Un pueblo, un Reich, un Führer

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HISTOCONOCER
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UN PUEBLO, UN REICH, UN FÜHRER

 

Con la quiebra de la monarquía austro-húngara en 1918 entró en litigio permanente el tema del “Anschluss2 o incorporación a Alemania. “La Austria alemana es una parte sustancial de la República Alemana”, señalaba el artículo dos de la  resolución de la Asamblea Nacional Provisional del 12 de noviembre de 1918. Sin embargo esta resolución no entró en vigor. Las potencias vencedoras impidieron el “Anschuluss” y forzaron a los austriacos a crear un Estado con los restos de la fenecida monarquía del Danubio. Con todo, la posibilidad del “Anschluss” no desapareció de escena. Este fenómeno queda patente a la vista de los carteles de propaganda. Cuando Hitler ascendió al poder en 1933 se produjo una nueva situación: los interlocutores de los austriacos partidarios de la incorporación no eran ya los políticos de Weimar, sino la Alemania de Hitler. En vano los carteles bicolores, blancos y rojos, de Schuschigg claban por una Austria independiente. En marzo de 1938 las tropas alemanas cruzaban la frontera austriaca. El “Anschluss” consumaba así la aspiración de una Gran Alemania.

 

Primer acto: El año 1938 se abre en Austria con atentados, manifestaciones y actos de violencia. Tras numerosos registros domiciliarios, la policía se hace con unos documentos en los que queda patente que Berlín se encuentra detrás de las acciones terroristas. Las instrucciones emanadas de Berlín y dirigidas a los nazis austriacos llevan la firma del lugarteniente de Hitler, Rudolf Hess. De este material sobresale un documento especialmente valioso. En él se dice que los nazis austriacos deberán estar dispuestos a sublevarse a primeros de año. Si el Gobierno pretendiese aplastar el levantamiento, las tropas alemanas penetrarían en Austria.

El canciller federal Kart Edle von Schuschnigg, de 41 años se siente intranquilo. El 5 de febrero leía con preocupación los titulares del “Völkischer Beobachter”: “La mayor concentración de poderes en manos del Führer supremo”. Eso significaba que Hitler se disponía a llevar a cabo una amplia depuración de los altos cargos del ejército y de las relaciones exteriores. Todos los “conservadores” que aun quedaban en ambos cuerpos se habían replegado y no pasaban de ser instrumentos dóciles en las manos del dictador alemán. Tras la destitución de Blomberg y Fritsch, el Führer asumía personalmente el mando supremo del ejército. El ministro de asuntos exteriores, von Neurath, cedió el puesto a Ribbentrop.

Lo que para Schuschnigg hacía aun más peligrosa la situación era que las grandes potencias europeas cada vez mostraban menos interés por el mantenimiento de la independencia austriaca. Mussolini, que pocos años antes se había comportado como defensor activo de la autonomía de Austria, se hallaba ahora comprometido estrechamente con Hitler. En Inglaterra, el ministro de asuntos exteriores, Eden, pidió efectividad ante el peso del pacifismo del premier Chamberlain. Francia afectada por graves luchas interiores, estaba paralizada para cualquier actuación política exterior.

El escenario europeo era para Austria tan gris y gélido como la temperatura de aquella mañana invernal del 12 de febrero en que se reunieron en el Obersalzberg el canciller Schushnigg y su ministro de asuntos exteriores, Guido Schmidt, para negociar con el Führer alemán sobre las relaciones que habrían de mantener en lo sucesivo ambos países. No hubo en realidad negociaciones sino una humillación estudiada y un verdadero chantaje de los austriacos por parte del canciller alemán: “Yo solucionaré de una vez por todas, de un modo u otro, este problema general austriaco”, dijo Hitler. “Quizás aparezca de la noche a la mañana en Viena, como una tormenta de primavera. Les aseguro que vivirán para ver”. Cuando Schuschnigg preguntó a Hitler por sus proyectos concretos, este se limitó a contestar con frialdad: “Lo sabrá por la tarde”. Schuschnigg, gran fumador, no obtuvo permiso de Hitler, que no fumaba, para encender ni un solo cigarrillo en la casa del Führer. Aquel conjunto de desplantes le causó a Schuschnigg vértigos y mareos. Tras la comida del mediodía tuvo que reposar durante dos horas en una minúscula habitación. Cuando se recuperó se le entregó un borrador del acuerdo.

Era un verdadero ultimátum para que el gobierno austriaco pasase a los nacionalsocialistas. El núcleo del texto era el levantamiento inmediato de la prohibición que pesaba sobre el partido nacionalsocialista austriaco, puesta en libertad de todos los nacionalsocialistas detenidos, incluidos los que tomaron parte en el asesinato de Dollfuss; nombramiento del doctor Seyss-Inquart como ministro del interior y de seguridad; otros dos nazis se encargarían de las carteras de guerra y finanzas.

“No hay nada que discutir, señor Schuschnigg”, exclamó Hitler. “No cambiaré ni una coma. Nuestras condiciones habrán de quedar aceptadas en el plazo de tres días y tres fechas después, puestas en práctica. En caso contrario mis tropas recibirán la orden de invadir Austria”. Schucchnigg se mostraba confuso. Entonces Hitler abrió bruscamente la puerta y gritó: ¡Keitel!. El general convocado era, desde hacía pocos días, jefe del mando supremo de la Wehrmacht. Cuando apareció Keitel en el dintel, Hitler despidió a sus visitantes: “Les mandaré llamar más tarde”. Media hora después, Schuschnigg firmaba la sentencia de muerte dictada contra Austria.  

 

Segundo acto: Totalmente desalentados por los acontecimientos Schuschnigg y Schmidt regresaron a Salzburgo. Franz von Papen, embajador especial de Hitler en Viena, consoló a los austriacos: “Si, así es  el Führer. Pero si viene otra vez ya verán como será más  fácil la conversación. El Führer es una persona muy atractiva”. Una vez en Viena, Schuschnigg entregó al presidente federal Wilheim Mirlas el acuerdo de Berchtesgadem. Este se mostró dispuesto a hacer un par de concesiones pero se negó a nombrar ministro del interior a Seyss-Inquart y a poner al ejército austriaco en manos del nacionalsocialista Glaise-Horstenau.

Hitler, por su parte, contaba ya con ello. Al fin podía permitirse someter a Austria a una presión masiva. El jefe del servicio secreto, almirante Canaris, recibió una orden por medio de Keitel: “Hay que lanzar noticias falsas, pero fidedignas, sobre preparativos militares contra Austria”.

El 16 de febrero dimitía Miklas. Seyss-Inquart se convertía en ministro del interior y jefe de toda la policía austriaca. Inmediatamente se trasladaría a Berlín para recibir instrucciones del Führer. Cuatro días después Hitler pronunciaba en el Reichstag uno de sus “discursos de paz” que concluyó con una descarada amenaza: “A los intereses del Reich corresponde la protección de todo camarada alemán que por si mismo no pueda asegurarse, junto a nuestras propias fronteras, el derecho a una libertad humana, política e ideológica”. La amenaza iba dirigida en especial contra Viena y Praga.

Schuschnigg contestó el 24 de febrero ante el Parlamento austriaco: “Austria jamás renunciará voluntariamente a su independencia. Nuestra bandera será siempre roja, blanca y roja aunque nos cueste la vida”. Mientras pronunciaba estas palabras, miles de nazis ocupaban en Graz la plaza del Ayuntamiento, rasgaban las banderas nacionales e izaban las de la cruz gamada. La policía no movió ni un dedo.

En aquel momento comenzaba en Austria el caos económico. Los extranjeros cancelaban sus cuentas las firmas extranjeras anulaban sus contratos, el turismo dejó de existir. En su confusión, Schuschnigg pidió ayuda a los sindicatos y al partido socialdemócrata, prohibidos desde hacia años.

Demasiado tarde. Un nazi al frente del Ministerio del Interior, difícilmente podrían organizarse los socialistas. Los nazis ocupaban en las provincias los puestos claves.

 

Tercer acto: El 7 de marzo Schuschnigg se decidió a dar un paso desesperado: envió a su agregado militar en Roma, con una carta, ante Mussolini. En el texto se decía: “A la vista de los acontecimientos, no tengo más remedio que acudir a un plebiscito”. El Duce se lo desaconsejó: “Dígale usted al señor canciller que sería un error. La situación mejorará por sí misma. Entre Roma y Berlín se avecina un momento de distensión. Esto contribuirá sin duda poderosamente a que se aligere la presión que pesa sobre Austria”. Schuschnigg se mostró sorprendido al conocer la respuesta. No pudo evitar sentirse traicionado por su “protector” Mussolini. Ahora no le quedaba a Schuschnigg más remedio que actuar en solitario. En la tarde del 9 de marzo anunciaba que el domingo siguiente, día 13, tendría lugar un referéndum: si o no “a una Austria libre y alemana, cristiana y peculiar”. Hitler bramó de ira al conocer la noticia. En un referéndum, Schuschnigg llevaría todas la de ganar. El plan de un”Anschluss por evolución” (toma del poder por los nazis y, luego, decisión conjunta de fusión sin ocupación militar) estaba en grave peligro. Si se quería evitar la celebración del plebiscito, Austria debía quedar ocupada militarmente antes del domingo. El 10 de marzo se preparaba a toda prisa el plan de conquista armada del país vecino.

Pero de pronto Hitler sintió miedo. ¿Qué pasaría si repentinamente penetraba tropas italianas por el Brennero? ¿Qué pasaría si cruzaban la frontera las divisiones checoslovacas?. El 10 de marzo por la  tarde envió a su vez, en vuelo especial, al príncipe Philipp von Hessen, provisto de una carta, ante Mussolini. En ella le exponía la acción preparada, pidiéndole o suplicándole que fuese comprensivo. Al tiempo Göering prometía al representante checoslovaco Mastny bajo palabra de honor que Alemania no emprendería ninguna acción armada contra la autonomía de su país. Tras una llamada telefónica a Praga, el enviado aseguró que su país no intervendría en el caso de una acción alemana contra Austria. El ministro de asuntos exteriores Ribbentrop, fue enviado a Londres para apaciguar a Chamberlain y al nuevo ministro de asuntos exteriores lord Halifax. Con Francia no eran de temer especiales dificultades. El país estaba de nuevo sin Gobierno desde el 10 de marzo.

El 11 de marzo de 1938, a las cinco y media de la madrugada el jefe de la policía, doctor Skubl, despertó al canciller federal Schuschnigg. Los alemanes habían cerrado la frontera. De los límites entre los dos países llegaban noticias sobre movimientos de ropas. Alas 10, Seyss-Inquart se presentó al canciller y le exigió la anulación del referéndum. Schuschnigg dudaba, pero el jefe de la policía le confirmó no podría confiar en una policía integrada mayoritariamente por nazis. Tras conferenciar hora y media con el presidente federal, Schuschnigg daba su consentimiento.

 

Cuarto acto: Todavía quedaba en pie una roca en plena tormenta: el presidente federal Wilhem Miklas. Este se negaba a nombrar a Seyss-Inquart nuevo canciller. Pero Hitler y Göering, a quien el dictador alemán había encargado interinamente de las funciones de Gobierno en Berlín, necesitaban de apariencias legales para consumar el golpe de estado en Austria. Göering no se despegaba del teléfono. Una y otra vez envió a Seyss-Inquart y al agregado militar alemán, Muff, al despacho de Miklas. El presidente era inconmovible, incluso cuando Göering amenazaba con ordenar el avance inmediato de las tropas y hacer fusilar al jefe de Estado austriaco por contumacia, Miklas permanecía en su actitud: “No cederé ante la violencia y me negaré a nombrar un nuevo gobierno”.

A las 20,48 Göering renunciaba a la intervención “legal” para el establecimiento de un Gobierno Seyss-Inquart. Llamó de nuevo a Viena: “Bueno, ya está bien, Seyss debe formar sin más un gobierno provisional. Da lo mismo lo que diga el presidente. Esta noche nuestras  tropas cruzaran la frontera. Seyss debe tener en cuenta que a partir de ahora es el máximo responsable. Debe mantener cerrada la frontera para que nadie se escape con sus propiedades. El punto más importante es este: que Seyss envíe con urgencia el siguiente telegrama: “el gobierno provisional austriaco, que se ha encargado de la gestión pública tras la dimisión del gobierno Schuschnigg, y que pretende restablecer en Austria la tranquilidad y el orden, dirige al gobierno alemán un ruego urgente pidiéndole que le ayude a cumplir esta misión, evitando todo derramamiento de sangre. Con este fin suplica al gobierno alemán que envíe tropas tan pronto como sea posible”. Tras una corta pausa, Göering añadió: “Ah, digan a Seyss que no necesita enviar el telegrama, porque lo tenemos ya aquí. Solamente debe decirnos: ¡De acuerdo!”,

Tres minutos antes de la histórica llamada telefónica de Göering, Hitler había dado la orden de avance para el amanecer del día 12 de marzo.

Poco antes de la media noche del 11, el presidente Miklas se sentía agotado. Ordenó a las  tropas que no se resistiesen a los soldados alemanes, nombró oficialmente a Seyss-Inquart nuevo canciller y refrendó la lista de los nuevos ministros. Austria contaba con un gobierno nacionalsocialista.

 

Quinto acto: Cuando ya se había dictado la orden de marcha; cuando en Viena todo andaba revuelto, Hitler esperaba aún con creciente nerviosismo una respuesta de Mussolini. Al fin, a las 22,25 el príncipe Philipp von Hessen telefoneaba desde Roma: “Acabo de llegar del Palazzo Venezia. El Duce ha aceptado amistosamente todo el asunto. Envía saludos cordiales”.

Hitler se sintió liberado y radiante de felicidad: “Dígale al Duce que no le olvidaré jamás. Jamás, jamás, jamás, pase lo que pase”.

Al fin el camino hacia Austria quedaba expedito. No había que temer nada de Inglaterra. A través del embajador Henderson, Chamberlain había hecho saber a Hitler que el gobierno británico “se veía obligado a formular una enérgica protesta en el caso de que las informaciones llegadas sobre el ultimátum alemán contra Austria fuesen ciertas”. Esto era todo.

El domingo, 13 de marzo, se firmaba la ley sobre reincorporación de Austria al Reich alemán y automáticamente entraba en vigor. Hitler se había convertido también en el jefe de Estado austriaco. Al día siguiente tomaba la palabra desde la tribuna erigida frente al Holfburg, el palacio imperial, en la Heldenplatz vienesa, y recibía el homenaje entusiástico de sus nuevos súbditos: “Un pueblo, un Reich, un Führer”. Por la noche, aquel hombre qe algunos años atrás había pernoctado en el asilo de vagabundos vienés, ocupaba una suite en el hotel imperial.

El 10 de abril se celebraba en Austria y Alemania, por orden de Hitler, un “referéndum” para corroborar la unión de los dos países. El resultado oficial fue este: 99,75% de los consultados votaron “si” a la fusión.

Once días más tarde (y seis semanas después de que Göering diese su palabra de honor al enviado checoslovaco Mastny) Hitler discutía con Keitel el “Plan Grün”, nombre citado para una operación de efecto rápido contra Checoslovaquia. Diariamente, a través de la “Grossdeutsche Rundfunk” o “Gran emisora alemana”, podía oírse un nuevo disco encargado por Goebbels: La “Egerländer Marsch”. El objetivo más inmediato de Hitler era ahora el territorio de los Sudetes.

 


Hartman
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Desde: 19 Oct 2010

Hay un artículo de Keitel sobre el Anschluss. http://www.mundohistoria.org/blog/articulos_web/anschluss-la-anexion-naz...
 

En él discute si era la voluntad genuina del pueblo Austríaco o fue una invasión solapada de Alemania. El 99,7% no admite réplica (en la discusión del hilo se demuestra que puede llegar a objetarse y reducirse hasta un 90%, igual, aplastante).

 

Saludos

 


Todavía no he empezado a pelear

  200-cruz  200-cruz 

HISTOCONOCER
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Equite
Desde: 25 Feb 2011

Efectivamente y parcialmente lo lei, pero esto de ahora es anterior a esa posible invasion alemana y las luchas de los politicos austriacos por evitarla. Creo que esto ultimo no se trataba en ese tema, al menos al principio . Por eso lo he subido.