proyectiles comenzaron a caer, rápidamente contesta el fuego pero el capitán, al llegar al puente ordena detener el fuego creyendo que estaban confundidos con un buque aliado, esto hizo perder un par de minutos hasta volver a disparar, minutos que dieron al crucero Chokai la distancia de impacto necesaria a partir de la quinta andanada y comenzó a destrozar las superestructuras del crucero norteamericano que a esta altura de la noche ya comenzaba a incendiarse por el ataque de tres buques similares japoneses El hidroavión Curtiss de reconocimiento se incendia en el hangar con el combustible, generando un blanco perfecto, así, el Astoria, veterano de grandes batallas como Mar del Coral y Midway, comenzó a hundirse perdiendo velocidad mientras se alejaba de la refriega. A las tres en punto, la tripulación fue agrupada en cubierta en medio de tremendos incendios y se dio la orden de abandonar el buque.
Por delante iba su gemelo el USS Quincy, que acababa de dar la orden de combate cuando los reflectores del crucero ligero Tenryu rompieron la noche y los proyectiles comenzaron a caer, inmediatamente quedó bajo el fuego cruzado del Furutaka, Tenryu y Aoba, al intentar girar para enfrentar al grupo del norte, es impactado por dos torpedos del crucero ligero que lo estremecen, casi al mismo tiempo, uno de sus proyectiles impactan al Chokai, destrozando el cuarto de mapas, hiriendo al Alm. Mikawa y matando una treintena de marinos, pero era el canto del cisne del viejo guerrero, perdiendo velocidad, con una enorme entrada de agua, incendiado de punta a punta, recibe a los pocos minutos un impacto directo en el puente matando a todos los oficiales incluido el Capitán Samuel Moore, quien mortalmente herido da la orden de encallar el buque en las costas de Savo, para evitar el hundimiento.
El golpe de gracia le fue dado cinco minutos después por un torpedo del crucero Aoba que lo paro en seco. No disparó ni navegó mas, estaba a solo 5 kilómetros de la costa donde pretendía embarrancar. Se inclinó como un honorable anciano y comenzó a hundirse por la popa, desapareciendo bajo las olas veinte minutos después con casi cuatrocientos hombres.
Nada mejor esperaba al USS Vincennes, bajo el mando del capaz Comandante Riefkohl, este buque fue también sorprendido por los reflectores japoneses y los iniciales impactos, pese a que devolvió el fuego, comenzó a sufrir serios daños inmediatamente, hecho agravado por el incendio de los hidroaviones, que recortaban su silueta en llamas contra la negra noche, atrayendo los disparos de toda la escuadra nipona.
Mientras el recio crucero estaba logrando escapar a toda maquina de la lluvia de fuego, dos torpedos del crucero Chokai en rápida sucesión desgarraron el costado de la sala de maquinas delantera, deteniendo las hélices, quedó a la merced de los precisos artilleros japoneses.
La tarea fue brutal pero rápida y simple, tanto que pasados diez minutos de las dos el buque estaba claramente condenado adquiriendo una inclinación que se acentuaba minuto a minuto, un nuevo torpedo destroza su proa lanzado por el crucero Yubari, el Capitan Friederick Riefkohl lleva a cabo un abandono ordenado del buque, siendo el valiente capitán el último hombre en dejar la nave que cerca de las tres de la mañana, se inclina a babor y se hunde con 350 tripulantes.
Cuando el desastre estaba ya claramente del lado aliado, sin buques en estado de proteger a los indefensos transportes, Mikawa ordena retirar a los victoriosos y casi indemnes cruceros de la Marina Imperial, ni siquiera el mismo se daba cuenta de que acababan de asestar a la orgullosa US Navy la mayor derrota naval de su existencia, tampoco tomo consciencia de que estuvo a punto de cambiar la historia, de haber atacado y aniquilado a los transportes de tropas, toda la guerra hubiera cambiado, ante la perspectiva de abandonar Guadalcanal, eso dejaría las costas australianas a merced del Imperio.
Los japoneses antes de las tres de la mañana ya habían desaparecido como habian llegado, como el USS Quincy y el USS Vincennes bajo el mar, el USS Astoria a esa hora estaba siendo abandonado pero al amanecer seguía ardiendo, se decide tomarlo a remolque pero el fuego termina con su carrera a mediodía hundiéndose por popa. Mas de trescientos marinos se pierden con el.
El HMAS Canberra es hundido finalmente por torpedos americanos una vez evacuado, por la mañana, el USS Jarvis, el destructor que falló en divisar a corta distancia a los nipones, es atacado por aviones y hundido con todos sus tripulantes.
El USS Chicago obviamente con su huida se salvó de correr el destino de los otros cruceros, siendo reparado en Noumea, comenzando, tras el desastre que costó la vida a 1077 marinos aliados (contra solo 58 japoneses), una investigación para establecer responsabilidades por el desastre, llamada Comisiòn Hepburn.
Las conclusiones de esta investigación resultaron lapidarias con la actuación del Cap. Bode en el combate, si bien no salieron a la luz, lo que se filtró de ellas si duda llegó a oídos del mismo, se recomendaba quitarle todo comando naval y se lo hacía supuestamente responsable del desastre y de cobardía frente al enemigo.
Aún con la vista en su querido y viejo USS Oklahoma y la cruel imagen de su hundimiento sin sentir sus tibias planchas bajo los zapatos del uniforme, comprendiendo los errores cometidos y el temor a deshonra tras una vida dedicada a la Marina de Los Estados Unidos, Howard Bode, en total soledad, termina con su vida mediante un disparo en la cabeza de su arma reglamentaria en los cuarteles de Balboa, Panama, el 19 de Abril de 1943.
Quizás sus últimos deseos hayan sido el haberse hundido aquel 7 de Diciembre con el Oklahoma, cumplir con la máxima del capitán de hundirse con su barco. Hay algunas historias que lo toman como la ultima víctima de la acción de Savo, yo prefiero considerarlo como la última víctima de Pearl Harbour, cuando sin duda el orgulloso Capitán Howard Bode termina su carrera..

El_Jonan
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Guardia Pretoriano
Desde: 17 Sep 2009

Excelente historia aunque muy trágica. Es increible como pudo anclarse tanto en el pasado que estaba totalmente ciego ante los acontecimientos que sucedian ante el. De haber cumplido adecuadamente con su deber en el crucero era más que probable que volviera a comandar el Oklahoma cuando estuviera disponible o incluso ser destinado a uno de los nuevos acorazados que en esos instantes se construian en los astilleros pero no consiguió superar el trauma del naufragio de su acorazado.

Ondo joan.

 


Los más fuertes conquistaron la tierra. Los más duros dominaron los mares. Encima de todos ellos está el cielo, y solo los más osados tienen derecho a reclamarlo. Yo os concedo el dominio del aire ¡de ustedes depende conservarlo!